
By Mike Sain't Louis ·
Un camión entre montañas de restos, un río verde y una máscara partida: los vertederos de Planeta Gayfolk
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Hay lugares que nadie quiere mirar. Están a las afueras, detrás de una valla, al final de una carretera sin nombre. Huelen mal, hacen ruido, se ven desde lejos como una montaña que no debería estar ahí. Son los vertederos. Y ahí acaba todo lo que alguna vez fue nuevo, deseado, útil.
Durante mucho tiempo me sentí parte de un vertedero. Como algo que alguien había usado y luego tirado. Por eso, cuando quise escribir sobre los paisajes más incómodos de Planeta Gayfolk, supe que tenía que ir a «En el basurero». No para recrearme en la basura, sino para buscar lo que crece en ella.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo las letras, compongo y produzco cada canción, y luego imagino un videoclip para cada una. Este paseo recorre los vertederos de mis vídeos, plano a plano, con la nariz tapada y los ojos muy abiertos.
La guía: una canción entre restos
«En el basurero» salió el 13 de septiembre de 2025, un sábado. Dura 2:27, es el vídeo número 101 de los 276 del planeta y pertenece al tercer disco. Es una de mis canciones más cortas, y quizá por eso una de las más directas. La tienes entera en el reproductor de Planeta Gayfolk.
El clip se mueve entre hierros retorcidos, montañas de restos, humo y un río de un verde tan intenso que parece radiactivo. Hay mucha gente en él, en grupo, mirando a cámara como quien se planta delante de algo que no piensa esconder. Pero hoy no me voy a fijar en ellos. Me voy a quedar con el paisaje. Con el vertedero en sí, y con las pocas figuras que lo miran de espaldas.
Una fila de camiones
A los 133 segundos aparece el plano que da título a este paseo. Una fila de camiones de carga, naranjas y oxidados, avanza por un camino de tierra entre dos montañas de restos. Levantan polvo. Al fondo, unas chimeneas y unas torres eléctricas se pierden en una neblina gris.

Son muchos camiones. Uno detrás de otro, como hormigas. Y cada uno lleva su carga: cosas que alguien decidió que ya no quería. Muebles, aparatos, ropa, recuerdos.
Me impresiona ese plano porque es la imagen más clara que conozco del descarte. No es una cosa tirada, es un sistema entero dedicado a tirar. Camiones que van y vienen todo el día, llevando lo que sobra a un sitio donde nadie lo verá.
Hubo una época en la que yo me sentía dentro de uno de esos camiones. Descartado por alguien que antes me había querido, o eso decía. Llevado a las afueras de la vida de los demás. Y lo peor no era el descarte, era la sensación de que era normal. De que así funcionaban las cosas.
Montañas de restos
Las montañas son lo primero que se ve en cualquier vertedero. Pilas enormes de cosas mezcladas, sin forma, que desde lejos parecen colinas grises. En el clip están en todas partes: detrás de los camiones, detrás del río, detrás de cada grupo.
Lo curioso de una montaña de restos es que, si te acercas, cada pieza tiene una historia. Ese trozo de madera fue una silla. Ese hierro fue una cama. Esa tela fue una cortina en una ventana donde alguien miraba la lluvia. Desde lejos todo es basura. De cerca, todo es memoria.
Creo que con las personas pasa igual. Desde lejos, una persona rota parece solo eso, rota. Pero si te acercas, ves cada pieza: lo que fue, lo que vivió, lo que todavía guarda. Nadie es basura vista de cerca.
Un río verde que brilla
A los 113 segundos, el plano de la portada. Un río ancho de un verde fosforito cruza el vertedero. A los lados, montañas de restos y, en el horizonte, unos molinos de viento borrosos bajo un cielo nublado. No hay nadie. Solo el verde imposible del agua.
Es una imagen inquietante y bellísima al mismo tiempo. El verde parece veneno, y probablemente lo es. Pero brilla. Tiene una luz propia que contrasta con el gris de todo lo demás.
Me gusta pensar que ese río es lo que pasa cuando el dolor se acumula sin salida. Se convierte en algo tóxico, que brilla de una forma extraña, que atrae la mirada pero que no se puede beber. Durante años mi tristeza fue así: un río verde en mitad de un vertedero. Llamativo, peligroso y estancado.
Lo bueno de los ríos es que se mueven. Incluso el más contaminado acaba llegando a algún sitio, mezclándose con otras aguas, limpiándose poco a poco. No es rápido. Pero ocurre.
Una figura de espaldas frente al río
A los 128 segundos, el mismo río verde, pero ahora hay alguien. Una figura de espaldas, en la esquina inferior del plano, mira el agua. A la izquierda, una montaña de grava. Al fondo, una luz roja, borrosa, como una alarma lejana.

No sabemos quién es. No le vemos la cara. Solo su silueta oscura frente al verde. Y esa es precisamente la gracia del plano: podría ser cualquiera. Podría ser yo. Podrías ser tú.
Mirar algo de espaldas es mirarlo de verdad. Sin pose, sin que nadie te observe mirando. Esa figura está ahí para ver el río, no para que la vean a ella. Y eso, para alguien con fobia social, es un lujo enorme.
La luz roja del fondo me inquieta cada vez. Parece un aviso. Pero la figura no se mueve. No huye. Se queda mirando. Y creo que eso es lo más valiente que se puede hacer delante de algo que da miedo: quedarse, mirarlo y ponerle nombre.
El último plano: alguien que camina hacia el río
A los 138 segundos, otra figura de espaldas. Esta vez está en el centro, pequeña, de pie entre dos montañas de restos, frente a un tramo del río verde que se pierde en el horizonte. El cielo es blanco, casi sin nubes.

Es el plano más silencioso del clip. Después de los camiones, del humo y de los grupos, solo queda alguien solo frente a un paisaje herido. Y ese alguien no hace nada. Solo está.
Me recuerda a muchas mañanas de los últimos años. Despertar, mirar alrededor y ver un paisaje que parecía destruido. Y quedarme ahí, sin saber qué hacer. No había respuesta inmediata. Solo había que estar, respirar y esperar a que algo cambiara.
Con el tiempo, algo cambió. El paisaje no se arregló de golpe, pero empecé a ver cosas que antes no veía. Un brote verde entre la grava. Un pájaro que se posaba sobre un hierro. La luz del atardecer sobre las montañas grises. El vertedero seguía ahí, pero ya no era solo eso.
El polvo que levantan
Los camiones del clip no solo llevan restos. También levantan polvo. Una nube gris y fina que se queda flotando sobre el camino mucho después de que hayan pasado. Se mete en todo: en la ropa, en los ojos, en la garganta.
Me parece una imagen exacta de lo que deja una campaña de desprestigio. Los rumores pasan, como los camiones, pero el polvo se queda. Durante meses notas que la gente te mira con una capa gris encima, aunque no sepan muy bien de dónde viene. Y tú mismo empiezas a verte así, empolvado, sucio de algo que no hiciste.
Lo que aprendí es que el polvo se asienta. No hay que perseguirlo ni limpiarlo a manotazos, porque eso solo lo levanta más. Hay que esperar, seguir caminando, y un día te das cuenta de que el aire está limpio otra vez. Y que la gente que importa nunca dejó de verte tal como eras.
Las torres del horizonte
En casi todos los planos de paisaje hay algo al fondo: chimeneas, torres eléctricas, molinos de viento borrosos. Son las estructuras de la ciudad que produce lo que acaba en el vertedero. Están lejos, envueltas en neblina, como si no quisieran tener nada que ver con lo que pasa aquí.
Me hace pensar en la distancia que ponemos con lo que desechamos. La ciudad brilla, consume, tira, y el vertedero recibe. Pero son parte de lo mismo. No existe una sin el otro.
Con las relaciones dañinas pasa algo parecido. Desde fuera, todo parecía brillante. Fotos bonitas, cenas, viajes. Lo que nadie veía era el vertedero que se iba llenando detrás, en silencio, con todo lo que yo callaba. Hasta que un día la montaña fue tan alta que se veía desde la ciudad.
El silencio de los vertederos
Aunque el clip tiene música, cuando miro los planos de paisaje sin gente imagino un silencio muy concreto. El silencio de un vertedero al atardecer, cuando los camiones se han ido. Solo el viento moviendo plásticos, algún pájaro, el crujido de los hierros que se enfrían.
Es un silencio raro, que da un poco de miedo. Pero también tiene algo de paz. Es el momento en que nadie tira nada. En que el lugar descansa.
Yo he aprendido a buscar ese silencio dentro de mí. Cuando todo el ruido se va, cuando dejo de recibir camiones de pensamientos negativos, queda un espacio tranquilo. No es bonito, todavía hay restos. Pero se puede respirar. Y en ese espacio, a veces, nace una canción.
Reciclar no es olvidar
Hay una palabra que me gusta mucho y que tiene que ver con todo esto: reciclar. Coger algo que ya no sirve para lo que era y convertirlo en otra cosa. El vidrio se funde y se hace botella nueva. El papel se deshace y se vuelve cuaderno.
Mis canciones son un poco eso. Restos de una vida que ya no quiero, fundidos y convertidos en otra cosa. No olvido lo que pasó, porque el material es el mismo. Pero la forma es nueva. Lo que antes me hacía daño ahora me sirve para escribir.
Creo que es la mejor venganza posible contra quien te trató como basura: demostrar que con lo que tiraste se puede construir algo bello. No por ellos, sino por ti.
Los hierros retorcidos
En muchos planos, el suelo del vertedero está hecho de hierros. Vigas dobladas, somieres oxidados, estructuras que alguna vez sostuvieron algo y que ahora se retuercen sobre sí mismas como si les doliera. Algunos forman arcos sobre las montañas de restos, casi como el esqueleto de una catedral.
El hierro es un material que aguanta mucho. Por eso me conmueve verlo así, vencido. Es la prueba de que hasta lo más fuerte se dobla si recibe suficiente peso durante suficiente tiempo.
Yo fui ese hierro. Aguanté tanto y durante tanto tiempo que acabé doblado de una forma que no reconocía. Pero el hierro tiene otra propiedad: se puede volver a fundir. Con calor, con paciencia, con alguien que sepa trabajarlo, recupera la forma. O toma una nueva. Eso es, para mí, la terapia: una fragua lenta.
Mirar sin apartar la vista
Lo más difícil de este clip, para mí, fue producirlo. Pasar horas mirando montañas de restos, ríos tóxicos y humo. Había momentos en que quería cambiar de plano, poner algo más amable. Pero me obligué a quedarme.
Porque creo que hay paisajes que hay que mirar de frente. Si no los miramos, siguen creciendo. Los vertederos existen porque preferimos no saber adónde va lo que tiramos. Y los vertederos interiores, igual.
Lo que se quema
El clip tiene mucho fuego. Hogueras pequeñas entre los restos, humo naranja que se levanta detrás de las montañas, brasas que se ven en la noche. Es el fuego de los vertederos: el que se enciende para reducir lo que sobra.
El fuego en un vertedero tiene algo de purificación. Lo que se quema deja de ocupar sitio. Se convierte en humo y se va. No vuelve.
Hubo cosas que tuve que quemar, en sentido figurado. Cartas, fotos, mensajes guardados, la versión de mí mismo que había construido para agradar a otros. No fue fácil. Cada cosa que se quemaba dolía. Pero después había más espacio. Más aire. Y en ese espacio empezó a crecer algo nuevo.
La máscara partida
Hay un objeto que aparece varias veces en el clip y que me parece clave, aunque en este paseo no lo muestre en imagen: una máscara blanca, de rasgos lisos, rota por un lado. Alguien la sostiene, alguien la deja en el suelo, alguien la mira.
Una máscara partida en un vertedero es casi una frase completa. Es la cara falsa que ya no sirve. La que te ponías para que no te vieran. Y ahí está, tirada entre los restos, con una grieta que la atraviesa.
Durante veinte años llevé una máscara así. La de la persona que todo lo aguanta, que no se queja, que sonríe aunque esté hundida. Cuando por fin se rompió, me asusté mucho. Pensé que sin ella no iba a quedar nada. Y resulta que quedaba yo. Más frágil, pero de verdad.
Primera escala: el vertedero de los mayores
En mi catálogo hay otro vertedero muy distinto. En «Trasto viejo», del que escribí en el paseo verso a verso por los ancianos del vertedero, la basura es el lugar donde acaba la gente mayor, con sus carritos, sus sillones y sus columpios oxidados. Es un vertedero con muebles y con ternura.
El de «En el basurero» es más duro, más industrial. Hay camiones, ríos tóxicos, hierro retorcido. Pero los dos hablan de lo mismo: de lo que la sociedad decide que ya no sirve. Y de lo injusto que es esa decisión.
Segunda escala: las letras que alguien llamó basura
También está «Tus letras son basura», una canción sobre el desprecio que a veces recibe lo que uno crea. Ahí la basura no es un lugar, es un insulto. Y el clip lo transforma en una guitarra bajo la lluvia violeta y una ciudad a los pies.
Me gusta que ambas canciones convivan en el planeta. Una muestra el vertedero como paisaje. La otra muestra cómo se sale de él: haciendo algo con lo que te dijeron que no valía nada.
Tercera escala: otros caminos, otras aguas
Los camiones de «En el basurero» recorren un camino de tierra que me recuerda a las carreteras de las que escribí en el paseo por las carreteras del planeta. Y el río verde es el reverso exacto del mar turquesa de el paseo por las olas. El mismo planeta tiene agua que cura y agua que envenena. Y a veces están más cerca de lo que parece.
Lo que había en mi vertedero
Durante veinte años viví con dos narcisistas, uno tras otro. Durante ese tiempo fui acumulando cosas que no eran mías: culpas ajenas, miedos prestados, una imagen de mí que me habían impuesto. Cuando todo terminó, llegó la campaña de desprestigio, con rumores y mentiras que me hicieron sentir como si me hubieran tirado a la basura delante de todo el mundo.

Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Al principio aquello fue como mirar una montaña de restos y no saber por dónde empezar. Con mi psicóloga y con mi psiquiatra fui separando las piezas, una a una. Qué era mío y qué no. Qué había que quemar y qué se podía reparar.
No ha terminado. Hay días en que vuelvo a sentirme en el vertedero. Pero ya no me quedo a vivir ahí. Si tú ahora te sientes tirado, descartado, sin valor, no te quedes solo entre los restos. En España tienes el 024, gratuito y disponible las veinticuatro horas para quien piensa en el suicidio y para quien se preocupa por alguien. En caso de urgencia, llama al 112. Si estás en otro país, findahelpline.com te dice qué línea tienes cerca. Nadie es basura. Nadie.
Lo que crece entre los restos
Hay una cosa que he aprendido de los vertederos reales: con el tiempo, la naturaleza los reclama. Cuando dejan de usarse, crece hierba sobre las montañas, vuelven los pájaros, los árboles echan raíces entre los restos. Algunos vertederos antiguos se han convertido en parques.
No pasa rápido. Tardan años, décadas. Pero pasa. Y eso me da mucha esperanza. Porque significa que incluso el paisaje más herido puede volver a ser verde, y no del verde tóxico del río, sino del verde de la hierba.
Me gustaría pensar que yo estoy en ese proceso. Que mi vertedero interior ya no recibe más camiones. Que la tierra está empezando a cubrir los restos. Y que algún día habrá un parque donde antes solo había basura.
Por qué una canción tan corta
«En el basurero» dura poco más de dos minutos. Es una canción que no se entretiene. Entra, dice lo que tiene que decir y se va. Igual que un camión que descarga y vuelve a la carretera.
Creo que hay temas que piden brevedad. Si me hubiera alargado, la canción se habría convertido en una queja. Así, tan corta, es más bien un retrato. Una foto del vertedero, tomada deprisa, antes de que el olor te eche.
Para escuchar lejos del vertedero
Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.
Mi recomendación: escucha «En el basurero» y, justo después, algo luminoso. Es una canción para atravesar, no para quedarse.
Cuatro postales para no olvidar
La fila de camiones naranjas levantando polvo entre dos montañas de restos.
El río verde fosforito cruzando el vertedero bajo un cielo nublado.
La figura de espaldas mirando el agua, con una luz roja al fondo.
La máscara blanca partida, tirada entre los hierros.
La salida del vertedero
Cuando termina el clip, siempre siento que he salido de un lugar difícil. Con algo de polvo encima, con el olor todavía en la ropa, pero fuera. Y esa sensación de salir es, en el fondo, lo que quería que transmitiera la canción.
Los vertederos existen. No se pueden negar. Pero no son el final de nada. Son un paso intermedio, un sitio donde las cosas esperan a transformarse. Y las personas, también.
Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip, míralo de frente y, cuando acabe, sal a buscar algo verde de verdad. Está más cerca de lo que crees.