
Por Mike Sain't Louis ·
Un quitamiedos que no se acaba, pinos que pasan y una curva en blanco y negro: las carreteras de Planeta Gayfolk
Hay un objeto en las carreteras españolas que tiene el nombre más bonito y más triste del mundo: el quitamiedos. Es esa barrera de metal ondulado que corre junto al arcén y que está ahí para que, si te sales, no caigas. Nadie lo mira. Nadie le hace fotos. Pero lleva kilómetros y kilómetros quitándonos el miedo sin pedir nada a cambio.
Cuando decidí escribir sobre las carreteras de Planeta Gayfolk, supe que tenía que empezar por él. Porque en «In the Quiet Room» el quitamiedos es casi el protagonista. Aparece una y otra vez junto a la ventanilla, en blanco y negro, como una línea que no se acaba nunca. Y mirándolo pasar entendí algo que llevaba años intuyendo: que la carretera no es solo un sitio por el que se va, también es un sitio donde se piensa.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo las letras, compongo y produzco cada canción, y para cada una imagino un videoclip. Este paseo recorre las carreteras de mis vídeos, con «In the Quiet Room» como guía y un par de desvíos hacia otros paisajes del planeta.
La guía: una habitación tranquila sobre ruedas
«In the Quiet Room» salió el 7 de octubre de 2025, un martes. Dura 3:39, es el vídeo número 65 de los 276 que hay en el planeta y pertenece al tercer disco. La tienes entera en el reproductor de Planeta Gayfolk.
Ya escribí sobre este clip una vez, en el paseo por el silencio del planeta, donde me fijé sobre todo en el ataúd de luz y en lo que se entierra. Hoy dejo el ataúd a un lado y me quedo con el asfalto. Con lo que se ve por la ventanilla. Con el camino en sí.
El título habla de una habitación tranquila. Y lo curioso es que casi todo el clip ocurre dentro de un coche en marcha. Para mí no hay contradicción. El coche, cuando vas solo por una carretera vacía, es la habitación más tranquila que existe. Nadie te llama, nadie te pide nada. Solo el motor, el paisaje y tus pensamientos.
Un quitamiedos que no se acaba
A los 52 segundos, el quitamiedos ocupa medio plano. Pasa a toda velocidad junto a la ventanilla, borroso, mientras al fondo unos árboles oscuros se recortan contra un cielo blanco. No hay color. Todo es gris, plata y sombra.

Me paso mucho rato mirando este plano. Porque el quitamiedos está ahí aunque no lo necesites. No te frena, no te molesta. Solo corre a tu lado, paralelo, por si acaso. Es la definición perfecta de un buen apoyo.
Durante años no tuve quitamiedos. Iba por la vida sin barrera, al borde del barranco, convencido de que si me salía nadie me iba a sujetar. Y cuando por fin pedí ayuda, descubrí que había gente dispuesta a ser esa línea de metal junto a mi carretera. Mi psicóloga, mi psiquiatra, un par de amigos que no se fueron. No me llevaban ellos, conducía yo. Pero estaban ahí.
Hay un detalle más que me gusta del quitamiedos: es ondulado. No es una pared lisa, tiene curvas, como una ola de metal. Es una barrera que se parece al mar. Quizá por eso me da tanta calma.
Un edificio al borde del arcén
El primer plano que me detiene, a los 30 segundos, es un edificio bajo con tejado a dos aguas, al otro lado del quitamiedos, junto a una explanada. Parece un bar de carretera o una vieja casa de peones camineros. Delante pasa un coche blanco, pequeño, y en lo alto ondea algo parecido a una bandera.
Las carreteras españolas están llenas de estos edificios. Casas que alguien construyó al lado de la vía y que ahora miran pasar los coches sin que nadie pare. Me fascinan. Son como personas que se quedaron en un sitio mientras el mundo seguía corriendo.
Yo me sentí así durante mucho tiempo. Quieto en el arcén, viendo pasar la vida de los demás a toda velocidad. Sin atreverme a subirme a ningún coche. Este plano me recuerda que esa casa sigue en pie. Que estar quieto un tiempo no es lo mismo que estar acabado.
Un árbol solo en mitad de la llanura
A los 95 segundos, otro quitamiedos y, detrás, un árbol solitario en una llanura. Es redondo, oscuro, con la copa llena. No tiene a nadie alrededor. Solo campo seco, cielo blanco y la carretera que pasa.
Hay muchos árboles así en la meseta. Árboles que se quedaron solos cuando el resto se taló para sembrar. Y siguen ahí, dando sombra a nadie, aguantando el viento y el sol.
Me identifico con ellos más de lo que me gustaría. La personalidad evitativa te convierte un poco en ese árbol: separado del resto, firme por fuera, pero solo. Lo bueno es que un árbol solo también es un punto de referencia. Los conductores lo usan para orientarse. Los pájaros paran en él. Estar solo no significa ser inútil.
Pinos en el talud
A los 139 segundos el paisaje sube. Un talud lleno de pinos y matorrales se eleva junto a la carretera, y el quitamiedos lo bordea por abajo. La imagen tiene algo de pintura antigua, con los pinos recortados contra el cielo como pinceladas negras.

Y a los 147, el plano de la portada: dos pinos redondos, cercanos, casi tocando la ventanilla, y detrás el quitamiedos y la carretera que se curva. Es el plano que elegí para abrir este paseo porque resume todo lo que me gusta del clip: la cercanía de las cosas que pasan, el gris suave, la sensación de ir en marcha sin prisa.
Los pinos que pasan junto a la carretera son de esas cosas que solo se ven de reojo. No da tiempo a mirarlos bien. Aparecen y se van. Y sin embargo, si me preguntan cómo es una carretera de mi infancia, lo primero que recuerdo son los pinos. El olor a resina entrando por la ventanilla bajada. El sonido de las cigarras.
Una curva marcada con flechas
A los 168 segundos llega la curva. En el plano se ven las señales con flechas blancas sobre fondo negro que avisan del giro, y una señal redonda en medio. El asfalto se inclina. El quitamiedos se dobla. Todo el paisaje gira.
Las curvas me daban pánico cuando aprendí a conducir. No por el volante, sino por lo que no se ve. Una curva es un sitio donde el futuro se esconde. No sabes qué hay detrás hasta que estás dentro.
La vida tiene muchas curvas así. Y durante años yo frenaba en seco en cada una, convencido de que detrás había un accidente esperándome. Ahora intento hacer lo que me enseñaron en la autoescuela: reducir antes, mirar hacia la salida y no hacia el borde, y dejar que el coche gire. Las flechas están ahí para avisarte, no para asustarte.
Con la ansiedad funciona igual. Si miras el borde, vas hacia el borde. Si miras la salida de la curva, el cuerpo te lleva hacia ella. Es una de las cosas más útiles que he aprendido en terapia, y la aprendí en una autovía.
Sombras sobre la cuneta
A los 176 segundos, el coche pasa tan cerca de unos matorrales que sus sombras se proyectan sobre la cuneta y el talud. Detrás, una valla larga, borrosa. Es un plano casi abstracto: manchas de sombra y luz, sin forma clara.
Me gusta porque es el plano más honesto del clip. Así se ven las cosas cuando vas rápido: como manchas. No da tiempo a entender. Solo a sentir.
Durante la época más dura de la depresión, la vida era exactamente así. Manchas. Días que pasaban sin forma, uno detrás de otro, sin que pudiera recordar qué había hecho. Este plano me lo recuerda, pero no me angustia. Porque sé que el coche sigue avanzando, y que más adelante el paisaje se aclara.
El último árbol en el horizonte
El clip termina, hacia los 205 segundos, con una imagen muy limpia: un árbol joven, delgado, en primer plano junto a la carretera, y al fondo una hilera de árboles más altos en el horizonte. El cielo es blanco y la llanura se extiende sin obstáculos.

Es un final abierto. No llegamos a ningún sitio. La carretera sigue. Y ese arbolito delgado, casi una rama, parece despedirnos con la mano.
Me gusta que el clip no tenga destino. Durante mucho tiempo pensé que solo valía la pena viajar si había un sitio al que llegar. Ahora sé que lo importante es el trayecto. Que a veces conducir sin rumbo es la mejor terapia.
Coches que adelantan
En varios momentos del clip, algún coche pasa por el carril de al lado y nos adelanta. Apenas se ve: una mancha blanca, un reflejo, y desaparece hacia delante. No sabemos quién va dentro ni adónde va.
Durante mucho tiempo me comparaba con todos los coches que me adelantaban. Gente de mi edad que tenía pareja estable, casa, trabajo fijo, una vida que parecía ir a ciento veinte mientras la mía estaba parada en el arcén. Cada adelantamiento me dolía.
Ahora intento verlo de otra manera. Cada coche lleva su ritmo y su destino. Que alguien vaya más rápido no significa que vaya mejor. A lo mejor va con prisa porque huye de algo. A lo mejor llegará antes y se aburrirá. No lo sé. Y lo más importante: no es mi carretera. La mía es esta, con su quitamiedos, sus pinos y su curva. Y la recorro a mi velocidad.
La línea blanca
Hay algo que no aparece en ningún plano concreto pero que está en todo el clip: la línea blanca del arcén. Esa raya continua que separa la calzada del borde y que se ve de reojo, siempre a la derecha, como un hilo que no se rompe.
Los conductores cansados la usan para mantenerse despiertos. La miran y saben dónde están. Es una guía humilde, pintada en el suelo, que no pide atención pero que sostiene el viaje entero.
Mis rutinas de ahora son esa línea blanca. Levantarme a la misma hora, tomar la medicación, salir a caminar un rato, escribir aunque no apetezca. No son grandes cosas. Pero cuando todo lo demás se vuelve borroso, me dicen dónde estoy. Y me mantienen en la calzada.
El sonido del asfalto
Aunque esto va de imágenes, no puedo dejar de mencionar el sonido. Al producir «In the Quiet Room» pensé mucho en ese rumor constante que hacen las ruedas sobre el asfalto, un ruido que no se oye hasta que desaparece. Quería que la canción tuviera algo de eso: una base suave, continua, que no molestara y que acompañara.
Es el sonido de los viajes largos de cuando era pequeño, dormido en el asiento de atrás. El sonido de ir a algún sitio sin tener que hacer nada. Y creo que, en el fondo, este clip intenta devolverme a ese asiento.
Por qué en blanco y negro
Mucha gente me pregunta por qué este clip está en blanco y negro. La respuesta corta es que quería que el paisaje se pareciera a un recuerdo. Los recuerdos no tienen color, o lo tienen apagado, gastado.
La respuesta larga es que el blanco y negro quita distracciones. Sin el verde de los pinos, sin el azul del cielo, solo quedan las formas: la línea del quitamiedos, el círculo de los árboles, la diagonal de la curva. Es como ver la carretera en su esqueleto.
Y hay una tercera razón, más personal. Cuando estaba mal, todo era así. Sin color. Y quise hacer un clip que mostrara que incluso un mundo en blanco y negro puede ser bello. Que la belleza no depende del color, sino de la forma de mirar.
Primer desvío: los caminos de nieve del norte
No todas las carreteras del planeta son de asfalto. En «The Northern Lights», del que escribí en el paseo por el norte del planeta, los caminos son huellas sobre la nieve. Un caminante solitario avanza por un sendero blanco hacia una aurora verde y violeta que se enrosca en el cielo, y otro corre sobre el hielo bajo un anillo de luz.
Es la carretera opuesta a la de «In the Quiet Room». Allí no hay quitamiedos, ni curvas señaladas, ni coches. Solo un camino que se hace al andar. Y en lugar de un cielo blanco, un cielo lleno de color.
Me gusta pensar en las dos juntas. La carretera gris, segura, con barrera, por la que se va cuando hace falta tranquilidad. Y el camino de nieve, sin marcas, por el que se va cuando hace falta valor. Las dos me han servido en momentos distintos.
Segundo desvío: la carretera vacía entre hoteles
En «La primera drag de Benidorm» hay otra carretera que me gusta mucho recordar, aunque sea muy distinta: una calle vacía entre hoteles altos, a pleno sol, con el asfalto brillante y nadie a la vista. Es una carretera de verano, de ciudad de playa a la hora de la siesta.
Esa carretera vacía tiene algo de escenario. Como si la ciudad hubiera despejado la calle para que pase alguien importante. Y en el clip, ese alguien es una drag que avanza con todo el brillo del mundo.
Es la carretera de la celebración. La que se recorre después de haber llegado. Y me gusta tenerla en el mismo mapa que la autovía en blanco y negro, porque una lleva a la otra.
Tercer desvío: carreteras de luz y postes
En el planeta hay más carreteras. En el paseo por los viajes hay coches que flotan y carreteras hechas de luz. En el paseo por los teléfonos hay postes junto a una carretera bajo la lluvia, uniendo pueblos con un cable. Cada clip tiene su manera de ir de un sitio a otro.
Juntas forman una red. Un mapa de carreteras del planeta, donde se puede ir del silencio a la fiesta, del norte nevado a la playa, del blanco y negro al neón. Y lo que más me gusta es que todas están conectadas.
El viaje que nadie ve
Durante veinte años viví con dos narcisistas, uno después del otro. Veinte años conduciendo por carreteras que otros elegían, sin poder tocar el volante, mirando el paisaje por la ventanilla del copiloto. Cuando por fin me bajé, vino la campaña de desprestigio: rumores, versiones falsas, gente que dejó de saludarme. Y dentro, un motor averiado que no sabía arreglar.
Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Al principio aquella lista me pareció un mapa de carreteras cortadas. Con el tiempo, con mi psicóloga y con mi psiquiatra, entendí que era lo contrario: un mapa que por fin me decía dónde estaban las curvas peligrosas y por dónde se podía pasar.
Hoy conduzco yo. Despacio, con el quitamiedos cerca, pero conduzco yo. Si tú ahora sientes que vas por una carretera sin barrera, al borde del barranco, no sigas solo. En España está el 024, una línea gratuita que atiende a cualquier hora a quien piensa en el suicidio y a quien está preocupado por alguien. Si es una urgencia, el 112. Fuera de España, findahelpline.com te indica qué teléfono hay en tu país. Pedir ayuda es poner un quitamiedos en tu carretera.
Lo que se piensa conduciendo
Hay pensamientos que solo me vienen conduciendo. Muchas letras de mis canciones nacieron así, con las manos en el volante y la mirada en la línea blanca. Algo en el ritmo de la carretera, en la monotonía del paisaje, abre una puerta que en casa está cerrada.

Creo que es porque el cuerpo está ocupado y la mente se suelta. No puedes coger el móvil, no puedes distraerte con nada. Solo estás tú y el camino. Y en ese espacio aparecen las frases.
«In the Quiet Room» es, en parte, un homenaje a eso. A la habitación tranquila que se forma dentro de un coche cuando el mundo de fuera pasa en blanco y negro y tú, por fin, te escuchas.
Las señales que no vemos
Las carreteras están llenas de señales. Flechas, límites de velocidad, avisos de curva, de animales, de desprendimientos. Las vemos tantas veces que dejamos de verlas. Pero ahí están, cuidándonos.
Me he dado cuenta de que en la vida también hay señales así. El cansancio que no se va. Las ganas de no salir de casa. La irritación con todo. Durante años las ignoré, igual que ignoramos los carteles de la autovía. Ahora intento leerlas. Si el cuerpo me pone una flecha de curva, reduzco. Si me pone un aviso de peligro, paro en el arcén y llamo a alguien.
Ese es, quizá, el mejor consejo que puedo dar después de este paseo: mira las señales. No están ahí para asustarte. Están ahí para que llegues.
Para escuchar en la carretera
Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, hay más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.
Mi recomendación: «In the Quiet Room» para un trayecto largo por la meseta, de los que no tienen prisa. Y si te toca conducir de noche, mejor algo con más luz, como «The Northern Lights».
Cuatro postales para el viaje
El quitamiedos ondulado corriendo junto a la ventanilla, como una ola de metal.
El árbol redondo y solo en mitad de la llanura.
Los dos pinos que casi tocan el cristal antes de la curva.
El arbolito delgado del final, despidiéndose junto a la carretera que sigue.
Kilómetro cero
Cuando termino de ver el clip, siempre tengo la sensación de haber hecho un viaje corto pero importante. Tres minutos y medio de carretera en blanco y negro que me dejan más tranquilo que muchas horas de descanso.
Las carreteras no se acaban. Siempre hay otro tramo, otra curva, otro pueblo. Pero ya no me dan miedo. He aprendido a conducir con calma, a mirar la salida de las curvas, a confiar en el quitamiedos y a parar cuando hace falta.
Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip, baja un poco la ventanilla y deja que el paisaje pase. La habitación tranquila te está esperando.