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Una cabina roja bajo la lluvia, postes en la carretera y una llamada que no se termina: los teléfonos de Planeta Gayfolk

Hay épocas en las que el teléfono da miedo. No el aparato, sino lo que puede salir de él. Cuando vives con alguien que te controla, cada vibración sobre la mesa encoge el estómago: puede ser un reproche, una exigencia, una de esas conversaciones que terminan contigo pidiendo perdón por cosas que no has hecho. Y aunque lo pongas boca abajo, lo sigues oyendo. El silencio de un móvil también hace ruido cuando sabes quién te va a escribir.

Por eso me llama la atención la cantidad de teléfonos que hay en Planeta Gayfolk. Cabinas, cables, postes, móviles, llamadas que se cortan y llamadas que no se hacen. No los puse ahí a propósito. Simplemente, cuando uno escribe sobre lo que le ha pasado, los objetos que le dolieron se cuelan en las imágenes. Este texto los recorre uno a uno, empezando por la cabina más triste del planeta, y termina en el número de teléfono que me habría gustado conocer mucho antes.

Una frase repetida hasta gastarse

«Hoy es el último adiós» es una de mis canciones con menos palabras. Casi toda la letra es una sola frase, la que le da título, dicha una y otra vez, cada vez con más peso. Quien habla aclara que ha venido únicamente a eso, a anunciar la despedida, y no añade nada más.

No hay explicaciones, ni reproches, ni historia. Solo alguien que ha ido a un sitio con una única misión: despedirse. La frase se rompe a veces en trozos sueltos, un «yo» aislado, un «solo» que se queda colgando, como cuando uno ensaya algo difícil y se le traba la lengua. Ese ensayo es justo lo que enseña el videoclip, y lo enseña con un teléfono.

La cabina bajo la lluvia

Lo primero que enseña el vídeo, después del título, es una caja roja plantada en una acera mojada. Sus vidrios están tan cubiertos de vaho y de lluvia que el personaje de dentro se ve como a través de un velo. Viste una gabardina de color arena y sujeta junto a la mejilla un aparato negro con su cordón rizado. Al fondo, la ciudad nocturna se deshace en manchas de luz. Pocos segundos más tarde volvemos a la misma caja: otra chaqueta, más oscura, y la misma postura, el auricular contra la oreja. Parece que esa conversación no acaba.

Siempre he leído esa cabina como un ensayo. Hoy casi han desaparecido de las calles, y quien entra en una lo hace por algún motivo: para que la llamada no quede registrada en su móvil, o porque necesita una caja de vidrio para atreverse con algo que en casa no le sale. La cabina protege de la lluvia y, a la vez, deja ver desde fuera a quien habla. Es una confesión con público.

Ya conté el clip completo en el recorrido por el videoclip de «Hoy es el último adiós», con su ramo, su maleta y su acantilado. Aquí me interesa solo esa caja roja. Para mí es el sitio donde se ensaya la frase antes de decirla a la cara.

El cordón en espiral

Hay un detalle que me gusta mucho de esos planos: el auricular. Es pesado, negro, con un cable en espiral que lo ata al aparato. No se puede caminar con él. No se puede hacer otra cosa mientras se habla. Quien coge un auricular así se compromete a quedarse quieto hasta que termine la conversación.

Creo que eso es lo que hemos perdido con los móviles. Hoy se llama andando, cocinando, conduciendo, mirando otra pantalla. Las conversaciones difíciles se han vuelto ligeras, o eso parece. Pero las importantes de verdad siguen pidiendo lo mismo que pedía la cabina: pararse, apoyar la espalda en algo y escuchar. Hay llamadas que funcionan al revés: te quedas quieto mientras al otro lado te desmontan, y no cuelgas, porque no sabes colgar.

Otra caja para hablar

Hacia la mitad aparece otra caja, esta de madera, con una rejilla: un confesionario. El hombre está sentado a un lado, en penumbra, con la cara medio vuelta hacia la celosía. Al otro lado no se ve a nadie.

Fotograma de «Hoy es el último adiós»: un hombre de espaldas en un paseo marítimo al anochecer, con farolas encendidas y el mar gris

Me impresionó darme cuenta, al montar el vídeo, de lo mucho que se parecen la cabina y el confesionario. Los dos son cajas pensadas para hablar con alguien a quien no tienes delante. Los dos tienen una barrera en medio, el cristal o la rejilla, que hace más fácil decir lo que cuesta. Y en los dos, quien habla espera que al otro lado haya alguien dispuesto a escuchar sin echarle nada en cara.

Durante años no tuve ni cabina ni confesionario. No tenía un sitio donde soltar por fin lo que me pasaba. Lo fui guardando todo dentro, como quien guarda monedas para una llamada que nunca hace. Mi caja, al final, fue la consulta de terapia, y allí entendí que llevaba media vida ensayando aquella conversación.

La maleta y el papel

Hay un plano de un dormitorio con una lámpara encendida junto a la cama y una maleta abierta a medio hacer. El hombre está sentado en el borde, con una hoja de papel entre las manos, leyéndola o releyéndola. No sabemos qué pone. Puede ser una carta, una lista, el número de teléfono de alguien.

Me gusta ese papel porque es la versión antigua del móvil. Antes de las agendas en la pantalla, los números se apuntaban en papelitos que se perdían en los bolsillos de los abrigos. Y había números que se guardaban durante años sin marcar, por si acaso, doblados en la cartera junto a los billetes. Pienso a menudo en esos números. En cuánta gente lleva encima el teléfono de alguien que podría ayudarle y no se atreve a usarlo. Si tú tienes uno así, este es un buen día para marcarlo.

Mensajes que no se mandan

Los móviles han inventado una forma nueva de llamada que no se hace: el mensaje escrito y borrado. Todos lo hemos vivido. Escribes tres líneas, las relees, quitas una palabra, añades otra, y al final borras todo y dejas el teléfono sobre la mesa. El otro nunca sabrá lo que estuviste a punto de decir.

Hay mensajes de socorro que no se mandan por vergüenza, mensajes de rabia que no se mandan por miedo y mensajes de cariño que no se mandan por no molestar. Muchas de mis canciones son mensajes de esa clase, por fin enviados, aunque sea a todo el mundo a la vez en lugar de a una sola persona.

Y hay algo más en ese cordón rizado. Se estira, pero tiene un límite. Puedes alejarte un par de pasos del aparato, nunca más. Es una imagen perfecta de ciertas relaciones: te dejan moverte, pero siempre atado a la misma caja, siempre a la distancia exacta que permite el cable. El día que entiendes eso, empiezas a pensar en soltar el auricular.

Un ramo en la calle mojada

Entre una cabina y otra, el mismo personaje de la gabardina avanza por la acera encharcada sujetando contra el pecho unas flores blancas. Más tarde ese ramo arderá. Pero en este momento todavía está entero, envuelto en papel, iluminado por las farolas.

Me gusta pensar que el ramo es la parte de la despedida que no cabe en el teléfono. Hay cosas que se pueden decir por el auricular y cosas que hay que llevar en la mano. La llamada de la cabina es el ensayo; el ramo es la decisión de ir en persona. Y la frase de la canción lo deja claro desde el primer verso: «he venido». No ha llamado. Ha venido.

Un paseo marítimo al anochecer

Hay un plano del clip que no tiene teléfono, pero que para mí es el centro de todo este texto. Es la primera imagen que verás aquí. Un paseo marítimo al atardecer, con el mar gris a la izquierda, una barandilla, farolas encendidas que se pierden en la bruma y, de pie en mitad del paseo, un hombre de espaldas con abrigo oscuro, mirando el agua. En el fotograma original hay otra figura de espaldas en primer plano, observándole; en la imagen de este texto la dejé fuera para que él se quede solo frente al mar.

Foto en blanco y negro de Mike Sain't Louis junto a los primeros versos de «Hoy es el último adiós»: yo solo he venido a decirte que hoy es el último adiós

Es el momento posterior a la llamada. Lo que viene cuando ya has colgado y todavía no sabes qué hacer con lo que has dicho. Todo el mundo conoce ese paseo. El aire frío después de una conversación difícil, las manos en los bolsillos, el teléfono pesando en el abrigo como una piedra. Hay paseos así después de llamadas que hunden y paseos así después de llamadas que sacan a flote. Desde fuera se parecen mucho.

Postes en una carretera vacía

Si salimos de la ciudad y cruzamos el planeta, llegamos a una carretera recta en blanco y negro, en el videoclip de «Trasto viejo». Campo sin nada a los lados, el asfalto agrietado, nubes bajas y, a lo largo del camino, postes de teléfono de madera con sus cables combados. Por la carretera, una anciana empuja un carrito de supermercado lleno de peluches. Es la imagen de la portada de este texto, recortada para quedarnos con la carretera y los postes.

«Trasto viejo» es una canción sobre sentirse tirado, usado, dejado en el contenedor más apartado. Y esos postes me parecen una forma muy precisa de enseñar la soledad. Los cables siguen ahí, la línea existe, cualquiera podría llamar por ellos. Pero en esa carretera no hay casas, no hay cabinas, no hay nadie al otro lado. La conexión está tendida y nadie la usa.

Y sin embargo la anciana sigue caminando. No se detiene a mirar los postes ni espera a que nadie la llame. Empuja su carrito de peluches carretera adelante, como quien lleva consigo la única compañía que le queda. Hay una dignidad enorme en ese gesto, y también una pregunta que me hago cada vez que lo veo: ¿cuánta gente camina así, con el teléfono en el bolsillo y nadie al otro lado?

Muchas personas mayores viven exactamente así. Tienen teléfono. Tienen el número de sus hijos, de sus sobrinos, de sus vecinos. Y el teléfono no suena. Ya hablé del vídeo entero en el texto sobre los ancianos del vertedero. Aquí solo quiero pedirte algo pequeño: si tienes a alguien así, llámale. Hoy. Aunque no tengas nada que contarle.

La llamada que ya no suena

No todos los teléfonos de mis canciones son tristes. Algunos son triunfos. En «No Contact», una canción de pista de baile sobre cortar del todo con quien te ha hecho daño, hay un verso que para mí es una pequeña victoria:

Tu llamada ya no suena

No dice que la otra persona haya dejado de llamar. Dice que ya no suena. Que el teléfono puede vibrar o no, pero ya no tiene poder. Es lo que pasa cuando por fin bloqueas un número que te ha tenido en vilo durante años. Al principio da vértigo. Luego da paz. Llega un día en que te das cuenta de que llevas semanas sin mirar la pantalla con miedo, y ese día lo celebras como quien celebra un cumpleaños.

Ni por teléfono

En «De mito a vómito» la despedida es todavía más tajante. Es una canción sobre alguien a quien tenías idealizado y que se cae del pedestal de golpe, y en mitad de la letra aparece una lista de canales cerrados:

Collage con un detalle de la carátula de «Hoy es el último adiós», el verso «El último adiós» y las carátulas de «Trasto viejo», «No Contact» y «De mito a vómito»
Ni por teléfono, ni correo ni Whatsapp

La escribí con rabia, y se nota. Pero también con alivio. Hay relaciones en las que el teléfono se convierte en una correa. Cada mensaje es un tirón. Cortar todos los canales a la vez es la única manera de que el cuello deje de doler. No es una decisión fácil y no es para todo el mundo, pero para mí fue necesaria.

Saber colgar

Se habla mucho de lo difícil que es llamar y muy poco de lo difícil que es colgar. Hay conversaciones que deberían terminar en el primer minuto y duran una hora. Hay personas al otro lado que te van llevando de un reproche a otro, y tú sigues ahí, con el auricular en la oreja, porque colgar te parece una grosería imperdonable.

La canción «Hoy es el último adiós» es, en el fondo, una canción sobre colgar. Sobre ir a un sitio, decir lo que hay que decir y marcharse sin entrar en la discusión. Por eso la letra es tan corta. No hay réplica posible porque no se abre la puerta a la réplica. Se dice la frase, se repite hasta que quede clara y se acaba.

Colgar a tiempo es una habilidad que se aprende tarde. En terapia se trabaja mucho: poner límites, cortar una conversación que hace daño, no justificar cada decisión. Al principio cuesta tanto como marcar. Pero cada vez que cuelgas a tiempo, el teléfono pesa un poco menos.

Cables que cruzan el planeta

Me gusta imaginar que, por debajo de Planeta Gayfolk, corre una red de cables que une todas sus cabinas, sus postes y sus pantallas. La cabina roja de la ciudad lluviosa, los postes de la carretera en blanco y negro, los móviles de las pistas de baile. Todo conectado, aunque cada personaje se sienta solo en su rincón.

Eso es lo que más me consuela de los teléfonos, incluso de los que me dolieron: su existencia misma demuestra que la línea está tendida. Que hay alguien, en algún sitio, al que se puede llegar. La soledad más dura no es la de quien no tiene teléfono. Es la de quien cree que, aunque llame, nadie va a contestar. Y casi siempre se equivoca.

Lo que pasaba al otro lado del auricular

Todo esto tiene que ver con mi vida, y no quiero esconderlo detrás de las imágenes.

Viví casi veinte años atado a dos parejas narcisistas, una a continuación de la otra, sin un respiro entre medias. No contaré nada que permita poner nombre a nadie, porque lo que importa es lo que me pasó a mí. Aprendí a contestar al teléfono con el tono que se esperaba de mí, a fingir en cada llamada que todo iba bien, a llevar puesta una careta incluso cuando nadie me veía. Cuando por fin corté esas líneas, me encontré con que muchas otras también se habían cortado: buena parte de la gente que me rodeaba había decidido que el culpable era yo. Mi teléfono se quedó mudo justo cuando más falta me hacía que sonara.

En esa época estuve muy cerca de quitarme la vida. Pensé en hacerlo, más de una vez. Lo cuento porque esa es la parte que casi nadie cuenta, y porque callarla me hizo más daño que decirla. Tenía 41 años cuando llegó el diagnóstico, con cinco nombres a la vez: depresión mayor grave, estrés postraumático, ansiedad, fobia social y trastorno de evitación. Aquello fue la primera llamada que alguien me devolvía. Hoy acudo a psiquiatría y a psicología con citas fijas, no me salto la medicación y las canciones me sirven para descolgar y hablar.

El número que habría querido conocer antes

Si estás leyendo esto con el móvil en la mano y la cabeza llena de ideas de hacerte daño, este es el párrafo más importante de todo el texto. En España tienes el 024, pensado justo para quien tiene ideas de suicidio. Es gratuita, funciona de día y de noche, todos los días del año, y no te van a pedir que expliques nada que no quieras. También atiende a quien está preocupado por otra persona. Si la situación es de peligro inmediato, marca el 112. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717. Para niños, adolescentes y sus familias está la Fundación ANAR, en el número 900 20 20 10. Desde fuera de España, findahelpline.com te dice qué número te corresponde.

Ficha de la canción «Hoy es el último adiós» de Mike Sain't Louis: disco El día de la liberación, letra y producción de Mike Sain't Louis

Sé lo que cuesta marcar. Pedir ayuda me pareció imposible durante mucho tiempo, hasta que lo hice. Escribí sobre eso en el texto sobre hablar del suicidio sin tabú. No hace falta tener las palabras preparadas. Basta con decir «no estoy bien». Al otro lado alguien sabe qué hacer con eso.

La mano al borde de las rocas

El final del videoclip de «Hoy es el último adiós» pasa a un acantilado bajo la tormenta. Rayos sobre el mar, olas rompiendo contra la piedra, y dos hombres en el borde. Uno está abajo, agarrado a la roca. El otro, arriba, le tiende la mano y tira de él. No le suelta.

No es una escena que yo quiera interpretar de una sola manera. Pero sé lo que siento cuando la veo. Siento que esa mano es la llamada. Que la persona de arriba es quien contesta al otro lado del 024, o la amiga que te coge el teléfono a las cuatro de la madrugada, o la psicóloga que te dice que vuelvas la semana que viene. Nadie sube solo desde esas rocas. Siempre hace falta una mano. Y para que alguien te la tienda, primero tiene que saber que estás ahí.

Teléfonos para escuchar

Si quieres seguir los teléfonos de este texto, mira el videoclip de «Hoy es el último adiós» y fíjate en las dos cabinas, el ramo, el paseo marítimo y la mano del final. Después salta a el clip de «Trasto viejo» y busca la carretera de los postes, en blanco y negro.

Las canciones de este recorrido se pueden descargar sin coste y sin dar ningún dato en la página de descargas. Ponlas en el móvil. Así, la próxima vez que lo cojas con miedo, al menos sabrás que dentro también hay algo que te acompaña.

Quién está al otro lado

Me presento: Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras salen de mi cuaderno, la producción la decido yo y cada videoclip lo monto yo; con IA se hacen la música y la interpretación vocal, siempre siguiendo mis indicaciones. Con ese trabajo he construido Planeta Gayfolk, y sin darme cuenta lo he llenado de cabinas, cables y llamadas.

Hoy sé que un teléfono puede ser una correa o una cuerda de rescate, según quién esté al otro lado. Y si un día vuelvo a tener miedo, ya sé qué número marcar. Ojalá tú también lo sepas.

Preguntas frecuentes

¿Qué teléfonos aparecen en el videoclip de «Hoy es el último adiós»? Una cabina roja antigua bajo la lluvia, con los cristales empañados, en la que un hombre habla por un auricular de cable. La cabina aparece dos veces, como si la llamada no terminara. Después llegan un ramo de flores blancas, un paseo marítimo al anochecer y un acantilado bajo la tormenta.

¿De qué trata «Hoy es el último adiós»? Es una canción de despedida construida casi con una sola frase repetida: alguien que ha ido a un sitio solo para decir que ese día es el último adiós, sin explicaciones ni reproches.

¿Qué otros teléfonos hay en las canciones de Mike Sain't Louis? Los postes de teléfono de una carretera vacía en el videoclip de «Trasto viejo», la llamada que «ya no suena» en «No Contact» y la lista de canales cerrados de «De mito a vómito».

¿A qué número se puede llamar si se tienen pensamientos suicidas en España? Al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible las 24 horas. En una emergencia, al 112. También están el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para menores, la Fundación ANAR (900 20 20 10).

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, decide la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.

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