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«¿Otra pandemia?»: bulos, estigma y cómo informarse de salud sin caer en el pánico

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Hay títulos que funcionan como un suspiro. «Otra pandemia» es uno de ellos. Lo leo y oigo el resoplido de un país entero que ya se sabe de memoria la palabra «confinamiento», que guardó mascarillas en todos los bolsillos de todos los abrigos y que, cada vez que un telediario abre con un virus nuevo, siente un pequeño escalofrío en la nuca. ¿Otra? ¿En serio? ¿Ahora?

«Otra pandemia» es una canción del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», y su videoclip oficial está en YouTube desde el 22 de junio de 2026. La letra todavía no está publicada, así que en este texto no voy a citar ningún verso. Voy a trabajar con lo que sí está a la vista de todo el mundo: el título, la portada y la sensación que dejan. En la portada hay una ciudad en ruinas, columnas de humo, un sol rojo enorme en un cielo fucsia y, en primer plano, un chico con cresta punk rosa, chaqueta negra de flecos y un parche con una calavera que lleva máscara de gas. Mira por encima del hombro con cara de haber sobrevivido a algo. Es un fin del mundo de película barata, pero con muchísimo estilo.

Escribo como letrista, compositor y productor musical, no como médico ni como epidemiólogo. Por eso este texto no te va a decir qué tienes que hacer con tu salud. Te va a contar otra cosa que me preocupa mucho: cómo nos llega la información cuando hay miedo, por qué los bulos sanitarios tienen una puntería tan cruel con algunos colectivos y qué podemos hacer, cada uno desde su sofá, para informarnos con calma. Al final dejo fuentes y recursos concretos.

El cansancio que cabe en una palabra

Lo primero que me gusta del título es el «otra». No dice «la pandemia», con artículo solemne de libro de historia. Dice «otra», como quien comenta que ha vuelto a llover o que el vecino de arriba ha vuelto a poner la lavadora a medianoche. Ese tono cotidiano para hablar de algo enorme es muy de este planeta. Preferimos reírnos del desastre antes que dejar que nos hunda.

Pero detrás de la sorna hay un cansancio real. Mucha gente vivió entre 2020 y 2021 una temporada que todavía no ha terminado de digerir: el encierro, el miedo por los mayores de la familia, los trabajos que se perdieron, las despedidas que no se pudieron hacer. Ese cansancio tiene nombre en los informes de salud pública, «fatiga pandémica», y describe algo que todos notamos: cuando una alarma dura demasiado, la gente deja de escucharla. O al revés, se queda enganchada a ella y no puede dejar de mirar el móvil.

Las dos reacciones tienen lógica, y las dos nos dejan expuestos. El que ya no quiere saber nada se pierde la información útil. El que no puede dejar de mirar se traga también la información falsa. Y en medio, el cansancio, que es el mejor abono para que crezca un bulo.

La portada: un superviviente con cresta

Vuelvo a la portada, porque me parece una pequeña lección. El chico no lleva traje de astronauta ni bata blanca. No es un héroe de película que ha encontrado la vacuna en un laboratorio. Es alguien corriente, con su chaqueta de flecos y su cresta rosa, que ha llegado hasta aquí y mira atrás sin saber muy bien qué le persigue.

El parche de la calavera con máscara de gas es casi un chiste sobre la estética del miedo. Durante las crisis sanitarias, las imágenes que más circulan son siempre las más dramáticas: hospitales colapsados, trajes de protección, calles vacías. Son reales y hay que verlas. Pero si solo vemos eso, el miedo se vuelve el único idioma posible. La portada lo exagera tanto que lo convierte en pose punk, y al exagerarlo nos deja ver el truco.

Me gusta pensar que el chico de la cresta nos está diciendo algo así: «Sí, han pasado cosas terribles. Y aquí estoy, peinado». No es negar el peligro. Es negarse a que el peligro decida cómo te miras al espejo.

Qué es una infodemia

En febrero de 2020, cuando el coronavirus empezaba a salir de China, el director general de la Organización Mundial de la Salud dijo una frase que se citó muchísimo: que no estábamos luchando solo contra una epidemia, sino contra una «infodemia». La palabra junta «información» y «epidemia», y describe muy bien lo que vino después: una avalancha de datos, rumores, remedios caseros, teorías y cadenas de mensajes que se movían más rápido que el propio virus.

Fotogramas del videoclip oficial de «Otra pandemia», de Mike Sain't Louis

La OMS usa esa palabra para hablar de un exceso de información, verdadera y falsa, que hace difícil encontrar lo fiable justo cuando más se necesita. No es solo que haya mentiras. Es que hay tanto ruido que la verdad se queda sin hueco. Un audio reenviado en el grupo de la familia, una captura de pantalla sin fecha, un vídeo de alguien con bata que nadie sabe quién es. Todo llega a la vez y todo parece urgente.

Lo interesante es que una infodemia no necesita malos de película. Mucha gente que reenvía un bulo lo hace con buena intención: quiere avisar, proteger, cuidar. Por eso son tan difíciles de parar. El mensaje falso viaja montado en el cariño.

Por qué los bulos sanitarios funcionan

Hay varias razones por las que un bulo sobre salud se extiende más que una noticia aburrida y exacta. La primera es emocional: los mensajes que dan miedo o indignación se comparten más que los que tranquilizan. Un titular que dice «los casos bajan poco a poco» no hace que nadie coja el móvil. Uno que dice «lo que no te cuentan» sí.

La segunda es que los bulos suelen ofrecer certezas donde la ciencia ofrece matices. Al principio de cualquier brote, los expertos dicen muchas veces «todavía no lo sabemos», porque es la verdad. Y esa frase, tan honrada, deja un hueco que alguien rellena con una explicación sencilla, rotunda y falsa.

La tercera razón es la que más me importa en este texto: los bulos sanitarios casi siempre buscan un culpable. No les basta con explicar qué pasa. Necesitan decir quién tiene la culpa. Y ese quién suele ser alguien que ya estaba señalado antes de que llegara el virus: los extranjeros, los pobres, los que viven de una forma distinta, los maricas.

La «peste rosa» y la memoria de los ochenta

Quien tenga cierta edad recordará cómo se habló del sida a principios de los años ochenta. En los primeros informes médicos de Estados Unidos, en 1982, se llegó a usar una sigla que relacionaba la enfermedad con los hombres gais, y en la prensa de muchos países, también en España, circularon expresiones como «cáncer gay» o «peste rosa». Aquellas palabras no eran inocentes. Convertían una enfermedad en una característica de un grupo, y a ese grupo, en sospechoso.

El efecto fue doble. Por un lado, cayó sobre los hombres gais un estigma que todavía se arrastra: la idea de que su forma de amar era peligrosa en sí misma. Por otro, mucha gente que no se reconocía en ese grupo pensó que el problema no iba con ella. Heterosexuales, mujeres, personas que se habían hecho una transfusión: muchos tardaron en saber que también podían infectarse porque el nombre de la enfermedad les decía que era cosa de otros.

Esa es la trampa del estigma en salud pública. No solo hace daño a quien señala. También engaña a quien no señala. Y retrasa todo: las pruebas, los tratamientos, las conversaciones en casa. Ya conté en el texto sobre la LGTBIfobia en la consulta lo que pasa cuando alguien miente al médico por vergüenza. Esa vergüenza tiene raíces, y muchas vienen de aquellos años.

La mpox de 2022: otra vez el mismo guion

Cuarenta años después, la historia estuvo a punto de repetirse. En la primavera de 2022 empezaron a aparecer en Europa, también en España, casos de una infección que hasta entonces se veía sobre todo en algunos países de África central y occidental. Entonces se llamaba «viruela del mono». La Organización Mundial de la Salud declaró el brote emergencia de salud pública de importancia internacional en julio de 2022 y la dio por terminada el 11 de mayo de 2023, cuando los casos llevaban tiempo bajando en todo el mundo.

En España, según el Centro Nacional de Epidemiología, en 2022 se notificaron 7.521 casos confirmados. La gran mayoría fueron hombres, y una parte muy grande, hombres que tienen sexo con hombres. Ese dato era importante para las campañas de prevención, porque permitía llegar a quien más lo necesitaba. Pero en algunos titulares, tertulias y redes sociales se convirtió otra vez en otra cosa: en una forma de decir que era una enfermedad «de gais».

Y no lo era. Un virus no pregunta con quién te acuestas. Se transmite por contacto estrecho, y en aquel brote ese contacto se dio sobre todo en determinadas redes sexuales. Es una diferencia que parece pequeña y es enorme: una cosa es describir por dónde circula un virus en un momento dado y otra muy distinta convertir a un grupo de personas en su origen.

El nombre también contagia

A finales de noviembre de 2022, la OMS decidió cambiar el nombre de la enfermedad y empezar a llamarla «mpox». Una de las razones que dio fue que el nombre antiguo se estaba usando con un lenguaje racista y estigmatizante. Me parece un detalle muy revelador. Las palabras no son etiquetas neutras pegadas a las cosas. Las palabras se pegan a la gente.

Collage con un detalle de la carátula de «Otra pandemia» y las carátulas de «El día de la liberación», «A Cuchillo»

Hay una regla que la propia OMS sigue desde hace años para bautizar enfermedades nuevas: evitar nombres de lugares, de animales, de profesiones y de grupos de personas. Si una enfermedad lleva el nombre de un país, sus habitantes cargan con ella aunque no tengan nada que ver. Si lleva el nombre de un colectivo, ese colectivo se vuelve sospechoso.

Lo pienso a menudo cuando escribo. Elegir una palabra es elegir a quién ilumina y a quién deja en sombra. En el caso del chico de la portada, «Otra pandemia» no nombra a nadie. No hay culpable en el título. Solo hay cansancio, ironía y alguien que ha sobrevivido. Me parece la forma más justa de hablar de una crisis: sin señalar.

Lo que pasa cuando te señalan

Ser parte de un grupo señalado durante una alarma sanitaria tiene un coste que no aparece en las estadísticas. Hay gente que deja de ir a por pruebas por miedo a que la vean entrar en según qué consulta. Hay gente que oculta síntomas a su familia para no tener que dar explicaciones sobre su vida. Hay gente que oye en el trabajo un chiste sobre «lo vuestro» y se ríe por no discutir, y luego llega a casa con el estómago encogido.

Eso tiene un nombre que ya expliqué en el texto sobre el estrés de minoría: el cansancio de estar siempre alerta, de medir cada palabra, de calcular dónde es seguro ser quien eres. Durante una crisis sanitaria con estigma, esa alerta se dispara. Ya no basta con cuidarse del virus. Hay que cuidarse también de lo que dirán.

Y luego están las redes. En cada alarma, los comentarios se llenan de frases que no repetiré aquí, pero que todos conocemos. Hablé de cómo responder, o no responder, en el texto sobre el odio en redes. Lo que añado ahora es una idea sencilla: el odio en redes durante una crisis sanitaria no es solo desagradable. Es un problema de salud pública, porque aleja a la gente de las pruebas y de la información fiable.

Cómo reconocer un bulo de salud

No hace falta ser periodista para detectar la mayoría de los bulos sanitarios. Hay señales que se repiten mucho. Te dejo las que a mí me sirven, aunque ninguna es infalible por sí sola.

La primera es la urgencia: «compártelo ya», «antes de que lo borren», «que lo sepa todo el mundo». La información fiable rara vez te exige prisa. La segunda es la fuente borrosa: «un amigo que es médico», «una enfermera del hospital de mi prima», «dicen los expertos». Si no hay nombre, cargo y lugar, desconfía. La tercera es la ausencia de fecha. Muchos bulos son noticias reales de otro año o de otro país, recicladas como si fueran de hoy.

La cuarta señal es el tono. Si un mensaje te hace sentir mucho miedo o mucha rabia en pocos segundos, para un momento. Esa emoción es justo lo que busca. La quinta es el culpable: si el mensaje explica la enfermedad señalando a un grupo de personas, a un barrio o a una nacionalidad, ya tienes una pista de que algo huele mal. Y la sexta es la solución milagrosa: el remedio casero, el suplemento, la bebida que lo cura todo. La medicina de verdad suele ser más aburrida.

Antes de reenviar, respira

Hay una costumbre pequeña que me cambió la relación con el móvil en las épocas de más ruido: no reenviar nada en los primeros minutos. Leo, cierro, hago otra cosa y vuelvo. Si al volver el mensaje sigue pareciendo importante, busco la fuente original. Casi siempre, en ese rato, la urgencia se ha desinflado sola.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Otra pandemia», de Mike Sain't Louis

También me ayuda preguntarme a quién se lo voy a mandar y para qué. ¿Mi madre necesita ese audio de cuatro minutos de un desconocido? ¿Le va a ayudar o la va a asustar? A veces lo más cuidadoso que puedes hacer por tu gente es no pasarle el miedo que te acaba de llegar a ti.

Y si alguien de tu familia reenvía un bulo en el grupo, no hace falta montar un drama público. Un mensaje privado, con cariño y con un enlace fiable, suele funcionar mejor que corregirle delante de todos. La gente rara vez cambia de opinión cuando se siente humillada. Funciona mejor sentirse acompañada.

Fuentes fiables para no perderse

En España, la información oficial sobre brotes y enfermedades transmisibles la publican el Ministerio de Sanidad y las consejerías de sanidad de cada comunidad autónoma. El Centro Nacional de Epidemiología, que depende del Instituto de Salud Carlos III, publica informes con datos de casos. A escala internacional, la Organización Mundial de la Salud y el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades publican actualizaciones con fecha.

Para comprobar si algo que te ha llegado es un bulo, en España hay medios dedicados a la verificación, como Maldita.es, Newtral o EFE Verifica. Puedes buscar en sus webs la frase que te ha llegado o enviársela para que la revisen. Es una forma sencilla de no quedarte con la duda.

Y para tu caso concreto, la mejor fuente sigue siendo tu centro de salud, tu médico de cabecera o, si se trata de salud sexual, un centro de infecciones de transmisión sexual o un servicio de pruebas comunitario. Ningún hilo de redes sustituye a una consulta. Y ninguna consulta debería hacerte sentir juzgado: si te pasa, tienes derecho a pedir otro profesional y a reclamar.

Hacerse pruebas sin miedo ni vergüenza

Una de las consecuencias más tristes del estigma es que hace que la gente evite las pruebas. Por eso quiero decirlo claro: hacerse una prueba no es confesar nada. Es cuidarse, igual que ir al dentista o revisarse la tensión. En muchas ciudades españolas hay servicios públicos y comunitarios donde puedes hacerte pruebas de VIH y de otras infecciones de forma confidencial, a menudo gratuita y con personal que no te va a mirar raro.

Asociaciones como CESIDA, que agrupa a entidades de toda España que trabajan con VIH, o Apoyo Positivo en Madrid y BCN Checkpoint en Barcelona, ofrecen información, pruebas o acompañamiento según cada caso. Las asociaciones LGTBI de tu comunidad suelen saber también dónde se hacen pruebas cerca de ti. Si no sabes por dónde empezar, una llamada a tu centro de salud también sirve: te pueden orientar.

Lo importante es no dejar que el miedo a lo que piensen otros decida por ti. La salud no es una prueba de moralidad. Es salud.

El miedo también se cuida

Cuando el ruido informativo sube, mucha gente nota la ansiedad en el cuerpo: dormir peor, revisar el móvil cada pocos minutos, sentir el pecho apretado al leer ciertas palabras. No es debilidad. Es una respuesta bastante normal a una amenaza que no se ve y que no controlas.

Algunas cosas sencillas ayudan. Elegir uno o dos momentos al día para informarte, en lugar de estar enganchado todo el rato. Seguir a pocas fuentes buenas en lugar de a muchas malas. Silenciar durante unos días los grupos que solo te traen alarma. Hablar con alguien de confianza sobre cómo te sientes, en lugar de rumiarlo solo y sin ese miedo a molestar que tantas veces nos frena. Moverte un poco, salir a la calle si se puede, hacer algo con las manos.

Ya escribí sobre la sensación de que nadie te va a contestar cuando pides ayuda y sobre la salud mental sin tabú. Lo repito aquí porque las alarmas sanitarias suelen remover cosas que ya estaban: duelos, soledades, recuerdos de otros encierros. Si notas que el miedo se ha vuelto demasiado grande, pedir ayuda es lo más sensato que puedes hacer.

Lo que aprendí escribiendo títulos

Cuando pienso en «Otra pandemia», me fijo en que el título funciona porque no pretende explicarlo todo. Deja espacio. Cada persona que lo lee pone su propia pandemia: la de 2020, la de los ochenta, una crisis personal que también sintió como un fin del mundo. A veces una canción no informa. Acompaña. Y eso también es importante en una época de ruido.

Ficha de la canción «Otra pandemia» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

He aprendido que los títulos que más me gustan son los que tienen una pequeña sonrisa dentro del dolor. Lo conté en por qué el primer disco tiene título de noticia: los titulares nos rodean, nos asustan y nos agotan, y jugar con ellos es una forma de recuperar un poco de control. Si el telediario dice «nueva alerta», yo puedo contestar con una cresta rosa.

No es frivolidad. Es una forma de defensa. Reírse del apocalipsis no lo hace menos real, pero sí hace que quepa en una habitación. Y en una habitación se puede pensar, mientras que en un apocalipsis solo se puede correr.

La segunda emergencia, ya sin tanto ruido

Algo que me llamó la atención al documentarme para este texto es que la mpox volvió a ser emergencia internacional en agosto de 2024, esta vez por el aumento de casos en la República Democrática del Congo y en otros países africanos, y que la OMS la dio por terminada el 5 de septiembre de 2025. En España se habló de ello bastante menos que en 2022.

Ese silencio también dice algo. Cuando una alarma afecta sobre todo a países lejanos y pobres, se vuelve menos noticia. Y cuando se vuelve menos noticia, se dedican menos recursos, menos vacunas y menos atención. El estigma tiene dos caras: señalar a algunos y olvidar a otros. Las dos hacen daño.

No lo cuento para dar lecciones, sino porque me parece un buen recordatorio. Informarse bien no es solo saber lo que pasa en tu barrio. También es preguntarse por qué unas historias llegan a la portada y otras no.

Cómo puede ayudar cada persona

No hace falta ser científico para mejorar un poco el ecosistema de la información. Hay gestos pequeños que suman mucho. No reenviar sin comprobar. Corregir con cariño. Pedir fuentes. Elegir bien las palabras: decir «personas con VIH» en lugar de etiquetas que reducen a alguien a un diagnóstico; decir «mpox» en lugar del nombre antiguo; no hablar de enfermedades «de» un colectivo.

También ayuda escuchar a quienes trabajan en primera línea con los grupos afectados. Las asociaciones de pacientes y las entidades comunitarias suelen tener información práctica que no aparece en los titulares: dónde vacunarse, qué horarios tiene el servicio de pruebas, cómo pedir cita sin dar explicaciones. Y suelen saber explicar las cosas sin sermones.

Y, sobre todo, ayuda no aprovechar el miedo para viejas cuentas pendientes. Si alguien usa una alarma sanitaria para decir lo que ya pensaba de los gais, de los inmigrantes o de quien sea, no está hablando de salud. Está usando la salud como excusa. Lo expliqué de otra forma en el texto sobre la desafección política: los derechos también dependen de cómo hablamos de los demás cuando tenemos miedo.

Dónde pedir ayuda

Si la ansiedad por lo que lees te está desbordando, o si estás pasando un mal momento por cualquier motivo, no tienes que llevarlo solo. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, atiende a todas horas y también orienta a familiares y amigos preocupados por alguien. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717. Si eres menor de edad, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. En una emergencia, llama al 112. Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar la línea de tu país.

Para dudas de salud, tu centro de salud y los servicios de salud sexual de tu comunidad son el sitio adecuado. Para comprobar un mensaje sospechoso, los servicios de verificación que he mencionado. Y para todo lo demás, una conversación con alguien de confianza suele ser mejor que otra hora mirando la pantalla.

Un superviviente que mira atrás

Vuelvo al chico de la portada una última vez. Me gusta que mire por encima del hombro, y no hacia delante con cara de victoria. Creo que así salimos de las crisis la mayoría: sin desfile, con la ropa algo chamuscada, mirando atrás para entender qué ha pasado. Y con la cresta todavía en su sitio.

Si llega otra pandemia, y llegará alguna alarma, ojalá la recibamos mejor preparados. No solo con mascarillas y vacunas, sino con mejores palabras. Con menos culpables y más fuentes. Con la paciencia de no reenviar lo primero que nos llega. Y con la ironía suficiente para decir, como dice el título, «¿otra?», y seguir cuidándonos unos a otros.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Otra pandemia»? Es una canción del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», con videoclip oficial en YouTube desde el 22 de junio de 2026. Su letra todavía no está publicada; el título y la portada, un chico con cresta punk rosa ante una ciudad en ruinas, juegan con el hartazgo y la ironía ante otra crisis.

¿Qué es una infodemia? Es el término que usa la Organización Mundial de la Salud para describir un exceso de información, verdadera y falsa, que circula durante una crisis sanitaria y hace difícil encontrar la información fiable cuando más se necesita.

¿Por qué se cambió el nombre de la viruela del mono a mpox? La OMS adoptó el nombre «mpox» a finales de 2022, entre otras razones porque el nombre antiguo se estaba usando con un lenguaje racista y estigmatizante. Sus normas recomiendan no nombrar enfermedades con lugares, animales o grupos de personas.

¿Cómo puedo comprobar si un mensaje sobre salud es un bulo? Busca la fuente original y la fecha, desconfía de los mensajes que piden prisa o señalan a un colectivo, y consulta la información del Ministerio de Sanidad, de tu comunidad autónoma o de verificadores como Maldita.es, Newtral o EFE Verifica.

¿Dónde me puedo hacer pruebas de VIH u otras infecciones? En tu centro de salud, en los centros de infecciones de transmisión sexual de tu comunidad y en servicios comunitarios de asociaciones como las que forman parte de CESIDA. Muchos son confidenciales y gratuitos.