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«Nana para adultos»: dormir en pareja, los ronquidos, la guerra del edredón y el termostato

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Las nanas nacieron para los niños. Para calmarlos, para acompañar ese momento frágil en el que el día se apaga y hay que soltarse. Nadie compone nanas para los adultos, como si a partir de cierta edad ya supiéramos dormirnos solos. Y no sabemos. Basta con compartir cama con otra persona para descubrir que dormir es una de las actividades más complicadas de la vida en pareja.

«Nana para adultos» es una canción del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», y su videoclip oficial está en YouTube desde el 9 de junio de 2026. Su letra todavía no se ha publicado, así que este texto no reproduce ninguna línea suya. Lo que sí tengo delante es su portada, que es un dormitorio de exceso maravilloso: alfombras y cojines de pelo rosa, una lámpara antigua encendida, plantas, cuadros y la luz cálida de la madrugada. Sobre todo eso, dos chicos recostados. Uno con un pijama de satén dorado abierto y gafas. El otro, delante, con un pijama negro estampado de corazones rojos, también abierto, mirando a cámara con media sonrisa. Encima, el título en neón fucsia, como el rótulo de un local nocturno.

Lo que hay entre esos dos chicos lo dejo a la imaginación de cada cual. Aquí me interesa lo que pasa después, cuando la lámpara se apaga y toca dormir de verdad. Escribo desde mi oficio de letrista, compositor y productor musical, y desde la experiencia de muchas noches en camas compartidas, algunas plácidas y otras dignas de un documental de supervivencia.

Una aclaración antes de empezar: las cabezadas de después de comer ya tienen su propio manual en el texto sobre la siesta y sus normas no escritas. Lo de hoy es otra liga. Lo de hoy es la noche entera, ocho horas o las que caigan, con otra persona respirando a treinta centímetros de tu oreja y sin posibilidad de escapar al sofá sin dar explicaciones.

El lado de la cama

La primera decisión de cualquier pareja que duerme junta no es dónde vivir ni si tener perro. Es quién duerme a la izquierda y quién a la derecha. Y esa decisión se toma casi sin hablar, la primera noche, y luego se vuelve ley. Ya nadie la discute. Es como la Constitución: se votó una vez y ahí sigue.

Hay gente que necesita dormir del lado de la puerta, por si hay que huir. Gente que necesita el lado de la ventana, por el aire. Gente que necesita estar cerca del enchufe, por el móvil. Y gente a la que le da igual, que suele ser la que acaba durmiendo en el lado que nadie quiere, pegado a la pared, con el codo contra el gotelé.

Lo divertido es lo que pasa cuando dormís fuera de casa. En el hotel, en casa de unos amigos, en el apartamento de la playa. La cama es distinta, la puerta está en otro sitio, y de repente la ley del lado se tambalea. ¿Respetamos la izquierda de siempre aunque aquí la izquierda esté junto al baño? Hay parejas que han discutido más por eso que por la herencia de una tía.

La guerra del edredón

Si el lado de la cama es la Constitución, el edredón es el territorio en disputa. Ninguna pareja del mundo ha conseguido repartir un edredón de forma justa durante una noche entera. Empiezas con la mitad, perfectamente centrado, y a las tres de la mañana te despiertas destapado y aterido, mientras el otro duerme envuelto como un burrito, con una placidez que da rabia.

Fotogramas del videoclip oficial de «Nana para adultos», de Mike Sain't Louis

El ladrón de edredón nunca sabe que lo es. Si se lo dices por la mañana, lo niega con total sinceridad. Él no ha hecho nada. Él estaba dormido. Y es verdad: el robo del edredón es un crimen inconsciente, un acto reflejo del cuerpo que busca calor y lo encuentra en la parte del otro.

Hay soluciones. La escandinava, que consiste en tener dos edredones individuales en la misma cama, uno para cada uno. Me parece una idea genial y, al mismo tiempo, un poco triste, como poner dos sillas separadas en una cena romántica. La solución práctica, que es comprar un edredón más grande de lo que necesita la cama. Y la solución de la paciencia, que es levantarse, recuperar tu mitad con dignidad y volver a dormirte rumiando la venganza.

El termostato y las dos estaciones

En casi todas las parejas hay uno que siempre tiene frío y otro que siempre tiene calor. Es una ley natural, como la gravedad. Y en la cama esa diferencia se convierte en un conflicto diplomático. Uno quiere la ventana abierta y el ventilador encendido. El otro quiere calcetines, pijama de felpa y la manta de la abuela.

En invierno, el friolero se pega al caluroso como quien se arrima a una estufa. Y el caluroso, que estaba sudando ya, intenta escapar hacia el borde de la cama sin parecer antipático. En verano, la cosa se invierte: el caluroso ocupa media cama en forma de estrella de mar y el friolero se queda en una esquina, tapado con la sábana hasta la nariz porque el aire acondicionado está a veintidós grados.

He visto parejas que han resuelto esto con pactos muy elaborados: el termostato a tal temperatura de noviembre a marzo, a tal otra de abril a octubre. Ventilador permitido, pero apuntando solo a un lado. Calcetines sí, pero no dentro de la cama, por favor. La convivencia es un tratado internacional que se renegocia cada estación.

Los ronquidos

No se puede hablar de dormir en pareja sin hablar de ronquidos. Hay ronquidos suaves, casi musicales, como un gato ronroneando. Hay ronquidos rítmicos, de tren de mercancías. Y hay ronquidos imposibles, con pausas dramáticas en las que te incorporas preocupado porque crees que el otro ha dejado de respirar, y justo entonces arranca de nuevo con más fuerza.

El roncador, igual que el ladrón de edredón, nunca se oye a sí mismo. Si le dices que ronca, te mira ofendido: «¿Yo? Imposible». Por eso hay quien graba al otro con el móvil para tener pruebas. Es una de las experiencias más humillantes de la vida adulta: que te pongan por la mañana, con el café en la mano, una grabación de ti mismo roncando como un oso. Y aun así hay quien sigue negándolo.

Hablando en serio un momento: si alguien ronca mucho y además hace pausas largas al respirar o se levanta siempre cansado, merece la pena que lo consulte con su médico. Hay problemas de sueño que conviene revisar. Pero en la mayoría de los casos, el ronquido es solo un pequeño ruido doméstico más, como la nevera o el ascensor del vecino. Y para eso se inventaron los tapones.

Las religiones de la almohada

Cada persona tiene una relación casi mística con su almohada. Hay quien necesita una almohada dura como un ladrillo y quien la quiere tan blanda que se hunde hasta las orejas. Hay quien duerme con dos, una encima de otra, como un trono. Hay quien duerme sin ninguna, con la cabeza plana sobre el colchón, y te mira como si fueras un sibarita por necesitarla. Y hay quien abraza una tercera almohada entre las piernas, por la espalda, dice, aunque todos sabemos que es por cariño.

Collage con un detalle de la carátula de «Nana para adultos» y las carátulas de «El día de la liberación», «Trasto Viejo»

Cuando dos personas empiezan a dormir juntas, las almohadas se convierten en una negociación delicada. Nadie quiere renunciar a la suya. Por eso en tantas casas de pareja hay dos almohadas distintas en la misma cama, una alta y otra baja, una de plumas y otra viscoelástica, como dos banderas en una frontera. Y cuando alguien se lleva por error la almohada del otro al sofá, se produce un incidente diplomático que puede durar toda la tarde.

Luego están los cojines decorativos. Esos cojines que se colocan sobre la cama hecha y que no sirven para nada, salvo para tener que quitarlos cada noche y volver a ponerlos cada mañana. En toda pareja hay uno que los adora y otro que los odia en silencio. El que los odia acaba tirándolos al suelo con una puntería creciente. El que los adora los recoge con resignación. La portada de la canción, con sus cojines de pelo rosa, deja claro de qué bando está. Yo no pienso decir del mío.

El perro, el gato y la cama

Hay un tercer protagonista en muchas camas que no ronca, o sí, pero que nadie se atreve a echar: el animal de compañía. El perro que empieza la noche a los pies, muy formal, y amanece con la cabeza en tu almohada. El gato que elige dormir justo en el hueco entre los dos, de forma que nadie puede moverse sin despertarle. Y la sensación de que, al final, los humanos somos invitados en una cama que pertenece a otro.

Las parejas también se dividen en esto. Están las que dejan subir al animal sin discusión y las que lo prohíben con firmeza hasta que llega una noche de tormenta y el perro tiembla en la puerta. A partir de esa noche, la prohibición queda derogada para siempre. Nadie lo reconoce, pero todos lo saben.

Dormir con un animal tiene algo de nana sin palabras. Su respiración tranquila, su calor, su forma de acurrucarse. Hay noches en que el gato duerme mejor que nadie en la casa y uno siente cierta envidia de esa capacidad para no preocuparse de nada. Quizá la verdadera nana para adultos sea esa: un ronroneo a los pies de la cama.

El móvil a las dos de la mañana

La cama del siglo veintiuno tiene un tercer ocupante: el móvil. A veces uno de los dos se duerme y el otro se queda mirando la pantalla con el brillo al mínimo, convencido de que así no molesta. Y molesta. Ese resplandor azul en la oscuridad es como dormir junto a un faro.

Peor aún es el que se ríe solo. Estás a punto de dormirte y oyes una risita ahogada. Abres un ojo. El otro está viendo vídeos de perros que se caen. Le preguntas qué pasa y te dice «nada, nada, duérmete». Pero ya no te duermes, porque ahora quieres ver el vídeo del perro.

Y luego está la vibración. El móvil que vibra en la mesilla a las tres de la mañana con un mensaje del grupo de amigos. Ya conté en el texto sobre discutir por mensajes que los mensajes a deshoras pueden causar dramas. En la cama, el modo «no molestar» debería ser obligatorio. Por salud mental. Y por la paz de la pareja.

Horarios que no coinciden

Hay parejas en las que uno es de mañana y el otro de noche. El madrugador se acuesta a las once y se levanta a las seis y media, lleno de energía, con ganas de hacer zumo de naranja y planes. El noctámbulo se acuesta a las dos y se levanta a las diez, gruñendo, sin querer hablar con nadie hasta el segundo café.

Más fotogramas del videoclip oficial de «Nana para adultos», de Mike Sain't Louis

Compartir cama con horarios distintos es un ejercicio de sigilo. El que llega tarde tiene que entrar en la habitación a oscuras, desvestirse sin hacer ruido y meterse en la cama sin despertar al otro. Siempre falla. Siempre hay un zapato que cae, una puerta de armario que cruje, un golpe en la espinilla contra la esquina de la cama. Y el que madruga tiene que salir sin despertar al que duerme, lo que suele implicar ducharse a ciegas y vestirse en el pasillo.

Lo hablé un poco en el texto sobre el tardeo: no todo el mundo es de noche. Y en la pareja esa diferencia se nota más que en ningún sitio. No hace falta cambiar de reloj por amor. Hace falta comprar unas buenas zapatillas silenciosas.

Hablar en sueños

Hay gente que habla dormida. Y compartir cama con alguien así es como tener una radio que se enciende sola. A veces son palabras sueltas, sin sentido. A veces son frases completas: «¿Has cerrado la puerta del garaje?». Y tú no tienes garaje. A veces son nombres, y ahí empieza el problema.

Porque si tu pareja dice en sueños un nombre que no es el tuyo, la mañana siguiente puede ser muy larga. «¿Quién es Fernando?» «No sé, no conozco a ningún Fernando.» «Pues anoche lo llamabas con mucho cariño.» Lo más probable es que Fernando sea un personaje de un sueño absurdo, un compañero de colegio de hace veinte años o el presentador del telediario. Pero el cerebro dormido no da explicaciones.

Ya escribí en el texto sobre el crush de famoso que dentro de una pareja caben fantasías inofensivas. Los sueños son el mejor ejemplo. Nadie es responsable de lo que sueña. Así que si tu pareja grita en sueños un nombre ajeno, ríete, apúntalo y úsalo como chantaje durante años.

La primera noche con alguien nuevo

Dormir con alguien por primera vez es una experiencia muy distinta a todo lo anterior. No es lo mismo pasar la noche con alguien que dormir con alguien. Lo primero puede ser emocionante. Lo segundo es un ejercicio de vulnerabilidad absoluta.

En la primera noche nadie se duerme del todo. Estás pendiente de no roncar, de no babear, de no ocupar demasiado sitio, de no tirarte un pedo, de no robar el edredón. Te quedas quieto en una postura que no es la tuya, como una estatua, durante horas. Y al día siguiente te levantas con dolor de cuello y la sensación de haber dormido en un tren nocturno.

Luego está la mañana. ¿Quién se levanta primero? ¿Se prepara café? ¿Se desayuna juntos o cada uno se va a su casa? Ya conté en el texto sobre la cocina que el desayuno con alguien nuevo es todo un protocolo. Pero antes del desayuno está el despertar: ese momento en que abres los ojos, ves a alguien a tu lado y tardas un segundo en recordar quién es y qué hace allí. Es un segundo muy largo.

Dormir separados sin drama

Hay parejas que, después de años de ronquidos, edredones robados y horarios incompatibles, deciden dormir en camas separadas o incluso en habitaciones distintas. Y durante mucho tiempo eso se ha visto como el principio del fin, como si una pareja que no duerme junta ya no fuera pareja.

Yo no lo veo así. Dormir bien es importante, y si dormir juntos os quita el sueño, separaros por la noche puede ser la mejor forma de llevaros bien de día. Se puede compartir la cama para otras cosas, para leer juntos, para ver una serie, para hacer lo que hacen los chicos de la portada, y luego cada uno irse a su cuarto a dormir a pierna suelta.

Lo que importa no es dónde duerme cada uno, sino cómo se tratan cuando están despiertos. Hay parejas que duermen abrazadas y no se hablan durante el día. Y parejas que duermen en camas separadas y se mandan mensajes de buenos días desde la habitación de al lado. Ya conté en el amor a distancia que la distancia también puede ser una forma de cariño. A veces, unos metros de pasillo son más sanos que una cama compartida a la fuerza.

Dormir solo después de dormir acompañado

Y luego está lo contrario: volver a dormir solo después de mucho tiempo durmiendo acompañado. Al principio la cama parece enorme. Te despiertas de madrugada buscando a alguien con el brazo. Echas de menos hasta los ronquidos, cosa que jamás habrías admitido antes.

Ficha de la canción «Nana para adultos» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Pero también hay un placer secreto en recuperar la cama entera. Dormir en diagonal. Poner la temperatura que tú quieras. Leer con la luz encendida hasta la hora que te dé la gana. Comer galletas en la cama sin que nadie proteste por las migas. Ya hablé de esos placeres en el texto sobre la soltería elegida. La cama para uno no es un castigo. Puede ser un reino.

Y si echas de menos que alguien te arrope, siempre puedes leer la nana del chico de cuero, que va justo de eso: del derecho a que alguien cuide nuestro descanso, también cuando somos mayores.

Una nana que no es para niños

Vuelvo a la portada. Lo que más me divierte es el cambio de público: una nana que, en lugar de mecer a un bebé, mece a dos señores hechos y derechos en pijama de satén. La función, sin embargo, es la misma de siempre: ayudar a soltar el día. Los adultos también necesitamos eso. Quizá más que los niños, porque llevamos encima el peso de todo el día.

Esa luz cálida, esos cojines de pelo, esos pijamas de satén abiertos: la portada propone un dormitorio que no es solo para dormir, sino para quedarse. Un sitio donde lo más importante es estar a gusto. Me parece una buena aspiración para cualquier cama, compartida o no. Que sea un lugar donde uno se sienta tranquilo.

También me hace gracia pensar en la escena del videoclip, con sus cunas de barrotes para adultos. Es una imagen absurda y muy tierna a la vez: gente mayor metida en cunas como si volviera a la infancia, a ese tiempo en el que alguien vigilaba nuestro sueño. Lo que la portada sugiere con picardía, el vídeo lo lleva al terreno del juego. Y las dos cosas caben en una noche.

Pequeño manual para dormir en pareja

Para terminar, y como servicio público, dejo un manual básico para dormir en pareja sin terminar en el sofá. No es científico. Es la experiencia acumulada de muchas noches.

Pactad el lado de la cama y respetadlo también fuera de casa. Comprad un edredón más grande que la cama. Negociad el termostato por estaciones. Si uno ronca, que no se ofenda: tapones para el otro y, si hace falta, visita al médico. Modo «no molestar» en el móvil a partir de cierta hora. El que llega tarde entra a oscuras, pero con zapatillas silenciosas. Lo que se dice en sueños no se usa en contra de nadie, salvo para hacer bromas. Dormir separados no es un fracaso si os hace más felices. Y nunca, nunca, se discute de madrugada: todo parece más grave a las tres de la mañana y casi todo se arregla a las diez, con café.

Y si nada de esto funciona, siempre queda darle al play a una nana. Que para algo existe la canción.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Nana para adultos»? Es una canción del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», con videoclip oficial en YouTube desde el 9 de junio de 2026. Su letra todavía no está publicada. La portada juega a convertir una canción de cuna en algo para mayores, con dos chicos en pijama en un dormitorio de luz cálida.

¿Es malo para la pareja dormir en camas separadas? No necesariamente. Si dormir juntos os impide descansar, dormir separados puede mejorar el humor y la convivencia. Lo importante es cómo os tratáis despiertos.

¿Qué hacer si mi pareja ronca mucho? Los tapones y dormirse antes que el otro ayudan. Si los ronquidos son muy fuertes, hay pausas largas al respirar o tu pareja se levanta siempre cansada, conviene que lo consulte con su médico.

¿Cómo repartir el edredón en pareja? La solución más práctica es usar un edredón más grande que la cama o dos edredones individuales, como se hace en algunos países del norte de Europa.

¿Qué se hace la primera noche que duermes con alguien? No hay normas, pero suele ayudar hablar con naturalidad, no obsesionarse con la postura y pactar sin agobios si os quedáis a desayunar.