
By Mike Sain't Louis ·
«Mariposas en un cuaderno encerrado en mi cuarto»: escribir para sacar lo que sentía
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Invierno. Un cuarto con la puerta cerrada. Un cuaderno abierto encima de la cama o de la mesa, da igual, y alguien que pinta mariposas. No las dibuja: las pinta, con lo que tenga a mano, rotuladores, ceras, el boli azul que se acaba siempre en la peor línea. Fuera hace frío y no hay ni una mariposa en todo Madrid. Dentro, el cuaderno se llena de ellas.
Esa escena cabe en un solo verso de «Un invitado VIP cortando cebolla», y es uno de los que más me cuesta releer sin que se me haga un nudo. Está escondido en mitad de una canción ruidosa, de licores, de saunas y de lágrimas con muchas aes, y por eso pasa casi desapercibido. Pero si me pidieran una sola línea de todo el Planeta Gayfolk para explicar cómo escribo, elegiría esta.
En «Cuatro años en la zona VIP del cielo» ya conté la otra cara de esta canción, la del cielo y la pista, la de la vuelta al ruido. Aquí quiero hacer lo contrario. Bajar el volumen, cerrar la puerta y quedarme a solas con el verso.
El único idiota
La frase entera, tal como está en la letra publicada, es esta:
Yo el único idiota que va pintando en invierno / Mariposas en un cuaderno encerrado en mi cuarto
Lo primero que salta es el insulto. El único idiota. Me lo llamo yo antes de que me lo llame nadie, que es una costumbre muy mía y que se repite en muchas letras. Pero aquí el insulto tiene una trampa. Porque la canción lo pone en boca de alguien que se siente fuera de lugar: todo el mundo está de fiesta, todo el mundo liga, todo el mundo sale, y él es el idiota que se queda en casa pintando.
Si lo lees deprisa, parece que la canción se burla del que pinta. Si lo lees despacio, te das cuenta de que la burla está mal repartida. Quien pinta mariposas en invierno es el único que está haciendo algo con lo que siente. Los demás, según la propia letra, están intentando olvidar.
Ese giro me gusta mucho. El idiota es el que tiene razón. Como en los cuentos, donde el tonto del pueblo es el único que ve que el rey va desnudo.
Mariposas en invierno
Las mariposas no vuelan en invierno. Bueno, alguna especie sí, en sitios templados y en días de sol, pero para cualquiera que haya crecido en España la mariposa es un bicho de primavera y de verano, de campo, de excursión del colegio, de patio con geranios. En enero, en Madrid, no hay mariposas.
Pintarlas en invierno es inventarse una primavera que fuera no existe. Es llevar la estación contraria a un sitio pequeño donde sí puedes controlarla. Fuera manda el frío. Dentro del cuaderno mando yo.
Esto, para mí, es casi una definición de lo que hace la escritura cuando estás mal. No cambia el tiempo de fuera. No arregla la ausencia, ni la indiferencia, ni la soledad que la canción nombra en su primer verso. Pero te deja fabricar otra estación en un trozo de papel. Y mientras la fabricas, hay un rato en el que no estás solo con el frío.
La mariposa, además, es el animal de la transformación por excelencia: oruga, crisálida, alas. Ese ciclo se explica en el cole con dibujos de flechas. No quiero hacer de esto un cartel de autoayuda, porque la canción no lo es. Pero sí me llama la atención que, puestos a pintar algo, el idiota del verso pinte justo el bicho que cambia de cuerpo.
Mariposa, mariposón
Hay otra capa, y esta no se explica en el cole.
Mariposa ha sido durante décadas una de las palabras con las que se insultaba a los chicos como yo. Mariposón, mariposilla, «vaya mariposa está hecho este niño». La palabra que en el campo es bonita, en el patio del colegio era un dardo. En «El segundo exacto» juego con eso sin pudor, con aquel a otra cosa mariposa que se convierte en mariposón, señor de León. Lo convierto en firma.
En el verso del cuaderno no hay insulto explícito. Pero cuando un chico que creció escuchando mariposón se encierra en su cuarto y pinta mariposas, algo está pasando con esa palabra. Le está devolviendo las alas. La está dibujando bonita, de colores, en invierno, cuando nadie la ve.
No sé si lo pensé así al escribirlo. Seguramente no. Pero el lenguaje tiene memoria aunque uno no la tenga, y las palabras que te dolieron de pequeño se te cuelan en las letras de mayor. Lo bueno es que, cuando se cuelan, puedes decidir qué hacer con ellas.
Un cuaderno encerrado en mi cuarto
Ahora la gramática, que también tiene su miga.
«Un cuaderno encerrado en mi cuarto». ¿Quién está encerrado, el cuaderno o yo? Si lo lees con lupa, la frase dice que el encerrado es el cuaderno. Pero todo el mundo entiende que el encerrado es el que pinta. Esa ambigüedad me parece preciosa, y es de esas cosas que salen sin querer cuando escribes de corrido.
Porque en el fondo las dos lecturas son verdad. El cuaderno está encerrado: nadie lo lee, nadie lo ve, vive en un cajón o debajo de la almohada. Y la persona también está encerrada: no sale, no quiere salir, el cuarto es su mundo entero. Cuaderno y persona comparten celda. Se hacen compañía.
En «Entre cuatro paredes» el cuarto vuelve, con otra canción y otro estado de ánimo, cuando la letra repite que no apetece salir de la habitación. Si pones las dos canciones juntas, el cuarto del Planeta Gayfolk aparece como un sitio doble. Es refugio y es encierro. Te protege del mundo y te separa de él. La puerta cerrada que te cuida es la misma puerta que no te deja salir.
He contado en esta web, en el texto sobre el diagnóstico a los 41, que entre las cosas que me pusieron nombre había fobia social y trastorno de evitación. No voy a convertir una canción en un informe médico, ni este verso en un síntoma. Pero cuando hoy lo leo sabiendo eso, el cuarto cerrado me parece más que una imagen. Y el cuaderno, más que un cuaderno.
Lo que se dice en la sauna y lo que se escribe en el cuarto
El verso está colocado en un sitio muy concreto de la canción. Justo antes, la letra habla de volver borracho a una sauna, de volver al chemsex para ver si por fin se olvida al ex. Es la parte más ruidosa, más de noche, más de exceso. Y justo después llega el cuaderno.
La letra lo ordena como dos maneras de intentar no sentir lo que se siente. Una es salir, beber, olvidarse. La otra es quedarse dentro y pintar. La canción presenta la primera como lo que hace todo el mundo y la segunda como lo que hace el idiota. Pero si escuchas con atención, la que de verdad duele es la primera. La segunda es la única que se parece a cuidarse.
No quiero ponerme moralista con esto, porque la canción no lo es y porque cada uno sobrevive como puede. La letra no juzga la sauna. Simplemente pone las dos escenas una al lado de la otra y deja que el que escucha note la diferencia de temperatura. La sauna quema. El cuarto es frío. Y en el cuarto frío, sin embargo, hay mariposas.
Las lágrimas con muchas aes
Toda la canción está llena de lágrimas. En la letra publicada la palabra se alarga, con un montón de aes seguidas, y se repite tanto que acaba siendo casi un estribillo de una sola palabra. Siempre lágrimas. Siempre.
No voy a decir que alargué esas vocales a propósito, porque el formato de las letras publicadas lo revisó una herramienta automática y no me quiero inventar intenciones. Lo que sí puedo decir es lo que produce al leerlo: una lágrima que no termina. Un llanto que se estira como un chicle. Uno de esos que empiezan en una palabra y no saben cómo acabar.
El cuaderno, en ese contexto, es lo único que tiene bordes. Una página tiene un final. Una mariposa pintada tiene un contorno. Frente a una lágrima que no acaba nunca, un dibujo que sí acaba. Creo que eso es lo que buscaba sin saberlo cuando escribía en los peores momentos: algo con forma, algo que terminara.
Me acabo de hacer una ensalada
Y luego está la cebolla. El final de la canción, que es puro Mike Sain't Louis, como diría alguien que me conoce:
Y si me ven otra vez llorando por las calles de Madrid / Que no se preocupen / es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla
Es la excusa más vieja del mundo. La cebolla. Lo que dices cuando alguien te pilla llorando en la cocina y no quieres explicar nada. Lo dice tu madre, lo dice tu abuela, lo dicen todos los personajes de todas las series de sobremesa. Nada, cosas de la cebolla.
La gracia de la canción es que lo dice por la calle. El que llora no está en la cocina, está en Madrid, a la vista de todos. Y aun así pone la excusa de la ensalada, como si alguien se fuera a creer que viene de cortar cebolla en mitad de la Gran Vía. Es un chiste, claro. Pero es un chiste sobre lo difícil que es llorar en público, sobre la vergüenza de que te vean roto. Inventarse una ensalada antes que admitir que estás mal.
Esto también es una forma de cuaderno. La excusa es otro sitio donde esconder lo que sientes. Solo que el cuaderno es honesto y la cebolla miente.
La cebolla de Miguel Hernández
No puedo hablar de cebollas y lágrimas en español sin acordarme de Miguel Hernández. Es casi una obligación.
En 1939, desde la cárcel, Miguel Hernández escribió las «Nanas de la cebolla» después de recibir una carta de su mujer, Josefina Manresa, en la que le contaba que en casa solo había pan y cebolla para comer y que con eso tenía que alimentar a su hijo pequeño. El poema empieza así: «La cebolla es escarcha / cerrada y pobre». Más tarde, Joan Manuel Serrat le puso música en su disco dedicado al poeta, a principios de los setenta, y desde entonces media España se sabe esas nanas de memoria.
Cito a Miguel Hernández con todo el respeto y sin compararme, que una cosa es una canción de Benidorm y Chueca y otra un poema escrito en una celda de posguerra. Pero me fascina que en nuestra lengua la cebolla tenga ya esa doble vida. Es el alimento de la pobreza y es la coartada del llanto. Escarcha cerrada, dice él. Escarcha: hielo, invierno. Como mis mariposas.
En las nanas, la cebolla es lo único que hay. En mi canción, la cebolla es lo único que se puede decir. Las dos son formas de nombrar una falta. Lo que en un caso falta es comida y libertad. Lo que en el otro falta es alguien que pregunte de verdad por qué lloras.
Pintar y no escribir
Hay un detalle del verso en el que tardé mucho en fijarme. El idiota no escribe mariposas. Las pinta. Y eso que la canción la escribí yo, que soy letrista y no pintor, que lo mío son las palabras y los estribillos y no los pinceles.
Creo que el verbo está bien elegido, aunque no lo eligiera con lupa. Cuando estás muy mal, a veces las palabras no salen. Se atascan. Tienen pinchos, como digo en otra letra. Y entonces lo que sale es otra cosa: garabatos, colores, manchas, una forma que no sabes explicar pero que se parece a lo que sientes. Antes de la frase está el dibujo. Antes de la canción está la mancha.
En las reglas de la casa que escribí para la página sobre mí hay una que dice que cada canción tiene su imagen. La pensé para las carátulas y los vídeos, para que nada saliera sin su cara. Pero leída junto a este verso me parece que viene de más lejos. Viene de ese cuaderno donde primero se pintaba y luego se escribía. Para mí una canción siempre empieza siendo un color. Luego encuentra las palabras.
Pintar, además, es un verbo de niño. Los adultos escriben informes, correos, listas de la compra. Los niños pintan. Y el que pinta mariposas en invierno, encerrado en su cuarto, tiene algo de niño que se ha quedado castigado sin salir. O que se ha castigado él solo. Esa mezcla de adulto que bebe en una sauna y niño que pinta en su cuarto es, creo, lo más verdadero de toda la canción. Somos las dos cosas a la vez. Y la canción no elige.
Escribir para sacar lo que sentía
Me han pedido muchas veces que cuente cómo escribo. Y nunca sé bien qué contestar, porque no tengo un método de manual. Lo que sí tengo claro es para qué escribo, o al menos para qué escribía cuando empecé con todo esto.
Escribía para sacar. Para que lo que tenía dentro tuviera un sitio fuera. Para que la ausencia, la indiferencia, la ansiedad que la canción enumera en sus primeras líneas dejaran de dar vueltas en la cabeza y se quedaran quietas en una línea. Una cosa escrita no deja de doler, pero deja de moverse. Y lo que no se mueve se puede mirar.
En el estribillo de esta misma canción aparece la ansiedad con nombre propio: «Esta temida ansiedad». Así, con el demostrativo delante, como quien señala a alguien que acaba de entrar por la puerta. Esa, esa de ahí. Ponerle un «esta» a la ansiedad es convertirla en algo que está delante de ti y no dentro. Y a algo que está delante de ti, al menos, le puedes hablar.
Luego vinieron otras cosas, mucho más importantes que un cuaderno: una profesional que me ayuda, de la que escribí con todo el agradecimiento del mundo, y una red de gente. Pero el cuaderno estuvo antes. Fue el primer sitio donde las cosas dejaron de ser niebla. En «La música me está salvando» lo digo a gritos y con una lista absurda de profesiones. Aquí, en este verso, lo digo bajito, casi sin querer, con mariposas.
El invierno del primer disco
«Un invitado VIP cortando cebolla» está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Siempre he pensado en ese disco como en un invierno. No porque todas las canciones sean tristes, que no lo son: hay crucero, hay fiesta, hay insultos con nombre y apellido, hay mucha risa. Sino porque es el disco del frío de después. Del momento en que se acaba algo y te quedas mirando lo que queda.
Si el segundo disco es el deseo de irse a otro sitio y el tercero es el día en que por fin te liberas, el primero es el inventario. Abres la maleta y sacas lo que traías: un narcisista, un vampiro emocional, una casa con mil cadáveres, un panda en medio del bosque, unas lágrimas que no acaban. Y, metido entre todo eso, un cuaderno con mariposas.
Me gusta que el cuaderno esté en el primer disco. Es como si la trilogía entera hubiera nacido de ahí. Primero el cuarto cerrado. Luego las ganas de viajar a un planeta que no existe. Al final, la liberación. Pero todo empieza con alguien que pinta en invierno porque no sabe hacer otra cosa con lo que siente.
Cuando releo el orden de los discos con esa idea, la trilogía me parece una sola estación larga que va del invierno a la primavera. Y las mariposas pintadas del primer disco son las primeras que salen a volar en el tercero. No lo planeé así. Pero así lo veo ahora.
El cuaderno que se convirtió en planeta
Hay algo que me hace gracia ahora y que entonces no podía imaginar. Aquel cuaderno encerrado en el cuarto, el de las mariposas que nadie veía, acabó siendo un planeta. Literalmente.
El Planeta Gayfolk es, en cierto modo, ese cuaderno abierto. Un sitio inventado, lleno de criaturas, de colores, de personajes que no existen fuera de las canciones, de animales que hablan y de bodas imposibles y de cruceros que son tanatorios. Un mundo que fabriqué porque el de fuera me quedaba frío. Igual que el idiota del verso fabricaba primaveras en pleno invierno.
La diferencia es que el cuaderno estaba cerrado y el planeta está abierto. Las letras están publicadas, las canciones se pueden escuchar en orden en la página de singles, y cualquiera puede entrar. Las mariposas ya no son solo mías.
No digo esto para presumir. Lo digo porque, si estás ahora mismo en un cuarto cerrado con un cuaderno, quiero que sepas que lo que pintas tiene valor aunque nadie lo vea. Y que a lo mejor un día alguien lo ve.
Si el cuarto se hace demasiado pequeño
Un cuaderno ayuda. Pero un cuaderno no basta cuando lo que pesa es demasiado. Eso también lo aprendí, y lo cuento en la serie sobre salud mental de esta web.
Si estás pasando un mal momento, si el cuarto se ha vuelto una celda o las lágrimas no acaban, estos teléfonos están para eso:
- 024: atención a cualquier crisis emocional en España, gratuita, confidencial y a cualquier hora. También por chat.
- 112: si hay un peligro inmediato.
- Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: para hablar con alguien cuando todo pesa.
- Fundación ANAR, 900 20 20 10: para niños, niñas y adolescentes, y para quien se preocupa por ellos.
- Fuera de España: findahelpline.com tiene los teléfonos de cada país.
No hace falta tener una excusa de cebolla. Puedes decir que estás mal y ya.
La última mariposa
Me gusta pensar en ese verso como en una foto que alguien me hizo sin que yo me diera cuenta. Un idiota, en invierno, en su cuarto, pintando bichos con alas. Es una foto ridícula y tierna a la vez, como casi todo lo que escribo.
Cuando escucho la canción entera, con su vuelta a los infiernos y sus licores modernos y sus lágrimas eternas, ese verso me parece una rendija. Un sitio por donde entra un poco de luz en mitad de la noche más ruidosa del primer disco. No resuelve nada. No salva a nadie. Pero ahí está, quieto, con sus colores.
Si alguna vez me ves llorando por las calles de Madrid, ya sabes. Es la cebolla. O a lo mejor es que acabo de cerrar un cuaderno lleno de mariposas y me he emocionado un poco al verlas todas juntas. Las letras del planeta están ahí para comprobar cuál de las dos cosas es verdad.
Preguntas frecuentes
¿En qué canción está el verso «Mariposas en un cuaderno encerrado en mi cuarto»? En «Un invitado VIP cortando cebolla», del primer disco de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». La letra completa está publicada en gayfolkplanet.com/letras.
¿Qué significa la cebolla al final de la canción? Es la excusa de toda la vida para justificar el llanto: «me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla». La letra la usa por la calle, en Madrid, como chiste sobre la vergüenza de que te vean llorar.
¿Qué relación tiene con las «Nanas de la cebolla»? Ninguna directa. El texto compara las dos cebollas: la del poema que Miguel Hernández escribió en la cárcel en 1939, alimento de la pobreza, y la de la canción, coartada del llanto.
¿Quién hace la música y la interpretación vocal? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal están hechas con inteligencia artificial.