
Por Mike Sain't Louis ·
Cuatro años en la zona VIP del cielo (y la vuelta a la pista)
Pulsera dorada en la muñeca. Cuatro años. Luego te la cortan con unas tijeras de uñas en la puerta y te mandan a la pista general.
Así me imagino yo el arranque de «Un invitado VIP cortando cebolla», aunque la letra no lo cuente con estas palabras. La letra dice algo más corto y más grande: hoy es mi vuelta a los infiernos, después de cuatro años como invitado VIP en el cielo. Y yo, que tengo la cabeza llena de colas de discoteca de película, no puedo leer esa frase sin ver un portero, una cuerda de terciopelo rojo y un reservado con cubitera.
La canción está en el primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 255 de 273: va después de «The Great Depression» y antes de «Nunca más nos volveremos a ver». Una depresión histórica, un desamor con cebolla y una despedida definitiva. No me digas que no es una secuencia de domingo por la tarde.
En la ficha de la canción ya hablé de la excusa de la cebolla, que es lo que todo el mundo recuerda. Hoy quiero hablar de lo otro, de lo que hay antes de las lágrimas: el cielo como discoteca, con su lista de invitados, y el infierno como la pista de abajo. Con sus licores modernos y su sauna con nombre de chiste.
La lista de invitados
«Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo»
Lo primero que me gusta de ese verso es que no dice «después de cuatro años en el cielo». Dice como invitado. Y además VIP.
Un invitado no es el dueño. Un invitado está ahí porque alguien le ha puesto en la lista. Puede entrar sin hacer cola, puede pasar al reservado, puede beber de la botella que hay en la mesa. Pero no ha pagado la botella. Y el día que el dueño de la lista decide tacharte, no hay reclamación posible. No hay hoja de reclamaciones en el cielo.
Así viví, según la canción, esos cuatro años de amor. Como un invitado con todos los privilegios y ninguno de los derechos. Y lo escribí con toda la intención: el cielo no era mío, era suyo. Yo estaba en su lista. Él tenía el bolígrafo.
Hay mucha gente que conoce esa sensación sin haberla puesto nunca en palabras. Estar en una relación como quien está en un sitio prestado, siempre con un pie en la puerta, mirando de reojo al portero. Pasarlo bien, sí, pasarlo de lujo incluso, pero con la sospecha permanente de que en cualquier momento alguien va a decir tu nombre por el pinganillo y te van a acompañar a la salida.
Cuatro, ni tres ni cinco
Me preguntan a veces por qué cuatro años. Si es un dato real, si es un número cualquiera.
No voy a entrar en mi calendario sentimental, que para eso están las canciones. Pero sí te digo por qué cuatro funciona en el verso. Cuatro años es una legislatura. Es lo que dura una carrera universitaria de las de antes. Es el tiempo que tarda en caducar un carné de la biblioteca. Es un ciclo completo, con su principio y su final, de los que se cierran con una ceremonia.
Con dos años, el cielo habría sido una aventura. Con diez, un matrimonio. Con cuatro, es una época. Un periodo con nombre propio. Como cuando dices «en los años de la facultad» o «cuando vivía en Lavapiés». Cuatro años como invitado VIP en el cielo es una etapa de la vida que se puede contar como se cuenta una mudanza, con su antes y su después, y con las cajas a medio abrir en el pasillo durante meses porque nadie tiene ganas de desembalar los recuerdos.
Y además cuatro suena bien junto a «invitado». Pruébalo en voz alta. Hay números que caen bien en la boca y números que no. Este cae.
El portero del cielo
Todo cielo con lista VIP tiene portero. En la canción no aparece, pero yo lo veo.

Es un señor muy alto con traje negro y auricular en la oreja. Te conoce. Te saluda con un gesto de cabeza cuando llegas. Durante cuatro años, te levanta la cuerda roja sin pedirte el DNI. Y un día, sin explicación, te pone la mano en el pecho. «Hoy no, cariño».
Me hace gracia imaginarlo porque el portero de discoteca es una figura que en Madrid conocemos todos, sobre todo cualquier marica que haya hecho cola de madrugada en Chueca con los pies destrozados y los tacones en la mano. El portero decide. El portero es la ley. Y en mi cielo particular, el portero y el dueño de la lista eran la misma persona.
Lo que la canción cuenta, en el fondo, es ese momento de la mano en el pecho. El día que te dicen que ya no. Y la vuelta, que es lo que viene ahora.
Por qué VIP y no ángel
Una última cosa sobre el cielo, antes de bajar del todo.
Podría haber escrito que fui un ángel durante cuatro años. Habría sido más bonito, más de estampita de comunión, con sus alitas y su aureola. Pero un ángel pertenece al cielo. Es de la plantilla. Está ahí por naturaleza.
Un invitado VIP, no. Un invitado VIP es alguien de fuera a quien le han dejado pasar. Es un concepto de discoteca, de festival, de photocall de estreno en el cine Capitol. Es glamour con fecha de caducidad. Y además tiene algo de cutre, de tarjetita plastificada colgando del cuello con un cordón de colores.
Me quedé con el VIP porque es más honesto con lo que pasó: nunca fui de allí. Me trataron de maravilla mientras estuve en la lista. Y cuando me borraron, volví a ser lo que era antes, uno más de la pista. Sin pulsera, sin reservado, con mi vaso de plástico y mi cola para el baño, como todo el mundo. Que tampoco es tan grave, si lo piensas. La pista general es donde de verdad se baila.
La escalera hacia abajo
Si el cielo es la zona VIP de arriba, el infierno es la pista general. La de abajo. La que tiene el suelo pegajoso de cubata y el baño con la puerta rota.
La letra lo dice dos veces: hoy es mi vuelta a los infiernos. Vuelta. No es la primera vez. Eso es importante. Antes de los cuatro años de cielo, el protagonista ya conocía la pista general. Sabe dónde está la barra, sabe qué camarero pone más alcohol en el vaso, sabe a qué hora se llena el cuarto oscuro. Es un regreso a un sitio conocido, no un descubrimiento.
Y en la frase siguiente, la que me parece más bonita de la canción por lo rara que es: hoy es mi vuelta a los licores modernos.
Licores modernos
Me costó mucho encontrar esa expresión y la quiero defender, porque mucha gente me ha preguntado qué significa.

Licores modernos. No dice alcohol. No dice copas. No dice drogas. Dice licores modernos, que suena a cartel de bar de los años veinte, a coctelería con camareros con tirantes y bigote. Y a la vez, por lo de «modernos», suena a otra cosa, a lo que se consume ahora en según qué fiestas. Lo dejé ambiguo a propósito. Cada uno puede leer lo que sepa.
Me gusta esa elegancia falsa, esa forma de decir algo feo con palabras de etiqueta. Es una manera de tratar la recaída con una ceja levantada. No es «he vuelto a beber», que suena a confesión de reunión de grupo. Es «he vuelto a los licores modernos», que suena a una diva que vuelve a sus vicios con abrigo de piel y boquilla.
La diva, por cierto, es lo que manda en toda la primera parte de la canción.
Las vocales que no caben
Si lees la letra completa, verás que está llena de vocales estiradas. Máaaaas. Ausenciaaaaa. Indiferenciaaaaa. Infiernoooooos. Lágrimaaaaas.
Es lo más exagerado que he hecho nunca en una letra escrita, y lo hice con toda la conciencia del mundo. Esas vocales son el melodrama. Son la copla, el bolero, la canción ligera de los setenta con la orquesta de RTVE detrás y una mujer con lentejuelas mirando a la cámara con los ojos llenos. Son la manera de decir que el dolor no cabe en una sílaba y se desborda.
Pero también son un chiste. Cuando estiras tanto una vocal, el dolor se vuelve teatral, casi cómico. Es el llanto de alguien que sabe que está llorando delante de un público. Y esa doble lectura, la de la pena verdadera y la de la pena actuada, es justo la que prepara el final, el de la cebolla. Porque toda la canción va de llorar y de disimular que lloras.
Lo explico a veces así: si una canción es muy triste y no se ríe en ningún momento, la gente la escucha con respeto. Si una canción es muy triste y se pasa de rosca, la gente se reconoce. Yo prefiero lo segundo.
Demencia y decadencia
En la segunda estrofa, el protagonista hace inventario de lo que trae de vuelta al infierno. Y no trae copas ni chulos. Trae tres palabras que parecen sacadas de un informe médico de novela gótica: ansiedad, demencia, decadencia.
La ansiedad la nombra con un adjetivo que me gusta mucho: temida. Esta temida ansiedad. Como si fuera un personaje que todo el mundo conoce y del que se habla bajito. La tía que viene a comer los domingos y nadie quiere sentarse a su lado.
Demencia y decadencia van juntas porque riman, claro, y también porque son la pareja de baile perfecta para una diva caída. La demencia es lo que siente por dentro: la cabeza que no para, que repite, que da vueltas al mismo recuerdo como un vinilo rayado. La decadencia es lo que se ve por fuera: el maquillaje corrido, la camisa del día anterior, el bolso con las cosas revueltas.
Las escribí con «mi» delante. Mi demencia. Mi decadencia. Son suyas. Las ha traído él, de casa. No se las ha dado nadie en la puerta del infierno. Me parece un detalle importante, porque toda la canción podría leerse como «me han echado del cielo y por eso estoy así», y no es del todo verdad. La ansiedad, la demencia y la decadencia ya estaban. El cielo solo las tenía tapadas con una cortina de terciopelo.
La Sauna Paraíso
Y ahora viene mi parte favorita, el detalle que nadie comenta y que a mí me parece lo mejor de la letra.

El protagonista sale del cielo, baja a los infiernos, vuelve a los licores modernos y, una noche, llega borracho a una sauna. ¿Cómo se llama la sauna? Paraíso.
Es decir, sale del cielo para caer en el infierno y el infierno se llama Paraíso. Es la ironía perfecta, y cuanto más la miro, más me gusta. El sitio al que vas a olvidar el cielo perdido tiene en la puerta un cartel luminoso que dice Paraíso. Con neones rosas, me lo imagino, y una palmera de plástico.
Las saunas gays tienen eso, nombres de evasión, de trópico, de spa de lujo. Y por dentro, toallas blancas, vapor, pasillos en penumbra y mucha soledad compartida. No juzgo. He escrito sobre la noche muchas veces y nunca para sermonear. Pero sí me parecía importante que en esta canción la sauna fuera un falso paraíso, un sustituto barato del cielo VIP. El protagonista lo sabe. Por eso va borracho.
El chemsex, sin sermón
Justo después, la letra dice que el protagonista vuelve al chemsex para ver si por fin se olvida de su ex.
Lo dije sin rodeos porque es verdad que existe, porque está ahí en muchas noches de muchas ciudades, y porque las canciones que hablan de la noche gay sin nombrarlo me parecen un poco de folleto turístico. Pero lo dije también con la frase que viene pegada: para ver si por fin me olvido de mi ex. Esa es la clave. No es fiesta. Es anestesia.
No voy a hacer una charla de prevención en un artículo sobre una canción, que no soy quién. Solo te digo que, si esa anestesia te está comiendo, en Madrid hay asociaciones LGTBI y servicios de salud con programas pensados justo para eso, que atienden sin juzgar. Pregunta. No hace falta tocar fondo para pedir ayuda.
Y vuelvo a la canción, que la canción tampoco se queda ahí.
El cuaderno de las mariposas
En mitad de toda esa bajada aparece un verso que me parece de lo más tierno que he escrito, y que funciona como un contraplano. Mientras el protagonista está en la sauna, hay otro tipo de persona que se ha quedado en casa:
«pintando en invierno mariposas en un cuaderno»
El protagonista no quiere ser ese. Ese es el único idiota, dice la letra. El que se queda en su cuarto, en invierno, pintando mariposas, mientras los demás se comen la noche. Y por eso sale. Para no parecer el raro. Para no ser el único que no se lleva a nadie a la boca, por decirlo con la elegancia que la canción no tiene.
Pero aquí está lo que quería contar. Yo soy ese idiota. El de las mariposas. El que se queda en casa escribiendo letras en una libreta mientras fuera hay fiesta. La canción se ríe de él, sí, pero se ríe con cariño, porque es mi retrato. Lo expliqué en la soledad de crear solo: hay noches en que te sientes el más tonto del mundo por estar escribiendo en vez de estar viviendo, y luego resulta que lo que escribiste es lo único que queda de esa noche.
Esa es la tensión de la canción. Salir a la pista a olvidar o quedarse en casa a pintar mariposas. El protagonista elige salir. Yo, al escribirla, elegí las mariposas.
Las calles de Madrid
Al final, el protagonista llora por las calles de Madrid. Y aquí entra la cebolla, que ya conté en la ficha y que no voy a repetir.

Lo que sí quiero decir es que el sitio importa. No llora en una ciudad cualquiera; llora en Madrid. En Madrid se llora en la calle con mucha naturalidad, me parece a mí. En el metro, en un banco del Retiro, en la cola del autobús nocturno en Cibeles. Es una ciudad con tanta gente que nadie te mira, y a la vez con tanta gente que siempre hay alguien que te ve.
Por eso hace falta una excusa. Para la vecina que te cruzas en la calle Fuencarral. Para el camarero que te conoce. Para el amigo del amigo que te saluda desde la otra acera.
«es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla»
Solo te diré una cosa sobre esa frase que no dije en la ficha: es la única mentira de toda la canción. Todo lo demás es verdad, con sus vocales estiradas y sus licores modernos. La cebolla es lo único inventado. Y es lo que el protagonista repite más veces. Esa es la gracia triste: la mentira es el estribillo. La verdad son las estrofas.
Si te interesa cómo se cuela Madrid en mis letras, lo conté en Madrid sin postal. Aquí Madrid no es la Puerta de Alcalá. Es una acera donde lloras y explicas que es la cebolla.
Cielo e infierno, el mapa completo
Si junto todo, me sale un plano de discoteca bastante claro.
Arriba, la zona VIP del cielo: cuatro años, con pulsera, en lista ajena.
En la puerta, el portero invisible que un día te pone la mano en el pecho.
Abajo, la pista general del infierno: soledad, ansiedad, vocales eternas.
En la barra, los licores modernos.
En la calle de al lado, la Sauna Paraíso, con su neón mentiroso.
En casa, el cuaderno de las mariposas, esperando a que vuelvas.
Y en la acera, de vuelta a casa de madrugada, la excusa: la cebolla.
Me gusta que la canción tenga tantas habitaciones porque así cada uno puede quedarse en la que más le duela. Hay quien la escucha por la cebolla, que es lo gracioso. Hay quien se queda en las vocales, que es lo dramático. Y hay quien se queda en las mariposas, que es lo que menos se oye y lo que más me importa a mí.
Quién la escribió y cómo suena
La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo. Lo explico siempre en Sobre Mike y lo repito aquí porque esta canción tiene un detalle que lo hace todavía más evidente: las vocales estiradas están en la letra. Las escribí yo así, con todas sus aes y sus oes, como quien escribe una partitura con el bolígrafo. Es mi manera de decirle a la máquina dónde tiene que dolerle.
Para cuándo es esta canción
No es para los sábados de fiesta, aunque hable de la noche. Es para el domingo. Para el día después de volver de la pista general, con el maquillaje corrido y la pulsera del guardarropa todavía en la muñeca.
Si te pasa, si has tenido un cielo de cuatro años y te han cortado la pulsera, ponla. Llora lo que te haga falta. Estira las vocales todo lo que quieras. Y si sales a la calle y te ven, ya sabes lo que tienes que decir.
Y luego, cuando puedas, coge un cuaderno. Pinta mariposas, aunque sea invierno, aunque te sientas el más idiota de Madrid. A mí me salió una canción. A ti puede salirte cualquier cosa. Si quieres seguir en el mismo ánimo, en el catálogo hay otra que te puede acompañar el lunes: «La música me está salvando», que es casi la respuesta a esta.
La letra completa está en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web.
La cebolla, la pones tú.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Un invitado VIP cortando cebolla»? De una recaída después de un desamor. Tras cuatro años «como invitado VIP en el cielo», el protagonista vuelve a la soledad, a la ansiedad y a la noche, y cuando le ven llorando por las calles de Madrid se excusa diciendo que ha estado cortando cebolla para una ensalada.
¿En qué disco está? En «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 255 de 273.
¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.
¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.