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Los desiertos de Planeta Gayfolk: dunas de colores, un coche bajo la aurora y bailarines en la arena

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Cuando alguien dice «desierto», casi siempre piensa en lo que falta. Falta agua, falta sombra, falta gente, falta ruido. Es la palabra que usamos para hablar de un lugar abandonado o de una época de la vida en la que no pasaba nada bueno. Atravesar el desierto, decimos, cuando queremos contar que lo pasamos mal.

En Planeta Gayfolk los desiertos son otra cosa. Están llenos. Tienen dunas pintadas con todos los colores del arcoíris, bailarinas con pañuelos que el viento levanta, cristales gigantes que flotan sobre la arena, una burbuja enorme que refleja el cielo, un coche blanco aparcado bajo una aurora. Son sitios donde se baila, no donde se sobrevive.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA), y llevo tiempo construyendo con mis canciones un planeta propio. Esta vez quiero recorrer sus desiertos, los que aparecen en varios de mis videoclips, y quiero hacerlo con una canción como brújula: «Honolulu Sand», que es, de todas, la que más arena tiene.

Una brújula llamada Honolulu Sand

El título ya es un pequeño espejismo. Honolulu es una ciudad de playa, en una isla del Pacífico, con palmeras y olas. «Sand» es arena. Uno esperaría, por tanto, un clip de surf y cócteles. Y sin embargo la mayor parte del vídeo transcurre en dunas, lejos del mar, como si la arena de la playa se hubiera ido tierra adentro a buscar su propio paisaje.

El clip salió en YouTube el viernes 12 de septiembre de 2025, a la 01:01, hora de Madrid, recién empezado el viernes. Dura tres minutos y quince segundos. Ocupa el número 104 entre los 276 vídeos del canal, y en mi catálogo es la canción 52 de 273. Pertenece a «El día de la liberación», el último de los tres discos, el de la salida, el del día en que se deja atrás lo que pesaba y se echa a correr.

Se puede ver entero en la página del clip en Planeta Gayfolk. De esta canción aún no he subido la letra, por eso no la cito; lo que entrecomillo más adelante sale de otras letras mías ya publicadas, letra por letra.

Dunas con franjas de arcoíris

El primer desierto de «Honolulu Sand» es el del cartel. Unas dunas suaves, de arena clara, sobre las que alguien parece haber volcado una paleta entera: franjas rosas, lilas, amarillas y azules que se ondulan siguiendo la forma de la arena. En lo alto, el rótulo con el título en letras naranjas y verdes, gordas y redondas, y abajo mi nombre en blanco.

Sobre esa arena de colores, cinco bailarinas con mallas plateadas hacen la misma figura a la vez: una pierna estirada hacia atrás, los brazos en cruz, el cuerpo inclinado. Parecen las agujas de un reloj de sol que se hubieran puesto de acuerdo.

Más adelante, el clip vuelve a esas dunas, pero ahora con más luz. Los colores ya no están pintados encima: parecen reflejos, como si un prisma enorme colgado del cielo estuviera descomponiendo el sol sobre la arena. Una fila de bailarinas vestidas de blanco camina descalza a través de esas franjas de luz, y cada vez que pisan una, se tiñen un instante de ese color.

Daría cualquier cosa por pisar esa arena. Es la imagen exacta de lo que quiero decir cuando hablo de mi planeta: el desierto de siempre, el de las películas, pero con el arcoíris derramado encima.

Pañuelos al viento

Hay otro desierto en el mismo clip que es justo lo contrario: dorado, de arena color miel, con dunas altas y un cielo de tarde casi blanco. Allí bailan tres mujeres con faldas largas de rayas azules y blancas y pañuelos de colores, rosa fucsia y azul celeste. A una de ellas el viento le ha alzado el pañuelo sobre el moño, y la tela queda suspendida en el aire como una vela.

Mosaico de cuatro fotogramas del videoclip de «Honolulu Sand»: bailarinas de blanco caminando por dunas cruzadas por franjas de luz de arcoíris, tres mujeres con faldas de rayas y pañuelos fucsia y celeste en dunas doradas, bailarinas con trajes recorridos por tubos de neón azul en la arena al atardecer y unas ruinas de arcos de piedra frente a una bahía azul

Las tres están descalzas, con el pelo recogido en un moño alto, y se mueven despacio, con las manos hacia el cielo. Parece una danza antigua, de las que se bailaban para llamar a la lluvia o para despedir a alguien que se iba de viaje.

Me fascina cómo el viento se convierte en un bailarín más. En el desierto no hay paredes que lo frenen, así que todo lo que se suelta, sale volando. Los pañuelos, el pelo, la arena. Es un sitio perfecto para dejar ir cosas.

Blanco sobre blanco

En otro momento, «Honolulu Sand» pinta un desierto casi sin color. Dunas blanquísimas, como de sal o de yeso, bajo un cielo de tonos turquesa y rosa pálido, de esos que solo se ven un minuto al amanecer. Varias mujeres vestidas de blanco, con tops cortos y pantalones anchos de lino, se mueven por esa arena. La más cercana estira un brazo hacia un lado, como señalando un camino.

Al fondo, otra bailarina se ha tumbado en la arena con las piernas en alto. Otra gira sobre sí misma con una tela.

Es el desierto más silencioso del vídeo. Blanco sobre blanco, apenas hay contraste, y las figuras se confunden con el suelo. Me hace pensar en una hoja en blanco, en el momento antes de escribir una canción, cuando todavía no hay nada y todo es posible.

Noche de trajes luminosos

Cuando cae la noche en el desierto de «Honolulu Sand», los bailarines se encienden. Literalmente. Hay un grupo bajo un cielo lleno de estrellas, con trajes cubiertos de líneas de luz, azules y rosas, que dibujan el contorno de sus cuerpos. Desde lejos parecen constelaciones que han bajado a bailar a la arena.

Y casi al final del clip, ya con la última luz dorada de la tarde, aparecen tres bailarinas en unas dunas altas con trajes transparentes recorridos por tubos de neón azul. La del centro nos da la espalda, con las piernas abiertas y los brazos tensos, como preparando un salto. Las otras dos, a los lados, la miran.

Esas líneas de neón sobre el cuerpo me recuerdan a los mapas. Como si cada bailarina llevara encima el dibujo de su propio camino.

La arena junto al mar

No todo el clip es desierto. Hay un momento en que la arena llega por fin al mar, y lo hace de una manera muy teatral: unas ruinas de piedra antigua, con una arquería de columnas que se abre hacia una bahía azul. En el suelo de losas, dos mujeres con vestidos de colores, uno rojo y otro amarillo, se han tumbado con las telas extendidas a su alrededor, como pétalos. Detrás de ellas, otras figuras miran el agua.

Y en otra escena, también junto al mar, dos mujeres sostienen una tela roja enorme que el viento hincha sobre sus cabezas, en una terraza de piedra sobre los acantilados.

Esas escenas funcionan como el oasis del clip. Después de tanta duna, por fin el agua. Y me gusta que el oasis no sea un estanque con palmeras, como en los cuentos, sino un mar entero.

Una cascada de luz en el borde

Hay un plano de «Honolulu Sand» que no es exactamente desierto, pero que nace de él. Es un borde de roca, un acantilado oscuro al caer la tarde, y entre dos piedras baja una cascada de agua azul, encendida, como si llevara luz dentro en lugar de espuma. A cada lado del chorro, una bailarina se asoma al vacío con los brazos levantados.

Me parece la frontera perfecta: el final de la arena y el principio del agua. En los cuentos de viajeros, el desierto siempre termina en un oasis o en un precipicio. Aquí termina en las dos cosas a la vez, y en lugar de miedo da ganas de bailar en el filo.

Bailar debajo del agua

Y como si el clip quisiera llevar la contraria a la idea de sequía, en algún momento las bailarinas se sumergen. Hay escenas bajo el agua, en un azul intenso atravesado por rayos de sol, donde varias figuras flotan con velos transparentes que se enroscan alrededor de sus cuerpos como medusas. Una de ellas gira boca abajo; otra estira los brazos hacia la superficie.

En un clip lleno de arena, ese azul es un respiro. Es lo que imagina cualquiera que camina por un desierto: un lugar donde por fin el cuerpo pesa menos.

Cristales flotantes sobre arena rosa

«Honolulu Sand» no es el único clip de mi planeta con desierto. En «Whisper Fade», cuyo vídeo he contado ya escena a escena, aparece una llanura malva al amanecer. Encima, suspendidas, unas gemas enormes —turquesa, rosa, incoloras— que abultan lo que una furgoneta. Una bailarina se mueve de puntillas entre ellos, y otra se agacha para tocar uno con la palma de la mano.

Fotograma del videoclip de «Whisper Fade»: una bailarina de puntillas entre gemas gigantes de color turquesa, rosa y transparente suspendidas sobre una llanura de arena malva

Si en «Honolulu Sand» los colores están en la arena, en «Whisper Fade» están en las piedras. El desierto es el escaparate de una joyería que nadie vigila.

Un coche blanco bajo la aurora

En ese mismo clip de «Whisper Fade» hay otro desierto, de noche, que es quizá mi imagen favorita de todas las que salen en este texto. Tierra negra, arbustos bajos, sierras recortadas. Arriba ondea una cortina verde de aurora. Abajo, un descapotable de los años cincuenta, blanco, con una persona al volante. Y repartidos por el llano, unos paneles iluminados de rosa y de blanco, sin ningún mensaje escrito.

Es un desierto que parece un autocine sin película. O una carretera que no lleva a ningún sitio, porque ya ha llegado. Me imagino a quien está dentro del coche mirando la aurora sin prisa, con el motor apagado, sabiendo que esa noche no tiene que ir a ninguna parte.

La burbuja de Lai

Otro desierto de mi planeta está al principio de «Lai». Es una cordillera de dunas rosadas, casi rojas, con las crestas afiladas por el viento, bajo un cielo lila. Encima, el rótulo del título en letras fucsia enormes, y entre las letras, una burbuja de jabón gigante, transparente, que refleja el paisaje con todos los tonos del arcoíris. En la parte baja de la burbuja, el reflejo dibuja una curva que parece una sonrisa.

Ese desierto dura muy poco, porque enseguida el vídeo se va a unos campos de lavanda con bicicletas. Pero esa primera imagen me parece la definición perfecta de lo que es un desierto en mi planeta: algo enorme y frágil a la vez. Una cordillera de arena con una burbuja encima que puede estallar en cualquier momento, y que mientras tanto sonríe.

La bailarina de la tela blanca

En «Sunset Boulevard» la arena es de playa, pero de una playa con dunas bajas y matorrales, junto a una costa con montañas al fondo. Allí, en un plano breve, una bailarina con el pelo suelto sostiene una tela blanca, larga, que el viento extiende detrás de ella como un par de alas. En otro momento, ya con el cielo rosa del anochecer, otra bailarina gira sola sobre la arena con los brazos abiertos.

Me gusta pensar que esas dos bailarinas vienen de los desiertos de «Honolulu Sand». Que han caminado durante kilómetros de duna hasta llegar al borde del mar, y allí, por fin, han soltado la tela al viento.

Huellas en la duna

Hay un detalle que se repite en casi todos estos desiertos y que tardé en notar: las huellas. En las dunas doradas de «Honolulu Sand», detrás de las bailarinas de neón, la arena está llena de pisadas que se cruzan. En las dunas blancas, las figuras dejan un rastro que el viento empieza a borrar enseguida. Y en la ilustración que acompaña este texto, he querido que hubiera una fila de huellas subiendo por una duna, lejos de un coche aparcado.

Ilustración sin personas de dunas con franjas rosas, lilas y turquesa al anochecer, con un descapotable blanco aparcado, una fila de huellas que sube por una duna y una aurora verde en el cielo estrellado

Las huellas son la prueba de que alguien pasó por ahí. En un desierto de verdad duran muy poco: el viento las tapa en una tarde. Pero mientras están, cuentan una historia. Por dónde se fue alguien, cuántos eran, si iban despacio o corriendo.

Me gusta pensar que mis canciones son un poco eso: huellas en una arena que se mueve. Algunas se borrarán. Otras quedarán el tiempo suficiente para que alguien las siga.

El espejismo

Todo desierto que se precie tiene su espejismo, esa ilusión de agua que aparece en el horizonte cuando el calor dobla la luz. Los de mi planeta también los tienen, aunque de otra manera.

En «Honolulu Sand», los colores que se derraman sobre la arena tienen algo de espejismo: no se sabe si están pintados, si son reflejos o si es el propio sol que se ha puesto a jugar. En «Whisper Fade», los paneles luminosos sin letras plantados en el llano nocturno son otro: prometen un mensaje que nunca llega. Y en «Lai», la burbuja gigante sobre las dunas es el espejismo más bonito de todos, porque refleja el paisaje entero en una superficie que podría desaparecer con un soplo.

Durante mucho tiempo pensé que los espejismos eran trampas, ilusiones que te hacían caminar hacia un agua que no existía. Ahora los veo de otro modo. A veces lo que te mantiene andando por el desierto es precisamente eso: la idea de que al otro lado hay algo que brilla.

El silencio de la arena

Hay algo que todos estos desiertos comparten, aunque sean tan distintos: el silencio. Puede que en el vídeo suene la canción, claro, pero las imágenes son silenciosas. No hay coches, no hay multitudes, no hay ciudad. Solo arena, viento y figuras que se mueven.

Para alguien como yo, que durante años vivió con un ruido constante en la cabeza, ese silencio tiene un valor enorme. En el desierto no hay nadie que te juzgue ni que te pida explicaciones. Hay sitio. Y en ese sitio uno puede, por fin, escucharse.

Lo que dicen las letras sobre la arena

La arena aparece pocas veces en mis letras, pero cuando aparece es siempre luminosa. En «María, María», una canción de playa, hay estos dos versos:

Foto real de Mike Sain't Louis con gorra azul junto a los versos de «María, María» «Arena blanca, melodía, sueños libres, armonía»
Arena blanca, melodía, sueños libres, armonía.

Me parecen un buen resumen de las dunas blancas de «Honolulu Sand»: arena, música, sueños sueltos, calma.

Y en «No Contact», que es una canción sobre cortar con alguien que te hacía daño, la arena llega en un verso que siempre me ha hecho sonreír:

I’m shining, lleno de arena

Brillar lleno de arena. Así sale uno del desierto: con arena en los zapatos, en el pelo, en los bolsillos. Pero brillando.

Una carta de colores para la arena

Si pusiera todos estos desiertos uno al lado del otro, saldría una carta de colores muy rara para algo que, en teoría, solo debería ser beige.

Estaría el arcoíris derramado de las dunas del cartel de «Honolulu Sand», con sus franjas rosas, lilas, amarillas y azules. Estaría el dorado de miel de las dunas de los pañuelos. Estaría el blanco de yeso del amanecer, casi sin sombra. Estaría el azul de medianoche de la noche de los trajes luminosos, con las estrellas encima. Estaría el rosa lila del desierto de los cristales de «Whisper Fade», y el negro con verde de la aurora sobre el coche. Y estaría el rojo de las crestas de «Lai», casi como un desierto de Marte.

Siete arenas distintas para un mismo planeta. Me gusta que sea así, porque cada una corresponde a un estado de ánimo. Hay días de arena blanca, en los que todo está por escribir. Hay días de arena dorada, de viento y de pañuelos. Hay noches de arena azul, en las que uno brilla a oscuras. Y hay, por suerte, días de arcoíris, en los que la arena se acuerda de todos los colores a la vez.

Atravesar el desierto

Te debo una explicación de por qué estos desiertos me importan tanto. Fueron dos relaciones, una tras otra, con personas narcisistas, y entre las dos se comieron veinte años de mi vida. Cuando por fin cayeron las caretas, todavía consiguieron que una parte grande de mi gente me retirara el saludo. Lo que traje de vuelta lleva nombre médico: estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación. Me acompañan en consulta una psiquiatra y una psicóloga. Y hubo una etapa en la que pensé en acabar con mi vida.

Durante años, esa fue mi forma de entender el desierto: un lugar vacío, sin agua y sin nadie, que había que cruzar como fuera. Lo que me han enseñado mis canciones, y estos clips en particular, es que un desierto también puede ser un sitio para bailar. Que la arena puede tener colores. Que el viento, que antes solo me empujaba, también puede levantar un pañuelo y hacerlo volar.

Si ahora estás tú en mitad de un desierto así, sin agua y sin nadie, por favor, no lo cruces en soledad. El 024, en España, es gratuito y atiende a todas horas, si piensas en el suicidio o si te preocupa que alguien cercano lo esté pensando. Para una urgencia en este mismo momento, el número es el 112. Desde fuera de España, en findahelpline.com tienes las líneas de cada país. En el desierto, lo más valioso no es el agua: es no ir solo.

El disco de la salida

Tiene sentido que «Honolulu Sand» esté en «El día de la liberación». Es el disco de la huida, de la puerta que por fin se abre. Y los desiertos de este clip no son desiertos de los que se escapa, sino desiertos a los que se llega después de escapar. Lugares amplios, sin paredes, donde por fin cabe todo el cuerpo y hay sitio para estirar los brazos.

Las bailarinas de «Honolulu Sand» no huyen de nada. Están donde quieren estar. Han llegado.

Para escucharlas todas

Todas las canciones de las que hablo en este texto, «Honolulu Sand», «Whisper Fade», «Lai», «Sunset Boulevard», «María, María» y «No Contact», están para oír y bajar gratis, sin registro y sin pagar, desde la página de descargas.

Si te apetece un plan: ponlas seguidas, en ese orden, una noche tranquila. Es un viaje por la arena que empieza con colores y termina brillando.

Cinco imágenes de arena para guardar

La primera, las cinco bailarinas plateadas haciendo la misma figura sobre las dunas de arcoíris del cartel de «Honolulu Sand».

La segunda, el pañuelo fucsia levantado por el viento sobre las dunas doradas.

La tercera, los cristales flotando sobre la arena rosa de «Whisper Fade».

La cuarta, el descapotable aparcado bajo la cortina verde del cielo.

La quinta, la burbuja de «Lai» sobre las dunas rojas, con su reflejo en forma de sonrisa.

Preguntas frecuentes

¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen desiertos? Sobre todo en «Honolulu Sand», que tiene dunas de colores, doradas, blancas y nocturnas. También en «Whisper Fade» (desierto rosa con cristales y desierto nocturno con aurora), en el arranque de «Lai» (dunas rosadas con una burbuja) y, junto al mar, en «Sunset Boulevard».

¿Cuándo salió el videoclip de «Honolulu Sand»? El viernes 12 de septiembre de 2025, a las 01:01 (hora de Madrid), en YouTube. Dura tres minutos y quince segundos.

¿De qué disco es «Honolulu Sand»? De «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Por qué un post sobre desiertos? Porque en mis videoclips el desierto deja de ser un lugar vacío y se convierte en un sitio para bailar, con colores, viento y luz. Es una manera de contar que después de atravesar una mala época también se puede llegar a algún sitio bonito.

¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí. Toda mi música se descarga gratis y sin registro desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.