
By Mike Sain't Louis ·
La misma letra en otro plató: cómo hice «Hipócritas» a partir de «Mentes diabólicas», la piscina vacía y el telón final
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Hay canciones que empiezan con una frase suelta apuntada en el móvil. «Hipócritas» empezó con una canción entera que ya existía. Su letra es, línea por línea, la de «Mentes diabólicas», que había salido un año antes en mi primer disco. Las mismas máscaras de hierro, el mismo lobo, los mismos espejos rotos y el mismo estribillo que manda las críticas a paseo. Y sin embargo son dos canciones distintas, con dos títulos, dos discos, dos duraciones y dos videoclips que no se parecen en nada.
Este artículo va de eso: de cómo se hace una canción nueva con palabras viejas. No voy a inventarme anécdotas de estudio ni a contar lo que pensaba una tarde concreta. Me voy a ceñir a lo que cualquiera puede comprobar: las fechas, el texto que acompaña al vídeo, el orden en que suenan las estrofas según los subtítulos de YouTube, y sobre todo las imágenes, que he mirado una a una antes de escribir.
Dos fechas y un año de distancia
«Mentes diabólicas» llegó a mi canal con su vídeo un 17 de noviembre, en 2024. «Hipócritas» lo hizo un 20 de noviembre, en 2025. Entre las dos median un año y tres días. La primera pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco que abre la trilogía. La segunda aparece en el catálogo dentro de «El día de la liberación», el tercero, el que la cierra.
Es decir: la misma letra está en el primer capítulo y en el último. Entre una y otra cabe toda la historia de Planeta Gayfolk, desde que se descubre el planeta hasta el día en que alguien se libera. Y no creo que sea un detalle menor que el texto que eligió viajar del principio al final sea precisamente este, el que habla de caretas y de teatro.
Las duraciones también cambian. La primera ocupa 3:43; la segunda, 3:03. Cuarenta segundos menos para decir exactamente las mismas frases. Eso ya da una pista de lo que se hizo: no se añadió nada, se quitó.
Un título que pasa del final al principio
El primer cambio está en la portada. «Mentes diabólicas» toma su nombre de la última frase del estribillo, la que lleva exclamaciones: la acusación final, el diagnóstico. «Hipócritas» toma su nombre de la primera palabra del estribillo, la que abre casi todas sus líneas.
Parece poca cosa, pero cambia el centro de gravedad. Un título que viene del final de la frase resume; un título que viene del principio golpea. «Mentes diabólicas» suena a explicación, casi a estudio: qué tipo de cabeza tiene esta gente. «Hipócritas» suena a dedo que señala. Es una sola palabra, esdrújula, y no hay otra que vuelva tantas veces. Con el título nuevo, cada vez que llega el estribillo, lo que suena es el nombre de la canción.
También cambia lo que se lee antes de escuchar. Quien ve «Mentes diabólicas» en una lista espera algo oscuro, quizá de terror. Quien ve «Hipócritas» ya sabe de qué va y a quién va dirigido. El primer título deja una puerta abierta; el segundo la cierra.
Las mismas palabras, otro orden
Para saber qué suena en cada canción he leído los subtítulos automáticos de los dos vídeos. Los subtítulos automáticos se equivocan a veces en alguna palabra suelta (en uno pone «personas cívicas» donde debe decir «cínicas»), pero el orden de las estrofas se ve con claridad.

En «Mentes diabólicas» el recorrido es largo. Entra la estrofa del teatro, después el estribillo, luego la estrofa de la noche y el lobo, otra vez el estribillo, la estrofa de los espejos rotos, el estribillo, y desde ese punto la canción vuelve sobre sus pasos, repite estrofas, encadena varios estribillos seguidos y termina con unos «oh, oh, oh» que no están en la letra publicada.
En «Hipócritas» el camino es más corto y tiene una forma distinta. Tras una entrada instrumental (los subtítulos marcan varios tramos de música sin texto al principio), llega la estrofa del teatro, después el estribillo, la estrofa de la noche, el estribillo, y entonces pasa algo que no ocurre en la primera versión: la estrofa de la noche suena dos veces seguidas, una detrás de otra. Solo después aparece, por única vez, la estrofa de la hipocresía como homenaje y de los espejos rotos. Un último tramo instrumental, un estribillo final, y lo último que recogen los subtítulos es «vuestras mentes son diabólicas».
Así que la estrofa de los espejos rotos, que en la primera versión se oía dos veces, aquí se oye una sola, y casi al final. Llega tarde, como una revelación. Y la de la noche, la de traición y mentira abrazadas cuando oscurece, se convierte en el centro: se repite como quien insiste en lo que pasa cuando nadie mira.
Y el final cambia de tono. Los «oh, oh, oh» de «Mentes diabólicas» dejan la canción abierta, casi coreada. «Hipócritas» cierra con una frase completa. Termina en la acusación, sin adornos, sin despedida.
La letra y la producción, y lo que hace la IA
Conviene decirlo claro, porque en una canción que habla de caretas sería raro ponerse una: letra y producción mías, música e interpretación vocal hechas con IA. En «Hipócritas» la letra no cambia ni una coma respecto a la de «Mentes diabólicas»; lo que cambia es todo lo demás: el orden en que se ordenan las piezas, los tramos instrumentales, la duración, el final y la manera de presentarla.
Por eso la cuento como una canción nueva y no como una repetición. Un mismo texto puede vestirse de muchas maneras, igual que una misma persona puede ir a una boda y a un funeral con la misma cara y parecer otra. Lo que cambia es el traje, la luz y la sala.
El texto que la acompaña: un ajuste de cuentas
La diferencia más clara entre las dos canciones no está en el audio, sino en las palabras que van al lado. La página de «Hipócritas» lleva un texto mío que deja muy claro desde dónde se publicó. Dice que aquello es más un ajuste de cuentas que una canción, y añade una frase que para mí lo resume todo: «me habéis tomado por tonto demasiados años».
Habla también de «puro teatro barato» y de gente que finge cariño y moral hasta que se le cae la careta. Nombra el gaslighting, esa manipulación que te lleva a desconfiar de tu propia memoria, y de la que hablo también en «Gaslighting». Y termina con dos frases cortas: «En este planeta llamado GayFolk no hay espacio para vuestras caretas. Aquí se os ve.»
Ya comenté ese texto desde otro ángulo, junto a un poema de Pessoa, en otro artículo. Aquí me interesa por lo que dice del proceso, y conviene leerlo con la letra delante. La letra de 2024 hablaba del mundo en general: todos actuamos, cada corazón, el hombre. El texto de 2025 le pone a esa letra una dirección concreta, un vosotros con años de historia detrás. Las palabras son las mismas, pero el texto que las acompaña les da un destinatario.
Que la canción esté en el disco llamado «El día de la liberación» y que su texto se despida negando la rabia y reclamando la libertad no necesita mucha explicación. Es el mismo grito, colocado en el capítulo de la trilogía donde por fin se sale.
Los colores de cada vídeo
Antes de entrar plano a plano, un detalle que se nota en cuanto pones los dos vídeos seguidos: la paleta. El de «Mentes diabólicas» es casi monocromo, rosa sobre rosa, con el rojo reservado para el diablo del final. El de «Hipócritas» es una carta de colores de anuncio antiguo: azul cielo, verde menta, lila, crema, amarillo mostaza, rosa chicle, maderas de nogal en las mesas de los presentadores y papeles pintados dorados y de flores en los salones.

Y en medio de esa explosión de color, varios planos van en blanco y negro: un estudio de informativos con tres hombres trajeados, una boda delante de una puerta circular de caja fuerte. Son como fragmentos de archivo, de esa televisión que veían nuestros abuelos, metidos entre las escenas a color. Todo el vídeo tiene ese aire de cosa ya vista, de imagen heredada, de costumbre: la sonrisa de presentador, el traje de novio, el sofá del domingo.
Ese contraste de paletas dice mucho de cómo se hizo cada vídeo. El rosa uniforme del primero encaja con el planeta recién descubierto, con la portada del primer disco. El color pastel y retro del segundo encaja con un mundo que se presenta como respetable, como de toda la vida. Lo que finge en «Hipócritas» no es un monstruo exótico, sino la normalidad más reconocible.
El videoclip: un desfile de sonrisas de plató
Si el videoclip de «Mentes diabólicas» era un museo rosa vacío, con retratos de demonios colgados sin nadie que los mire, el de «Hipócritas» es justo lo contrario: está lleno de gente, y casi toda sonríe. Puedes verlo en la ficha del vídeo dentro del planeta o buscarlo entre todos mis vídeos. Lo he mirado entero, fotograma a fotograma, y lo cuento en orden.
Empieza con el título escrito en letra de neón rosa, «Hipócritas», y debajo «Mike Sain't Louis», sobre un escenario oscuro. En el centro hay un mimo con la cara pintada de blanco, labios rojos y un traje rojo y amarillo, rodeado de bailarinas de cabaret con plumas. Es una entrada de función de variedades: maquillaje blanco, que es la careta más antigua del teatro, y plumas.
Después llegan dos chicos en bañador bailando delante de una playa de cartón: un mar de olas azules pintado en un decorado, un sol naranja de papel y dos medias lunas de cartón como dunas. Una playa falsa, de teatro escolar. Es imposible no pensar en el teatro barato del texto. El vídeo arranca enseñando el decorado sin disimular que es decorado.
Presentadores, parejas y novias
La parte central del vídeo es un catálogo de televisión antigua, de los años cincuenta y sesenta. Dos presentadores sonrientes en una mesa con micrófonos. Una pareja de presentadores, él con traje gris y ella con vestido azul cielo, en un plató rosa. Un estudio de informativos visto desde lejos, con una mesa curva y cámaras. Otro plató en blanco y negro con tres hombres trajeados. Dos chicos con trajes de colores pastel, uno crema y otro lila, sentados en butacas como en un programa de entrevistas.
Entre plató y plató aparecen parejas. Una pareja en un sofá rosa delante de un papel pintado dorado. Un hombre y una mujer frente a frente en un salón de papel pintado de flores, ella con vestido rojo. Una pareja sentada en una terraza con botellas de refresco. Una rubia y un chico moreno sonriendo muy juntos, como en un anuncio. Dos chicos con delantal en una cocina llena de cazos de cobre.
Y bodas, muchas bodas. Una novia y un novio en blanco y negro delante de una puerta circular de caja fuerte. Otra pareja de novios entre cortinas oscuras. Otra dentro de un marco redondo con cortinas moradas. Un primer plano de una novia con velo frente a un novio con traje claro, rodeados de espejos dorados.
Todo es impecable: peinados perfectos, trajes planchados, sonrisas enteras. Son los seres luminosos del texto, los que van de ejemplares. El vídeo no los ridiculiza, no los deforma, no les pone cuernos. Solo los enseña posando. Y es precisamente esa perfección, repetida plano tras plano, la que acaba resultando inquietante. Nadie sonríe tanto rato si no está actuando.
La boca gigante y el homínido en la nieve
En medio de tanta sonrisa, dos planos rompen el decorado. La primera aparece hacia los cuarenta segundos: dos chicos con camisas pastel, uno azul y otro rosa, leen unos papeles con cara seria, y detrás de ellos, ocupando toda la pared, hay una cara gigante con una sonrisa monstruosa, llena de dientes. Ellos no la miran. Siguen leyendo su papel como si nada.

Es, para mí, la imagen clave del vídeo. Es la careta que se cae, pero sin que los protagonistas se den cuenta. La sonrisa amable está delante; la sonrisa de verdad, la de los colmillos, está detrás, a la vista de todos menos de ellos. Si en «Mentes diabólicas» el museo colgaba los demonios en la pared, aquí el demonio también está en la pared, pero a la espalda de los presentadores.
La segunda imagen llega poco después y no tiene nada que ver con un plató: un homínido peludo, con la cara a medio camino entre el simio y el hombre, en un bosque nevado, con luz baja entre los troncos. Es el único momento del vídeo fuera de la ciudad, de la casa o del estudio. Y es difícil no relacionarlo con el lobo que se cuela en la letra, el del refrán recortado sobre el hombre y el hombre. Debajo del traje, del plató y de la sonrisa, el vídeo enseña lo que había antes de todo eso: el animal.
La piscina vacía y el salto sobre el mantel
En la segunda mitad el vídeo sale al aire libre. Una piscina con un chico en bañador y una chica en biquini. Dos chicas en traje de baño junto al agua. Una mujer con gafas de sol que levanta el brazo delante de un grupo de gente vestida de blanco. Una terraza con sombrillas naranjas.
Y en medio, un plano sin nadie: una piscina de hormigón, con el agua turquesa, una escalerilla, unas puertas verdes al fondo y árboles detrás del muro. No hay bañistas, no hay toallas, no hay movimiento. Es la imagen que he elegido para la portada de este artículo, precisamente porque es la única que no posa. En un vídeo lleno de gente que sonríe a cámara, la piscina vacía es el momento de silencio, el escenario cuando se han ido los actores.
Justo después aparece una sala de reuniones blanca, redonda, con sillas naranjas alrededor de una mesa enorme y dos personas sentadas de espaldas. Y luego un plano rarísimo: un picnic en un prado, con un mantel de cuadros lleno de comida, y un chico que salta por encima en horizontal, como si volara, mientras otro está tumbado en el suelo. Poco después, más figuras flotando sobre el campo. El picnic perfecto de anuncio, pero con la gente suspendida en el aire, sin tocar el suelo. Como si nada de aquello tuviera peso.
El final: un teatro de verdad
El vídeo termina donde la letra empieza. La primera línea de la canción dice que el mundo es un teatro, y el último plano del videoclip es exactamente eso: un escenario con telón rojo, focos, y una fila de actores con trajes de época, vestidos largos azules y granates y un chico en el centro con jubón azul. Están en fila, de cara al público, como en el saludo final de una función.
Antes de llegar ahí hay un salón de mármol con suelo de damero, una pareja elegante en el centro, y una chica con vestido verde menta y un hombre con sombrero en un pasillo de tren, con una ciudad al otro lado de la ventana. Y después, el telón.
Es un final muy limpio. Durante tres minutos el vídeo nos ha enseñado gente que actuaba sin decir que actuaba: presentadores, novios, parejas de anuncio. Al final, los actores aparecen como lo que son, sobre un escenario, con disfraces de época, delante de un telón. Se acabó la función y se reconoce que era una función. Puro teatro, tal como decía el texto.
Dos vídeos para una letra
Si se comparan, los dos videoclips responden a la misma letra desde lados opuestos. El de «Mentes diabólicas» enseña lo de dentro: salas sin gente y cuadros de demonios, calaveras y diablos con cuernos. El de «Hipócritas» enseña lo de fuera: gente perfecta, sonrisas, bodas, platós. En el primero no hay ni una persona viva; en el segundo casi no hay ni un monstruo, salvo la boca de la pared y el homínido de la nieve.

Esa es para mí la gran diferencia entre las dos canciones, y es una diferencia que se ve. Con la misma letra, la primera versión retrata la mente diabólica y la segunda retrata la careta. Una mira debajo de la máscara; la otra mira la máscara misma, sonriente, bien peinada, en horario de máxima audiencia.
Y el orden también encaja con el viaje de la trilogía. En el primer disco, recién descubierto el planeta, la canción se queda en el museo, mirando a los monstruos. En el tercero, el de la liberación, la canción sale a la calle, a la televisión, a las bodas, y señala a los que sonríen. Ya no hace falta pintarlos con cuernos para reconocerlos.
Lo que hay detrás, contado sin señalar a nadie
No voy a decir a quién va dirigida esta canción, ni lo diré nunca. Sí puedo contar, porque ya lo he hecho otras veces, el terreno del que salen letras así. Durante unos veinte años compartí mi vida con dos parejas, una detrás de otra, y las dos relaciones estuvieron marcadas por el abuso narcisista. Cuando por fin se vio quiénes eran, lograron que varias personas cercanas me dieran la espalda. Durante mucho tiempo lo que se contaba de mí lo contaban ellos.
Escribir canciones fue el sitio donde pude dejar por escrito lo que yo había vivido. No para vengarme, sino para que existiera en algún lugar, aunque fuera con un estribillo grosero. Hablo del mecanismo, del descarte y de las caretas en otras canciones, como «El descarte del narcisista», y de ponerle nombre a lo que me pasaba en mi diagnóstico a los 41: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Hoy sigo en tratamiento con psiquiatría y psicología, y estoy mejor.
Llegué a un punto muy cercano a no seguir. Lo menciono únicamente porque salí, acompañado, y porque quien lee esto quizá esté hoy donde yo estuve. Si es tu caso, el 024 es tu número: no se paga, contesta de día y de noche y vale igual si sufres tú o si te preocupa otra persona. Con riesgo inmediato, marca el 112. Hay más puertas: Teléfono de la Esperanza, 717 003 717; Fundación ANAR para menores, 900 20 20 10; y para quien vive fuera de España, findahelpline.com. Junté más recursos en salud mental sin tabú, y si quieres saber más de mí, está quién soy.
Lo que me enseña esta canción sobre hacer canciones
«Hipócritas» me recuerda que una letra no se gasta por usarla una vez. Las mismas cuatro estrofas pueden estar en el primer disco y en el último y decir cosas distintas según qué se ponga a su alrededor: el título, el orden, lo que se repite, lo que se calla, el texto que la acompaña y las imágenes.
La primera vez, la letra colgaba en un museo. La segunda, sale en televisión, se casa, va de picnic y acaba saludando sobre un escenario. Y el estribillo, el mismo de siempre, sigue diciendo lo que decía. Solo que ahora, por el título, cada vez que suena dice también cómo se llama la canción.
Preguntas frecuentes
¿«Hipócritas» y «Mentes diabólicas» tienen la misma letra? Sí. Según la letra publicada de «Mentes diabólicas» y los subtítulos de los dos vídeos, el texto es el mismo: las estrofas del teatro, de la noche y del lobo, y de los espejos rotos, y el mismo estribillo. Cambian el título, el orden y el número de repeticiones, la duración y el videoclip.
¿Qué diferencias hay en el orden de las estrofas? En «Hipócritas» la estrofa de la noche suena dos veces seguidas y la de los espejos rotos aparece una sola vez, casi al final; lo último que recogen los subtítulos es «vuestras mentes son diabólicas». En «Mentes diabólicas» las estrofas finales se repiten más y el cierre encadena varios estribillos con unos «oh, oh, oh».
¿Qué se ve en el videoclip de «Hipócritas»? Un mimo de cara blanca con bailarinas de plumas en el título, dos chicos bailando ante una playa de cartón, platós de televisión antigua con presentadores sonrientes, parejas en sofás y cocinas, varias bodas, una cara gigante llena de dientes detrás de dos presentadores, un homínido en un bosque nevado, una piscina vacía, un picnic con gente que flota y, al final, actores con trajes de época ante un telón rojo.
¿Cuándo salieron y en qué disco están? El vídeo de «Mentes diabólicas» se publicó el 17 de noviembre de 2024 (3:43) y la canción pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». El de «Hipócritas» se publicó el 20 de noviembre de 2025 (3:03) y la canción figura en «El día de la liberación».
¿Quién hizo «Hipócritas»? La letra y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y la interpretación vocal están hechas con IA. Se publica en su sello independiente, MIKE SAIN'T LOUIS.
¿Dónde pedir ayuda si estoy pasando por algo parecido? En España, el 024 atiende gratis y a cualquier hora, y el 112 en emergencias. También el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para menores, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Desde otros países, findahelpline.com.