
By Mike Sain't Louis ·
«Es tan corto el amor»: «Ya no te quiero» y el Poema 20 de Neruda
This article is only available in Spanish. Leer en español
Hay frases que se aprenden antes de entenderlas. Una de ellas, para mucha gente de habla hispana, es esta: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche». La oímos en el instituto, en una película, en boca de alguien que quería impresionar en una cena. Es el comienzo del Poema 20 de Pablo Neruda, y casi todo el mundo sabe al menos una línea más, la del medio, la que lo resume todo: «Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise».
Yo tengo una canción que se llama «Ya no te quiero». No la escribí pensando en Neruda. La escribí, como conté al presentarla, en ese punto en el que sabes que deberías soltar y algo dentro de ti sigue agarrado. Pero hace poco, releyendo el poema por casualidad, me encontré con mi título dentro de un verso de hace cien años. Y me quedé un buen rato mirando la diferencia.
Neruda dice «ya no la quiero» y no consigue terminar la frase sin un «pero». Yo digo «ya no te quiero» y lo dejo así, a pelo, en mayúsculas, sin matices. Parece que el mío es más rotundo. Y sin embargo, en el texto con el que presenté la canción escribí que es «una verdad que aún no me creo». Es decir: el mismo «pero» de Neruda, solo que escondido fuera del título.
Este texto va de esas dos despedidas. De una frase que se dice antes de ser verdad, y de por qué decirla, aunque sea mentira, me ayudó a seguir de pie.
Un poeta de veinte años
Conviene situar el poema. «Veinte poemas de amor y una canción desesperada» se publicó en 1924. Neruda tenía diecinueve o veinte años, vivía en Santiago de Chile y todavía no era nadie. El libro se convirtió con el tiempo en uno de los más vendidos de la poesía en castellano, y el Poema 20 es, probablemente, su página más famosa.
Lo que me impresiona es que lo escribiera alguien tan joven. Porque el poema no suena a un adolescente con el corazón roto. Suena a alguien que ya ha aprendido algo muy difícil: que el amor se termina antes que el recuerdo. La línea que yo me sé de memoria, y que me parece de las más exactas que se han escrito nunca sobre una ruptura, es esta: «Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido».
Ahí está todo. La relación dura lo que dura. El después dura muchísimo más. Y en ese después, que es largo y torpe, uno se dice frases para sobrevivir. Frases como «ya no la quiero».
La noche estrellada El poema empieza con un paisaje enorme. La noche está estrellada, tiritan, azules, los astros a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y el poeta lo escucha. Es un escenario cósmico para una pena muy pequeña, muy de habitación.
Me hace gracia porque en Planeta Gayfolk pasa algo parecido. Mis penas más domésticas, un mensaje sin contestar, una foto borrada, un cumpleaños raro, acaban siempre proyectadas sobre un cielo con naves y planetas. Supongo que es lo que hacemos cuando algo nos duele más de lo que cabe en el cuarto: lo subimos al cielo, a ver si allí arriba ocupa menos.
Dos maneras de decir lo mismo
Pongo las dos frases juntas para mirarlas bien.

Neruda: «Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero».
Yo: «Ya no te quiero».
La primera diferencia es la persona. Neruda habla de ella. Mira a la amada desde lejos, en tercera persona, como un recuerdo, como algo que se cuenta a la noche o al lector. Yo hablo de tú. Le hablo a alguien. Eso es muy mío; en casi todas mis canciones hay un tú delante, alguien a quien se le dicen las cosas a la cara, aunque esa cara ya no esté.
La segunda diferencia es el «pero». Neruda lo pone dentro del verso. Es honesto en la misma línea: lo afirma y lo duda a la vez. Yo lo saco fuera. El título lo afirma sin duda y la duda se queda en la trastienda, en el texto que lo acompaña, en la canción entera.
Creo que las dos maneras son verdaderas. La de Neruda es la del que ya puede mirar atrás con cierta calma, aunque le tiemble el pulso. La mía es la del que todavía está dentro de la tormenta y necesita una frase firme para agarrarse, aunque sepa que es mentira.
La frase como barandilla Cuando subes una escalera a oscuras, la barandilla no te dice dónde está el siguiente escalón. Solo te da algo a lo que agarrarte. Así funcionaba para mí «ya no te quiero». No describía lo que sentía. Me daba algo a lo que agarrarme mientras subía.
Escribí al presentar la canción que a veces amar duele tanto que la única forma de seguir es fingir que ya no quieres. Y lo sigo pensando. Fingir, en ese caso, no es engañar a nadie. Es ensayar. Es decir la frase muchas veces, en el metro, frente al espejo, antes de dormir, hasta que un día te das cuenta de que ya no suena tan falsa.
El verso que se dice antes de ser cierto
Hay un tipo de frase que no describe el mundo sino que intenta cambiarlo. «Sí, quiero». «Te prometo». «Se abre la sesión». Son frases que, al decirlas, hacen algo. Los filósofos del lenguaje las llaman realizativas. Yo no sabía la palabra cuando escribí la canción, pero sí sabía la sensación.
«Ya no te quiero» intenta ser una de esas frases. Intenta que, al decirla, ocurra. Que el corazón reciba la orden. Pero el corazón no es un juzgado, y no obedece a la primera.
Eso es lo que me fascina del Poema 20: Neruda también lo intenta y también fracasa, y deja el fracaso a la vista. Dice «ya no la quiero», se da cuenta de que no es del todo cierto, y lo corrige: «pero tal vez la quiero». Es como ver a alguien intentar cerrar una puerta que se vuelve a abrir con el viento.
Repetir hasta que se parezca Mi canción, como muchas de las mías, se apoya en la repetición. El título vuelve una y otra vez. Y eso tiene mucho de conjuro. Cuando una frase se repite, deja de ser información y se convierte en ritmo. Ya no la dices para que alguien la entienda; la dices para que el cuerpo se la aprenda.
En «El olor de la almohada» escribí sobre «Voy a olvidarme de ti», mi versión de una sevillana de María de la Colina, y sobre por qué no se olvida por decreto. No quiero repetir esa idea. Aquí me interesa otra cosa: que aunque no se olvide por decreto, el decreto sirve. No como orden, sino como dirección. Dices «ya no te quiero» no porque sea verdad hoy, sino para señalar hacia dónde quieres ir.
Lo que la noche se lleva
Hay un verso del Poema 20 que me parece el más cruel y el más bonito: «La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. / Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos».

Es una idea sencilla y demoledora. El paisaje no ha cambiado. La luna es la misma, los árboles son los mismos. Los que han cambiado son ellos. Y eso es justo lo que más duele de una ruptura: que el mundo siga exactamente igual mientras tú ya no eres el de antes.
Cualquiera que haya roto en una ciudad como Madrid lo conoce. Pasar por el mismo bar, el mismo metro, la misma esquina, y saber que la esquina no sabe nada. Que no ha pasado nada en la esquina. Que lo que ha pasado está dentro de ti. Por eso en mis letras salen tantos sitios concretos: no porque los sitios importen, sino porque son el decorado que se queda quieto mientras la persona se mueve.
Nosotros, los de entonces Esa frase, «los de entonces», tiene algo de foto antigua. Me hace pensar en las fotos del móvil que una relación deja detrás, y que en tantas canciones del planeta hay que borrar una por una. En la presentación de «Ya no te quiero» hablaba de ese limbo raro del después: cuando ya has borrado las fotos, o casi todas, cuando le cuentas a todo el mundo que estás bien y sigues mirando si está en línea.
Ese «o casi todas» es mi «pero tal vez la quiero». Es la foto que no borras. La que te dices que guardas por la luz, por lo bien que saliste, por cualquier excusa. Neruda no tenía móvil, pero tenía la misma foto en la cabeza: la noche aquella, los brazos, los ojos infinitos.
Por qué escribir la frase me ayudó
Quiero contar esto sin exagerar, porque no me gusta prometer que una canción cura nada.
Lo que me pasó fue más pequeño y, a la vez, más útil. Mientras la frase estaba solo en mi cabeza, era una pelea. Una parte de mí decía «ya no le quiero» y otra parte contestaba «mentira». Las dos gritaban a la vez y no había forma de saber quién tenía razón. Era agotador.
Cuando escribí la canción, la pelea salió fuera. La frase se quedó en el título, firme, y la duda se quedó en el resto. Ya no tenían que gritar dentro de mí al mismo tiempo; cada una tenía su sitio. El título podía ser la parte que quería irse. La canción podía ser la parte que todavía no podía.
Creo que es lo mismo que hizo Neruda con su «pero». Ponerlo en el papel fue darle permiso. Decir: está bien no estar seguro. Está bien afirmar y dudar en la misma línea. No hace falta elegir todavía.
Permiso para sentirlo En la ficha de la canción escribí algo que me sigue pareciendo lo más importante: que no es para regodearse en la pena, sino para darse permiso de sentirla. Y esa es, para mí, la función de escribir en los peores momentos.
Escribir no es una manera de dejar de sentir. Es una manera de sentir sin ahogarse. Es como nadar con un flotador: el agua sigue ahí, sigue fría, sigue siendo profunda, pero tú puedes estar dentro sin hundirte. La frase «ya no te quiero» era mi flotador. Hinchable, de colores, un poco ridículo. Y suficiente.
El último verso
El Poema 20 termina con dos versos que siempre me han parecido una mentira preciosa: «Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, / y éstos sean los últimos versos que yo le escribo».
Es mentira, claro. O por lo menos no lo sabe. Nadie sabe cuál es el último verso hasta mucho después. Pero decirlo es otra vez la misma operación: afirmar algo para que se haga verdad. Neruda cierra el poema con una promesa de cierre, como quien cierra una caja con cinta adhesiva sabiendo que tal vez la vuelva a abrir.
Yo también he escrito muchas «últimas» cosas. «Hoy es el último adiós». La última carta, de la que hablé en «Cartas que no se envían». Cada una decía ser la definitiva. Y cada una, en su momento, lo fue un poco. Porque la despedida no ocurre de una vez; ocurre en capas. Cada «último» quita una capa.
La trilogía como despedida larga Si miro la trilogía GAYFOLK desde lejos, veo una despedida muy larga contada en tres discos. El primero, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», está lleno de golpes y de rabia. El segundo sueña con irse a otro sitio. El tercero se llama «El día de la liberación». «Ya no te quiero» está en el primero, y tiene sentido: es la frase del principio del duelo, no del final.
En un mapa de Planeta Gayfolk, esta canción estaría en el puerto. El sitio desde donde se sale. Todavía con la maleta en la mano, todavía mirando atrás, pero ya con el billete comprado. Neruda escribe desde el mismo puerto, con la misma noche estrellada encima.
Las vecinas de la canción
En la discografía, «Ya no te quiero» tiene vecinas curiosas. Justo antes está «Antisocial», que habla de cerrar la puerta y elegir a los pocos que se quedan. Justo después está «La playa del Mal Pas», una playa pequeña donde la canción se sienta a pensar en el tiempo y en lo que se va.

No las ordené pensando en una historia, pero cuando las escucho seguidas me sale una. Primero me encierro. Luego me digo que ya no le quiero. Luego me voy a mirar el mar. Es casi el mismo recorrido que el Poema 20: la noche, la frase, el paisaje que sigue igual.
Hay otra canción que dialoga con esta, aunque desde el extremo opuesto: «Me rindo». Si «Ya no te quiero» es la frase firme que todavía es mentira, «Me rindo» es la frase cansada que ya es verdad. Una intenta irse. La otra deja de pelear. Las dos son formas de despedirse, y me hicieron falta las dos.
Y luego, el silencio Al final de todas esas frases viene algo que no está en ninguna canción: el silencio. Ese momento, semanas o meses después, en que te das cuenta de que hace días que no piensas en la frase. Que ya no te la tienes que decir. Que se ha vuelto verdad sin que te enteres.
«No Contact» es, en parte, una canción sobre ese silencio. Sobre dejar de responder, dejar de mirar, dejar de decir. Si «Ya no te quiero» es la barandilla, «No Contact» es el rellano: el sitio donde por fin puedes soltar la mano y quedarte de pie.
Lo que me dice Neruda cien años después
Hay algo muy consolador en encontrar tu título dentro de un poema de hace un siglo. No porque te compare con nadie, que no me comparo, sino porque te recuerda que no eres el primero. Que antes que tú, un chico de veinte años en Santiago de Chile también se dijo la misma mentira, también falló, también dejó el fallo escrito, y que millones de personas lo han leído después y se han sentido menos solas.
Eso es lo que me gustaría que pasara con mis letras, en pequeño. Que alguien que está en el limbo del después las lea y piense: vale, no soy solo yo. Que alguien se diga «ya no te quiero» frente al espejo y no se sienta ridículo por no creérselo todavía.
El espejo El espejo sale mucho en mis canciones; en «El espejo de enfrente» es casi un personaje. Y cuando pienso en esta frase, siempre la imagino dicha frente a un espejo. No a la otra persona, que ya no está, sino a uno mismo. Mirándose a los ojos y diciéndolo despacio. Ya. No. Te. Quiero.
Lo bonito es que el espejo no juzga. No te dice «mentira». Solo te devuelve la cara. Y un día, si tienes suerte, la cara que te devuelve ya no tiene esa mueca de duda. Ese día la frase ya no hace falta.
Mayúsculas y comas
Hay un detalle tipográfico que me divierte. Cuando presenté la canción escribí el título en mayúsculas, «YA NO TE QUIERO», como un cartel luminoso, como una pancarta de manifestación. Neruda, en cambio, mete su frase entre comas: «Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero». Cada coma es un pequeño freno, un titubeo, una respiración antes de seguir.

Las mayúsculas gritan. Las comas dudan. Y creo que esa es la diferencia entre escribir desde dentro del golpe y escribir desde un poco más lejos. En el golpe no hay sitio para comas; necesitas letras grandes para que la frase se oiga por encima del ruido de tu propia cabeza. Más tarde, cuando el ruido baja, empiezan a aparecer los matices, los «es cierto», los «tal vez».
No digo que una manera sea mejor que la otra. Digo que son dos momentos del mismo camino. Y que a mí me ayudó saber que el camino tiene esos dos momentos. Que el día en que empiece a poner comas a mi «ya no te quiero» no será un retroceso, sino al revés: la señal de que ya puedo mirarlo sin gritar.
Una pancarta para uno mismo Pensar el título como pancarta me hace gracia porque las pancartas suelen ser para los demás. Se levantan en la calle para que las vea todo el mundo. Esta, en cambio, es una pancarta para uno mismo. La levantas en tu cuarto, delante del espejo, y la única persona que tiene que leerla eres tú.
Y aun así, al publicarla como canción, la pancarta salió a la calle. Cualquiera puede leerla ahora, también quien esté en ese limbo del después. Y eso me hace pensar que lo que había escrito para sostenerme a mí podía sostener también a alguien más durante un rato, igual que el Poema 20 lleva un siglo sosteniendo a desconocidos en noches parecidas.
Si estás en ese limbo
Si estás ahora mismo en ese punto en el que sabes que tienes que soltar y no puedes, quiero decirte lo mismo que me digo a mí. No pasa nada por decir algo antes de que sea cierto. No pasa nada por fingir un poco, para resistir. Y no pasa nada por fallar, por volver a mirar si está en línea, por guardar esa última foto. Neruda también se contradijo en el verso más famoso de su vida.
Pero si el después se hace demasiado largo y demasiado oscuro, si el olvido parece que no va a llegar nunca y la tristeza te tapa los días, no lo atravieses a solas. Hay gente para eso:
- 024: línea de atención en España para cuando te desbordan las emociones; es gratis, no te piden datos y contestan de día y de noche.
- 112: emergencias, si corres peligro ahora.
- Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: personas voluntarias que escuchan sin prisa.
- Fundación ANAR, 900 20 20 10: para niños, niñas y adolescentes, y para quien se preocupa por ellos.
- Fuera de España: findahelpline.com reúne los teléfonos de cada país.
Tan largo el olvido
Vuelvo a la línea que me sé de memoria. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Durante mucho tiempo la leí como una queja. Ahora la leo casi como un consuelo. Si el olvido es largo, es porque hay tiempo. Tiempo para decir frases falsas hasta que se vuelvan verdaderas. Tiempo para escribir canciones. Tiempo para equivocarse y volver a empezar.
«Ya no te quiero» fue una de esas frases. La dije muchas veces antes de creérmela. Algunas noches me la creía un poco más, otras nada. La canción se quedó con todas esas noches dentro. Y cuando hoy la escucho, ya no me pregunto si era verdad o mentira. Me pregunto, más bien, qué habría hecho sin ella.
Si quieres saber más de quién escribe estas cosas y desde dónde, está todo en la página sobre mí.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata la canción «Ya no te quiero»? De la frase que uno se repite para no romperse cuando sabe que debe soltar a alguien y todavía no puede. Mike Sain't Louis la presentó como «una verdad que aún no me creo»: no una canción de olvido, sino de resistencia.
¿Qué relación tiene con el Poema 20 de Neruda? Ninguna directa: la canción no se escribió pensando en el poema. El texto compara las dos despedidas: el «Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero» de Neruda (1924) y el título sin matices de la canción, que esconde la misma duda.
¿En qué disco está «Ya no te quiero»? En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En la discografía va entre «Antisocial» y «La playa del Mal Pas».
¿Dónde se puede leer la letra? En gayfolkplanet.com/letras/ya-no-te-quiero, donde por ahora figura el texto con el que se presentó la canción.
¿Dónde pedir ayuda si una ruptura me desborda? En España, el 024 atiende cualquier crisis emocional a cualquier hora; el 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.