
By Mike Sain't Louis ·
Dos jinetes en un valle verde, un río entre cañones y una pareja mayor frente al lago: los valles de Planeta Gayfolk
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Un valle es lo que queda entre dos montañas. Un hueco. Una forma de la tierra que parece hecha a propósito para que pase el agua, crezca la hierba y la gente encuentre un sitio donde quedarse. Desde arriba, un valle es casi un abrazo: dos laderas que se inclinan una hacia la otra y dejan en medio un espacio protegido.
Durante mucho tiempo viví en las cumbres. No en las de verdad, sino en las de los nervios: siempre en alerta, siempre expuesto al viento, siempre mirando hacia abajo con miedo a caer. Por eso, cuando quise escribir sobre los lugares más tranquilos de Planeta Gayfolk, pensé en los valles. Y supe enseguida en qué videoclip estaban.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo cada letra, compongo y produzco cada canción, y luego imagino el videoclip que le corresponde. Este paseo baja a los valles de uno de ellos, sigue el curso de sus ríos y se sienta un rato a la orilla de su lago.
La guía: una exclamación de sorpresa
«Que isso» es lo que se dice en Brasil cuando algo te pilla por sorpresa, a medio camino entre el asombro y el «anda ya». La portada son dos vaqueros con camisas de rodeo bordadas que se agarran las manos con las frentes casi juntas. Un western al revés, donde nadie se bate en duelo y todo el mundo se consuela.
El videoclip se estrenó el 23 de septiembre de 2025, dura 3:25 y forma parte del disco «El día de la liberación». En el canal es el vídeo 85 de los 276 del planeta, y lo puedes ver entero en el reproductor de Planeta Gayfolk. Ya lo recorrí plano a plano en el paseo escena a escena por «Que isso», con sus banderines, su iglesia blanca y sus parejas de todas las edades bailando en la plaza.
Hoy no voy a entrar en el pueblo. Me voy a quedar en las afueras. En los valles, los ríos y los lagos que rodean ese pueblo. En el paisaje donde las parejas del clip van a estar solas, de espaldas a la cámara, mirando lo mismo.
Dos jinetes en un valle verde
A los 28 segundos aparece el plano que abre este paseo. Un camino de tierra cruza un valle de hierba muy verde, salpicado de palmeras. Al fondo, colinas suaves, una detrás de otra, se pierden en una luz dorada de amanecer. Y por el camino, de espaldas, avanzan dos jinetes, uno en un caballo blanco y otro en uno castaño, muy juntos.

No se les ve la cara. No hace falta. Van al paso, sin prisa, hombro con hombro.
Me emociona ese plano porque es exactamente lo que nunca vi en las películas del Oeste de mi infancia. En aquellas películas, los jinetes cabalgaban solos hacia el horizonte. El vaquero era un hombre que no necesitaba a nadie. Aquí son dos. Y van juntos.
Creo que la soledad heroica del vaquero me hizo mucho daño. Durante años pensé que ser fuerte era no necesitar a nadie, aguantarlo todo en silencio, cabalgar solo. Tardé muchísimo en entender que pedir ayuda no es debilidad. Que se puede cruzar un valle en compañía. Que es, de hecho, la mejor forma de cruzarlo.
La forma del valle
Lo que más me gusta del plano de los jinetes es la forma del paisaje. Las colinas a los lados, el camino en el centro, el horizonte abierto al fondo. El valle obliga a ir en una dirección, pero no encierra. Protege por los lados y deja libre el frente.
Me parece una imagen muy precisa de lo que necesita alguien que se está recuperando. No un sitio cerrado, que asfixia, ni un sitio totalmente abierto, que da vértigo. Un valle. Algo que te sujete por los lados mientras sigues avanzando.
Para mí, esas laderas han sido la gente que me ha cuidado. Mi psicóloga a un lado, mi psiquiatra al otro, unos pocos amigos que no se fueron. No caminaban por mí. Pero estaban ahí, a los lados, impidiendo que me saliera del camino.
Hay otra cosa que tienen los valles y que me fascina: el eco. Si gritas en un valle, el sonido rebota en las laderas y vuelve. Tarda un poco, llega más débil, pero vuelve. Nada de lo que dices se pierde del todo.
Durante mucho tiempo sentí que hablaba al vacío. Que nada de lo que decía llegaba a ningún sitio. Contaba lo que me pasaba y nadie lo creía, escribía y nadie respondía. Con los años he descubierto que no era así. Que algunas cosas tardan en volver, pero vuelven. Un mensaje de alguien que escuchó una canción mía y se sintió menos solo. Un comentario de alguien a quien le sirvió una frase. Ese es mi eco. Llega tarde y llega débil. Pero llega.
Un río entre cañones
A los 9 segundos, el clip baja al fondo de un cañón. Paredes de roca rojiza, altísimas, se levantan a ambos lados. En lo alto crece algo de vegetación. Abajo, un río ancho de aguas azules corre entre las piedras. Y por el agua, de espaldas, camina una pareja de la mano, con el agua por los tobillos, hacia el fondo del cañón.

Es un plano precioso y un poco temerario. Caminar por el centro de un río no es lo más cómodo. El agua empuja, las piedras resbalan. Pero ellos avanzan, despacio, juntos.
Un cañón es un valle muy profundo. Uno que el río ha ido excavando durante miles de años, gota a gota, hasta abrir la roca. Me impresiona pensar que algo tan blando como el agua pueda partir una montaña. Solo hace falta tiempo y constancia.
He pensado mucho en ese río durante los últimos años. Hay cosas en mí que parecían de roca. Miedos antiguos, creencias sobre lo que valía, una forma de relacionarme con los demás que me hacía daño. Parecían imposibles de cambiar. Pero la terapia funciona como ese río. Semana a semana, sesión a sesión, va abriendo un camino. No se nota de un día para otro. Pero un día miras hacia arriba y ves que la roca se ha abierto.
Caminar por el agua
Hay algo más en el plano del cañón que me toca: la pareja no camina por la orilla, sino por el agua. Podrían ir por las piedras secas, pero eligen mojarse los pies.
Durante mucho tiempo evité mojarme. Evitaba las conversaciones difíciles, las emociones fuertes, los recuerdos que dolían. Caminaba por la orilla de todo, con cuidado de no tocar el agua. Y lo único que conseguía era no avanzar.
Recuperarse es, en parte, aceptar que hay que meterse en el río. Notar el frío, el empuje de la corriente, el resbalón de las piedras. Es incómodo. Pero es el único camino que lleva al fondo del cañón, al sitio donde la luz entra por arriba.
Un río al atardecer
A los 61 segundos, el clip vuelve al agua, pero ahora es un río ancho y tranquilo que serpentea por una llanura. El sol se está poniendo justo en el horizonte y el agua refleja el cielo naranja. En la orilla, de espaldas, una pareja de la mano mira el atardecer.

No se mueven. No hablan. Solo miran cómo el sol baja hasta tocar el agua.
Es el plano más quieto de todo el paseo. Después de cabalgar y de caminar por el cañón, por fin alguien se detiene. Y me parece importante, porque durante mucho tiempo no supe detenerme. Siempre había algo que hacer, algo que vigilar, algo que temer. Pararme a mirar un atardecer me parecía una pérdida de tiempo.
Ahora me parece una de las cosas más importantes que he aprendido a hacer. Quedarme quieto. Mirar algo bonito sin más objetivo que mirarlo. Dejar que la luz cambie sin intentar retenerla.
Lo que hace el agua en un valle
Los valles existen por el agua. Sin un río que los recorra, muchos no serían más que una grieta seca entre montañas. El agua es la que da forma, la que alimenta la hierba, la que hace que la gente quiera vivir allí.
En «Que isso» el agua está en todas partes: el río del cañón, el río de la llanura, el lago del final. Es el hilo que une todos los paisajes. Y siempre aparece con alguien a su lado, mirándola o caminando por ella.
Pienso que en mi vida el agua han sido las canciones. Lo que ha ido dando forma al valle, lo que ha hecho crecer algo verde donde antes solo había roca. Sin las canciones, mi paisaje interior sería una grieta seca. Con ellas, hay un río.
Una pareja mayor frente al lago
A los 168 segundos aparece mi plano favorito. Un embarcadero de madera junto a un lago enorme y quieto. Al fondo, montañas azuladas bajo un cielo de atardecer. Sentados en el borde del embarcadero, de espaldas, dos personas mayores, con el pelo blanco, muy juntas. Uno ha pasado el brazo por los hombros del otro.

Es el final de un largo viaje. Ya no cabalgan, ya no caminan por el agua. Se han sentado. Y miran el lago juntos.
Me conmueve profundamente. Durante años no pude imaginarme viejo. No es una forma de hablar: literalmente, no conseguía verme con setenta u ochenta años. Mi futuro se acababa en un punto borroso. Cuando estás deprimido, el tiempo se encoge, y no hay un mañana que imaginar.
Ver a esa pareja en el embarcadero fue, para mí, una forma de imaginarlo por primera vez. Envejecer al lado de alguien. Sentarse a mirar un lago con el pelo blanco y un brazo sobre los hombros. No sé si llegaré a eso. Pero ahora, al menos, puedo imaginarlo. Y eso ya es mucho.
El lago como final del valle
Muchos valles terminan en un lago. El río que los recorre llega a una zona más baja y se detiene, se ensancha, se queda quieto. El agua que bajaba con prisa por el cañón encuentra por fin un sitio donde descansar.
Me gusta que el clip siga ese orden. Primero el valle, después el cañón, después el río de la llanura y, al final, el lago. Es el recorrido natural del agua. Y también, creo, el de una vida.
Hay una edad para cabalgar y una edad para sentarse en el embarcadero. Hay una etapa de la recuperación en la que todo es movimiento, esfuerzo, corriente. Y otra en la que, por fin, el agua se calma. Yo todavía estoy en el río. Pero ya sé que el lago existe.
Los caballos
He hablado de los jinetes, pero no de los caballos. En el clip aparecen dos veces: primero en el valle verde, al amanecer, y casi al final en unas colinas doradas, con la hierba seca y el sol bajo. Un caballo blanco y uno castaño, siempre juntos, siempre al paso.
Un caballo es un animal enorme que decide confiar en alguien. Podría tirar al jinete en cualquier momento. No lo hace. Lleva su peso, sigue el camino, acepta la mano en las riendas.
Me gusta pensar en esa confianza. Durante años la perdí por completo. No me fiaba de nadie, y con razón: quienes más cerca estuvieron de mí fueron quienes más daño me hicieron. Volver a confiar ha sido lo más difícil de todo. Más que salir de casa, más que hablar en público. Dejar que alguien lleve un poco de mi peso, sin miedo a que me tire al suelo.
Los caballos del clip no tienen prisa. Avanzan al ritmo del paisaje. Y eso también me enseña algo: que la confianza no se recupera al galope. Se recupera al paso, un tramo de camino cada vez.
Un árbol en flor
Entre los planos del valle hay uno que me para siempre: un árbol enorme, de ramas retorcidas, cubierto de flores moradas, que se extiende sobre un prado de hierba dorada. Debajo, pequeña, una pareja se abraza. Al fondo, las casas del pueblo y las colinas.
Es un jacarandá, o algo muy parecido. Un árbol que florece de golpe, en pocas semanas, y lo tiñe todo de violeta. Durante el resto del año pasa casi desapercibido. Y de pronto, un día, explota en color.
Creo que algunas personas somos así. Pasamos años sin florecer, esperando, con las ramas desnudas. Y no es que estemos muertos. Es que no es nuestra estación. Cuando llega, florecemos de golpe. Yo tardé muchísimo en florecer. Pero ahora, al menos en algunas ramas, hay flores.
El pueblo al fondo
Aunque este paseo se queda en las afueras, el pueblo está siempre cerca. Desde el valle se adivinan sus tejados. Desde el río se oye, imagino, la música de la plaza. Es un pueblo con banderines de colores, guirnaldas de bombillas, una iglesia blanca de dos torres y parejas de todas las edades que bailan sin esconderse.
Me gusta que los valles rodeen ese pueblo. Como si el paisaje entero lo protegiera. Las colinas, los ríos, el lago forman un círculo alrededor de un lugar donde, por fin, cualquier pareja puede salir a bailar a la plaza.
Durante mucho tiempo pensé que el campo era un sitio hostil para alguien como yo. Que la libertad estaba solo en las ciudades. «Que isso» imagina lo contrario: un pueblo en un valle donde dos hombres pueden cabalgar juntos y dos personas mayores pueden sentarse abrazadas frente al lago sin que nadie diga nada.
La hierba alta
En varios planos, las parejas del clip caminan entre hierba alta, dorada, que les llega por la cintura. Dos chicos de la mano avanzan de espaldas hacia el sol, en un campo que parece no tener fin. La hierba se mueve con el viento y la luz la vuelve de oro.
La hierba alta tiene algo de escondite. Te cubre a medias. Puedes caminar por ella sin que te vean del todo. Y al mismo tiempo, no es un muro. Se aparta a tu paso.
Me recuerda a la forma en que fui saliendo del armario, poco a poco, con mucho cuidado. Al principio caminaba entre hierba alta, medio escondido. Después, la hierba fue bajando. Y un día me di cuenta de que caminaba por un prado abierto, a la vista de todos, y no pasaba nada.
Primera escala: otros westerns del planeta
«Que isso» no es el único western de Planeta Gayfolk. En «Green Fire» hay un western de noche, con una hoguera verde y un clavel del mismo color en la solapa. Si «Que isso» es el western de la mañana, con valles verdes y jinetes al amanecer, «Green Fire» es su reverso nocturno. Dos formas de contar la misma idea: que el Oeste también puede ser un lugar para la ternura.
Segunda escala: otros caminos, otras luces
Los jinetes del valle me recuerdan a los caminantes que atraviesan la nieve en el paseo por «The Northern Lights», aunque allí van solos y aquí van de dos en dos. Y el camino de tierra del valle es primo de las carreteras de las que escribí en el paseo por las carreteras del planeta. En el planeta, todos los caminos llevan a algún sitio donde se puede descansar.
Tercera escala: Brasil en el planeta
El título de la canción es una expresión brasileña, y no es la única vez que Brasil aparece en mi catálogo. En «Sol e lua» hay un sol y una luna sobre una favela y unos toreros que se besan. Me gusta que Planeta Gayfolk mezcle idiomas y paisajes sin pedir permiso. Un valle puede estar en cualquier parte. La sorpresa, también.
El camino hasta el valle
Durante veinte años viví con dos narcisistas, uno detrás de otro. Fue como vivir en la cumbre de una montaña con viento constante: siempre en tensión, siempre a punto de caer, sin un sitio donde resguardarme. Cuando por fin bajé, llegó una campaña de desprestigio que convirtió la bajada en un derrumbe.
Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Durante mucho tiempo no veía ningún valle, solo laderas empinadas hacia abajo. Con mi psicóloga y con mi psiquiatra fui encontrando, poco a poco, un camino menos inclinado. Un sendero que bajaba hacia un lugar más tranquilo. Todavía no he llegado al lago. Pero ya camino por el valle.
Si tú ahora estás en una cumbre que te da vértigo, o en una pendiente que no sabes cómo bajar, no lo hagas solo. En España tienes el 024, una línea gratuita que atiende todos los días a cualquier hora a quien piensa en el suicidio y a quien está preocupado por otra persona. Ante una urgencia, llama al 112. Si estás en otro país, en findahelpline.com puedes encontrar la línea de ayuda que te corresponde. Hay valles esperándote más abajo, aunque desde arriba no se vean.
Para escuchar en el valle
Todas las canciones de este paseo y el resto de mi catálogo se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, encontrarás más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.
Mi consejo: escucha «Que isso» al atardecer, a ser posible cerca de un río o con la ventana abierta hacia algo verde. Y si tienes a alguien al lado, mejor.
Cuatro postales desde el valle
Los dos jinetes de espaldas cruzando un valle verde de palmeras, hombro con hombro, hacia las colinas doradas.
La pareja de la mano caminando por el río entre las paredes rojizas del cañón.
La pareja en la orilla, de espaldas, mirando cómo el sol se hunde en el agua.
Las dos personas mayores sentadas en el embarcadero, abrazadas, frente al lago y las montañas.
La salida del valle
Cuando termina el clip, siempre me quedo un rato en silencio. Como si yo también estuviera sentado en ese embarcadero, con los pies colgando sobre el agua y el sol bajando detrás de las montañas.
Los valles no se acaban nunca del todo. Siempre hay otra colina, otro río, otro recodo del camino. Pero en algún punto, el agua se calma y aparece un lago. Y alguien se sienta a tu lado.
Si este paseo te ha servido de algo, ponte el clip, busca a alguien con quien cruzar tu propio valle y, cuando llegues al lago, siéntate. Que isso, dirás. Y será de pura sorpresa.