
By Mike Sain't Louis ·
Cabras que saltan entre chimeneas y un telescopio en la azotea: los tejados de Planeta Gayfolk
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Hay una edad en la que uno descubre los tejados. Suele ser de niño, en una casa de pueblo o en el piso de algún familiar, cuando alguien abre una trampilla o una ventana de buhardilla y de repente el mundo se ve desde arriba. Las tejas, las chimeneas, las antenas, los patios de los vecinos, las sábanas tendidas. Todo lo que desde la calle es fachada, desde el tejado es intimidad. Yo tuve esa sensación muy pocas veces de pequeño, pero nunca la olvidé. Y creo que por eso, cuando empecé a montar videoclips, los tejados se me fueron colando sin pedir permiso.
En Planeta Gayfolk hay muchas alturas. Azoteas con piscina, rascacielos con alguien en el borde, tejados rosas por los que pasan animales imposibles. Y hay, también, la otra forma de mirar desde arriba: la de quien se queda en su ventana y observa la vida de los demás sin bajar a la calle. Voy a subir a ellos de uno en uno, y empiezo por el clip donde hay más: el de una canción sobre una vecina que no puede dejar de mirar.
Una vecina en su ventana
«La vecina cotilla» es una canción de risa. La protagonista, que habla en femenino aunque podría ser cualquiera, tiene un vecino de enfrente que la vuelve loca, y se pasa el día espiándolo desde casa. Lo ve hacer deporte, lo ve en pijama, lo ve asomarse. La letra lo dice con toda la gracia del mundo:
Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico! Y me pongo esta canción imaginando que bailamos despacito
Y el estribillo confiesa lo que todos hemos sido alguna vez:
Me he convertido en la vecina cotilla, Estas cosas sólo las haría una chiquilla
Me encanta lo honesta que es. No hay ningún drama, ninguna tragedia, solo alguien que reconoce, con humor, que se ha quedado pegada a la ventana mirando una vida que no es la suya. Pero cuando la escuchas con atención, aparece una frase que da un poco de frío:
Ya no salgo de casa, solo quiero verlo a él, este tío es tan bonito
«Ya no salgo de casa». Lo dice de pasada, entre risas, pero ahí está. La vecina cotilla no solo mira: se ha quedado dentro. La ventana, que debería ser una forma de asomarse al mundo, se ha convertido en la única forma de estar en él.
Cabras sobre los tejados rosas
Y entonces el vídeo hace algo que no tiene nada que ver con la letra y, a la vez, tiene todo que ver. Mientras la canción habla de ventanas y de vecinos, la cámara sube a los tejados. Tejados rosas, de teja curva, con chimeneas y buhardillas, en una ciudad vieja con un campanario puntiagudo al fondo. Y por encima de esos tejados, saltando de uno a otro, van unas cabras.
Las cabras saltan con una soltura imposible. Se suspenden en el aire entre dos casas, con las patas recogidas, como si el hueco de la calle no existiera. Una se queda de pie en el caballete de un tejado, mirando la ciudad. Otra cruza el cielo azul por encima de una tapia rosa, a media altura, sin tocar nada. Más adelante aparecen cruzando delante de una fachada con ventanas, y hay un plano rodado desde abajo, desde la calle, en el que una cabra salta de un edificio a otro y solo se ve su silueta contra el cielo.
Cuando monté esa secuencia me reí mucho. Las cabras no pintan nada en una canción sobre una vecina cotilla. Pero cuanto más la miro, más claro tengo por qué están ahí. Las cabras son lo contrario de la vecina. Ella se ha quedado detrás del cristal; ellas andan por encima de todo, sin miedo a caerse, de casa en casa, como si los tejados fueran un prado. Son la libertad que ella no se atreve a tener.
La cocina de la avestruz
Bajemos un momento a la casa. El vídeo arranca en una cocina rosa y verde menta, con azulejos de lunares, cortinas de ganchillo y muebles de los años cincuenta. Y en mitad de esa cocina, muy tiesa, hay una avestruz. Más tarde la avestruz asoma la cabeza a una ventana, con el cuello largo estirado hacia fuera, mirando. Y en otro plano, en la misma cocina, hay un cerdo rosa que se queda quieto mirando a cámara.

La avestruz es la vecina. No me cabe duda. Ese cuello estirado hacia la ventana, esos ojos grandes, esa curiosidad que no se puede contener. Y es, además, el animal que según el dicho esconde la cabeza bajo tierra cuando tiene miedo. Me gusta mucho que la vecina cotilla sea justamente eso: alguien que mira todo lo que pasa fuera y que, a la vez, se esconde de su propia vida.
Hay otro sitio de esa casa que me encanta: un salón enorme con dos sofás rosas y una cascada morada que cae del techo en el centro de la habitación, como si el agua de fuera hubiera decidido entrar. Es un plano corto, pero se me ha quedado grabado. Es lo que pasa cuando te encierras mucho tiempo: lo de fuera acaba colándose dentro de una manera u otra.
El astronauta rosa que sube por las calles
Hay un tercer personaje en el vídeo que nunca me han preguntado y que, para mí, es fundamental. Es un astronauta vestido con un traje fucsia, con su casco y su mochila, que camina de espaldas por calles empinadas de colores: paredes naranjas, verdes, azules, con grafitis y macetas. Sube y sube por esas cuestas, sin que le veamos la cara. En otro plano se agarra a la pared de un edificio, colgado sobre un barrio en ladera, como si estuviera escalando la ciudad.
Y al final llega a lo alto. Hay dos planos casi iguales en los que el astronauta se queda de pie bajo un arco de piedra, de espaldas, mirando la bahía: el mar azul, la ciudad blanca, las palmeras. Es la recompensa de toda la subida. Desde ahí se ve todo.
El astronauta es alguien que viene de muy lejos, de otro planeta, y que se ha puesto a explorar este. No se queda en la ventana. Sale, sube, se agarra a las paredes, llega arriba. Si la avestruz es la vecina que mira desde dentro, el astronauta es la vecina que un día se atreve a salir.
Un chico en lo alto del rascacielos
Pero hay una altura todavía mayor en «La vecina cotilla». En los últimos minutos aparece un chico sin camiseta, de espaldas, de pie en lo alto de un rascacielos, con la ciudad entera a sus pies y un atardecer rosa al fondo. Abre los brazos en cruz. En otro plano los junta por encima de la cabeza, como un nadador antes de tirarse. Y en el último salta, con los brazos abiertos, entre las torres de cristal.
Antes de eso hay otro plano parecido: una figura colgada de un trapecio o de un paracaídas, suspendida sobre la ciudad al atardecer, con el sol bajando entre los edificios. No sabemos si sube o si baja. Solo sabemos que está en el aire, por encima de todo, sola con el cielo.
No son imágenes de miedo, aunque lo parezcan. El chico del rascacielos no está a punto de caer: está a punto de volar. Así lo monté y así lo siento. Es el mismo gesto que hacen las cabras, pero en grande: saltar el hueco. Pasar de un sitio a otro sin quedarse mirando el vacío de abajo.
Esperar a que lleguen las diez
Hay un momento de «La vecina cotilla» en el que la canción cambia de tono. Deja de ser una broma sobre el vecino de los pantalones cortos y se vuelve, durante unos segundos, algo mucho más tierno. La vecina está sentada en casa, escuchando el reloj de pared, y la letra la describe así:

esperando como un niño pequeño A que lleguen las diez
Me emociona esa imagen cada vez que la escucho. Alguien adulto, en su salón, contando las horas como un crío que espera a que empiecen los dibujos. Las diez es la hora en que, quizá, el vecino se asomará. Y toda la tarde gira alrededor de ese momento. Lo que hay antes no importa. Lo que hay después, tampoco.
Conozco muy bien esa forma de esperar. Cuando la vida se te ha quedado pequeña, cuando apenas sales, cualquier cosa pequeña se convierte en el centro del día. Un mensaje, una llamada, un programa de la tele, una persona que pasa por la acera de enfrente. Y el reloj de pared se vuelve el único compañero de verdad, con su din don marcando cada hora que pasa sin que pase nada.
Por eso me gusta tanto que el vídeo, justo en ese tramo, se vaya a las alturas. Mientras la vecina espera las diez sentada, las cabras saltan, el astronauta sube, el chico del rascacielos abre los brazos. Es como si el clip le dijera: mientras esperas, hay un mundo entero moviéndose ahí arriba. No tienes que esperar a que nadie se asome para empezar a vivir.
Y la letra, al final, también lo intuye. En otra estrofa la vecina se permite soñar un poco más alto:
Si se presenta en mi casa que me lleve al infinito
El infinito. Ni siquiera la calle, ni el portal, ni el bar de abajo: el infinito. Me hace gracia lo exagerado que es, y a la vez me parece precioso. Quien lleva mucho tiempo en la ventana no sueña con salir un poco; sueña con salir del todo, con irse muy lejos, más allá de los tejados. Y está bien soñarlo. Lo que he aprendido es que, para llegar al infinito, hay que empezar por bajar las escaleras del portal.
La azotea del observatorio
Si nos vamos a otro vídeo de Planeta Gayfolk, hay una azotea que me parece la más bonita de todas. Está en «Contact Overwhelms Me», una pieza sin letra publicada, llena de rosas y de nubes. En un momento del clip la cámara recorre una terraza enorme, en lo alto de un edificio, con un telescopio apuntando al cielo, una piscina rosa en el suelo y unas bolas de luz fucsia flotando en el aire. Al fondo, la cúpula blanca de un observatorio.
Me gusta muchísimo esa azotea porque es justo lo contrario de la ventana de la vecina. Desde la ventana se mira a los vecinos de enfrente. Desde la azotea del observatorio se mira lejos, muy lejos, hacia arriba, hacia lo que todavía no conocemos. Es otra forma de curiosidad: no la de quien quiere saber qué hace el de enfrente, sino la de quien quiere saber qué hay más allá.
El clip completo está en la página del videoclip de «Contact Overwhelms Me», y si lo ves con atención descubrirás que el observatorio aparece al principio y vuelve a aparecer más tarde, con su cúpula y su telescopio, como un sitio al que siempre se regresa.
Un jardín en lo alto
Hay otra azotea en Planeta Gayfolk que se me quedó en la cabeza desde que la monté. Está en «Tangled Light»: un tejado plano de cemento, con la ciudad al fondo y el cielo de atardecer, y en el centro un parterre de tierra oscura lleno de flores pequeñas. De pie junto a él, un hombre con traje blanco y un poco de humo rosa a su lado.

Un jardín en un tejado es una cosa muy humilde y muy valiente. Es plantar algo donde no debería crecer nada, en un sitio de paso, de antenas y de cables. Me recuerda a la gente que tiene macetas en las azoteas de Madrid, geranios y tomateras entre los tendederos. Es una forma de decir: aquí arriba también se puede vivir.
La ventana como frontera
¿Y por qué tanta altura? La respuesta tiene que ver conmigo, y con lo mucho que me reconozco en la vecina cotilla, aunque su canción sea de risa.
Viví casi dos décadas atado a dos parejas narcisistas, la segunda justo después de la primera. Nadie va a quedar señalado en estas líneas; lo que cuento es mío. Y lo que me pasó, poco a poco, fue que me fui quedando en la ventana. Primero salía menos. Luego casi nada. Llevaba puesta una máscara de persona normal para las pocas veces que bajaba, y el resto del tiempo me quedaba detrás del cristal, viendo la vida de los demás. Cuando por fin salí de aquello, descubrí que a muchos de los que me rodeaban les habían contado una historia en la que el malo era yo. Me quedé con la ventana y casi sin nadie al otro lado.
Hubo meses en los que no quería seguir aquí, y lo pensé en serio, hasta el punto de estar cerca. Lo pongo por escrito porque el silencio no protege a nadie, y porque ahora lo miro con distancia. Cuando tenía 41 años, una consulta le dio nombre a todo: trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y evitación. Esas dos últimas explican muy bien lo de la ventana: no era que no quisiera salir, es que salir me daba un miedo que no sabía explicar. Lo desarrollo en lo que escribí sobre aquel diagnóstico. Hoy mantengo mis citas con psiquiatría y psicología, no dejo la medicación, y aunque todavía me cuesta, bajo a la calle muchísimo más que antes.
Si te ves detrás de tu propia ventana sin encontrar la forma de salir, y alguna vez se te pasa por la cabeza no seguir, llama al 024. Atiende de día y de noche, gratis, sin pedirte el nombre, y existe justo para esto. En una emergencia, 112. Para menores, o si te preocupa uno, la Fundación ANAR coge el teléfono en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com tiene un buscador con el número de cada lugar. Sobre la necesidad de hablar del suicidio sin tabú escribí un texto aparte. Yo me atreví a pedir ayuda, y eso me abrió la ventana.
La habitación de la que no se sale
Hay una canción mía que es la cara triste de «La vecina cotilla». Se llama «Entre cuatro paredes», y su vídeo es en blanco y negro: un chico con chaqueta de cuero que se queda en su cuarto, sentado en la cama, apoyado en una ventana por la que resbala la lluvia. La letra no tiene ninguna gracia, y no la busca:

No me apetece salir de la habitación No encuentro la fuerza, la motivación
Cuando la escribí no pensé en la vecina, pero ahora las veo como dos versiones de lo mismo. La vecina cotilla se queda en casa y lo cuenta riéndose. El chico de «Entre cuatro paredes» se queda en casa y lo cuenta llorando. Y ninguno de los dos sube al tejado. Yo he sido los dos, según el día. Por eso me alegra tanto que, en el vídeo de la vecina, haya cabras y astronautas y chicos en lo alto de los rascacielos. Es mi manera de decirle a quien está dentro que arriba hay sitio.
Por qué subir
Hay algo que se aprende en los tejados y que no se aprende en ningún otro sitio: que las cosas, vistas desde arriba, son más pequeñas. La calle que parecía imposible de cruzar es una línea. El vecino que nos quitaba el sueño es un punto en una ventana. El barrio entero cabe en una mirada. No quiero decir que subir resuelva nada, porque no es así. Pero sí que, a veces, cambiar de altura ayuda a entender que lo que nos rodea no es todo el mundo.
Planeta Gayfolk es, de alguna manera, mi tejado. Un sitio al que subo para mirar mi vida desde lejos, con colores que no tenía, con animales que saltan y astronautas que escalan. Desde ahí, lo que me pasó parece más pequeño. No desaparece, pero cabe en una mirada. Y eso, para quien ha pasado años detrás de un cristal, es muchísimo. Lo conté también al presentar cómo descubrí este planeta, y en mis ganas de poder viajar a Gayfolk.
Y hay otra cosa que solo se entiende en un tejado: que no estamos tan solos como parece desde la ventana. Desde arriba se ven las otras azoteas, con su ropa tendida, sus macetas, sus sillas de plástico. Cada una es una casa, y en cada casa hay alguien que a lo mejor también está mirando por su cristal, esperando que pase algo. Saberlo no arregla nada, pero acompaña.
Un paseo por las alturas
¿Subes conmigo? Empieza por el videoclip de «La vecina cotilla» y cuenta cuántas cabras saltan de tejado en tejado. Después busca al astronauta rosa bajo el arco, mirando la bahía, y al chico de los brazos abiertos en el rascacielos. Luego pasa a «Contact Overwhelms Me» y espera a la azotea del telescopio. Y termina en «Tangled Light», con el jardín de flores en el tejado.
Y si después prefieres cerrar los ojos y quedarte solo con la música, cada una de estas canciones se puede descargar sin pagar ni darse de alta en descargas. Con los ojos cerrados, cada uno pone sus propios tejados.
Quien sube a estos tejados
Todos estos tejados los he levantado yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras salen de mí, y también el montaje de los vídeos y la idea de cómo tiene que ser cada tema; la IA pone el sonido, es decir, la música y la interpretación vocal, a partir de esas decisiones. Así he construido Planeta Gayfolk, y sus alturas se han convertido en mi manera de mirar las cosas desde otro sitio.
Si hoy estás en tu ventana, mirando una vida que no es la tuya, acuérdate de las cabras de los tejados rosas. No hace falta saltar de golpe. A veces basta con abrir la ventana un poco más, o con subir un piso. Desde arriba, te lo prometo, se ve distinto.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «La vecina cotilla»? Una cocina rosa y verde menta con una avestruz y un cerdo, cabras que saltan de tejado en tejado sobre una ciudad de tejas rosas, un salón con una cascada morada, un astronauta con traje fucsia que sube por calles de colores y mira la bahía bajo un arco, y un chico que abre los brazos en lo alto de un rascacielos al atardecer.
¿De qué trata «La vecina cotilla»? Es una canción de humor sobre alguien que se pasa el día espiando a un vecino guapísimo desde su ventana, hasta el punto de no salir de casa. Se ríe de esa obsesión y, a la vez, deja ver la soledad que hay detrás.
¿Qué significan los tejados en Planeta Gayfolk? La posibilidad de cambiar de altura y mirar la vida desde arriba: frente a la ventana desde la que se espía, los tejados son el sitio por donde se salta, se sube y se mira lejos.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, produce los temas y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.