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Bailar con las cenizas calientes: «Tattoo de Fénix», la pista que cura y las canciones que me levantaron del suelo

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Son las tres de la madrugada en un club que no aparece en ningún mapa. La luz es naranja, luego roja, luego blanca. Alguien en mitad de la pista se ha quitado la chaqueta y debajo lleva una camiseta de tirantes. Debajo de la camiseta, asomando por el escote, hay un pájaro con las alas abiertas. No es un adorno. Es una promesa que esa persona se hizo un día, cuando todavía estaba en el suelo: que iba a volver a bailar.

Así me imagino yo el principio de «Tattoo de Fénix». No como una historia con argumento, sino como una escena que se repite cada noche en algún rincón de Planeta Gayfolk. Una canción corta de ideas y larga de fuego, hecha para escucharla de pie. Este texto no va a contar otra vez la leyenda del ave fénix, que ya repasé con calma en «De la ceniza a la piel». Va de otra cosa: de por qué una pista de baile puede ser un sitio donde alguien se cura, y de las canciones mías que, en los años peores, me ayudaron a levantarme.

Un pájaro que se lleva por dentro

La letra empieza sin rodeos, con la imagen que da nombre a todo:

Un ave fenix llevo tatuado en el pecho vuelo entre beats, en el club despecho

Me gusta mucho que el pájaro esté en el pecho y no en un brazo o en la espalda. El brazo se enseña, la espalda la ven los demás. El pecho es el sitio del corazón, el que se cubre con las manos cuando algo duele y el que se abre cuando por fin respiras. Tatuarse ahí un animal que muere ardiendo y vuelve a nacer de sus cenizas es como escribirse encima del corazón una instrucción para los días malos: esto se quema, pero no se acaba.

Y luego está el verbo. No dice «bailo entre beats», dice «vuelo». El que lleva el fénix no baila: vuela. La pista se convierte en cielo, y cada golpe de bombo es un aleteo. Es una exageración, claro, pero es la exageración exacta que sentimos cuando una canción nos sube por las piernas y, durante tres minutos, se nos olvida todo lo que pesaba.

El club despecho

Hay un sitio en esos dos versos que no existe en ninguna ciudad: «el club despecho». Lo escribí así, todo junto, como si fuera el nombre del local, con su cartel luminoso en la puerta. Un club al que se va cuando a uno le han roto algo por dentro. Un sitio con portero, con guardarropa, con barra, y con una regla no escrita: aquí nadie te pregunta por qué has venido.

Planeta Gayfolk está lleno de lugares así, que mezclan lo de verdad con lo inventado. Tiene azoteas con suelo de neón, como la de «Mi salvador». Tiene escenarios con llamaradas y descapotables por avenidas de playa, como en el clip de «Sunshine». Tiene un Benidorm que es a la vez real y de leyenda. Y tiene este club, que yo imagino al final de una calle mojada, con la puerta pintada de negro y una luz naranja que se escapa por las rendijas. El club despecho es el sitio del planeta adonde llegan los que vienen de una ruptura, de una traición o de una temporada demasiado larga encerrados en casa. Entran con la cabeza baja. Salen, si hay suerte, con las alas un poco más abiertas.

No es un sitio para olvidar. Esa es la diferencia que más me importa. El despecho no se cura borrando lo que pasó, sino moviéndolo de sitio: del estómago a las piernas, del insomnio a la pista. En ese club la tristeza no está prohibida. Solo se le pide que baile.

Una canción que no frena

Hay un verso de la primera estrofa que, para mí, es casi el lema de la canción:

Tres fotogramas del videoclip de «Tattoo de Fénix»: un fénix rojo ante un sol enorme con dos siluetas de espaldas, un pájaro de llamas a ras de una llanura nocturna y un ave oscura sobre un cielo naranja y morado
Sigo el impulso, no hay quien me frene,

Lo leo y pienso en todas las veces que alguien me frenó. Gente que me decía qué podía hacer y qué no, cómo debía vestirme, con quién podía hablar. Por eso este verso me sabe a desquite: no hay quien me frene, ya no. Pero tampoco es un grito de guerra contra nadie. Es más bien una constatación tranquila, de las que se dicen con una sonrisa, en mitad de la pista, cuando te das cuenta de que llevas una hora bailando y no te has acordado de mirar el móvil.

El estribillo es todavía más físico. Repite el nombre de la canción como quien repite un conjuro:

Tattoo de fénix, fuego en movimiento, baila conmigo, siente el momento.

Aquí el fuego ya no está quieto en la piel: se mueve. Y aparece por primera vez un «conmigo». Hasta ese momento, quien lleva el tatuaje estaba solo en la pista. Ahora invita a alguien. La canción, que empezaba con una persona y su herida, termina pidiendo compañía. Esa es la trayectoria entera de cualquier recuperación que yo conozca: primero aprendes a estar de pie tú solo; después, si quieres, vuelves a dejar que alguien te agarre.

Y te agarran. El puente es la parte más juguetona de la letra, con su «papito» y su «movidito», un guiño a la pista latina y a las verbenas. Termina con un verso que suena a hoguera recién prendida:

el ambiente se enciende, Ave Fenix ardiente.

Lo que se ve en el videoclip

El vídeo de «Tattoo de Fénix» lo publiqué el 26 de diciembre de 2024, de noche en Madrid, en plena resaca de Navidad. Dura algo más de cinco minutos, y si quieres verlo mientras lees lo tienes en la página del videoclip dentro de mi web. Es un vídeo hecho casi entero de fuego y de multitudes, y lo cuento en el orden en que pasa.

Arranca con el cartel: un retrato con gorra y el título en letras rojas, con un corazón roto a un lado y un muñeco de ojos saltones al otro. Enseguida entramos en un concierto enorme visto desde la gente. Sobre el escenario se abren unas alas de luz blanca y dorada, gigantescas, por encima de cientos de cabezas. Esas alas vuelven varias veces a lo largo del clip, como un estribillo hecho de luz.

Luego la cámara se acerca a los cuerpos. Una camiseta blanca de tirantes deja ver un tatuaje de pájaro en el pecho. Unos brazos llenos de tinta. Una chica de pelo oscuro entre focos azules, con los ojos encendidos, rodeada de llamas que no la queman. Una mujer con la cara pintada de blanco que levanta los brazos entre humo. Son personajes de pista, de esos que solo duran una noche, y ninguno tiene nombre.

A mitad del vídeo el escenario desaparece y el fuego se va al campo. Hay una llanura de noche con hogueras sueltas en el horizonte. Un fénix rojo, con las alas extendidas, se recorta contra un sol enorme mientras unas siluetas lo miran de espaldas con los brazos levantados, como si saludaran a alguien que vuelve. Hay un pájaro de llamas que planea a ras de suelo sobre la tierra encendida. Hay un aro de chispas girando sobre la arena, un círculo perfecto de fuego en mitad de la oscuridad, que para mí es la imagen más bonita de todo el clip.

La última parte cambia de luz por completo. Es de día, junto al mar. Un hombre con el torso descubierto y un gran tatuaje de alas en el pecho sostiene antorchas encendidas entre rocas doradas, sobre unos acantilados con el agua muy azul al fondo. Lo vemos de frente, de espaldas, de cerca, con la piel teñida de naranja por el fuego. Lo vemos también, durante un momento, en blanco y negro, con chaqueta oscura, apoyado en una pared de piedra. Y el vídeo se despide con un pájaro oscuro volando sobre un cielo que pasa del naranja al morado, con un rastro de chispas que se le escapa de las patas.

Es un viaje muy claro, aunque nadie lo explique: del concierto a la llanura, de la noche al día, de la multitud a una sola persona frente al mar. Del ruido a la calma. Del fuego que se mira al fuego que se sostiene con las manos.

Arder no es lo mismo que quemarse

Hay una frase que me repito mucho desde hace unos años: arder no es lo mismo que quemarse. Quemarse es lo que te pasa cuando alguien te usa como leña, cuando te van consumiendo poco a poco y tú ni siquiera te das cuenta de que te estás haciendo ceniza. Arder es otra cosa. Arder es encenderse por dentro con algo tuyo: una canción, una pista, unas ganas de vivir que creías perdidas.

Retrato en blanco y negro de Mike Sain't Louis recortado sobre papeles rasgados de colores, junto a los versos «Tattoo de fénix, fuego en movimiento, baila conmigo, siente el momento.»

El fénix tiene esas dos caras. Primero se quema, y no es bonito; es la parte del mito que la gente suele saltarse. Luego arde, y de ese segundo fuego sale un pájaro nuevo. En el vídeo se ven las dos: las hogueras de la llanura, que parecen restos de un incendio, y el aro de chispas, que parece una fiesta. Lo que separa una imagen de la otra es solo el tiempo. Y el tiempo, cuando lo estás pasando mal, es lo que menos te crees que vaya a cambiar algo.

Yo tampoco me lo creía.

Las canciones que me levantaron del suelo

Voy a contar un poco de mi historia, solo lo que he decidido contar y sin señalar a nadie. Se me fueron unos veinte años de vida en dos parejas, una detrás de otra, con personas narcisistas. El día que se les cayó la careta, las dos reaccionaron igual: convencieron a mi entorno de que el problema era yo. Me quedé sin buena parte de mis apoyos justo cuando más los necesitaba. Llegué a estar muy cerca del suicidio. Lo digo así, sin adornos, porque callarlo no ayuda a nadie, y porque hoy lo puedo contar desde el otro lado.

Collage con la carátula de «Tattoo de Fénix» y las de «La música me está salvando», «La primera drag de Benidorm», «Me rindo» y «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con el verso «Sigo el impulso, no hay quien me frene,»

Más tarde llegaron los nombres clínicos de todo aquello. Un TEPT. Una depresión mayor de las graves. La fobia social y, pegado a ella, un trastorno de la personalidad por evitación. Y la ansiedad, que lo envolvía todo. Lo conté con más calma en «Diagnóstico a los 41». Sigo yendo a mi psiquiatra y a mi psicóloga, sigo con mi tratamiento, y la diferencia con aquellos años es enorme. No curado como quien sale de una gripe, sino de pie, que es otra cosa.

¿Y qué tiene que ver todo esto con un pájaro tatuado en una pista de baile? Pues que, mientras pasaba por lo peor, empecé a escribir canciones. Muchas. Me presento como el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical, con la música y la interpretación vocal hechas con IA. Escribo las letras, compongo y produzco, y las canciones fueron mi forma de contar mi versión cuando nadie quería escucharla. Algunas son tristes. Muchas otras, como esta, son de fuego.

Hay una que lo dice con todas las letras, y por eso le puse ese título: «La música me está salvando». Es una canción enfadada, de lista larga, que enumera todo aquello que no le sirvió a su protagonista para salir del pozo, y que estalla en un estribillo que parece subir en ascensor:

¡La música me está salvando! ¡La música me está elevando!

Elevando. Otra vez el verbo de subir, el mismo que el «vuelo» del fénix. No lo pensé al escribirlas, pero ahora que las pongo juntas veo que en mi catálogo la salvación casi siempre va hacia arriba.

Otra es «La primera drag de Benidorm», una canción mucho más dura, llena de tacones rotos y espejos que se rompen. Termina con unos versos que me sigue costando leer sin que se me haga un nudo:

me desangro... y bailo.

Ahí está todo. Ni siquiera hace falta haber salido del dolor para empezar a bailar. Se puede bailar herido. A veces es la única forma de moverse. Ya escribí sobre ese gesto mínimo en «Me desangro y bailo», y lo vuelvo a pensar cada vez que pongo «Tattoo de Fénix»: el tatuaje se hace antes de estar bien, no después. Se hace como quien se compromete.

Y hay una tercera, «Me rindo», en cuyo videoclip también aparece un fénix. Es curioso cómo los pájaros de fuego se me han ido colando en vídeos muy distintos, como si el planeta tuviera su propia ave nacional y yo no me hubiera enterado hasta ahora.

Ninguna de esas canciones me curó. Me curan la terapia, la medicación y el tiempo; lo expliqué en «Gracias a mi psicóloga». Pero las canciones me dieron algo que también hace falta: un sitio donde poner lo que sentía cuando no me salían las palabras en una conversación. Me dieron, por así decirlo, una pista de baile para la cabeza.

Si tú estás ahora en el suelo, quiero decirte lo mismo que me habría gustado oír a mí: no tienes por qué salir tú solo. Marca el 024 si estás en España: te coge el teléfono alguien preparado, a cualquier hora del día o de la noche, sin coste y sin que tengas que dar tu nombre. Si la cosa es urgente, el número es el 112. Para chavales, o para quien esté preocupado por uno, ANAR tiene el 900 20 20 10. El Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717, es otra puerta abierta. Fuera de España, en findahelpline.com puedes encontrar la línea de tu país. Yo llamé, pedí ayuda y aquí estoy, escribiendo esto. De verdad que funciona; lo cuento también en «Hablemos del suicidio sin tabú».

La pista como casa

Hay algo muy nuestro, muy de la cultura queer, en eso de curarse bailando. Durante décadas, las pistas fueron de los pocos sitios donde mucha gente como yo podía ser quien era sin pedir permiso. Allí se ligaba, se lloraba, se celebraba y se despedía a los amigos. La pista no era solo diversión: era casa, refugio y, muchas veces, familia elegida.

Mis canciones heredan esa idea sin darse importancia. En Planeta Gayfolk la pista aparece una y otra vez, pero casi nunca como un sitio frívolo. En «Sunshine» es una fiesta junto al fuego. En «La noche no es para mí» es justo lo contrario: alguien que espera la noche todo el día y luego descubre que no encaja en ella, y que también tiene derecho a quedarse en casa. Yo he sido las dos personas. He sido el que no podía pisar un bar por la fobia social y el que, años después, se descubrió bailando en el salón con una canción propia a todo volumen.

«Tattoo de Fénix» está a medio camino. No es una canción de discoteca de verdad, es una canción de discoteca imaginada, de esas que bailas en tu cuarto antes de atreverte a salir. El club despecho puede ser un local lleno de gente o tu salón con la persiana bajada. Lo que importa es el gesto: ponerte de pie, subir el volumen y dejar que el pájaro se mueva.

Dónde vive esta canción en el planeta

«Tattoo de Fénix» forma parte del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». Es el disco del descubrimiento, el de llegar a un sitio nuevo y no saber todavía cómo funciona. Por eso me parece tan bien que esta canción esté ahí: el fénix es, al fin y al cabo, el primer habitante del planeta que ya ha muerto una vez y ha vuelto. Es el que puede enseñar a los recién llegados que se sobrevive.

Ficha de «Tattoo de Fénix», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con su carátula de letras rojas y rosas enmarcada como una polaroid

Si tuviera que colocarla en el mapa del planeta, la pondría en el centro de la ciudad, al lado de la plaza mayor, con su puerta negra y su luz naranja. Desde allí se ve la playa de los acantilados, la del final del vídeo, adonde se va cuando ya ha amanecido y apetece estar solo con el mar. Es un recorrido que hago a menudo con la cabeza: del ruido del club al silencio del agua, y vuelta.

Y si un día quieres hacer ese recorrido con la canción puesta, te lo pongo fácil: mi música se puede escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mi web, sin pagar, sin cuenta y sin dejar el correo. «Tattoo de Fénix» está ahí, esperando a que alguien la ponga a todo volumen.

Lo que cambia cuando el fuego es tuyo

Me he preguntado muchas veces por qué, de todos los animales posibles, el pájaro del tatuaje tenía que ser un fénix. Podría haber sido una golondrina, que vuelve cada primavera, o una mariposa, que cambia de piel. Pero la golondrina vuelve al mismo sitio y la mariposa no elige su transformación. El fénix sí. En casi todas las versiones de la historia, es él quien prepara su propia hoguera. Nadie lo empuja al fuego.

Esa diferencia, para mí, lo es todo. Durante años el fuego me lo encendían otros, y yo me iba consumiendo sin entender por qué. Lo que cambió no fue que dejara de haber fuego, sino que empecé a encenderlo yo: con una letra a las dos de la mañana, con una base que no me dejaba quieto en la silla, con un estribillo que repetía en bucle mientras fregaba los platos. El fuego seguía ahí, pero ya era mío. Y un fuego propio no destruye: calienta, alumbra, invita a acercarse.

Por eso el hombre del final del vídeo me parece tan importante. No está en mitad de un incendio; sostiene las antorchas con las manos, a la altura del pecho, justo donde lleva las alas dibujadas. Decide dónde va la llama. Detrás tiene el mar, que es lo contrario del fuego, y no le da miedo. Esa es la imagen que me gustaría que se quedara de esta canción: alguien de pie, con su propio fuego en la mano, delante de un horizonte enorme.

Para la próxima vez que la bailes

Te dejo tres cosas para la próxima vez que pongas «Tattoo de Fénix».

La primera: fíjate en cuándo aparece el «conmigo» del estribillo. Hasta ese momento, la canción es de una sola persona. Después, ya no. Intenta notarlo en el cuerpo: es el momento en que dejas de bailar para ti y empiezas a bailar con alguien, aunque ese alguien no esté.

La segunda: en el vídeo, busca el aro de chispas, girando sobre la arena oscura pasados los dos minutos. Es un círculo de fuego que no quema nada, que no destruye nada, que solo da vueltas y brilla. Si alguna vez necesitas una imagen para los días malos, quédate con esa.

Y la tercera: escucha hasta el final, hasta que el pájaro oscuro se aleja por el cielo morado. No hay cartel de despedida ni frase final. Solo un vuelo que sigue. Así acaban también las buenas recuperaciones: sin fanfarria, con el siguiente aleteo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Tattoo de Fénix»? Es una canción de pista sobre alguien que lleva un ave fénix tatuada en el pecho y baila en un club inventado, el «club despecho», para dejar atrás algo que le dolió. El fénix funciona como símbolo de renacer: arder, caer y volver a levantarse.

¿En qué disco está? Está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía Gayfolk de Mike Sain't Louis.

¿Qué se ve en el videoclip? Un concierto multitudinario con unas alas de luz sobre el escenario, personajes de pista con tatuajes y llamas, una llanura nocturna con hogueras y un fénix rojo frente a un gran sol, un aro de chispas sobre la arena y, al final, un hombre con antorchas en unos acantilados junto al mar. Cierra con un pájaro oscuro volando sobre un cielo naranja y morado.

¿Quién hace la música de «Tattoo de Fénix»? Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical, con la música y la interpretación vocal hechas con IA.

¿Dónde se puede escuchar o descargar? En su web, mikesaintlouis.com, la música se puede escuchar y descargar gratis desde la página de descargas, y el videoclip está en la sección Planeta Gayfolk.