
Por Mike Sain't Louis ·
Un día de fin del mundo: cómo hice «Otro bombardeo», el sollozo escrito y el hombre de los acantilados
«Otro bombardeo» es una de mis canciones más desnudas. Empieza diciendo que está triste, sigue diciendo que no puede parar de llorar y no sale de ahí en tres minutos. Su videoclip, en cambio, hace lo contrario: en lugar de quedarse quieto, acumula catástrofes una detrás de otra, como si el mundo entero se estuviera acabando a la vez. Y al final, cuando ya no cabe un incendio más, se apaga el color.
Este es un texto de «cómo la hice». Quiero dejar claro desde el principio qué significa eso aquí: no me voy a inventar una noche concreta de estudio ni una conversación que no pueda demostrar. Lo que voy a hacer es poner encima de la mesa la letra publicada, la ficha del vídeo en YouTube (título, fecha, duración y descripción), los subtítulos automáticos de la plataforma y los fotogramas reales del clip, que he vuelto a mirar uno cada cinco segundos y con más detalle en los momentos de cambio. Con todo eso delante se ven las decisiones que tomé, aunque no las recuerde una por una.
Si buscas una lectura de lo que dice la letra, ya hay un análisis de la pregunta de la historia lírica y otro sobre los verbos de la huida en mis letras. Aquí no vuelvo sobre eso. Aquí hablo de construcción: forma, escritura, ficha y vídeo.
La materia prima: 40 palabras
La letra publicada de «Otro bombardeo» tiene 50 líneas y 209 palabras. Pero solo 40 palabras son distintas. Las que más se repiten son «no», «puedo» e «y», dieciséis veces cada una; después vienen «tan», «parar», «de», «llorar» y «ya», ocho veces cada una.
Ese recuento ya dice mucho de la canción antes de leerla. Lo que más pesa no es un sustantivo ni una imagen: es una negación y un verbo de capacidad. «No puedo». La canción entera es una lista de cosas que el narrador no puede hacer: no puede parar de llorar, no puede aguantar, no puede escapar. Y la palabra «triste», que es la que nombra lo que le pasa, sale solo cuatro veces, una por vuelta.
Escribir con tan pocas palabras fue una decisión, no una carencia. Cuando estás muy hundido no te salen veinte sinónimos de la pena. Te sale la misma frase una y otra vez. La letra respeta eso.
La forma: cuatro vueltas casi iguales
La canción está hecha de cuatro bloques. Cada uno tiene dos partes: una entrada de llanto y una estrofa de siete líneas que siempre dice lo mismo. Esa estrofa es esta:
Ya no se en quién confiar Porque todos me tratan tan mal ¿Será verdad que soy una víctima (…) Yo ahora mismo no puedo aguantar Otro bombardeo y aquí tampoco Puedo escapar
Lo que cambia entre bloques es casi invisible, y precisamente por eso me interesa. En el primer y el tercer bloque, la entrada empieza con una línea completa: «Estoy tan triste». En el segundo y el cuarto, esa misma frase se parte en dos: «Estoy tan» en una línea y «Triste» en la siguiente, con mayúscula. Por eso los bloques impares tienen doce líneas y los pares trece. Por eso, también, la letra suma 50 y no 48.
Es un detalle mínimo, pero tiene sentido dentro de la canción. Partir «Estoy tan / Triste» es dejar un hueco entre la intensidad y lo que se siente. La primera vez la frase sale de golpe. La segunda se atasca. La tercera vuelve a salir. La cuarta se atasca otra vez. Es una respiración irregular escrita con saltos de línea.
«Llorar» en su propia línea
Hay otra decisión de forma que se repite en todos los bloques. El verbo «llorar» nunca va pegado a lo que lo precede. La letra dice «Y no puedo parar de» y salta de línea. «Llorar», solo, con mayúscula. Y otra vez: «Y no puedo parar de», salto, «Llorar». Ocho veces en toda la canción.
En una letra tan pequeña, dejar una palabra sola en una línea es como subrayarla. La preposición «de» queda colgando al final del verso anterior, y el lector tiene que bajar la vista para encontrar lo que no se puede parar. Es lo mismo que hace «Montaña rusa» con su palabra más importante: separarla del resto para que llegue sola.
Hay también una cuestión de ritmo. «Y no puedo parar de» tiene siete sílabas que se atropellan; «Llorar» tiene dos. Una línea larga que corre y una corta que cae. Si lo lees despacio, la propia lectura imita el sollozo: muchas sílabas seguidas y luego un golpe.
El título, escondido en la penúltima línea
El título de la canción no está al principio de nada. Aparece cuatro veces, siempre en la penúltima línea de cada estrofa, y nunca solo: «Otro bombardeo y aquí tampoco». Y además llega partido por la sintaxis. La frase empieza en la línea anterior, «Yo ahora mismo no puedo aguantar», y se desborda hacia abajo: no puedo aguantar / otro bombardeo. Luego, en la misma línea del título, empieza otra frase que también se desborda: y aquí tampoco / puedo escapar.

Es decir: las tres últimas líneas de cada estrofa son un encabalgamiento doble. Ninguna se puede leer completa sin la siguiente. Me gusta pensar que esa forma explica el título mejor que cualquier imagen. Un bombardeo es algo que no te deja terminar lo que estabas haciendo. Aquí no te deja terminar las frases.
Y luego está «aquí». La canción no dice dónde es «aquí». Solo dice que tampoco ahí se puede escapar. Ese «tampoco» supone que ya hubo otro sitio del que no se pudo huir antes. Es una palabra de cansancio acumulado.
La rima que se ríe de sí misma
En el bloque de arriba he dejado un hueco a propósito, porque la línea que falta merece ir aparte:
Y ya cansa mi historia lírica?
Con ella, en medio de la estrofa, se forma un pareado que no se parece a nada más de la canción: «víctima» y «lírica». Dos esdrújulas, con la misma vocal tónica, en dos líneas seguidas. Todo lo demás en la letra son palabras llanas y agudas: «triste», «llorar», «confiar», «mal», «aguantar», «escapar». De repente, en las líneas tercera y cuarta de la estrofa, el acento salta hacia atrás.
Esa diferencia de sonido marca que ahí pasa algo distinto. Es el único momento en el que el narrador deja de quejarse y se hace una pregunta sobre sí mismo. El acento esdrújulo, más raro y más teatral en castellano, le da a la pregunta un aire de drama exagerado, casi de folletín. Es la parte camp de una canción triste, y la ficha de la canción la clasifica precisamente así, entre el indie pop, el pop alternativo, el queer pop y el camp.
El tropiezo escrito: «Gua» «Guantar»
Ahora llego a la decisión de escritura que más me gusta de esta canción. Las cuatro estrofas son idénticas salvo una línea. En la cuarta vuelta, donde siempre ponía «Yo ahora mismo no puedo aguantar», la letra publicada dice:
Yo ahora mismo no puedo "Gua" "Guantar"
Dos fragmentos entre comillas. Primero «Gua», luego «Guantar». La palabra «aguantar» se ha roto: ha perdido la «a» inicial y se ha partido en un arranque fallido y un segundo intento. Y en la letra escrita no lo dejé como un error ni lo corregí; lo marqué entre comillas para que se vea que es un sonido, no una palabra.
Lo que me parece importante de esa decisión es dónde está. Llega en la última vuelta, después de tres repeticiones perfectas. Durante tres estrofas, el narrador ha sido capaz de decir «no puedo aguantar» de una pieza. A la cuarta, ya no. La propia frase que dice que no aguanta es la que se rompe. La forma confirma lo que dice el contenido.
Y es el único cambio de texto en las cuatro estrofas. Todo lo demás se repite al milímetro. Un solo tropiezo en una letra tan regular se nota muchísimo más que si la canción estuviera llena de variaciones.
Lo que suena y lo que está escrito
He puesto lado a lado el texto publicado y los subtítulos automáticos que genera YouTube para el vídeo, y hay diferencias que vale la pena contar, siempre con la precaución de que esa transcripción la hace una máquina y se equivoca.

La transcripción recoge tres pasadas completas de la estrofa, no cuatro. Entre la primera y la segunda aparece un «Estoy tan triste» de más, como si la frase sonara dos veces seguidas en ese punto. En varias ocasiones escribe «lorar» en lugar de «llorar», que es lo que pasa cuando el reconocimiento no distingue bien la elle alargada. Y en la última pasada que recoge pone «Y ahora mismo» en lugar de «Yo ahora mismo».
El «Gua» «Guantar» no aparece en la transcripción. No sé decir con seguridad si es porque el sistema no supo qué hacer con un sonido entrecortado o porque esa última vuelta se oye de otra forma; no voy a afirmar ninguna de las dos cosas. Lo que sí puedo decir es que la letra publicada lo recoge, y que en la letra es donde está la decisión.
La ficha del vídeo
El videoclip oficial se publicó en YouTube el 2 de mayo de 2025, según la hora del Pacífico que usa la plataforma; en Madrid ya era la madrugada del día 3. Dura tres minutos y cinco segundos. Su título sigue el mismo formato que otros clips oficiales, como el de «Montaña rusa»: el nombre de la canción en mayúsculas, la indicación de videoclip oficial, mi nombre y PLANETA GAYFOLK al final.
La descripción es sencilla y tiene tres partes. Primero el título. Luego la palabra «Letra:» y la letra completa, las mismas 50 líneas, separadas por estrofas con líneas en blanco. Y al final, 36 etiquetas. La descripción de «Montaña rusa» tiene la misma forma. La idea es que quien llegue al vídeo tenga la letra a mano y no tenga que buscarla en otro sitio.
Las etiquetas como mapa de la canción
Las 36 etiquetas de la descripción no son adorno. Leídas juntas, son casi un resumen de para qué está hecha la canción. Hay etiquetas que describen el estado de ánimo, como #Llanto, #TristezaProfunda o #Desconfianza. Hay otras que nombran el contexto, y son las más importantes: #AbusoEmocional, #VictimaInvisible y #BombardeoEmocional. Y hay un tercer grupo que apunta hacia la salida: #CancionesQueSanan, #MusicaSanadora, #Superviviente y #ArteDeSupervivencia.
Ese orden me parece revelador. La canción no habla de bombardeos de guerra. Habla del bombardeo emocional, de la sensación de recibir golpe tras golpe sin poder responder. Pero la descripción no se queda ahí: la última palabra la tienen las etiquetas de supervivencia. Es una canción triste publicada con la idea de que a alguien le sirva.
Hay un detalle más en esas etiquetas: incluyen #ProyectoGayfolk y #NuevoPlanetaGayfolk. En el catálogo, sin embargo, la canción pertenece al segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». Lo cuento tal cual, porque las dos cosas están publicadas: la etiqueta del planeta en el vídeo y el segundo disco en la ficha.
El cartel: una explosión con letras de cartel de cine
El vídeo empieza con un cartel. Sobre un cielo rojo y naranja se levanta un hongo de humo enorme, y encima, en dos rótulos rojos con letras blancas, mi nombre y el título de la canción. Es un cartel de película de catástrofes. Desde el primer segundo, el clip deja claro que la palabra «bombardeo» va a ser literal, aunque la canción no hable de ninguna guerra.
Esa distancia entre lo que dice la letra y lo que enseña el vídeo es la decisión central del clip. La letra es íntima, pequeña, casi de diario. El vídeo es gigantesco. Y no se contradicen: el vídeo enseña cómo se siente por dentro lo que la letra cuenta casi al oído.
Una catástrofe detrás de otra
Lo que viene después del cartel no es una historia con principio y final, sino una acumulación. Cada pocos segundos cambia la catástrofe.

Hacia el segundo cinco aparece una llanura seca, de tierra agrietada, con una figura envuelta en una capa roja y un estallido de luz al fondo. Hacia el diez, una plaza llena de gente delante de un edificio de columnas, hombres con traje en primera fila y un platillo volante gris suspendido en el cielo. A los quince, un volcán en erupción con una columna de humo en forma de hongo. Hacia el veinticinco y el treinta vuelve la llanura: figuras dispersas, una con capa roja que parece la de un torero, otra de amarillo, todas quietas y separadas, como si esperaran algo que no llega.
A partir del segundo treinta y cinco los hongos se multiplican. Uno se levanta detrás de una autopista con coches. Otro tiñe de naranja todo el cielo. Otro estalla sobre una ciudad de noche, con una columna de fuego que baja hasta las calles. Hacia el cincuenta aparece una plaza de toros llena de humo rojo, con un toro y figuras en la arena. Hacia el cincuenta y cinco, una playa abarrotada de bañistas que corren mientras una explosión sube detrás de los edificios del paseo. Hacia el sesenta y cinco, una colada de lava que baja por una costa verde hasta el mar. Hacia el setenta, el interior de un avión con pasajeros sentados. Hacia el ochenta, una pared de llamas con un coche recortado delante.
Me interesa mucho el tipo de catástrofes que elige el clip. Casi ninguna se puede esquivar: un hongo nuclear, un volcán, una nave extraterrestre, un avión en vuelo. Son desastres ante los que no hay refugio. Encaja exactamente con el último verso de cada estrofa: aquí tampoco puedo escapar.
Tres sitios cerrados
Dentro de esa acumulación hay tres lugares que vuelven: la plaza de toros, la playa y el avión. Y los tres tienen algo en común: son sitios de los que no se sale cuando uno quiere.
En la plaza de toros, el clip vuelve hacia el segundo ciento veinte, con el humo rojo más espeso y el toro en primer plano sobre la arena, rodeado de gradas llenas. Un ruedo es un círculo cerrado: el animal no tiene salida. En la playa, la gente corre, pero casi al final del tramo en color la vemos otra vez corriendo por la arena mientras una nube de humo y una masa oscura se levantan junto a los edificios. No hay hacia dónde ir. En el avión, hacia el segundo cien, las ventanillas se llenan de fuego y los pasajeros siguen sentados, con las manos en los reposabrazos.
No voy a decir que todo eso estuviera planeado, porque no lo puedo demostrar. Pero cuando hoy miro los fotogramas seguidos, la idea se repite demasiado como para ser casual: lugares de ocio y de viaje, la plaza, la playa, el avión, convertidos en trampas. Lo que debería ser descanso es donde llega otro bombardeo.
El corte a blanco y negro
Pasados los dos minutos y cuarto, el vídeo cambia por completo. Desaparecen el color, el fuego y la multitud. Aparece un hombre con traje oscuro de pie en un paseo con un murete junto al mar, frente a unos acantilados y unas olas que rompen contra las rocas. Todo en blanco y negro. Los planos siguientes se acercan: el hombre de espaldas mirando el agua, un perfil, la nuca. Hacia el ciento cincuenta y cinco, un plano de dos paredes de roca enormes con niebla entre ellas, sin nadie. Hacia el ciento sesenta, otro hombre de traje, de pelo gris y gafas de sol, también delante del mar.
Después de dos minutos de ruido, este tramo es silencio visual. Y es, para mí, la parte que más se parece a la letra. La letra no tiene explosiones: tiene a alguien que está tan triste que no puede parar de llorar y que ya no sabe en quién confiar. El hombre del traje mirando el mar es esa persona cuando el ruido se acaba y se queda solo con lo que siente.
Hacia el segundo ciento setenta, la última escena en blanco y negro pasa dentro: un cuarto de baño de azulejos, con un hombre de traje que primero se lleva una mano a la cabeza y luego se tapa la cara con las dos manos. Es el plano más pequeño de todo el clip y el más cercano a la primera línea de la canción. Llorar en el baño es lo que hace quien no quiere que le vean llorar.
El último plano: color otra vez
Los últimos segundos devuelven el color de golpe. Aparece un hombre con cascos y gafas de sol detrás de una mesa de mezclas, en una sala llena de luces de neón rosa y azul, altavoces y pantallas. No hay texto en ese plano.

No voy a decir quién es esa figura, porque el clip no lo dice. Lo que sí leo en el montaje es el contraste: después del baño a oscuras, una sala de música encendida. De llorar con la cara tapada a una mesa con botones y luces. Si hay una salida en este vídeo, está en ese último plano: el sitio donde el ruido se vuelve música.
Su sitio en la lista
Su ficha de gayfolkplanet.com la numera como pista 161 de 273, justo detrás de «Me gusta el verano». Y en la sección de videoclips de esa web, por pura casualidad, el clip lleva también el número 161, esta vez de 276, entre «Aquí escupo» y «Fear Zero».
Me hace gracia la vecindad con «Me gusta el verano», que suena a playa y a descanso, justo al lado de una canción en la que la playa es uno de los sitios del desastre. Y en el disco convive con otras letras que también miran a lo que duele sin perder el humor, como «Otra pandemia», donde el miedo viene de otro sitio.
El clip completo está en Planeta Gayfolk; el texto entero, en el apartado de letras; y los demás clips, en el archivo de vídeos.
Una prima lejana: «Montaña rusa»
Hay otra canción mía que trabaja con los mismos materiales y que conviene poner al lado: «Montaña rusa». También empieza llorando, también repite su idea hasta gastarla, y su vídeo también está lleno de fuego. Pero en «Montaña rusa» los dos protagonistas sonríen en mitad del incendio, y la letra se permite poner fecha al desamor. En «Otro bombardeo» nadie sonríe y nadie pone fechas. Si «Montaña rusa» es la tristeza que todavía se hace selfis, «Otro bombardeo» es la que ya no puede ni terminar una palabra.
Lo que hice yo y lo que hizo la máquina
La letra y la producción de «Otro bombardeo» son mías. La música e interpretación vocal están hechas con IA. Todo lo que he contado de la forma, el número de líneas, los saltos de línea, las comillas del tropiezo, el orden de la estrofa, es letra escrita y publicada tal cual. Todo lo que he contado del vídeo son fotogramas que se pueden comprobar parando el clip en el segundo que indico.
Por qué la escribí
«Otro bombardeo» no es una canción sobre una guerra, y las etiquetas lo dicen claro: va de abuso emocional. Perdí dos décadas de mi vida con dos parejas narcisistas, una detrás de otra. Y cuando se les cayó la máscara, lograron que personas cercanas a mí se volvieran contra mí. Ese es el «ya no sé en quién confiar» de la canción, y ese es el «todos me tratan tan mal». La pregunta de la víctima y la historia lírica también sale de ahí: de esa duda que te meten dentro, la de si no estarás exagerando, la de si no cansarás a todo el mundo con lo mismo.
Escribir canciones fue la forma que encontré de contar mi versión. Lo que me pasaba tiene hoy diagnóstico: un trastorno de estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de personalidad por evitación. Sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico. Llegué a estar al borde del suicidio, y si lo nombro es porque salí de ahí y porque quiero que se hable del abuso narcisista sin vergüenza. Mi misión con estas canciones es esa: darle visibilidad.
Si te reconoces en esta letra, si sientes que no puedes aguantar otro golpe y que no hay sitio al que escapar, habla con alguien hoy. En España tienes el 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita, confidencial y abierta las 24 horas. En una emergencia, el 112. Si eres menor, la Fundación ANAR atiende en el 900 20 20 10. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717. Y desde cualquier otro país, findahelpline.com te indica el número que te corresponde. Ningún bombardeo dura para siempre, y pedir ayuda no es cansar a nadie.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Otro bombardeo»? De alguien que está tan triste que no puede parar de llorar, que ha dejado de fiarse de nadie porque todos le tratan mal y que se pregunta si su historia cansa. Las etiquetas de su vídeo la sitúan en el abuso emocional y el bombardeo emocional, no en una guerra.
¿Cómo está construida la letra? Tiene 50 líneas, 209 palabras y solo 40 palabras distintas, en cuatro vueltas casi idénticas. En la segunda y la cuarta, «Estoy tan triste» se parte en dos líneas. En la cuarta, además, la palabra «aguantar» aparece rota y entre comillas: «Gua» «Guantar».
¿Qué se ve en el videoclip? Una sucesión de catástrofes: hongos de humo sobre ciudades y autopistas, un platillo volante sobre una plaza, un volcán, una plaza de toros con humo rojo, una playa de la que huye la gente, lava que llega al mar y un avión con fuego en las ventanillas. Luego pasa a blanco y negro con un hombre de traje frente al mar y en un baño de azulejos, y termina en color con un hombre con cascos en una mesa de mezclas.
¿Cuándo salió y en qué disco está? El videoclip oficial se publicó en YouTube el 2 de mayo de 2025 (hora del Pacífico) y dura 3:05. En el catálogo pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, y es la canción 161 de 273 en el listado de gayfolkplanet.com.
¿Quién hizo «Otro bombardeo»? La letra y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música e interpretación vocal están hechas con IA. Se publica en su sello independiente, MIKE SAIN'T LOUIS.