
Por Mike Sain't Louis ·
Tres esmóquines, una gasolinera de la música y un autocine: el videoclip de «El concurso literario», escena a escena
La portada de «El concurso literario» parece un cartel arrancado de una pared de los años setenta: rosa sobre rosa, letras altas y estrechas, un círculo enorme y yo a un lado, con la camisa abierta, mirando de reojo con cara de estar esperando un veredicto. Esa mirada de sospecha y paciencia es el punto de partida del videoclip. Solo que el clip no se queda en una época. Salta de un siglo a otro, de un salón con candelabros a un estudio con focos, de una gasolinera de carretera a un autocine.
Lo subí a YouTube el 21 de febrero de 2025 y dura 3:44. En la descripción le puse un montón de etiquetas, desde las de siempre, como Gayfolk o Planeta Gayfolk, hasta otras que hablan del tema: literatura, literatura queer, literatura fantástica, libros, lectura, concurso, escritores, poesía, relatos, novela, cuento.
Lo cuento siguiendo el reloj del vídeo, con un margen de un par de segundos en los minutos que doy.
Tres chicos de esmoquin
El clip empieza con tres chicos vestidos de esmoquin, con pajarita, muy juntos, riéndose como si alguien acabara de contar un chiste en una fiesta de gala. Encima, en letras doradas de estilo antiguo, aparece el título, «EL CONCURSO LITERARIO», y debajo mi nombre en una letra de firma rosa.
Hacia el segundo 8 los mismos tres chicos se acercan, uno le dice algo al oído a otro y el tercero sonríe. Es una escena de complicidad, de esas que se ven en los cócteles después de una entrega de premios, cuando la ceremonia ya ha terminado y empieza lo divertido. Desde el principio, el vídeo deja claro que esto va de un concurso, pero también de lo que pasa alrededor de un concurso.
El humo y la oscuridad
Sobre el segundo 12 la imagen se oscurece. Vemos siluetas entre humo verdoso, casi irreconocibles, y luego, hacia el 16, una nube de color violeta que lo llena todo. Es un paréntesis, una cortina que se corre entre la gala del principio y lo que viene.
Me gustan estos momentos sin personajes en un clip. Funcionan como los fundidos a negro del cine antiguo: el espectador sabe que ha cambiado de sitio aunque nadie se lo diga.
El conductor de noche
Hacia el segundo 20 aparece un chico al volante de un coche oscuro, de noche, con las luces de la ciudad reflejadas en la carrocería. Mira hacia delante, tranquilo. No sabemos adónde va, pero el coche será un hilo que vuelve una y otra vez en el vídeo, en distintas épocas y con distintos pasajeros.
El escenario rosa
Sobre el segundo 24 el clip se enciende. Un chico con chaqueta oscura, sobre un escenario bañado de luz fucsia, extiende un brazo hacia el público. Hacia el 28 lo vemos de frente, con un micrófono en la mano, entre focos rosas y una batería detrás.
Es la parte de espectáculo del concurso. En los concursos de verdad, también los literarios, siempre hay un momento de exhibición, de subirse a un escenario y enseñarse. Este personaje es un intérprete inventado para el clip y no me representa a mí. Es la figura del artista que actúa delante de un jurado imaginario, con todo el brillo y toda la tensión que eso tiene.
El apretón de manos
Hacia el segundo 32 cambiamos a una habitación luminosa, con cortinas blancas y luz de mañana. Dos chicos con camisas de lunares, casi iguales, están frente a frente. Uno sostiene una copa. Hacia el 36, se dan la mano.
Es un gesto de acuerdo, de trato cerrado o de felicitación entre rivales. Me gusta que los dos lleven la misma camisa: en un concurso, los que compiten muchas veces se parecen más de lo que les gustaría. Esa escena tiene algo de duelo amistoso.
El descapotable rosa
Sobre el segundo 40 aparece uno de los planos más alegres del clip: dos chicos en un descapotable rosa chicle, con la capota bajada, circulando por una avenida con palmeras y rótulos luminosos. Van sonrientes, uno con camisa blanca, otro con gafas. Hacia el 44, el coche sigue avanzando y el fondo se llena de edificios y luces de neón.

Es el coche del principio, pero en otra versión: ya no es oscuro ni silencioso, es rosa y lleva a dos. El clip juega con estas transformaciones, como si cada época tuviera su propio coche.
La gasolinera de la música
Hacia el segundo 48 llega una imagen que me hace mucha gracia. Un chico vestido de vaquero, con chaleco y gorra, está sentado en un banco delante de una gasolinera antigua. A su lado hay dos surtidores rojos con la palabra «GAS» bien grande, un altavoz en el suelo y, en la fachada, un cartel que dice «MUSIC PRODUCTION». Al fondo, un coche rojo de los años cincuenta.
Esa gasolinera vuelve varias veces, hacia el 1:04 y hacia el 1:28, casi idéntica. Es como un estribillo visual. El cartel lo dice todo: aquí se repone combustible, pero el combustible es la música. Siempre me ha gustado la idea de que hacer canciones tiene algo de parada en carretera: llegas cansado, cargas lo que necesitas y sigues.
El baile de época
Sobre el segundo 52 el clip da su primer salto atrás en el tiempo. Estamos en un salón con luz dorada y mucha gente vestida a la manera de hace dos siglos: levitas, vestidos largos, peinados recogidos. Hacia el 56, un grupo de personas cruza la sala y algunos se giran a mirar a cámara.
Hacia el minuto 1:00, un chico con el pelo engominado hacia arriba, de estilo años cincuenta, se ríe a carcajadas de perfil mientras otro, detrás, le mira con una sonrisa. Esa mezcla de épocas en una misma sala, con alguien de los cincuenta en un baile del siglo XIX, es una de las claves del vídeo.
El rodaje en el palacio
Hacia el minuto 1:08 aparece una escena muy curiosa: un gran salón de palacio, con columnas, ventanales y suelo de mármol, donde hay un equipo de rodaje con una cámara de cine enorme. A su alrededor, hombres con trajes de época y sombreros miran la cámara. Hacia el 1:12, en la misma sala, aparecen pantallas de ordenador sobre una mesa redonda. Y hacia el 1:16, más personas de época se agrupan alrededor de esos ordenadores y de una tableta.
Es el corazón del clip: los siglos conviven. Gente vestida como en el siglo XIX mira con curiosidad aparatos de hoy. Para mí es una manera de decir que crear, contar historias, escribir y componer, es siempre lo mismo, con otras herramientas. El concurso literario del título podría ser de 1850 o de ahora.
La iglesia y los papeles
Sobre el minuto 1:20 la imagen se oscurece hasta parecer el interior de una iglesia o un salón de actos antiguo, con bancos de madera, arcos y una luz cálida que entra por arriba. Unas pocas figuras caminan al fondo.
Hacia el minuto 1:24, un grupo de hombres con barba, sombrero de copa y levita leen y discuten unos papeles alrededor de un atril, como si estuvieran revisando partituras o manuscritos. Uno sostiene una carpeta. Es la escena del jurado. Me imagino que están leyendo los textos del concurso, decidiendo quién gana.
El estudio con focos
Hacia el minuto 1:32 el clip salta al presente: un estudio enorme, con focos, pantallas, un coche azul aparcado dentro y guitarras colgadas. Un hombre camina de espaldas hacia la luz. Hacia el 1:52, la escena vuelve, ahora con altavoces grandes, cables y trípodes por todas partes.

Es un estudio de producción moderno, frío y lleno de máquinas. Comparado con el salón de palacio, aquí no hay nadie con sombrero ni levita. Solo un tipo andando entre aparatos, solo, como cuando trabajas de madrugada en una canción.
Portátiles entre levitas
Sobre el minuto 1:36 volvemos al salón antiguo, pero ahora con mujeres y hombres vestidos de época que miran portátiles abiertos encima de una mesa larga. Hacia el 1:40 y el 1:44, una mujer con el pelo recogido y dos hombres con sombrero rodean un ordenador, muy concentrados, como si leyeran algo importante.
Hacia el 1:56 aparece una imagen todavía más loca: una orquesta entera, con violines, violonchelos y músicos con barba, y en mitad de la sala un chico con auriculares delante de un portátil, en cuya pantalla se lee el nombre de una aplicación de música con IA. Los músicos de otro siglo le miran trabajar.
Esa escena tiene humor, pero también algo de declaración. Los violinistas no se enfadan ni se marchan: se quedan quietos, con los arcos en el aire, mirando la pantalla con la misma curiosidad con la que la gente del salón miraba la cámara de cine. Nadie echa a nadie de la sala. Hago mi música con herramientas de IA, y el clip lo pone delante de una orquesta como quien enseña una partitura nueva a los clásicos. No es una competición entre unos y otros; es la misma mesa con otros instrumentos.
El bar de los esmóquines
Hacia el minuto 2:00 el clip vuelve a la noche. Dos hombres con esmoquin se miran en un bar lleno de humo, con copas sobre la barra. Hacia el 2:16, la escena se repite, con los dos de espaldas, y hacia el 2:20, uno de ellos, de pajarita, se acerca mucho a la cara del otro. Es una conversación tensa o un coqueteo, el clip no lo aclara.
Es la otra cara del concurso: después de la ceremonia, lo que se dice en susurros en el bar. Los esmóquines del principio vuelven, pero ahora sin risas.
El espejo dorado
Sobre el minuto 2:04 aparecen tres chicos con camisas estampadas en dorado y negro, riéndose delante de un espejo con marco dorado. Uno abraza a otro, una chica asoma detrás. Hacia el 2:08 y el 2:12, el plano se repite con pequeños cambios, y vuelve hacia el 2:28, el 2:52 y el 3:04.
Esa escena del espejo es el estribillo visual de la segunda mitad. Son tres amigos que se ríen de sí mismos frente a su reflejo. Me gusta pensar que son los ganadores, o los que han perdido y se lo toman con humor. Al final, en un concurso, lo que queda es eso: con quién te ríes después.
La pista de baile
Hacia el minuto 2:32 el clip estalla en una discoteca. Una pista llena de gente, luces de colores en el techo y un bailarín musculoso sin camiseta en el centro, con los brazos abiertos. Hacia el 2:40 y el 2:44, el mismo bailarín, entre láseres rojos y azules, se mueve con fuerza. Hacia el 2:48 da una patada al aire.
Es la fiesta del final del concurso. Todo lo que era solemne en los salones de época aquí se convierte en baile. Me gusta ese contraste: de los jurados con sombrero de copa a la pista de luces en menos de un minuto.
Los coches de noche
Sobre el minuto 2:56 el clip vuelve a los coches. Hacia el 3:00 vemos un coche oscuro, de perfil, en una calle de noche. Hacia el 3:12 aparece un descapotable blanco antiguo, con dos chicos dentro, en una calle con farolas y árboles. Y hacia el 3:20, dos chicos de traje, muy juntos dentro del coche, uno con la mano en la cara del otro, a punto de besarse.

El coche que al principio conducía un chico solo ahora lleva a una pareja. Es el final de la historia de amor que el clip ha ido insinuando entre bambalinas. Nadie lo había anunciado: ni en la gala, ni en el salón, ni en la discoteca había quedado claro quién miraba a quién. Pero los coches, que al principio eran de un solo pasajero, terminan llevando siempre a dos, y eso basta para entender que algo ha cambiado por el camino.
El autocine
Los últimos segundos pasan en un autocine. Hacia el minuto 3:08 vemos coches aparcados en fila delante de una pantalla grande, con la gente en silueta. Hacia el 3:24 y el 3:28, la cámara se mete entre los coches y vemos el espejo retrovisor recortado contra la luz de la pantalla.
Hacia el minuto 3:32 cambiamos a una sala de cine clásica, con butacas rojas y un letrero luminoso. En la pantalla grande aparece un cartel de colores. Hacia el 3:36 y el 3:40, la pantalla muestra el primer plano de un chico que grita o ríe a carcajadas mientras el público, de espaldas, lo mira.
Ese final en el cine me encanta. Todo lo que hemos visto, la gala, los salones, la gasolinera, la discoteca, se convierte en una película que alguien está viendo. El concurso, al final, es también un espectáculo.
El juego de los dobles
Hay una idea que recorre todo el vídeo y que se ve mejor en la segunda vuelta: casi nada aparece solo. Los chicos del apretón de manos llevan la misma camisa de lunares. Los del bar llevan el mismo esmoquin. Los del espejo dorado visten camisas con el mismo estampado. Los coches van de dos en dos, y hasta la gasolinera tiene dos surtidores gemelos.
Esos dobles tienen que ver con el concurso. En cualquier certamen hay alguien que se parece demasiado a ti: el que ha escrito sobre lo mismo, el que viene del mismo sitio, el que se presenta con la misma ilusión. El rival casi siempre es un espejo. Por eso el espejo dorado de la segunda mitad no es un adorno, sino la pieza que lo explica todo. Los tres amigos se miran en él y se ríen, como si por fin hubieran entendido que no estaban compitiendo contra nadie más que contra su propio reflejo.
Por qué un concurso literario
Hay pocas cosas más expuestas que presentar algo que has escrito a un concurso. Mandas tu texto, esperas, y alguien que no conoces decide si vale o no. Esa espera es la mirada de la portada: entre la sospecha y la paciencia.
El clip no cuenta un concurso concreto. Mezcla épocas para decir que esa sensación es muy antigua. En el siglo XIX había jurados con sombrero de copa leyendo manuscritos; hoy hay algoritmos, listas y premios. Cambian los trajes, pero la cara de quien espera el veredicto es la misma.
Dentro de la trilogía hay otras canciones que miran con ironía a los que juzgan lo que haces, como «Tus letras son basura» o «Esta canción es una mierda». «El concurso literario» es la versión más elegante de esa misma idea, con esmoquin y pajarita.
La mirada de la portada, otra vez
Después de ver el clip entero, la portada se entiende de otra forma. Aquella mirada de reojo, entre la sospecha y la paciencia, es la de alguien que ha visto todo lo que sale en el vídeo: la gala, los jurados, los rivales con la misma camisa, la fiesta del final. Es la cara de quien ya sabe cómo funcionan estas cosas y aun así se presenta.

Me gusta que el clip no tenga un ganador claro. No hay trofeo, ni sobre que se abre, ni nombre que se lee en un escenario. Hay risas, apretones de manos, conversaciones en el bar, besos en el coche y una película en el autocine. Si alguien gana, gana eso: las personas con las que ha compartido el camino.
El rosa de la portada, además, aparece repartido por el vídeo: en el escenario fucsia, en el descapotable chicle, en las luces de la discoteca. Es el hilo de color que cose épocas tan distintas. Sin él, el salón del siglo XIX y la pista de baile no parecerían parte de la misma historia.
Los personajes
Nadie de los que aparecen en el clip es una persona real. Son personajes inventados para el vídeo: los chicos de esmoquin, el intérprete del escenario, el vaquero de la gasolinera, los jurados con levita, el bailarín, las parejas de los coches. Ninguno representa a nadie en concreto.
Las épocas
Si tuviera que contar las épocas que salen en el vídeo, me salen al menos cinco: un siglo XIX de salones y levitas, unos años cincuenta de coches con cromados y gasolineras de carretera, unos ochenta de neones y descapotables rosas, una discoteca de cualquier década y un presente de portátiles, pantallas y estudios con focos. Todo convive sin pedir permiso.
Esa mezcla es muy de Planeta Gayfolk. En el planeta no hay un calendario fijo. Las cosas de antes y las de ahora se sientan en la misma mesa.
El disco al que pertenece
Está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, y en el catálogo completo ocupa el número 170 de 273. Es el disco de las ganas de irse, y este clip, que viaja por varios siglos, encaja bien en él.
Los demás clips están en la sección de vídeos, y quien prefiera escuchar los tres discos seguidos tiene una propuesta en «Cómo escuchar la trilogía Gayfolk de principio a fin».
Esta canción, como todas las demás, se puede oír y bajar gratis, sin pagar ni registrarse, desde la sección de descargas.
Cómo trabajo
Soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical, con la música e interpretación vocal hechas con IA. Las letras y la composición las hago yo, y produzco cada tema. El reparto completo está en «Qué es mío en una canción hecha con IA».
Para la segunda vez
Vuelve a ver el clip y cuenta cuántos coches distintos aparecen: el oscuro del principio, el rosa, el rojo de la gasolinera, el azul del estudio, el blanco del final. Después fíjate en la gasolinera, que vuelve tres veces igual. Y al final, en el cine, pregúntate quién está viendo la película. Igual somos nosotros.
Preguntas frecuentes
¿Cuándo salió el videoclip y cuánto dura? Lo publiqué en YouTube el 21 de febrero de 2025. Dura tres minutos y cuarenta y cuatro segundos.
¿En qué disco está «El concurso literario»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK; en el catálogo general es la número 170 de 273.
¿El chico del escenario eres tú? No. Todos los personajes del clip, incluido el intérprete del escenario, son inventados y no representan a nadie real.
¿Se puede descargar la canción? Sí, gratis y sin registro, en la sección de descargas de mi web.