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Seis mil euros y un tres por ciento: las cifras de mis letras

Cuatro, nueve, cinco. Cuatro, nueve, dos. Cinco, cinco, nueve.

No es la combinación de una caja fuerte ni el número de la lotería de Navidad. Es el número de referencia de una hoja de reclamaciones, recitado entero, cifra a cifra, en mitad de una canción. Lo puse yo. En «3 años de garantía», la oficina de consumo de la Comunidad de Madrid le contesta al narrador con su número de expediente, su «barra A» y todo, y la canción se para a leerlo como quien lee un ticket de la compra en voz alta para comprobar que no le han cobrado dos veces los yogures.

Repasando mis letras para escribir este post, me di cuenta de una cosa que no había visto nunca. Están llenas de números. Edades, euros, años, porcentajes, jarras de cerveza, estados de WhatsApp, horas de autobús. Como si debajo de cada canción hubiera una calculadora encendida.

Este post es el recuento. No lo hago para presumir de contable, que no lo soy. Lo hago porque creo que los números dicen bastante de cómo escribo y de por qué me río de lo que me duele.

La lírica no sabe contar

Las canciones de amor de toda la vida no usan números. O usan muy pocos y siempre los mismos. Mil besos. Cien años de soledad, que tampoco es una canción. Toda la vida. Para siempre. Son números de mentira, números redondos, números que no se pueden comprobar.

A mí esos números no me dicen nada. Me dicen mucho más «cinco jarras en los Cien Montaditos».

La diferencia es que uno se puede imaginar con exactitud cinco jarras. Cuántas veces ha ido el camarero a la mesa. Cuánto se ha reído uno. Lo que ha costado. Lo que ha pasado después. «Mil besos» no se imagina nadie; cinco jarras, todo el mundo. Esa línea está en «El anillo de casado» y es de las cosas más felices que he escrito: el puntillo de una tarde concreta en un sitio concreto con un número concreto.

Lo concreto es lo que convence. Y no hay nada más concreto que una cifra.

Cuatro años de cielo

Hay un número que no es de pérdida sino de tregua, y le tengo un cariño especial.

En «Un invitado VIP cortando cebolla», el narrador vuelve a los infiernos después de cuatro años como invitado VIP en el cielo. Cuatro años. Me encanta la precisión de esa estancia, como si el cielo fuera un hotel con pulsera de todo incluido y hubieran venido a avisarle de que se le acabó la reserva. No dice «una temporada» ni «un tiempo». Dice cuatro, como quien mira el contrato.

Y lo bonito, para mí, es que el número convierte la felicidad en algo que se puede medir y, por tanto, en algo que se termina. Cuatro años de cielo valen más precisamente porque tienen fecha de salida. Si fueran infinitos no habría canción. Habría folleto de agencia de viajes.

Esa cifra la escribí con una sonrisa torcida. Cuatro años bien vividos y luego, otra vez, a cortar cebolla.

Siete

Si tuviera que elegir el número de mi catálogo, sería el siete.

Fotogramas del videoclip oficial de «3 años de garantía», de Mike Sain't Louis

No lo había contado nunca hasta ahora y me he quedado un poco blanco. El siete aparece por todas partes. En «Una obra de teatro», alguien se entera de que lo que creía una relación era una función y se pregunta, sin poder creérselo: «¿Siete años en un escenario?». En «Carta de recomendación», el narrador avisa a la siguiente pareja de que a los siete años la tirarán como una colilla. En «El castigo más duro», los siete años hay que borrarlos de todas las nubes posibles. En «Los ojos de Eduardo Casanova» la cuenta se hace en voz alta, de uno a siete, como en el escondite. En «Esperma» y en «Un puñetazo al día» vuelven otra vez los siete años, con otro tono cada vez.

No voy a contar aquí lo que hay detrás de ese número, porque las canciones ya lo cuentan a su manera y porque no todo tiene que estar en un post. Pero sí puedo decir lo que hace el siete como palabra.

Siete es un número largo para una relación y corto para una vida. Es lo bastante grande para que duela haberlo perdido y lo bastante pequeño para que se pueda decir en una sola sílaba de más. Siete años caben en un verso. Diecisiete no cabrían igual.

Y tiene algo de bíblico, además, que a mí me hace gracia: siete plagas, siete pecados capitales, siete vidas. Hay números que vienen con su propia mitología. Yo la aprovecho sin pedir permiso.

Los números que se borran

Me quedo un momento en «El castigo más duro», porque ahí hay una forma de contar que me parece muy de ahora.

Los siete años no se cuentan con un calendario: se cuentan con servicios en la nube. iPhone, Google Fotos, Movistar Cloud, OneDrive. La lista de sitios donde hay que entrar para borrar a alguien. Eso, para mí, es una cifra aunque no tenga números: es la medida exacta de cuánto ocupa una persona en tu vida digital. Cuatro plataformas. Gigas y gigas de fotos de cumpleaños y de playas.

Hace cuarenta años, una ruptura se medía en cajas de cartón. Ahora se mide en almacenamiento disponible.

Y lo que me parece más triste de todo es que borrar sea un trámite. Que haya que ir de app en app, como de ventanilla en ventanilla, pidiendo que te devuelvan el espacio que ocupaba otro.

Treinta y cinco, cincuenta y tres

El número más cómico que he escrito nunca es una edad dicha al revés.

En «Carta de recomendación», el personaje dice que va a cumplir treinta y cinco. El narrador le corrige: cincuenta y tres. Las mismas cifras, en otro orden. Me sigue pareciendo la mentira más vaga del mundo y por eso me encanta. Ni siquiera se ha esforzado en inventar.

Lo que hace ese chiste es enseñar que los números también mienten, y que mienten de una forma muy particular: con cara de verdad. Una cifra parece objetiva. Si alguien te dice «tengo treinta y cinco», no piensas en metáforas. Te lo crees o no te lo crees. Y cuando descubres que era mentira, la mentira duele más porque venía disfrazada de dato.

La misma carta va soltando más cifras con aspecto de informe pericial: el presupuesto de seis mil euros para arreglarse la boca, el uno setenta y cinco que no es tal gracias a unas plantillas, el sueldo de mil euros de alguien que se cree ejecutivo. Ya conté en otro post por qué escribí «Carta de recomendación» como un papel oficial. Aquí solo quiero señalar que, sin esas cifras, el papel no tendría gracia. El chiste no es que el ex mienta. El chiste es que miente en euros y en centímetros.

Diez por ciento verdadero

Hay una canción mía que es directamente un análisis de laboratorio. Es «Doña Rogelia».

Ahí el personaje queda reducido a porcentajes: «diez por ciento verdadero, noventa por ciento falso». Y luego, por si no quedaba claro, otra vez: diez por ciento original, noventa por ciento falsificación. Es como la etiqueta de composición de una prenda barata. Diez por ciento algodón, noventa por ciento poliéster. Lávese a mano y no se fíe.

Me gusta escribir así porque el porcentaje tiene una frialdad que el insulto no tiene. Llamar falso a alguien es una opinión. Decir que es falso en un noventa por ciento suena a resultado de un análisis. Suena a que alguien ha ido con una probeta y lo ha medido.

Es mentira, claro. Nadie lo ha medido. Pero la exageración, si viene con decimales, se ríe más fuerte.

Ni un tres por ciento

Y luego está mi porcentaje favorito, que no es un chiste sino una pregunta.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Fallar de noche y de día, ha sido desde que Ha cumplido la garantía.» de «3 años de garantía»

En «Me rindo», después de mucho intentar entender a alguien, sale esta: «¿En serio, a las personas narcisistas no os duele la sangre ni un tres por ciento?». En la misma canción, el narrador cuenta que ha diseccionado su propia personalidad en cuarenta partes para encontrar el fallo.

Cuarenta partes y un tres por ciento. Esas dos cifras juntas son, para mí, la descripción más exacta que tengo de lo que es intentar razonar con alguien que no siente. Tú te partes en cuarenta trozos para analizarte. Al otro no le pides ni el cien por cien, ni el cincuenta, ni el diez: solo un tres. Una miseria. Y ni eso.

Esa línea me hace reír por lo ridículo del porcentaje y a la vez me deja frío. Ahí está mi forma de escribir entera: el chiste del tres por ciento y la pena de que haga falta pedirlo.

Tres mil euros en la cara

No todos mis números son de desamor. Algunos son de pura comedia de barrio, de amiga sincera en la terraza.

En «Toxina coreana», la amiga del alma suelta la cifra exacta de la inversión: «Llevas inyectados tres mil euros en la cara». Y luego llega la confesión de que la amiga embotada es quien habla. Me encanta que el número esté ahí, a la vista, como el precio en una etiqueta que alguien se ha olvidado de quitar. Tres mil euros: ni mucho ni poco. Lo justo para que sea creíble. Si hubiera puesto un millón, no tendría gracia. Si hubiera puesto cien, tampoco.

Hay una regla que voy aprendiendo con los años: el número gracioso es el número verosímil. El absurdo total no hace reír tanto como lo casi posible.

Veinte años

El veinte es el otro número que se repite mucho en mi catálogo. Pero su tono es distinto del siete.

En «Tengo argumento», alguien iba a casarse con su novio de hace veinte años y al final lo manda a freír espárragos porque no quería un trío con María, esa María que no es la de las galletas ni la religiosa. En «La ley de la exageración», veinte años de vida pasan del tirón. En «El productor de Madonna no compra en Mercadona», la reina sigue donde sigue desde hace veinte años. En «Elon Musk ha anunciado», alguien propone volver a los veinte.

El siete es el número de la herida. El veinte, de la nostalgia y la guasa. Es el número de lo que dura mucho, de lo que ya es casi una institución: un novio de veinte años, una carrera de veinte años, una diva de veinte años en lo alto.

Y también es, si lo pienso, el número de la edad que se tenía cuando todo empezó. Volver a los veinte. Ese deseo imposible que todo el mundo ha tenido alguna vez delante de un espejo con mala luz.

Veinte estados vistos

Hay otro veinte en mi catálogo, y es el más triste de todos aunque suene a broma.

En «El segundo exacto» aparece la escena: «20 estados vistos en Whatsapp, mi novio, su madre, mi hermana, mi suegro, mi ex. Ni un solo 'me gusta'». Veinte personas mirando y ninguna reaccionando. Es una estadística de soledad. Lo puse con el número en cifras, además, como sale en la pantalla del móvil, porque así lo ve uno: no como una palabra sino como un contador.

Esa es otra cosa que me gusta de los números. Que te dejan decir cosas muy duras con cara de neutralidad. No hace falta escribir «me sentí ignorado». Basta con dar la cifra y dejar que el oyente haga la cuenta.

Veinte estados vistos. Cero me gusta. No hace falta nada más.

Noventa y tres en vez de trece

Hay un número que es casi mi currículum. Está en «El productor de Madonna no compra en Mercadona»: noventa y tres canciones en vez de trece.

Collage con un detalle de la carátula de «3 años de garantía» y las carátulas de «El anillo de casado», «Una obra de teatro», «El castigo más duro», «Carta de recomendación»

Es una forma de contar, con cachondeo, la manera en que trabajo. Donde un disco normal tendría trece temas, mis cosas se desbordan. La trilogía GAYFOLK se fue llenando así, canción a canción, y en la discografía completa se ve el resultado: cientos de singles, cada uno con su portada, como una colección de cromos que nunca se termina.

Me río de mí mismo con ese número porque sé lo que tiene de exagerado. Nadie necesita noventa y tres canciones de nadie. Pero a mí me sale así. Escribo mucho, guardo poco en el cajón, y cuando una letra está terminada me pica que salga. Las letras las escribo yo, sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, y eso me permite que una idea no se quede años esperando a que haya presupuesto para un estudio.

Noventa y tres en vez de trece: es una queja, una presunción y una confesión a la vez. Como casi todas mis cifras.

Cinco horas para una nota

A veces el número es una distancia. Y la distancia, en una canción de amor, siempre es una prueba.

En «Mi novio de Albacete» alguien ha viajado cinco horas para dejar una nota. Cinco horas. Para una nota. Esa desproporción es lo que me hizo escribir la canción. Si hubiera viajado cinco horas para una boda, sería romántico. Para una nota, es otra cosa: es teatro, o es miedo, o es alguien que no sabe decir las cosas a la cara y necesita gastar media jornada en carretera para no tener que decirlas.

Los kilómetros y las horas son números muy de pueblo y de capital. Me suenan a autobús de línea, a estación de Méndez Álvaro, a bocadillo envuelto en papel de plata. Me gusta que mis canciones tengan esas cifras porque son las que mide la gente normal. Nadie en mi barrio dice «estamos a 250 kilómetros». Dice «son cinco horas».

Expediente cuatro nueve cinco

Vuelvo al principio, al número de expediente, porque es la cifra que mejor explica todo lo demás.

«3 años de garantía» cuenta la historia de un novio comprado por la tele como quien compra una aspiradora. Llega en veinticuatro horas laborables, se paga contra reembolso, viene con un mes de prueba y tres años de garantía. A los dos años y pico empieza a fallar, y a los tres se acaba la garantía y empieza el calvario. El narrador va a la oficina de consumo, pone una hoja de reclamaciones, y la administración le responde con un número.

Es la canción donde las cifras lo son todo. El amor como producto con fecha de caducidad. La pena como trámite. Y la respuesta oficial, que no consuela nada pero tiene muchos dígitos.

Cuando la escribí pensaba en lo absurdo de que todo, hasta el desamor, acabe en un formulario. Y en lo divertido que es ponerse a recitar números en una canción, que es lo último que se supone que hay que hacer en una canción. Mientras escribía esa letanía de cifras me imaginaba el tono de una centralita, de esas que te dicen que tu llamada es muy importante para ellos y te dejan veinte minutos con música de ascensor.

Es una de mis canciones más tontas. Y una de las que más me representan.

Mil, el número que no se cuenta

Al principio dije que las canciones de amor usan números de mentira, como mil besos. Tengo que confesar que yo también uso el mil. Pero lo uso de otra manera.

Ficha de la canción «3 años de garantía» con su carátula: disco «Single fuera de la trilogía», letra y producción de Mike Sain't Louis

Mi mil favorito es el de «La casa de los mil cadáveres». Ahí el número no mide nada: es un título de película de terror que yo me llevo a mi terreno, el de las relaciones que dejan el sótano lleno de restos. En «Antisocial», el mil es una preferencia: prefiero mil veces a mis animales antes que aguantar a según quién. Y en «Carta de recomendación» el mil es un sueldo, el de alguien que se cree ejecutivo.

El mil sale tres veces y cada vez es otro: uno de miedo, otro de rabia, el último de nómina.

Lo que tienen en común es que ninguno es romántico. Mi mil nunca son besos. Siempre son cadáveres, veces o euros. Supongo que eso dice algo de mí que prefiero no analizar en cuarenta partes.

Treinta insultos antes del café

Hay una cifra que sale en «Forocoches» y que me representa más de lo que me gustaría: el narrador se despierta entre treinta insultos y reproches.

Treinta. No uno, no «muchos». Treinta, como si alguien los hubiera contado al abrir el móvil por la mañana, todavía con las legañas puestas. Y luego, en la misma letra, la hora: las siete de la tarde, cuando por fin se acaba el día. Entre el treinta de la mañana y el siete de la tarde cabe una jornada entera de aguantar.

Es lo que pasa cuando publicas cosas en internet y lees los comentarios: acabas midiendo el día en notificaciones. Yo lo convertí en letra porque es lo que hago con casi todo. Si me escuece, lo cuento. Y si lo cuento, le pongo número.

En «Tu mendigo» el número es doce: doce años enteros perdidos. Ahí no hay chiste. Es una de esas cifras que se dicen bajito.

Por qué cuento

Si tuviera que resumir por qué hay tantos números en mis letras, diría tres cosas, pero como las tríadas me dan alergia diré solo una.

Cuento para no exagerar.

Suena raro viniendo de alguien que tiene una canción entera sobre la ley de la exageración. Pero es verdad. Cuando quiero decir que algo fue muy largo, no digo «una eternidad»: digo «siete años». Cuando quiero decir que alguien miente mucho, no digo «es un mentiroso compulsivo»: digo «noventa por ciento falso». La exageración la pongo en la situación, en los personajes, en el drama. La cifra la dejo seca, exacta, verificable. Y es esa mezcla, el melodrama y la calculadora, la que hace que la cosa funcione.

Los números son el suelo. Encima se puede bailar todo lo que quieras.

La cuenta pendiente

Me queda una cifra que no está en ninguna letra y que quizá algún día escriba.

Es la cantidad de veces que he estado a punto de no publicar una canción por vergüenza. No la sé. Nunca la he contado. Sé que son muchas, más que siete y menos que noventa y tres. Sé que la mayoría de esas canciones al final salieron y que no se hundió el mundo.

Si quieres hacer tu propio recuento, todas mis letras están ordenadas en la sección de letras. Puedes ir de una en una, con un lápiz, apuntando los números que salen. Te advierto que el siete te va a aparecer más veces de las que esperas. A mí me pasó.

Y si al final te sale una cifra rara, no te preocupes. Mándala a consumo. Seguro que te dan un número de referencia.

Preguntas frecuentes

¿Qué número se repite más en las letras de Mike Sain't Louis? El siete, casi siempre en forma de «siete años»: aparece en «Una obra de teatro», «Carta de recomendación», «El castigo más duro», «Los ojos de Eduardo Casanova», «Esperma» y «Un puñetazo al día», entre otras.

¿En qué canción se recita un número de expediente? En «3 años de garantía», donde la oficina de consumo responde a una hoja de reclamaciones con su número de referencia. La letra está en gayfolkplanet.com/letras/3-anos-de-garantia.

¿De dónde sale «ni un tres por ciento»? De «Me rindo», en la pregunta «¿En serio, a las personas narcisistas no os duele la sangre ni un tres por ciento?». La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/me-rindo.

¿Quién escribe estas letras? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces de sus canciones se hacen con herramientas de inteligencia artificial.

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