
Por Mike Sain't Louis ·
Se te está cayendo el relato: negarse al papel de víctima que el ex había escrito
«Querido morenazo.» Dos palabras y ya tienes el tono. Es el encabezamiento de una carta formal, de las que empiezan con «Estimado señor», pero con un apelativo de terraza de verano y de silbido desde un andamio. La solemnidad y la guasa en el mismo saludo, como quien se pone corbata para ir a la playa.
Y justo detrás, la frase que sostiene toda la canción:
«Querido morenazo / Se te está cayendo / el relato»
Así empieza «Ese Pinocho nunca me comía el chocho». Con un título así ya imaginas que no es una balada para una boda. Pero antes del estribillo guarro, antes de la cerda vietnamita y del aviso de tráfico, hay una palabra que me interesa más que todas las demás. Relato.
La ficha de la canción ya cuenta lo que pasa: la carta, el estribillo, Vaca, El Médano, el consejo final. Aquí quiero hablar solo del relato. De ese guion que el otro escribe para ti cuando se va, con tu papel ya repartido, y de lo que pasa cuando te niegas a interpretarlo.
Una palabra de tertulia
«Relato» es una palabra que en España se ha puesto de moda en los últimos años, sobre todo en política. Los tertulianos de la radio de las mañanas hablan de «ganar el relato», «construir el relato», «imponer el relato». Ya no se discute sobre lo que pasa, sino sobre cómo se cuenta lo que pasa. El relato es la versión oficial, la que se repite hasta que parece la única.
Y meter esa palabra en una carta a un ex tiene muchísima gracia, porque convierte una ruptura en una rueda de prensa. Es como si el morenazo hubiera convocado a los medios para explicar su versión de la separación, con su atril y su vaso de agua, y yo le contestara desde la última fila levantando la mano: «Perdona, se te está cayendo el relato».
Pero debajo de la gracia hay algo muy serio. Porque los narcisistas, los manipuladores, los Pinochos de la vida, viven de eso. Del relato. De contar la historia antes que tú y de contarla de forma que tú salgas mal. Y la frase de la canción no le discute los hechos. Le dice algo peor: que su versión se está viniendo abajo sola, como un decorado de cartón piedra cuando llueve en una verbena.
El guion que había escrito
Lo mejor es que la canción te enseña el relato del otro. Te lo copia, casi palabra por palabra, para que veas lo que esperaba:
«Te habías pensado / Que iba a estar / Destrozado»
Y después sigue la lista, que leída de un tirón es un casting completo: débil, traumatizado, pidiéndote que vuelvas, llorando, alcoholizado, desesperado. Seis rasgos de personaje, como en una ficha de actor para una telenovela de sobremesa. El papel estaba escrito y repartido. Solo faltaba que yo me lo aprendiera.
Fíjate en una cosa: ese relato no es una descripción de cómo estaba yo. Es una descripción de cómo él necesitaba que yo estuviera. Para su historia, yo tenía que estar destrozado. Porque si yo estaba destrozado, él era importante. Si yo lloraba, él era deseado. Si yo le pedía que volviera, él tenía el poder de decir que no. Todo el relato está montado para que él quede bien.
Es la trampa de muchas rupturas con este tipo de gente. Te asignan un papel, y si no lo interpretas, se enfadan más que si les insultas. Porque les estás estropeando la función.
Seis adjetivos de telenovela
Vuelvo a la lista del relato, porque merece una lectura lenta. Destrozado, débil, traumatizado, llorando, alcoholizado, desesperado. Si la lees despacio, es casi una escalera. Cada peldaño baja un poco más.

Destrozado es el primero, el general, el que dice todo el mundo. «Estoy destrozado», como quien dice «estoy cansado». Es el titular.
Débil ya es un juicio. No describe cómo estás, describe lo que eres. Y aquí se ve la mano del que escribe el relato, porque «débil» es una palabra que nadie se pone a sí mismo. Te la ponen.
Traumatizado es la palabra de la tele de tarde, la que usan los colaboradores para hablar de la concursante que ha salido llorando del reality. Tiene algo de diagnóstico de plató. Es el morenazo haciendo de psicólogo de tertulia.
Llorando es el gerundio, la acción en marcha, la imagen. Ya no es un estado: es una escena con lágrimas, para que el público la vea.
Alcoholizado es el escalón de la vergüenza. El de la botella en la mesilla, el de los mensajes a las cuatro. El relato no se conforma con que estés triste. Quiere que estés hecho un trapo.
Y desesperado es el final de la escalera. El sótano. El sitio donde ya no te queda dignidad y suplicas.
Seis adjetivos para un solo personaje. Si fuera una telenovela venezolana de las que daban en la sobremesa de los noventa, serían los seis capítulos de la caída de la protagonista antes de que aparezca la gemela malvada. El morenazo había escrito una serie entera. Y la canción la cancela en el primer episodio con un «vaya sorpresa».
Me hace gracia lo trabajado que estaba el guion. Uno no se imagina con tanto detalle la ruina del otro si no la desea un poquito.
Una carta para leer en voz alta
La canción tiene forma de carta, y una carta tiene una relación especial con el que la lee. No es un grito en la pista ni un susurro en la oreja. Es un texto que alguien abre, despliega y lee, a veces en voz alta para que lo oigan los demás.
Me gusta imaginar esta carta leída así. En un salón, delante de los amigos comunes, con el tono solemne de quien lee un testamento en una película de Berlanga. «Querido morenazo.» Pausa. «Se te está cayendo el relato.» Risas en la sala. Y el morenazo, si estuviera presente, sin saber dónde meterse, con la nariz de Pinocho creciéndole por momentos.
Esa es la fuerza de la forma carta: convierte la despedida en un acto público. El relato del ex circulaba en privado, de boca en boca, en el grupo de WhatsApp. La carta lo saca a la luz y lo lee delante de todos. Ya no hay versión oficial. Hay dos versiones, y la segunda tiene mejores chistes.
El casting que no pasé
Cuando escribo, me gusta pensar en las letras como escenas, y esta escena es un casting. Imagínate la sala de audiciones, con su mesa larga, su botella de agua y el morenazo de director con las gafas en la punta de la nariz. Llama al siguiente. Entro yo. Y en lugar de llorar sobre el texto que me ha dado, digo: «¡Vaya sorpresa!».
«¡Vaya sorpresa! / Morenazo»
Esa exclamación es el momento en el que el actor rompe el guion. No llora, no suplica, no se tira al suelo. Se sorprende. Y la sorpresa no es suya: es del otro. La sorpresa es que el papel no se va a interpretar.
Me encanta que la canción use una expresión tan de diario como «vaya sorpresa», la que dices cuando te encuentras al vecino en el ascensor o cuando te suben la cuota del gimnasio. Nada de grandes declaraciones de independencia. Nada de «soy libre» con fuegos artificiales. Un «vaya sorpresa» con la ceja levantada, y otra vez el apelativo, morenazo, que a estas alturas ya suena a mofa.
El papel de víctima se queda sin actor. Y una obra sin protagonista no se estrena.
No voy a mentir, tú sí
Hay un verso poco después que me hace mucha gracia por cómo está construido. La canción dice que no va a mentir, que eso lo hace él, y que no va a decir que está encantado. Lo parafraseo para no copiarte media letra, pero el giro es este: no voy a mentir, tú sí.

Es una frase con trampa. Empieza como una confesión honrada, como quien dice «no te voy a engañar», y a mitad cambia de dirección y se convierte en una acusación. Tres palabras de sinceridad y dos de navaja. Me gustan mucho estas frases que dan un volantazo a mitad, porque imitan cómo hablamos de verdad cuando estamos enfadados: empezamos educados y acabamos sacando la uña.
Y además, la frase es honesta por los dos lados. No dice «estoy fenomenal». No finge una felicidad de anuncio de yogur. Dice que no va a mentir diciendo que está encantado. O sea, que no está encantado. Que la ruptura le ha dolido. Pero entre «no estoy encantado» y «estoy destrozado, débil, traumatizado, llorando, alcoholizado y desesperado» hay mucha distancia. Y en esa distancia vive la canción.
Esto me parece importante, porque a veces se confunde no ser víctima con no sentir nada. Y no es eso. Se puede estar fastidiado sin interpretar el papel que el otro te ha escrito. Se puede estar triste sin llamarle a las cuatro de la mañana.
Pinocho
El estribillo, que da título a la canción, llama al ex Pinocho. Es la imagen más obvia del mentiroso, la del muñeco al que le crece la nariz, y por eso funciona. No hace falta explicarla. Cualquier niño de cualquier colegio de España sabe lo que significa.
Pero en esta canción Pinocho tiene un matiz que me gusta. Pinocho es un muñeco de madera que quiere ser un niño de verdad. Es un ser fingido que aspira a ser real. Y el morenazo de la canción es eso: alguien que ha construido un relato tan fingido como la madera, con la nariz creciendo a cada frase. El relato se le cae precisamente porque es de madera. Porque no aguanta la humedad de la realidad.
Y luego la rima del estribillo, que es de patio de colegio y no pienso disculparme por ella. Pinocho, chocho. Es lo que tiene la rima fácil: entra a la primera y no sale nunca. La queja es muy adulta, de cama, de pareja, de lo que se daba y lo que no se daba. Pero la forma es infantil, de cancioncilla para burlarse de alguien en el recreo. Y esa mezcla de queja adulta y forma infantil es mi manera de quitarle importancia a algo que la tuvo.
No lo explico más, que la ficha ya lo hace y la canción lo grita.
La cerda vietnamita
Hay un momento de la letra que es mi favorito, y no tiene nada que ver con el relato. O sí. La canción dice que ya tuve una cerda vietnamita, que se llamaba Vaca, y que muchas veces la echo de menos. Y que por eso no quiero en mi casa otro gorrino. O mejor dicho, marrano, que parece que es como le llaman todos en El Médano.

Esto lo cuenta la letra, y no voy a añadir más detalles que los que hay en ella. Pero sí te digo por qué me gusta tanto: porque es lo contrario del relato que él había escrito. En su relato, yo estaba destrozado por él. En la canción, a quien echo de menos es a una cerda vietnamita llamada Vaca. El ex no es ni el primer cerdo de mi vida. Y encima, el anterior era mejor.
Es el insulto perfecto porque no grita. Compara. Y en la comparación, el morenazo sale perdiendo contra un animal de compañía con nombre de otro animal.
Si eso no es tirar abajo un relato, que venga Vaca y lo vea.
Morenazo, otra vez
Una última cosa sobre el apelativo, porque aparece dos veces y no por casualidad. «Morenazo» es un piropo. Es lo que le grita una señora a un chico guapo desde un balcón de Triana, o lo que le dice la amiga de tu madre al verte en la comunión de tu prima. Tiene un aumentativo, ese «-azo», que lo hace más grande, más rotundo, como «cochazo» o «casoplón».
Y en la canción el piropo se usa para lo contrario. Para tratar con guasa a alguien que ya no impresiona. Es el piropo devuelto al remitente, como un regalo que no te gusta y que devuelves con el ticket. Cada vez que la carta dice «morenazo», el aumentativo pesa un poco más de ironía, hasta que al final suena casi a «pobrecillo».
A mí me encanta escribir así, cogiendo palabras bonitas y poniéndolas a trabajar del revés. Es más elegante que un insulto. Y escuece más, porque el otro no puede quejarse: técnicamente le estás llamando guapo.
Precaución, amigo conductor
El cierre de la canción tiene un guiño que cualquiera que haya crecido en España con la radio del coche reconoce al instante: precaución, amigo conductor. Es la frase de los avisos de tráfico, la del locutor que te avisa de un accidente en la A-6 o de niebla en el puerto de Somosierra. Y la canción la recicla para un aviso de salud sexual: que parece que el morbo no se lleva bien con el condón.
Desde la idea del relato, este final es interesante. Porque es la única parte de la canción que no va dirigida al morenazo. O no solo. Es un aviso para todo el mundo, como los de la radio. Es como si, después de leer la carta, me girara hacia el público y dijera: «Y a los demás, cuidado». El relato del ex se ha caído, y lo que queda en el suelo, entre los escombros, es un consejo de servicio público.
Me gusta que una canción tan bestia acabe cuidando a alguien. Aunque sea con la voz de la DGT.
Por qué el relato se cae solo
Vuelvo a la frase del principio, porque hay un detalle de gramática que me parece lo mejor de todo: «se te está cayendo». No dice «te estoy tirando el relato». No dice «voy a destruir tu versión». Dice que se está cayendo, en gerundio, en pasiva refleja, como si nadie lo empujara.
Y es así. Los relatos falsos no hace falta derribarlos. Se caen solos, con el tiempo, como los yesos de un techo con goteras. Yo no tengo que hacer nada más que no interpretar mi papel. Si no lloro, si no suplico, si no vuelvo, el relato se queda sin su pieza central y se viene abajo por su propio peso.
Hay una canción mía que lo dice con otra palabra, «Karma»: que todo llega. Aquí no hace falta esperar al karma. El relato se cae en directo, mientras se escribe la carta. Es un karma exprés, de los de entrega en el día.
En el blog hay un texto sobre el día de la liberación y el día siguiente, que va de lo que pasa después de salir de algo. Esta canción está en ese día siguiente. No en el de la gran fiesta, sino en el de la mañana tranquila en la que te das cuenta de que no estás destrozado, y de que eso le fastidia más al otro que cualquier insulto.
No contact, versión española
Hay otra canción de la trilogía que va por el mismo camino, pero en inglés y en la pista de baile: «No contact». Ahí la idea es cortar todo contacto y bailar sin mirar atrás. Es la versión de discoteca, con luces y spanglish.

«Ese Pinocho» es la versión de sobremesa. No hay pista ni luces. Hay una carta, un querido morenazo y un hasta nunca y adiós al final, que es la despedida más de abuela que existe. Las dos canciones dicen lo mismo, que no vas a volver, pero una lo baila y la otra lo escribe con letra de colegio de monjas y mala leche de mercado.
Me gusta tener las dos. Hay días para bailar el no contact y días para escribirlo a mano. Y los dos sirven igual de bien para no coger el teléfono cuando aparece su nombre en la pantalla a las tres y media de la madrugada.
El relato propio
Y aquí viene lo que, para mí, es el fondo de todo esto, y me pongo serio un momento.
Cuando alguien te ha manipulado, te ha robado también la capacidad de contar tu propia historia. Durante mucho tiempo, la versión que circula es la suya. En el grupo de amigos, en la familia, en tu propia cabeza. Y lo más difícil de salir no es irse de la casa. Es recuperar el derecho a contar lo que pasó con tus palabras.
Una canción es eso. Un relato propio. Puesto en una plataforma, con su título, su carátula y su letra publicada, donde cualquiera la puede leer. Es mi versión, firmada y con fecha. Y la escribo yo: las letras son mías, sin inteligencia artificial; la música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno, porque soy letrista, compositor y productor y no pongo la garganta. Pero el relato, el de verdad, el que se queda en pie, es mío.
Por eso me río de mis ex en las canciones, como cuento en este otro texto. Hacer gracia es lo de menos. Me río porque reírme es la forma de contar que me sale más honesta. Y porque un relato que hace reír es mucho más difícil de tirar abajo que uno que da pena.
Querido morenazo
Para terminar, me sale contestar con su propio formato, el de la carta. Así que ahí va, en prosa y sin rima, la posdata que no está en la canción:
Querido morenazo: el relato se te ha caído. No hizo falta empujarlo. Yo solo no me aprendí el papel. No estoy destrozado, ni débil, ni traumatizado. No te he llamado llorando a deshoras. No me he alcoholizado por ti. Echo de menos a Vaca, que era mejor compañía. Y te deseo, de corazón, que tengas precaución en la carretera, que parece que el morbo y el condón no se llevan.
Hasta nunca y adiós.
La canción la tienes en la lista de singles y la letra completa en la página de letras. Léela en voz alta, con tono de rueda de prensa. Ya verás cómo se cae el relato.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Ese Pinocho nunca me comía el chocho»? Es una carta de despedida a un ex que esperaba que el narrador quedara destrozado y le pidiera volver. La letra rechaza ese papel desde la primera línea: «Querido morenazo, se te está cayendo el relato».
¿Quién escribió la canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.
¿Qué significa «se te está cayendo el relato»? Que la versión que el ex había construido de la ruptura, con el narrador en el papel de víctima, se viene abajo sola en cuanto este se niega a interpretarla.
¿Dónde se puede leer la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/ese-pinocho-nunca-me-comia-el-chocho. La ficha está en mikesaintlouis.com/blog/ese-pinocho-nunca-me-comia-el-chocho.