Saltar al contenido
← Canción a canciónRecortar a tu madre del selfie: el duelo en blanco y negro del falso amore

Por ·

Recortar a tu madre del selfie: el duelo en blanco y negro del falso amore

Una madre recortada. Ahí, en el borde de una foto, se queda un trozo de hombro, un pendiente, medio flequillo de peluquería de barrio. Lo demás ha desaparecido con dos dedos sobre la pantalla del móvil. Y en el centro, él. Guapísimo. En blanco y negro, que es el color oficial del sufrimiento en Instagram.

La canción *Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca* empieza con esa escena. Antes de los bañadores, antes del cajón vacío, antes del estribillo con su «das asco», hay una foto. Y para mí esa foto es lo más afilado de toda la letra, porque en un solo selfie cabe todo un manual de cómo se pasa un duelo cuando el duelo es para el público.

La ficha de la canción ya cuenta la historia completa: las pruebas, las velas de la tarta, los ojos de catálogo. Aquí no voy a repasarla entera. Aquí me quedo con la foto. Con la tijera. Con el filtro.

Una semana, que es lo que dura un yogur abierto

La letra arranca en prosa, como quien empieza a contar algo en la barra con el dedo levantado. Copio el arranque recortado, que la frase completa es larguísima:

«Para empezar, si ya habíamos roto desde hacía una semana, y tan mal lo estabas pasando, que tú también habías estado llorando y tenías fatal los ojos.»

Una semana. Es el dato que pone el reloj en marcha. Una semana es poquísimo. Es lo que tarda en ponerse malo un yogur abierto en la nevera. Es lo que dura un resfriado bien llevado. Es lo que tarda Correos en traerte un paquete que venía de Valladolid. Y en esa semana, según la letra, él había estado llorando, lo había pasado fatal, tenía los ojos hechos polvo.

El «para empezar» es puro tono de denuncia vecinal. Es lo que dice tu tía cuando va a enumerar los defectos de la nuera: «para empezar, no saluda». Ya sabes que detrás viene una lista. Y el primer punto de la lista es este: lo de los ojos. Lo del llanto. Lo del sufrimiento.

Porque en la frase siguiente, el sufrimiento se va a hacer una foto.

La tijera digital

Lo que pasa después lo parafraseo, que la letra está ahí para leerla entera: en el selfie salía muy guapo, se había tomado la molestia de recortar a su madre, que estaba al lado, y por si fuera poco le puso un efecto en blanco y negro.

Tres gestos. Hacerse la foto. Quitar a la madre. Ponerle el filtro.

Cada uno tiene su miga, así que voy por partes, como en las autopsias de CSI.

El primero, la foto, es normal. Todos nos hacemos fotos. Hasta los que sufren. Lo que no es tan normal es que, en plena semana de llanto, la foto te pille guapísimo, con los ojos que deberían estar hinchados como dos cruasanes de gasolinera y que en el selfie no se notan nada. Ahí ya hay una pequeña contradicción, de esas que el que escribe la letra apunta en la libreta mental con un asterisco.

El segundo gesto es el que me tiene loco. Recortar a la madre. Piénsalo un segundo. Había una foto con su madre. Una foto de familia, con su señora al lado. Y para colgarla, para que el mundo viera lo mal que lo estaba pasando, la madre sobraba. No pegaba con el personaje. Una madre al lado te convierte en un hijo; sin ella eres un hombre melancólico frente al abismo. Así que fuera. Zas. Dos dedos y la madre al limbo de las fotos recortadas, junto con los ex y los cuñados.

Hay algo que me da muchísima risa y a la vez un poco de pena en esa madre recortada. Ella no sabe nada. Ella se puso el pendiente bueno para la foto.

Y el tercer gesto, el filtro en blanco y negro, es el remate. El blanco y negro es el traje de luto de las redes. Si pones una foto en color, es una foto. Si la pones en blanco y negro, es una declaración. Significa: «estoy pensando cosas profundas», «la vida me ha golpeado», «no me habléis, que estoy en mi época Bergman». Es el filtro de los poetas de Instagram y de las cuentas de frases de Paulo Coelho.

Duelo de escaparate

Lo que retrata la letra con esa foto es una cosa que tiene nombre en muchos sitios, aunque yo prefiero no ponérselo con palabras de manual: el duelo de escaparate. El sufrimiento montado para que lo vean. La pena como contenido.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Celebramos tu cumpleaños y en la tarta había unas velas que ponían treinta.» de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»

No digo que la gente que sube fotos tristes después de una ruptura sea falsa. Ni mucho menos. Cada uno se desahoga como puede, y si a alguien le alivia colgar una foto con un filtro gris y una canción de Rosalía de fondo, adelante. El problema, en esta canción, es la suma. La foto guapísima, la madre recortada, el filtro, y el contexto: hacía una semana que habían roto y él decía estar fatal. Cuando todas las piezas se juntan, el escaparate se ve como lo que es: un escaparate.

Y lo que hay en el escaparate no es la pena. Es él.

Piensa en un escaparate de verdad, uno de la calle Preciados en rebajas. Hay maniquíes colocados con mucho cuidado, una luz que favorece, un cartel que dice «hasta el 70 %». Todo está pensado para que lo veas desde fuera, a dos metros, con prisa. Si entras en la tienda, la cosa cambia: las tallas no están, la camisa del maniquí lleva alfileres por detrás y la dependienta tiene cara de llevar nueve horas de pie. El escaparate es la versión editada. La tienda es la verdad.

El selfie en blanco y negro es el escaparate de la ruptura. La letra es la tienda por dentro, con sus alfileres.

En el blog hay un texto que se llama pequeña tipología cómica de exnovios, y si tuviera que añadirle una ficha, sería esta: el exnovio de escaparate. El que sufre en público, sale guapo en el sufrimiento y recorta a quien haga falta para que la composición quede limpia. Lo reconocerías en cualquier terraza de la calle Fuencarral: gafas de sol en noviembre y mirada perdida hacia la boca del metro.

Lo que no sale en la foto

Lo bonito de una foto recortada es que lo recortado no desaparece. Sigue existiendo. Solo que fuera del encuadre.

Y la letra, a partir de ahí, se dedica justamente a eso: a contar lo que no sale en la foto. Los bañadores de marca que se ha llevado para lucirse en la playa. El cajón vacío. Las velas de la tarta. Los ojos azules. La supuesta nacionalidad. Todo lo que el selfie en blanco y negro deja fuera, la canción lo vuelve a meter en el cuadro, como quien coge la tijera al revés y pega con celo los trozos que habían quitado.

Me gusta pensar la canción así: como un selfie restaurado. Él recortó a su madre para salir solo y guapo. La letra le devuelve a la madre, los bañadores, la tarta, las lentillas, el pasaporte de medio italiano y a todos sus supuestos mejores amigos. La foto completa. A todo color.

Eso es, en el fondo, lo que hace una buena parte de mis letras de ex: restaurar la foto que el otro había recortado. Lo cuento en otro texto del blog, el de por qué me río de mis ex. Me río porque reírme me deja mirar la foto entera sin apartar la vista.

El llanto como coartada

Vuelvo al principio, a los ojos fatal. Porque hay una cosa que la letra hace muy bien y que se nota solo a la segunda lectura: no niega que él llorara. No dice «mentiroso, no lloraste». Dice que, si tan mal lo estabas pasando y tan fatal tenías los ojos, qué casualidad que en la foto salieras tan guapo.

Collage con un detalle de la carátula de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» y las carátulas de «Gaslighting», «Si Don Aussiebum hablase»

Es una forma muy española de pillar a alguien. No se le acusa de frente. Se le ponen dos datos uno al lado del otro y se deja que el público haga la cuenta. Como en las tertulias del corazón cuando el colaborador dice «yo no digo nada, pero ella estaba en Marbella y él también estaba en Marbella». No digo nada. Lo digo todo.

El llanto, en esta historia, funciona como coartada. Es lo que él cuenta para quedar de víctima en la ruptura: yo también he sufrido, yo también he llorado. Y la foto es la prueba que se le vuelve en contra. Porque el que llora de verdad no está para recortes. El que llora de verdad sale en las fotos con la nariz roja y el pelo como un estropajo, si es que sale.

Me hace gracia una cosa: a cualquier mortal, para salir guapo en un selfie, le hacen falta catorce intentos, la luz de la ventana de la cocina, no haber comido ajo, el brazo estirado como un orangután y la papada escondida. Él lo consiguió en plena semana de lágrimas. Un talento.

La foto como prueba falsa

Hay una canción en la trilogía que se llama «Gaslighting», y aunque no tiene nada que ver con bañadores, comparte con esta una idea de fondo: el otro te cambia la historia. Te dice que las cosas no pasaron como tú las viviste.

El selfie en blanco y negro es una versión pequeña de eso. Es una foto que cuenta otra historia de la ruptura: la del hombre destrozado, solo, profundo, en su época gris. Si tú no hubieras estado allí, te la creerías. Sus seguidores se la creen. Le ponen corazones, le escriben «ánimo, guapo», le mandan abrazos. Y tú, que sabes lo que pasó en esa casa, ves cómo la versión de la foto le gana a la tuya en número de likes.

Ahí está la rabia que alimenta la canción. No solo la de los bañadores. La de ver que tu historia la cuenta otro, y la cuenta mejor iluminada.

Por eso la letra va en prosa, con todos los detalles. Para que haya una versión con datos frente a la versión con filtro. Es la contrafoto.

Prosa en una canción

Esto me lleva a una cosa de oficio. Esta letra empieza en prosa, con frases largas que no riman, llenas de comas, como un mensaje de voz de cinco minutos transcrito. No es lo habitual en una canción. Lo habitual es el verso corto, la rima, el estribillo pronto.

Escribirla así tiene un precio: la letra pesa más, cuesta más seguirla, y cualquiera que espere una canción de verano se va a perder en la segunda coma. Pero tiene una ventaja que para esta historia era esencial: la prosa es el idioma de las pruebas. Las denuncias se escriben en prosa. Los informes de los peritos, también. Y las conversaciones de bar en las que pones a parir a un ex, con sus «para empezar» y sus «es más», también se hablan en prosa.

El verso viene después, en el estribillo, cuando ya no hay nada más que demostrar y solo queda el insulto. Primero la prosa que prueba. Después el verso que sentencia. Es el orden de un juicio.

Las velas que ponían treinta

Hay otro detalle de la letra que funciona como una segunda foto recortada, solo que con números:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «uses mis bañadores de marca para tus meneos, te has pirado de casa,» de «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»
«Celebramos tu cumpleaños y en la tarta había unas velas que ponían treinta.»

Y luego el ojo al dato de cotilla de programa de tarde: cumplía cincuenta.

Esto es lo mismo que la madre recortada, pero con la edad. Veinte años recortados de un soplido. Es la versión numérica del filtro: no quito a mi madre de la foto, me quito dos décadas de la tarta. Y lo hace delante de sus supuestos mejores amigos, que también estaban allí, comiendo tarta con las velas mentirosas, haciendo como que no.

Me hace mucha gracia ese «supuestamente» de los amigos. La letra no se fía ni de los invitados. Hace bien.

Si pones juntas las dos escenas, la de la tarta y la del selfie, se ve un patrón. No son mentiras grandes de película. No hay herencias falsas ni dobles vidas en Marbella. Son mentiras pequeñas, de imagen, de edición. Retoques. Es alguien que vive editándose a sí mismo como quien edita un vídeo para TikTok: quito esto, corto aquello, subo el brillo, bajo la edad, pongo el filtro.

En el blog hay un post sobre lo que TikTok y los shorts me enseñaron sobre las canciones. Ahí hablo de la edición desde el lado del que hace canciones. Esta letra va del lado oscuro de la misma herramienta: la edición aplicada a la propia vida para engañar al de al lado.

Das asco, y es lo más limpio de la canción

Después de toda esa prosa de detective, llega el estribillo, y el estribillo no edita nada:

«Amore, Sinceramente das asco / Das asco, ¡y estoy harto!»

Me encanta el contraste. Él lo filtra todo: su foto, su edad, sus ojos, su origen. Y la canción contesta con la frase menos filtrada del mundo. «Das asco.» Sin adornos ni recortes. Es una foto en color saturado, con flash directo, de las que se hacían con las cámaras desechables en las bodas de los noventa.

Y el «sinceramente» es oro. Porque en una canción sobre alguien que no es sincero ni con las velas de su tarta, la única persona que dice «sinceramente» es la que le está diciendo que da asco. La sinceridad cambia de bando.

Y luego está «amore», en italiano, que viene a cuento de la supuesta nacionalidad. Es un apodo cariñoso convertido en mote de burla. Como si dijeras «cari» con retintín. Lo cariñoso se queda, pero cambia el tono, y el tono lo es todo.

Mi madre no se recorta

Ahora me pongo un poco serio, que la canción también lo pide por debajo.

Recortar a una madre de una foto es un gesto pequeño, casi tonto. Pero dice mucho. Dice que, para esa persona, la gente que tiene alrededor es decorado. Que se puede quitar y poner según convenga a la imagen. La madre hoy, el novio mañana. Si la madre sobra en una foto para dar pena, el novio sobra en una semana para empezar de nuevo.

Por eso el selfie es la primera imagen de la canción. Porque es la prueba más pequeña y más clara de lo que viene después. Quien recorta a su madre para salir mejor no va a tener problema en llevarse tus bañadores para salir mejor en la playa.

Esto no es un chiste. Es un aviso: fíjate en cómo trata la gente a quienes no le sirven en la foto.

Y ahora vuelvo al chiste, que si me quedo serio mucho rato se me pone cara de documental de La 2.

El cajón y el encuadre

Hay un paralelismo que no planeé, pero que veo ahora al leer la letra entera en la página de letras: el selfie sin madre y el cajón sin bañadores son la misma imagen.

Ficha de la canción «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En los dos casos falta algo. En la foto falta la madre. En el cajón faltan los bañadores. Y en los dos casos lo que falta se lo ha llevado él para su propio lucimiento. A la madre la ha quitado para salir más trágico. Los bañadores se los ha llevado para salir más apetecible en la playa nudista y en la zona de cancaneo. El hueco que deja es la firma.

Si te fijas, la canción empieza con un hueco en una foto y sigue con un hueco en un cajón. Hay letras que se organizan por estrofas. Esta se organiza por huecos.

Y otra canción de la trilogía va justo de los bañadores desde el otro lado: «Si Don Aussiebum hablase», que le da la palabra a un bañador. Si pones las dos juntas, tienes la ruptura contada por el dueño y por la prenda. Una especie de Rashomon de la ropa interior.

El blanco y negro como escenario

Una cosa más sobre el filtro, porque me tiene obsesionado.

El blanco y negro tiene una historia larga y muy digna en la fotografía. Las fotos de los abuelos, el cine de antes, los retratos de estudio de los años cincuenta. Era lo que había. Y como era lo que había, se asoció a lo serio, a lo eterno, a lo que se queda. Hoy, cuando alguien convierte un selfie a blanco y negro, está pidiendo prestada toda esa dignidad. Está diciendo: «esta foto es importante, esta foto es para la posteridad».

Y la letra coge esa posteridad prestada y la pone al lado de unos bañadores robados y unas velas de cumpleaños falsas. Es la técnica más vieja del camp: poner lo solemne al lado de lo cutre y dejar que se estropeen el uno al otro. El retrato de estudio junto al slip de marca. El duelo eterno junto al cancaneo.

No sé si es lo más fino que he escrito. Sé que me reí cuando lo vi escrito.

La foto que yo subiría

Para cerrar, me pregunto qué foto subiría yo después de una ruptura, si tuviera que hacerlo. No una foto real: una imaginada, para jugar.

Saldría con mi madre. En color. Con el flash que te deja los ojos rojos. Con la nevera abierta detrás y una bolsa del Mercadona en la encimera. Sin recortar a nadie. Con un pie de foto que dijera «una semana» y nada más.

Y nadie la miraría, porque las fotos sin filtro no se comparten. Pero sería la foto completa.

Eso, al final, es lo que hace la canción. Coge el selfie en blanco y negro de otro y lo vuelve a poner en color, con la madre, los bañadores, la tarta, las lentillas y los amigos de la vela. Y luego, a todo volumen, le dice lo único que el filtro no puede tapar.

Das asco, amore. Sinceramente.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca»? De un ex que, una semana después de romper, sube un selfie guapísimo en blanco y negro tras recortar a su madre, se lleva los bañadores de marca y resulta haber mentido en su edad y en su origen. La canción lo cuenta con humor camp y un estribillo sin filtros.

¿Quién escribió la canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, escrita sin inteligencia artificial; la música y las voces están hechas con herramientas de IA como Suno.

¿En qué disco está? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Dónde se puede leer la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/un-falso-amore-se-ha-llevado-mis-banadores-de-marca. La ficha está en mikesaintlouis.com.

Compartir