
Por Mike Sain't Louis ·
Ordinaria y muy necesaria: el musical gay como autorretrato
Se apagan las luces. Suena una fanfarria de trompetas. Baja una escalera iluminada con bombillas de camerino. Y en lo alto, con plumas en la cabeza y lentejuelas hasta en las pestañas, aparece alguien que no pide perdón por existir.
Así me imagino cada vez «En un musical gay». No como una canción, sino como un número. El número de presentación de una revista de las de antes, de las del Paralelo de Barcelona o de los teatros de la Gran Vía, cuando la vedette bajaba la escalera y el público contenía el aliento.
La ficha de la canción ya cuenta sus reglas y su ex. Aquí quiero hablar de otra cosa: de cómo un género teatral, el musical gay, se convirtió para mí en una forma de hacerme un autorretrato. Y de por qué la regla más importante de la letra no es la del ex, sino la del miedo.
Las reglas de la casa (de la otra casa)
La canción está construida como un reglamento. En un musical gay hay que hacer esto. En un musical gay hay que ser así. En un musical gay no se puede aquello. Es como el cartel de normas que cuelga en la piscina municipal: prohibido correr, prohibido tirarse de cabeza, obligatorio el gorro.
Me gustan mucho los reglamentos en las canciones, porque son una forma de humor muy seria. Nadie se toma en broma un reglamento. Y precisamente por eso, cuando el reglamento dice cosas absurdas, la risa es doble. Tengo mis propias reglas de la casa colgadas en mi página de «Sobre», junto a la caja registradora: aquí se publica, la letra manda, cada canción su imagen. Son reglas de verdad, para trabajar.
Las de «En un musical gay» son otra cosa. Son reglas para vivir. O para sobrevivir en un escenario, que viene a ser lo mismo.
La revista, mi abuela del musical
Antes del musical gay, en España, estaba la revista. Y la revista es la abuela de todo esto, aunque a ella no le guste que se lo digan.
La revista era aquel espectáculo de varietés con vedettes, plumas, escaleras, chistes verdes y números musicales que llenaba los teatros de Madrid y de Barcelona durante décadas. El Paralelo barcelonés, con El Molino. Los teatros de la Gran Vía y de La Latina en Madrid. Vedettes como Lina Morgan, Norma Duval o Tania Doris, que bajaban la escalera con kilos de plumas en la espalda y una sonrisa que no se les borraba ni aunque se les rompiera un tacón.
La revista era, en apariencia, un espectáculo para señores heterosexuales que iban a ver piernas. Pero tenía un público secreto. Los que iban a ver las plumas, no las piernas. Los que se aprendían los números de memoria y luego los imitaban en el cuarto de su casa con una toalla en la cabeza a modo de tocado. Más de un marica español aprendió lo que era el camp en un patio de butacas de revista, antes de saber siquiera que la palabra existía.
Así que, cuando escribo «En un musical gay», no pienso en Broadway. Pienso en eso. En la escalera de la revista, en el chiste verde con doble sentido, en la vedette que guiña un ojo al público. Es una herencia muy nuestra, muy de aquí, que no necesita traducción.
Seis adjetivos en «-aria»
Hay un momento en la letra que me hace sonreír cada vez que lo leo. Es cuando el reglamento deja de hablar del ex y empieza a hablar de mí:

«En un musical Gay / también hay que ser como yo / bastante ordinaria, estrafalaria»
Y sigue: visionaria, revolucionaria, extraordinaria. Y, por supuesto, muy necesaria.
Seis adjetivos. Todos en femenino. Todos terminados en «-aria». Una escalera de palabras que sube como la escalera del musical, peldaño a peldaño, hasta el último, que es el que importa.
Fíjate en el orden. Empieza por abajo: ordinaria. Lo más bajo, lo más vulgar, lo que te dicen en el colegio para insultarte. «Qué ordinario eres». Luego, estrafalaria, que es lo que te dicen cuando te pones algo que no pega. Y a partir de ahí, la escalera sube: visionaria, revolucionaria. Y de repente, el juego de palabras: extraordinaria. Que es ordinaria con un «extra» delante. Lo mismo que el primer peldaño, pero con lentejuelas.
Y en lo alto de la escalera: necesaria.
Ese es el chiste y esa es la verdad, todo junto. Lo que empieza como insulto termina como necesidad. Lo ordinario se vuelve extraordinario sin cambiar de letras, solo añadiendo un prefijo. Como cuando una loca de pueblo se sube a un escenario y, sin cambiar nada de lo que es, se convierte en la estrella.
El femenino como vestido
Ya lo he contado en otros textos, pero lo repito aquí porque es importante para esta canción: el femenino, entre maricas, es un idioma. Cuando digo «hay que ser como yo, bastante ordinaria», no hay ningún error. Me pongo el femenino como quien se pone un vestido de lentejuelas para salir a escena.
En la calle, durante muchos años, el femenino era un insulto. «Nenaza», «mariquita», «hablas como una chica». Era lo que te gritaban desde la otra acera. Y lo que hicimos, como comunidad, fue lo mismo que hace la canción con «ordinaria»: cogerlo, darle la vuelta y ponérnoslo con orgullo. Llamarnos «ella», «la loca», «la reina», «hija mía», con una naturalidad que a los de fuera les descoloca.
En un musical gay, ese femenino es obligatorio. No se puede bajar la escalera iluminada en masculino neutro. No funciona. La escalera exige plumas, y las plumas exigen femenino.
No te puedes asustar
Y ahora, la regla que para mí es la más importante de todas:
«En un musical Gay / no te puedes / asustar / porque entonces no lo vas / a / disfrutar»
Fíjate en cómo está escrita en la letra publicada. Con cortes rarísimos. «A», sola en una línea. «Asustar», sola en otra. Como si la frase tuviera miedo de terminarse. Como si diera saltitos de claqué, un paso, una pausa, otro paso.
La regla es sencilla y es una filosofía entera: si te asustas, te lo pierdes.
Un musical gay es exagerado. Es impúdico. Es grosero a ratos y cursi a ratos. Tiene hombres con tacones de quince centímetros, chistes sobre pollas, canciones sobre corazones rotos con coreografía de abanico y, al final, un número con toda la compañía que te deja llorando sin saber por qué. Si entras con miedo a todo eso, con la mano en el bolso y la cara de quien ha entrado en el bar equivocado, no vas a disfrutar nada.
Y lo mismo pasa con la vida, claro. Con la vida marica en particular. Si te asustas de lo que eres, de tu pluma, de tu deseo, de lo que dirán en casa, te pierdes la función. Te quedas en el vestíbulo, mirando el cartel, sin atreverte a pasar.
Esta regla es la que me hubiera gustado leer con quince años. No la del ex. Esta. Escrita en grande, en la puerta del instituto, al lado del tablón de anuncios con las notas de la evaluación y los carteles de la excursión de fin de curso a Port Aventura.
Hay que ser un pelín marrano
La primera regla, la que abre la canción, es esta: en un musical gay hay que ser un pelín marrano.

Y me parece una regla muy sensata, la verdad. Porque el humor verde, el doble sentido, el chiste de cintura para abajo, es parte de la tradición desde siempre. Desde las coplas picantes que se cantaban en las tabernas hasta los números de revista con nombres que no se podían decir en la radio, la picardía ha sido el condimento de cualquier espectáculo popular en España.
Un musical gay sin un pelín de guarrería sería como una paella sin socarrat. Comestible, pero triste. Le faltaría el punto. Le faltaría ese momento en el que el público se mira entre sí, se tapa la boca y suelta una carcajada que no sabe si debería soltar.
Lo importante está en el «pelín». No dice «muy marrano». Dice un pelín. Una pizca. Lo justo para que pique. La guarrería, como el picante, hay que dosificarla, o el plato se convierte en otra cosa.
Y la letra, que es muy lista cuando quiere, usa esa regla para presentar al ex. Porque el ex, como veremos, no era un pelín marrano. Era marrano del todo. Y ahí está la diferencia entre el que hace un número y el que se convierte en el chiste.
El ex, en el escenario
Y luego está el ex, que aparece porque siempre aparece. Es mi sino.
La primera regla del musical es que hay que ser un pelín marrano. Y para ilustrarla, la letra saca a escena al novio de El Médano, un personaje que ya conocen quienes han escuchado otras canciones del planeta, como «Ese Pinocho nunca me comía el chocho», que es casi su secuela.
No voy a detenerme mucho en él, que bastante protagonismo ha tenido ya en mi catálogo. Solo quiero decir una cosa sobre el sitio donde aparece. Aparece en un musical. Y eso cambia todo.
Porque en un musical el villano no da miedo. El villano de un musical tiene su número, su canción, su coreografía, y el público se ríe de él. Es Úrsula en La sirenita, es la madrastra con su espejito, es el malo con capa que tropieza en la escalera. Meter a un ex en un musical es convertirlo en personaje cómico. Es ponerle bombín y bastón y hacerle bailar claqué mientras el coro de exnovios le señala con el dedo.
Hay un momento hacia el final de la letra en el que todos sus ex coinciden en algo y avisan: cuidado con ese. Y yo me imagino ese momento como un número coral de los grandes: diez maricas en fila, con boa de plumas, gritando a coro «¡cuidado con ese!» mientras él cruza el escenario de puntillas. Si eso no es justicia poética, que me devuelvan el dinero de la entrada.
Una tradición de lentejuelas
El musical como lugar queer no me lo he inventado yo. Viene de lejos.
Hay una tradición enorme de musicales que han sido, durante décadas, el sitio donde los maricas nos veíamos reflejados cuando no nos veíamos en ningún otro lado. Cabaret, con su maestro de ceremonias pintado como una muñeca. La jaula de las locas, con sus dos señores mayores y su hijo que quiere casarse con la hija de un conservador. Priscilla, reina del desierto, con su autobús rosa por el desierto australiano. Y aquí en España, La llamada, de Los Javis, que nació en un teatro pequeñito y acabó en el cine.
Por cierto, tengo una canción que se llama «Los Javis». No digo más.
Todos esos musicales tienen algo en común: convierten lo que fuera es una vergüenza en lo que dentro es un espectáculo. Lo que en la calle te costaba una paliza, en el escenario te costaba una ovación. Y eso, para un chaval que crece sin referentes, es oro. Es la prueba de que existe un sitio donde ser «demasiado» no es un problema, sino el billete de entrada.
Hablo más de esto en de la risa ajena a la risa propia, donde cuento cómo pasamos de ser el chiste de los demás a contar nosotros el chiste.
Del chiste al camerino
Ahora, un momento de silencio. De esos que hay en los musicales justo antes del último número, cuando se apagan las luces y solo queda un foco sobre una persona sola.

Detrás de tanta pluma hay algo que no tiene gracia. Mucha gente de mi comunidad se ha pasado la vida escuchando que era demasiado. Demasiado ruidosa, demasiado afeminada, demasiado exagerada, demasiado intensa. Demasiado. Y ese «demasiado» se acaba metiendo dentro, como una piedra en el zapato, y hace que te encojas, que bajes la voz, que te vistas de gris para no llamar la atención.
La canción dice lo contrario. Dice: sé ordinaria, sé estrafalaria, sé lo que te dé la gana. Que eres necesaria.
Profunda, lo que se dice profunda, no es. Es un número de revista con un ex marrano. Pero esa palabra del final, «necesaria», la escribí en serio.
Plumas y noria
La portada mezcla dos mundos que a mí me parecen el mismo. Un chico con chupa de cuero negra, camiseta blanca y barba, mirando a cámara muy serio, mientras a su alrededor vuelan plumas rosas como si alguien acabara de sacudir una boa de vedette. Detrás, de noche, una noria iluminada y las luces de una feria. Y arriba, en letras rosas de cartel de teatro, de esas con bombillas alrededor, EN UN MUSICAL GAY.
La feria y el teatro. La noria y la escalera. Las dos cosas son lo mismo para mí: sitios donde lo exagerado es lo normal, donde las luces brillan más de la cuenta y donde todo el mundo va a pasarlo bien sin preguntar demasiado. Me gusta que el chico de la portada no lleve plumas. Las plumas van por el aire, a su alrededor, como si fueran contagiosas. Como si bastara con estar cerca del musical para que se te pegara alguna.
Y su cara seria, en medio de tanta pluma, es el mejor chiste de la imagen. Es la cara del que ha venido a la feria sin querer y está a punto de rendirse.
La drag del pueblo
No puedo hablar de musical gay sin hablar de drag, porque son primas hermanas. Y en mi catálogo hay una figura que se repite: la primera drag. La que se atrevió antes que nadie, cuando atreverse todavía era un escándalo.
Tiene canción propia en mi catálogo, con un título que no admite dudas, «La primera drag de Benidorm», y un texto entero sobre el drag como fiesta y no como disfraz. Lo que defiendo en ese texto es que la drag no se esconde detrás del maquillaje. Se revela. El maquillaje no es una máscara: es un altavoz.
«En un musical gay» es, de alguna forma, el número que haría esa drag en su primera noche, en playback y con el corazón a mil. Con las piernas temblando y la peluca un poco torcida. Y con una regla en la cabeza: no te puedes asustar.
Una letra con acotaciones
Si lees la letra publicada, verás que está partida de una forma muy rara. Hay líneas de una sola palabra. «Marrano», sola. «Asustar», sola. «A», sola. «Como», sola. Y luego, de repente, una línea larga que lo cuenta todo de golpe.

No es un error de formato. O, si lo es, es un error que me gusta mucho. Porque convierte la letra en algo parecido a un guion de teatro. Cada corte es una pausa. Un golpe de bombo. Un momento en el que la vedette se detiene, mira al público y espera la risa antes de seguir.
En el teatro, eso se llama acotación: las instrucciones que el autor escribe entre paréntesis para decirle al actor qué hacer. «Pausa». «Mira al público». «Se le cae una pluma». La letra de «En un musical gay» tiene las acotaciones escondidas en los saltos de línea. Si la lees en voz alta respetando los cortes, sale sola la interpretación, con sus silencios y sus remates.
Es una forma de escribir que no uso siempre, pero que aquí tenía todo el sentido. Un musical se escribe para ser representado. Y una letra de musical tiene que traer el escenario puesto.
Entre «Mood» y «Chihuahua»
En el catálogo completo de gayfolkplanet.com, «En un musical gay» es la pista 230 de 273, y está en el primer disco de la trilogía, Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK.
Sus vecinas son de lo más coherente que tengo. Justo antes va «Mood», que es la canción de prepararse para salir, con su lista de palabras en inglés y su outfit. Justo después va «Chihuahua», que es, entre otras cosas, el animal más camp del reino animal: pequeño, tembloroso, con mala leche y siempre listo para salir en un bolso de marca.
Mood, musical, chihuahua. Si me pidieran resumir mi vida en tres canciones seguidas, no se me ocurriría un orden mejor. Me preparo, salgo a escena y vuelvo a casa con mis perros.
Lo que pongo yo
La letra es mía. Los seis adjetivos, la escalera de «-aria», el femenino, los cortes raros de línea que hacen que la frase dé saltitos, el ex en el escenario. La música y las voces de Planeta Gayfolk se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, y así lo digo siempre.
Lo que me gusta de hacerlo así es que me deja montar el musical que nunca podría pagar. No tengo orquesta. No tengo teatro en la Gran Vía. No tengo cuerpo de baile ni escalera iluminada. Pero tengo la letra, tengo la idea y tengo la portada. Y con eso, cada uno que la escucha se monta su propio teatro en la cabeza, con las plumas que quiera.
La regla para la salida
Si sales de casa esta noche, o de una relación, o del armario, o de cualquier otro sitio del que cueste salir, llévate solo una regla de esta canción. No la del ex. No la de ser marrano. La otra.
No te puedes asustar.
Porque si te asustas, no lo vas a disfrutar. Y te mereces disfrutarlo. Con plumas o sin ellas. Bajando la escalera o tropezando en el último peldaño.
Que tropezar en la escalera, en un musical gay, también es parte del número.
Y si tropiezas de verdad, si te caes de culo delante de todo el patio de butacas, haz lo que hacen las grandes: levántate, colócate la peluca, mira al público y di «estaba en el guion». Nadie te va a creer. Pero todo el mundo te va a aplaudir. Que en eso, al final, consiste el espectáculo.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «En un musical gay»? Es una canción construida como el reglamento de un musical gay: hay que ser un pelín marrano, hay que ser «ordinaria, estrafalaria, visionaria, revolucionaria, extraordinaria y muy necesaria», y no te puedes asustar. Por el escenario pasa también el ex de El Médano.
¿Por qué está escrita en femenino? Porque, entre maricas, el femenino es un idioma propio y de confianza. En la canción funciona como un vestido de escena: lo que fuera fue un insulto, dentro del musical es orgullo.
¿En qué disco está? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de gayfolkplanet.com es la pista 230 de 273, entre «Mood» y «Chihuahua».
¿Quién la escribió? La letra es de Mike Sain't Louis. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial, y el single sale con el sello MIKE SAIN'T LOUIS.