
Por Mike Sain't Louis ·
Lo que dicen que hay en la luna: «Canguros» y las promesas que uno elige creerse
Un tío con barba, gafas de sol y una chaqueta de chándal de colores ochenteros va volando en horizontal sobre una ciudad llena de palmeras, con el puño por delante, como un superhéroe de videoclub. A su alrededor vuelan canguros. Cuatro o cinco, también con gafas de sol, uno de ellos con cara de estar pasándoselo en grande. Detrás hay un sol enorme partido en franjas, cielo rosa, nubes de algodón de azúcar y el título escrito en letras de neón amarillo y fucsia, con ese brillo de cinta VHS que ha pasado demasiadas veces por el cabezal.
Esa es la portada de «Canguros». Y si la miras sin haber escuchado la canción, piensas que vas a encontrarte un pelotazo de verbena, algo para saltar con un cubata en la mano. Luego le das al play y te encuentras otra cosa. Una canción de despedida. Una de las más tiernas que tengo, con faro, con barco de madera, con sirenas y con alguien que no sabe cómo soltar la mano del otro.
La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, y su ficha en el blog ya cuenta de qué va y deja la letra completa. Aquí no quiero repetir eso. Quiero fijarme en dos palabras que se repiten tanto que casi no se ven: dicen que. Porque «Canguros» está construida como una lista de rumores, y lo interesante es cuáles se cree la persona que habla y cuáles no.
Dicen que, dicen que, dicen que
Cuenta las veces. La letra arranca con tres frases seguidas que empiezan igual. Dicen que el mundo tiene un límite. Dicen que hay un faro en la bahía. Dicen que si sigues a una estrella acabas en un barco de madera. Nadie dice quién lo dice. No hay fuente, no hay testigo, no hay abuela con nombre y apellido. Solo ese plural impersonal que en castellano usamos para todo lo que no podemos demostrar.
Me gusta mucho esa forma de hablar porque es la forma en que hablamos de verdad. En el barrio, en la cola de la carnicería, en el grupo de WhatsApp de la familia. Dicen que van a subir el alquiler. Dicen que la del cuarto se ha separado. Dicen que el bar de abajo lo cierran en enero. El «dicen que» es la gramática del cotilleo, y también la de las leyendas. Las dos cosas son primas hermanas: historias que pasan de boca en boca y que nadie se molesta en comprobar porque lo bonito es contarlas.
En «Canguros» esa gramática del cotilleo se pone al servicio de algo muy grande. Los rumores no van sobre la vecina, van sobre el mundo entero. Dónde se acaba, qué luz te guía, adónde te lleva una estrella. Es como si alguien hubiera cogido el tono de la peluquería y lo hubiera usado para hacer cosmología.
El faro, la estrella y el barco de madera
Las tres primeras imágenes tienen algo en común: todas sirven para orientarse. El límite del mundo te dice hasta dónde puedes llegar. El faro te dice dónde está la costa. La estrella te dice hacia dónde tirar. Y el resultado de seguirla es acabar en un barco de madera, que es la imagen más antigua que existe de alguien que se va.
No hay nada moderno en ese arranque. Ni pantallas, ni aplicaciones, ni aeropuertos. Es un paisaje de puerto viejo, de los que salen en los cuentos que te leían de pequeño. Y eso choca muchísimo con la portada, que es todo neón, sintetizador y palmeras de Miami. A mí ese choque me encanta. La portada promete fiesta en el espacio y la letra te sienta en un muelle de madera a mirar el horizonte.
Creo que las dos cosas cuentan lo mismo desde sitios distintos. El que vuela con el puño por delante está huyendo hacia algún sitio, igual que el barco. La diferencia es que el barco es lento y el superhéroe es rápido. Pero los dos se marchan. Y en las dos imágenes hay alguien que se queda en tierra mirando cómo el otro se hace pequeñito.
Me tengo que ir
El estribillo es donde la lista de rumores se rompe y aparece la primera persona. Vuelve la llamada del mar, esa música de fondo que obliga a marcharse, y entonces llega la frase más seca de toda la canción: «Me tengo que ir». Cuatro palabras. Sin explicaciones. No dice por qué, no dice adónde, no dice cuánto tiempo.

Y justo después viene el nudo, el motivo por el que la canción existe. Al verte aquí, «No me puedo despedir». Es decir, la persona que habla sabe que se va, lo tiene asumido, lo dice claro, pero en cuanto ve al otro delante se bloquea. Puede marcharse. Lo que no puede es decir adiós.
Eso le pasa a todo el mundo y casi nadie lo cuenta. Las despedidas de verdad no son en el andén con pañuelo blanco. Son en el rellano, con la maleta ya en el ascensor, cuando uno dice «bueno» por quinta vez y nadie se mueve. Son en el coche, con el motor encendido, cuando ya has dicho adiós y vuelves a bajar la ventanilla para decir otra tontería. Esa despedida atascada, que se alarga porque ninguno quiere ser el primero en soltarse, es la que hay en el estribillo.
Sirenas y sirenos
Luego viene mi palabra favorita de toda la letra. «Dicen que hay sirenas y sirenos». Sirenos. Así, en masculino, como si nada. En los cuentos de toda la vida la sirena es siempre una chica, y el marinero que se pierde por ella es siempre un chico. Aquí la mitología viene con las dos opciones de serie.
Para mí eso es muy de este planeta. GAYFOLK está lleno de pequeñas correcciones así, que no hacen ruido pero lo cambian todo. No hace falta un discurso. Basta con añadir una palabra que el diccionario de los cuentos se había olvidado. Si hay sirenas, también hay sirenos, y si al marinero le pierde un sireno, pues le pierde un sireno y ya está. El mar no pide explicaciones.
Además, la palabra suena graciosa. Sirenos. Tiene algo de juego de niños, de cuando te inventabas el masculino de cualquier cosa para hacer reír a tus primos. Y la letra publicada la repite muchas veces en el tramo final, ya casi sola, como un eco que se queda flotando cuando el resto de la canción se ha ido apagando.
Mírame a los ojos, no te creo
Pero ojo, que aquí viene el giro. Justo después de las sirenas y los sirenos, la persona que habla dice que la mires a los ojos y suelta un no te creo. ¿A qué no se lo cree? Puede ser a las leyendas, claro. Sirenos, venga ya. Pero también puede ser a la otra persona. A lo que le está diciendo en ese momento, en la puerta, antes de irse.
Y ahí la lista de rumores se vuelve una prueba. Hasta ahora todo eran cosas que dicen. Ahora hay alguien delante diciendo algo, y la respuesta es desconfianza. Mírame a los ojos. Que es lo que le decimos a alguien cuando sospechamos que nos está vendiendo una moto.
Me parece una línea muy honesta. Porque cuando alguien se va, o cuando te vas tú, hay un momento en que todo lo que se dice suena a cuento. Te llamaré. Esto no cambia nada. Nos vemos pronto. Son frases de faro y de estrella, frases que orientan, y por eso mismo cuesta creérselas. Nadie sabe de verdad si va a llamar.
El único rumor que importa
Y en medio de toda esa lista aparece una frase que no tiene nada de fantástica. Dicen que lo más bonito del mundo es que alguien te diga te quiero. Ni faros, ni barcos, ni sirenos. Solo eso.

Es la única leyenda de la canción que se puede comprobar. Las demás no. Nadie ha ido al límite del mundo a mirar. Nadie ha visto un sireno en la bahía. Pero lo de que alguien te diga te quiero, eso sí lo has vivido, o lo has deseado tanto que es como si lo hubieras vivido. Y la canción lo mete entre los rumores como quien esconde una carta de verdad en una baraja de trucos.
A mí me gusta pensar que la canción entera está construida para llegar a esa frase. Que todas las leyendas de alrededor son el envoltorio, el papel de colores del regalo. Hablas de sirenas y de estrellas porque te da vergüenza hablar directamente de lo otro. Y cuando por fin te atreves, lo dices también con un dicen que delante, por si acaso, para que no parezca que lo estás diciendo tú.
En la luna hay canguros
Y entonces llega el título. «Y dicen que en la luna hay canguros». Es el rumor más absurdo de toda la lista y, a la vez, el que más se repite. Canguros saltando entre galaxias por el mundo. No tiene sentido ninguno y por eso funciona tan bien.
Cuando alguien se va lejos, la distancia es tan grande que se vuelve abstracta. Ya no son kilómetros, es otra galaxia. Y para soportar eso a veces hace falta una imagen tonta, algo que te haga sonreír mientras te duele. Canguros en la luna. Que es como decirle al otro: no sé dónde vas a estar, pero imagino que allí habrá algo saltando y que te va a hacer gracia.
Además, el canguro es un animal que se mueve dando saltos enormes, que nunca va en línea recta, que parece siempre a punto de salir disparado. Es un animal de ida y vuelta. Salta, cae, vuelve a saltar. A lo mejor por eso me parece el bicho perfecto para una canción de despedida que en el fondo no quiere ser una despedida definitiva.
Vuelve, prometiste, te espero
Hay un tramo de la letra que me parece de lo más desnudo que he escrito. Después de los canguros, la persona que habla dice que le han dicho que lo volverá a encontrar. Y luego, una palabra por línea: vuelve, prometiste, te espero.
Tres palabras sueltas, cada una en su renglón, como tres pasos. Primero el ruego. Después el reproche, que es más un recordatorio que una queja: tú lo prometiste. Y al final la decisión: yo me quedo aquí esperando. En tres renglones hay una historia de amor entera con su crisis y su final abierto.
Lo curioso es que ese tramo cambia el punto de vista. En el estribillo, el que dice que se tiene que ir parece ser quien habla. Aquí, en cambio, quien habla es el que espera. Puede ser la misma persona en dos momentos distintos, o pueden ser las dos personas de la historia hablando por turnos. La letra no lo aclara, y yo tampoco quiero aclararlo. Me gusta que cada uno se ponga en el lado del muelle que le toque.
Una nana de puerto con neón
Si tuviera que explicar «Canguros» a alguien que no la ha escuchado, diría que es una nana marinera puesta en una discoteca de los ochenta. Tiene la dulzura de una canción de cuna, esa repetición de estribillo que te mece, y al mismo tiempo la portada y el título la empujan hacia algo mucho más pop y más loco.

En el catálogo tengo otras canciones que juegan a la nana, como «Nana para adultos», pero esta tiene algo de copla de puerto que no tienen las demás. El mar, el faro, el barco, la persona que se va y la que se queda. Son los ingredientes de media copla española. Solo que aquí, en lugar de un marinero con gorra, hay canguros con gafas de sol.
Y eso, para mí, es GAYFOLK en estado puro. Coger una tradición muy nuestra, muy de toda la vida, y meterle una cosa que no pega para que respire de otra manera. Lo hago en canciones mucho más bestias, pero aquí lo hago con delicadeza, casi sin que se note.
Entre «Aquí escupo» y «No Contact»
En la lista de singles, «Canguros» está justo entre «Aquí escupo» y «No Contact». Y la vecindad tiene su gracia.
«Aquí escupo» es pura rabia: tacones rotos, falda manchada, una lista de cosas que se escupen en el suelo para seguir viva. «No Contact» es la canción del que ya ha cortado: cierra puertas, no mira atrás, se va a la pista a brillar sin el otro. Y en medio está «Canguros», que es lo contrario de las dos. No hay rabia y no hay corte. Hay alguien que se tiene que ir y no sabe cómo, y alguien que se queda y decide esperar.
Si escuchas las tres seguidas, parecen tres estados de la misma ruptura en desorden. Primero la furia, luego la ternura, al final el portazo. Y me gusta que la ternura quede en el medio, apretada entre las otras dos, como si fuera lo que casi nunca nos atrevemos a enseñar.
Lo que se queda en tierra
Hay muchas canciones sobre la gente que se marcha. Menos sobre la que se queda. Y creo que «Canguros» es, sobre todo, una canción de quien se queda en tierra. El que mira el faro, el que oye hablar de estrellas y barcos, el que acaba diciendo te espero.
Esa figura la conocemos todos. La amiga que se queda en Madrid cuando tú te vas a Berlín con una beca. El novio que no se puede mudar contigo. La madre que despide en Barajas. El chico al que conociste en verano en la playa y que vive a mil kilómetros. En el mundo queer, además, mucha gente se ha ido lejos precisamente para poder ser quien es, y ha dejado atrás a alguien que le quería pero que no podía acompañarle.
No quiero ponerle una cara concreta a la canción. La letra no la tiene y está bien que no la tenga. Pero cuando la pienso, me imagino a toda esa gente en un muelle, mirando al horizonte y diciéndose que en la luna, a lo mejor, hay canguros.
Para escuchar en una puerta de embarque
«Canguros» es para escucharla en los sitios donde la gente se despide. Una estación de autobuses a las siete de la mañana. La puerta de embarque de un vuelo barato con los ojos todavía hinchados. El último café en el bar de siempre antes de una mudanza. El rellano de la escalera con la maleta en el ascensor.
También funciona al revés, para quien se queda. Para la primera noche en una casa medio vacía. Para cuando ves que el otro está en línea a otra hora porque vive en otro huso horario. Para cuando miras la luna desde la ventana y te da por pensar que el otro la está viendo también, aunque sea otra luna, aunque sea otra hora.
Y si me apuras, también es para escucharla con alguien al lado al que todavía no le has dicho te quiero. Por si te da el empujón.
Una canción sin villano
Si repasas mi catálogo, verás que muchas canciones tienen un malo. El narcisista, el ex que miente, el coordinador de saldo, el hater de turno. Me gusta señalar con el dedo y ponerle nombre al que hace daño, porque creo que callarse también es una forma de proteger al que lo hace.

«Canguros» no tiene malo. Nadie engaña a nadie, nadie manipula, nadie se ríe del otro. Hay dos personas que se quieren y una circunstancia que las separa. Ni siquiera se sabe cuál es esa circunstancia. Puede ser un trabajo, una familia, un país que no deja vivir tranquilo, o simplemente que la vida tira en direcciones distintas. La letra no busca culpables.
Y eso, en un planeta tan peleón como GAYFOLK, es casi una rareza. Cuando escribo desde la rabia tengo mil palabras a mano, insultos creativos, comparaciones con películas de terror, listas de agravios. Cuando escribo desde la ternura me quedo con muy poco. Faro, barco, estrella, te espero. Pero a lo mejor por eso esta canción me parece tan importante dentro del disco. Porque demuestra que en este planeta también caben las historias en las que nadie tiene la culpa y aun así duele.
Hay una desconfianza, eso sí. El no te creo está ahí. Pero no es la desconfianza de quien ha pillado al otro en una mentira, es la de quien tiene miedo. Miedo a que la promesa se quede en rumor, a que el te quiero acabe siendo otra leyenda de la bahía. Y frente a ese miedo, la canción no responde con un portazo. Responde esperando.
El rumor que elijo creerme
Al final, lo que me queda de «Canguros» es una idea muy sencilla. Todos vamos por la vida rodeados de cosas que dicen. Que el amor dura tres años, que los ex siempre vuelven, que el mundo se acaba en algún sitio. Y cada uno elige qué rumores se cree.
La persona de la canción desconfía de los sirenos, de las promesas, de las palabras que se dicen en la puerta. Pero se cree dos cosas. Que lo más bonito del mundo es que alguien te diga te quiero. Y que en la luna hay canguros. Una es la verdad más seria del mundo y la otra es la tontería más grande. Y las dos le sirven para lo mismo: para aguantar la espera.
Si alguien me pregunta qué tengo yo de «el primer cantautor IA», le diría que eso: escribir una letra donde una tontería y una verdad se dan la mano. La música y las voces las hacen las máquinas conmigo. Pero la decisión de meter canguros en la luna en una canción de despedida es mía, y es de las que más orgulloso me siento.
Si te apetece seguir por este lado más tierno del catálogo, en el blog hay una reflexión sobre por qué hacen falta canciones de amor gay que salen bien, y una guía para escuchar la trilogía GAYFOLK de principio a fin. Y si lo que te pide el cuerpo es el lado más espacial del planeta, ahí está «Soy marica sideral», que también va de flotar por el espacio, aunque con bastante más actitud.
Preguntas frecuentes
¿En qué disco está «Canguros»? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿De qué habla «Canguros»? De una despedida. Alguien tiene que irse y, al ver al otro delante, no es capaz de decir adiós. La letra mezcla leyendas del mar, como sirenas, sirenos y un faro, con el rumor más absurdo de todos: que en la luna hay canguros.
¿Por qué se llama «Canguros»? Por el estribillo final, que dice que en la luna hay canguros saltando entre galaxias. Es la imagen más disparatada de la letra y sirve para hacer soportable la distancia.
¿Qué aparece en la portada? Un hombre con barba y gafas de sol que vuela sobre una ciudad con palmeras, rodeado de canguros con gafas de sol, bajo un cielo rosa y un sol a franjas de estética ochentera.
¿Quién hizo la canción? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hicieron con herramientas de inteligencia artificial.