
Por Mike Sain't Louis ·
¿Cómo soy tan tonto? Las preguntas que no espero que contestes
«Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?»
No es una pregunta. Nadie espera que el señor que te ha señalado con el dedo en la calle se pare, se rasque la barbilla y conteste: «Pues mire, es que me educaron así». Es una bofetada con signos de interrogación. Un insulto con guantes. Y en «Tan cateto», la canción que corrió por TikTok y que mucha gente conoce sin saber de quién es, esa pregunta se repite como un estribillo, alternando con su hermana gemela: «Pero ¿Como puede ser usted tan paleto?».
Fíjate en el usted. No le tuteo. Le hablo con la cortesía de una ventanilla de Hacienda. Y eso hace que la pregunta sea todavía más dura, porque el respeto formal subraya la falta de respeto real. Es como cuando una señora mayor te dice «usted verá lo que hace» en el mercado. Suena educado. No lo es.
Me he puesto a buscar preguntas en mis letras y salen por todas partes. Preguntas a ex, a haters, a mí mismo, al público, a la vida. Y casi ninguna espera respuesta. Este texto va de eso. De las preguntas que hago sin querer que me contesten.
Usted, tan cateto
Empiezo por la de «Tan cateto» porque es la más pública que tengo y porque explica muy bien para qué sirve una pregunta retórica en una canción.
La letra empieza con una lista de molestias ajenas. Te molesta que vayamos de la mano. Te molesta que mi novio sea africano. Te molesta que tus hijos vean un beso. Te molesta mi cara. Cada verso es una acusación que el otro no ha hecho en voz alta, pero que se le nota en la mirada. Y después de cada bloque de molestias, la pregunta.
La pregunta, ahí, funciona como un espejo. No le explico al cateto por qué está mal lo que piensa. Eso sería darle una charla, y la letra lo deja claro: no le voy a dar más explicaciones. Le pregunto cómo puede ser así. Le devuelvo su propia imagen con un signo de interrogación delante. Que se mire él.
Esa es la pregunta-portazo. Pregunta para no tener que discutir. Y tiene una ventaja enorme sobre la afirmación: no se puede rebatir. Si digo «es usted un cateto», me puede contestar que no. Si le pregunto cómo puede serlo, ya he dado por hecho que lo es, y lo único que le dejo es buscar la causa. Es una trampa gramatical. Me encanta.
¿Cómo soy tan tonto?
Hay otra pregunta que repito muchísimo y que va en la dirección contraria. Contra mí.
En «La casa de los mil cadáveres» la letra arranca con ella: «Pero ¿Cómo soy tan tonto?». Y unos versos después, su versión ampliada: «Pero ¿Cómo soy tan fracasado?». Es la misma estructura que la de «Tan cateto», el mismo «pero ¿cómo…?», solo que esta vez el cateto soy yo.
Esa pregunta es autoparodia pura. Me insulto antes de que nadie lo haga. Y lo hago con la misma fórmula que uso para los demás, lo cual tiene su gracia: no me trato mejor que al señor que me señala por la calle. Me pongo en la misma cola.
Y luego hay algo más. «¿Cómo soy tan tonto?» es la pregunta que se hace cualquiera que se ha dado cuenta tarde de que le estaban engañando. No es una pregunta para contestar. Es una pregunta para golpearse la frente. Es lo que se dice en voz alta en la cocina, a solas, con la mano en la cara. Y ponerla en una canción es convertir ese momento ridículo y privado en algo que se puede corear en grupo. Que, por cierto, es lo que pasa en las fiestas: todo el mundo grita «¿cómo soy tan tonto?» a la vez, y de pronto no eres el único tonto. Eres uno más.
¿Esto era un crucero o un tanatorio de alta mar?
Hay preguntas que solo existen para hacer reír. Son preguntas de cómico de club.

En «Croquetas en el crucero», después de una lista de desastres vacacionales, la letra suelta: «¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar?». Y la respuesta, porque esta sí tiene respuesta, es todavía mejor: «No lo sé, pero hay sardinas en el minibar».
Esa pareja de pregunta y respuesta es un número de stand-up en miniatura. Planteas una disyuntiva absurda. Y en vez de resolverla, sales por la tangente con un detalle concreto y más absurdo todavía. El chiste no está en la pregunta, está en la respuesta que no responde.
Me gusta mucho usar ese mecanismo porque desactiva la queja. Si me pongo a describir lo mal que estaba el crucero, sueno a cliente pesado. Si lo convierto en pregunta, y luego contesto con sardinas, suena a anécdota de sobremesa que se cuenta veinte veces y siempre hace gracia.
¿Eres talento o talón?
Hay preguntas que no hago yo. Me las hacen. Y yo las copio en la letra tal cual, para que se oigan.
En «La insignia de artista» aparece alguien con contactos en el mundo de la música que me examina con dos preguntas: «¿Eres talento o talón?» y «¿Eres revolucionario o eres talonario?». Son preguntas de juego de palabras, de examen oral de una oposición imaginaria. Y detrás tienen una sospecha muy concreta: que lo mío no vale porque uso inteligencia artificial para la música y las voces. Que no soy artista, que soy algoritmo.
Copiar las preguntas del que te juzga es una forma de desarmarlas. Dichas por él, en una reunión, pesan. Puestas en mi canción, con su rima fácil y su tono de sabelotodo, se ven como lo que son: un truco de quien reparte carnés. Talento o talón. Revolucionario o talonario. Como si solo hubiera dos casillas.
Y luego la letra le da la vuelta. No contesta. Se encoge de hombros. Al final de la canción ni siquiera hay victoria: hay un «no sé, creo que ya me rindo». Porque hay preguntas que no se contestan ganando. Se contestan saliendo de la habitación.
¿En serio?
Hay una pregunta de dos palabras que es, probablemente, la más mía de todas.
En «El productor de Madonna no compra en Mercadona», entre una explicación sobre el uso de la IA y otra, la letra suelta un «¿Qué / Talento? / ¿En serio?». Así, troceado. Una palabra por línea. Como quien se ha quedado tan sorprendido que no le salen las frases enteras.
«¿En serio?» es la pregunta de la indignación cansada. No es enfado nuevo. Es enfado repetido, de quien ya ha oído lo mismo cien veces y ya no tiene energía para un discurso. Solo para levantar una ceja. Y en una canción en la que me paso la letra demostrando que lo mío no es un cuento, ese «¿en serio?» resume todo el agotamiento de tener que justificarse constantemente.
En «Me rindo» la misma pregunta abre otra mucho más larga: «¿En serio, a las personas narcisistas no os duele la sangre ni un tres por ciento?». Aquí el «en serio» es casi una súplica. No entiendo. De verdad que no entiendo. ¿No os duele nada? Ni un poco. Ni un tres por ciento. La cifra es la que lo convierte en chiste, pero la pregunta es de verdad.
¿Todo eso eran tomas falsas?
Hay preguntas que no van contra nadie. Van contra los recuerdos.

En «Me rindo» también aparece la que para mí es la pregunta más dolorosa del catálogo. Después de enumerar los buenos momentos, los viajes al pueblo, el paseo con los perros, las navidades, un «ven aquí, no llores», la letra pregunta: «¿Todo eso eran tomas falsas de La que se avecina o de Caso cerrado?».
Esa pregunta tiene una respuesta que no quiero oír. Por eso está en forma de pregunta. Si la convirtiera en afirmación, «todo eso eran tomas falsas», sería una sentencia. Como pregunta, todavía queda un hueco para la duda. Para pensar que alguno de esos momentos fue verdad. La pregunta protege lo poco que queda.
Y luego está el detalle de la tele. Comparar tu vida con las tomas falsas de una serie o de un programa de juicios de la tarde es una manera de reírte de lo que te está rompiendo. Si fueron tomas falsas, al menos fueron graciosas. Al menos alguien se rió.
En «Envejecer» la pregunta es la del ex, no la mía. Me la hacía mientras me engañaba: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?». Aquí la pregunta se dobla. Yo pregunto por qué él preguntaba. Es una pregunta sobre una pregunta. Y no tiene respuesta, porque la única persona que podría contestarla es la que menos verdad ha dicho.
¿Recuerdas lo que te dije?
Hay preguntas que son avisos con lazo. Recordatorios con mala intención.
En «El narcisista», cuando la canción ya ha contado todo el daño, el corazón congelado y las mentiras a los compañeros, llega esta: «¿Recuerdas lo que te dije sobre el karma?». Y sin esperar, la respuesta: «Pues aquí lo tienes».
Esa pregunta es la de la madre que te avisó de que te ibas a caer de la bici. La del amigo que te dijo que ese chico no te convenía. No pregunta si lo recuerdas. Sabe perfectamente que lo recuerdas. Lo que hace es ponerte delante el momento en que pudiste haber cambiado algo y no lo hiciste. Es una pregunta con una sonrisa torcida.
Me gusta mucho porque tiene un punto de teatro. Es como cuando en una película el villano se da la vuelta despacio y dice «¿te acuerdas de mí?». Toda la escena se congela. Y luego cae el golpe. En la canción el golpe es el karma, que en mi catálogo llega siempre, tarde o temprano, a veces con las vocales estiradas hasta el infinito.
No sé si creo en el karma. Sé que me encanta preguntarle a alguien si se acuerda de que se lo advertí.
¿Y quién diablos me manda?
Hay preguntas que son puro diálogo interior. Las que te haces cuando te has metido tú solo en un lío.
«El señor Garrison» está llena. «¿Y quién diablos me manda abrir el ordenador?» «¿Y quién diablos me manda saber de enrutación?» «¿Acaso es que tal vez soy masoquista?» El protagonista está poniendo a prueba a su novio con trucos informáticos en vez de estar viendo una película de miedo en su habitación, y se lo reprocha a sí mismo con preguntas de abuela.
Me encantan esas preguntas porque son las que todos nos hacemos cuando nos pillamos haciendo algo ridículo por celos. Revisando lo que no deberíamos. Investigando como detectives de serie barata. Y en lugar de justificarnos, nos preguntamos quién nos manda. La pregunta es la conciencia hablando con acento de pueblo.
Y lo mejor de esa canción es que, al final, la investigación da resultado. El novio estaba organizando una quedada. Así que las preguntas de «quién me manda» se quedan sin sentido. Le mandaba la intuición. Y la intuición, por desgracia, tenía razón.
¿Será que podrá la inteligencia artificial?
Hay una pregunta en mi catálogo que no tiene nada de retórica, aunque lo parezca. Es la más seria que he hecho sobre mi propia forma de trabajar.

En «El segundo exacto» la canción empieza dejando hablar al que desprecia lo que hago: eso es inteligencia artificial, le das a un botón y ya está, a quién le importan tus emociones. Y en mitad de la burla, sin cambiar de tono, aparece esta: «¿Será que podrá la inteligencia artificial escoger el segundo exacto donde rompiste a llorar?».
No la contesto. No hace falta. Esa pregunta lleva dentro toda mi respuesta a los que creen que esto es pulsar un botón. La herramienta me ayuda con la música y con las voces. Pero el momento exacto, el verso exacto, la palabra que hace que alguien se quiebre al escucharla, eso lo elijo yo. Eso sale de una vida, de unas noches malas, de un cuaderno. Las letras son mías. Y lo que se decide en ellas, también.
Lo que me gusta de dejarlo como pregunta es que obliga al que critica a pensar. Si le digo «la IA no puede elegir el segundo en que lloraste», me lo discute. Si le pregunto si podrá, se queda callado un momento. Y en ese momento, que es muy corto, a veces cambia algo.
¿Quién será el próximo pardillo?
Hay preguntas que miran hacia delante. Hacia la siguiente víctima.
En «No quiero otro novio cojín», después de dar por terminada la historia, la letra se pone a imaginar el futuro del ex y suelta: «¿Quién será el próximo pardillo?». Es una pregunta de cotilla de portal. De vecina que se asoma a la ventana cuando ve llegar un coche nuevo. Y al mismo tiempo es una pregunta llena de pena, porque quien la hace sabe perfectamente lo que le espera al siguiente.
La palabra pardillo es clave. No es víctima, ni pobre chico, ni inocente. Es pardillo, que es como nos llamamos a nosotros mismos cuando nos han tomado el pelo. Al preguntar por el próximo pardillo, me estoy llamando pardillo a mí también. Es la autoparodia otra vez, metida dentro de una pregunta sobre otro.
Y luego la letra contesta, más o menos. Habrá otro al que habrá enamorado. Se habrá fijado antes en su dinero, en sus propiedades, en su coche. Es una respuesta que no cierra la pregunta. La alarga. Como cuando le preguntas a una amiga qué tal le va al ex y ella te cuenta más de lo que querías saber.
¿Más fácil ser hetero?
Y hay una pregunta que me hice en una canción y que todavía me inquieta un poco cuando la releo.
En la presentación de «Hetero», después de una noche que se tuerce antes de empezar, aparece esta: «¿sería más fácil ser hetero o simplemente más fácil no ser yo?». La primera mitad es la broma que nos hemos hecho todos alguna vez después de una mala cita. La segunda mitad no es ninguna broma.
Esa pregunta me interesa porque empieza en un sitio y acaba en otro. Empieza en la orientación y acaba en la identidad entera. No es «¿sería más fácil que me gustaran las mujeres?». Es «¿sería más fácil no ser yo?». Y esa es una pregunta que mucha gente se ha hecho en noches muy oscuras.
No tiene respuesta, claro. O la respuesta es que no, que no sería más fácil, que sería otra vida con otros problemas. Pero la pregunta está ahí, en mitad de una escena cutre con vino y queso, y me parece honesto dejarla. Porque las preguntas más duras no llegan en momentos solemnes. Llegan en el rellano, con la botella en la mano y la puerta cerrada.
¿Te vienes conmigo?
No todas mis preguntas son reproches o burlas. Algunas son invitaciones.

En «Elon Musk ha anunciado» la letra empieza con una rutina gris: despertar solo, café amargo, trabajo insípido, calles sin nombre. Y de repente, la noticia absurda: un multimillonario anuncia el primer vuelo tripulado al planeta recién descubierto que se llama Gayfolk. Y el protagonista no lo duda: «Yo ya me he apuntado ¿Te vienes conmigo?».
Esa es, probablemente, la pregunta más importante de toda la trilogía. Porque es la que hace el proyecto entero. Planeta Gayfolk es eso: una invitación a un sitio donde cada uno pueda vivir tal y como es. Y una invitación siempre es una pregunta. No se impone. Se ofrece.
Lo bonito es que esa pregunta sí espera respuesta. Es la única del catálogo que de verdad quiero que me contesten. Las demás las hago para cerrar puertas. Esta, para abrir una nave espacial.
¿Por qué parece que nada importa ya?
Y hay una última familia de preguntas: las que me hago de verdad, sin chiste y sin destinatario.
En «Ni un pimiento» la canción empieza así: «¿Por qué parece que nada importa ya?». No es retórica. Es la pregunta de un día gris, de esos en los que todo da igual y no sabes por qué. Luego la letra se va por otros sitios, se ríe, se pone gamberra. Pero el arranque es sincero.
Esas preguntas son pocas y no las subrayo. No les pongo signos de exclamación detrás ni las repito en un estribillo. Las dejo ahí, al principio, como quien deja la puerta entreabierta. Si el oyente quiere entrar, que entre. Si no, la canción sigue y habla de pimientos caducados.
Por qué pregunto tanto
Leyendo todo esto me doy cuenta de que la pregunta es una de mis herramientas favoritas. Y creo que sé por qué.
La pregunta retórica permite decir cosas fuertes sin afirmarlas. Puedo llamar cateto a alguien sin decirle cateto. Puedo dudar de mis recuerdos sin condenarlos. Puedo reírme de mí sin hundirme. Puedo invitar sin obligar. Todo depende del tono, del destinatario y de lo que viene después.
Y la pregunta tiene otra cosa que me encanta: implica al que escucha. Cuando oyes una afirmación, la recibes. Cuando oyes una pregunta, aunque no sea para ti, algo en tu cabeza intenta contestarla. ¿Cómo puede ser tan cateto? Y de repente estás pensando en tu propio cateto, el de tu barrio, el de tu familia, el de la cola del supermercado. La pregunta te obliga a participar. Es la manera más barata de convertir una canción en conversación.
Y hay algo de cómo se habla aquí. «¿Pero tú has visto esto?» «¿En serio?» «¿Cómo puede ser?» Es una forma muy madrileña de discutir: preguntar en alto, con las manos, sin esperar que el otro conteste. Y si así hablo en la barra, así escribo en las canciones.
La pregunta que me hago yo
Me queda una pregunta, y esta sí es para mí. ¿Por qué casi nunca respondo?
Supongo que porque las respuestas cierran y las preguntas abren. Una canción que responde todo se acaba cuando acaba. Una canción que pregunta se queda contigo después, dándote vueltas en el metro. Y prefiero mil veces que una letra mía se te quede dando vueltas a que la entiendas a la primera y la olvides.
Todas estas preguntas están en el archivo de letras, por si quieres buscar la tuya. Y la del cateto, la del usted y los dedos acusadores, la tienes entera en gayfolkplanet.com.
¿Te vienes conmigo?
Esa sí, contéstala.
Preguntas frecuentes
¿Por qué hay tantas preguntas en las letras de Mike Sain't Louis? Porque la pregunta retórica le permite insultar con educación, reírse de sí mismo, dudar de los recuerdos o invitar a alguien sin imponer nada. Casi ninguna espera respuesta; la excepción es la invitación a Gayfolk.
¿De qué va «Tan cateto»? Es una respuesta a quien molesta ver a dos hombres de la mano o un beso en la calle. En lugar de dar explicaciones, la letra pregunta una y otra vez «¿cómo puede ser usted tan cateto?». Está en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía. La letra es de Mike; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.
¿Qué canción invita a viajar a Gayfolk? «Elon Musk ha anunciado», donde el protagonista se apunta a un vuelo imaginario al planeta Gayfolk y pregunta: «¿Te vienes conmigo?».