
Por Mike Sain't Louis ·
Antes ridículo que señor: contra la seriedad como destino
Hay dos versos al final de «Marica chill» que, si tuviera que bordar alguno en un cojín, serían esos:
«Si soy ridículo, pues mejor / I'd rather that than be un señor».
La ficha de la canción cuenta la postal de verano: el glitter en la cara, el café sin drama, los tacones en la playa, la vecina del balcón, el frutero del mango, el turista y el chulo alemán. No voy a repetir esa postal. Aquí quiero quedarme con esos dos versos, porque esconden algo más serio de lo que parece. Una elección entre dos destinos. Y el que se rechaza, el de señor, es el que a casi todos los hombres nos tienen preparado desde pequeños.
Lo que significa señor
Señor es una palabra con muchas capas en castellano. Es el tratamiento de respeto, el señor que te atiende en la ventanilla. Es la edad, cuando un chaval empieza a parecer mayor y le dicen «está hecho un señor». Y es una forma de estar en el mundo: serio, prudente, de fiar, sin estridencias.
Hacerse un señor es el destino que se les promete a los hombres. Como si la vida masculina fuera un camino que empieza en el niño travieso, pasa por el joven alocado y termina, inevitablemente, en el señor. Con su chaqueta, su coche, su opinión firme sobre la política y el fútbol, su risa contenida. Un señor no lleva glitter. Un señor no baja a la playa en tacones. Un señor no manda besitos a la vecina que le critica.
En los últimos años, además, ha aparecido en el habla de internet una variante, «señoro», para el hombre que habla con condescendencia, explica lo que nadie le ha preguntado y se cree con derecho a opinar de todo. Es una palabra burlona, y la canción no la usa, pero la tiene cerca. El señor que el narrador no quiere ser se parece mucho al señoro.
La noche anterior
La canción empieza por la mañana, con restos de la noche: glitter en la cara. Y enseguida aclara que la noche fue una locura, pero que no hace falta contar la saga.
Esto me parece muy contrario a la cultura del señor. El señor cuenta batallitas. Le encanta relatar sus hazañas, lo que hizo, lo que dijo, lo que consiguió. Necesita que su vida tenga narración, una historia que contar en la cena para quedar bien.
El narrador de «Marica chill» se ahorra la saga. La noche fue lo que fue, y lo que queda de ella es un poco de purpurina en la mejilla. No necesita convertirla en anécdota, ni presumir, ni justificarse. Toca café, sin leche y sin drama, y a otra cosa.
Hay algo muy liberador en no tener que contar. En dejar que la noche se quede en la noche. La vida no tiene por qué ser un relato que hay que defender ante los demás.
La alternativa ridícula
Frente a ese destino, la canción ofrece una alternativa: ser ridículo. Y lo dice con una alegría que desarma: si soy ridículo, pues mejor.
Ridículo, en castellano, es una palabra que se usa para avergonzar. «Estás haciendo el ridículo». «No hagas el ridículo». Es lo que te dicen cuando te sales de la norma, cuando bailas demasiado, cuando te ríes demasiado alto, cuando te pones algo que no toca. La amenaza del ridículo es una de las herramientas más eficaces para mantener a la gente en su sitio.
Y la canción la desactiva aceptándola. Sí, soy ridículo. Mejor. No hay defensa, no hay explicación, no hay «es que yo tengo mi estilo». Hay una aceptación entusiasta. Es la misma operación que hago con otras palabras en otras canciones: coger lo que te lanzan como insulto y quedártelo como bandera. Pasa con «puta» en «Sí, soy una puta», pasa con «cateto», pasa con «loca» en esta misma canción.
Que me llamen loca
Porque hay otro verso, en el estribillo, que hace exactamente lo mismo:

«Que me llamen loca, that's my brand».
Loca es una de las palabras más viejas que se han usado contra los maricas con pluma en España. La loca era el amanerado, el que no disimulaba, el que hablaba con las manos. Era la palabra con la que se distinguía al marica que se notaba del que no. Y dentro de la propia comunidad gay, durante mucho tiempo, también se usaba para marcar distancias: hay quien presumía de no ser una loca, de ser un gay serio, discreto, de los que no se notan.
La canción no solo acepta la palabra. La convierte en marca. That's my brand. Esa es mi marca. Y lo dice en inglés, que es el idioma del márketing, como quien registra un logotipo.
Me parece una respuesta muy de nuestro tiempo. Vivimos rodeados de marcas personales, de gente que se vende a sí misma en redes con una imagen cuidada al milímetro. El narrador de «Marica chill» se hace también su marca personal, pero la construye con lo que otros consideran un defecto. Su producto es ser una loca. Y lo vende con orgullo.
La presión de ser un gay serio
Aquí quiero detenerme, porque este es el centro de la canción para mí.
Durante las últimas décadas, los gais hemos conseguido muchísimo. Derechos, visibilidad, matrimonio, leyes contra la discriminación. España aprobó el matrimonio igualitario en 2005, de los primeros países del mundo en hacerlo. Y con esos derechos llegó también una presión nueva, más sutil: la de ser respetables.
Ser un gay respetable, en la práctica, significa, en muchos ambientes, parecerse lo más posible a un señor. Tener pareja estable, una casa bonita, un trabajo serio, una forma de vestir discreta. Casarse, tener perro, quizá hijos. No llamar la atención. No dar la nota. Que los vecinos puedan decir «son dos chicos muy majos, ni se nota».
No tengo nada contra quien vive así porque le apetece. Cada uno construye su vida como quiere, y yo mismo he escrito canciones de parejas que salen bien, como cuento en hacen falta canciones de amor gay que salen bien. Pero la presión es otra cosa. La presión es cuando sientes que, para ser aceptado, tienes que renunciar a la pluma, a la locura, al glitter. Cuando el derecho a casarte viene con la obligación implícita de comportarte como un señor.
«Marica chill» es una canción contra esa presión. Su protagonista no necesita pareja para sentirse bien. No tiene plan. No tiene casa bonita, que sepamos. Lleva un vestido de mercadillo. Y se lo pasa en grande.
Sin pena, sin estrés, sin culpa
El estribillo enumera lo que el narrador deja fuera: sin pena, sin estrés, sin culpa, sin plan. Cuatro ausencias. Y de las cuatro, la que más peso tiene, para mí, es la culpa.

Los maricas de muchas generaciones crecieron con culpa. La que venía de la religión, la que venía de la familia, la que venía de los chistes del colegio. La culpa de ser como éramos, de desear lo que deseábamos, de no ser el hijo que se esperaba. Y esa culpa no desaparece el día que se aprueba una ley. Se queda en el cuerpo, en los gestos que uno aprende a contener, en la costumbre de mirar alrededor antes de dar la mano en la calle. Se desaprende despacio, a base de mañanas como la de la canción, en las que alguien baja a la playa como le da la gana y no pasa nada. Mucha gente ha pasado años, décadas, quitándose esa culpa de encima, a veces con terapia, a veces con amigos, a veces con canciones.
Que el narrador camine sin culpa no es un detalle menor. Es el resultado de un trabajo. El chill del título no es pereza, ni indiferencia, ni pasotismo. Es la calma de quien ha soltado un peso que llevaba mucho tiempo encima. Por eso puede bajar a la playa en tacones sin mirar a los lados.
Y el señor, curiosamente, carga con culpa de otra manera. La culpa de no estar a la altura, de no ser lo bastante hombre, lo bastante serio, lo bastante exitoso. El señor vive vigilándose. El marica chill ha dejado de hacerlo.
Me bastan mis perros
Hay un verso muy tierno en mitad de todo esto:
«Me bastan mis perros y mi eyeliner green».
Es una declaración de autosuficiencia, pero no de soledad triste. El narrador no está solo porque nadie le quiera. Está solo porque le basta con lo que tiene. Sus perros, que son compañía incondicional. Y su eyeliner verde, que es su forma de presentarse al mundo.
Me hace gracia la combinación. Una cosa que da amor y otra que da estilo. Como si la vida feliz se pudiera resumir en esas dos necesidades: alguien que te quiera tal como eres, aunque sea de cuatro patas, y algo con lo que sentirte tú mismo al mirarte al espejo.
En la cultura del señor, un hombre solo de cierta edad es una figura un poco triste. El solterón, el que no ha sabido formar una familia. En la canción, la soltería no es un fracaso. Es una forma de libertad. Sin pareja, sin plan, sin cita ni aplicaciones, y aun así con la vida llena.
Sin cita ni apps
Esto último merece un apunte. En la canción, el narrador acaba bailando con un chulo alemán sin haberlo planeado. Sin cita, sin aplicaciones. La ficha lo comenta como la espontaneidad que se echa de menos cuando todo pasa por una pantalla.
Yo añadiría otra cosa. Las aplicaciones de ligue han hecho del encuentro gay algo muy eficiente y muy serio, en cierto sentido. Perfiles con medidas, preferencias, filtros. Un mercado. Y en ese mercado, la pluma a menudo cotiza a la baja. Cualquiera que haya usado esas aplicaciones conoce los perfiles que piden «masculino» o «discreto», o directamente «sin pluma».
Fuera de las aplicaciones, en una playa, con el abanico y el short transparente, el narrador encuentra lo que el mercado le negaría. Un turista que le pide besarle la mano. Un baile. No porque haya cumplido los requisitos, sino porque estaba ahí, siendo él.
Solo si bailas flamenco
La escena del turista tiene una gracia que va más allá de la anécdota. Un turista le pide besarle la mano. Y la respuesta, en inglés de playa, es que solo si baila flamenco.
Pensemos en lo que pasa ahí. Durante décadas, España se ha vendido a los turistas con el flamenco como reclamo. Carteles, souvenirs, espectáculos para extranjeros. El turista viene buscando lo típico. Y el narrador le da la vuelta: no es él quien tiene que bailar flamenco para el turista, es el turista quien tiene que bailarlo para él.
Es una inversión pequeña y divertida del papel de cada uno. El local deja de ser el decorado exótico y se convierte en quien pone las condiciones. El visitante, que venía a mirar, tiene que hacer el ridículo. Y si lo hace, si se atreve a bailar flamenco sin saber, ya está dentro del juego. Ya es, por un momento, un poco ridículo también. Ha dejado de ser un señor.
Me gusta pensar que la condición del flamenco es una prueba. No de habilidad, sino de disposición. Quien está dispuesto a hacer el tonto contigo en una playa es alguien con quien merece la pena bailar.
La vecina del balcón
La canción tiene una figura de la que ya he hablado en otras ocasiones: la vecina que critica. En esta letra comenta, en inglés, que ese chico es demasiado. Y luego critica desde el balcón.

La vecina cotilla es un personaje recurrente de mi catálogo, tiene hasta su propia canción, «La vecina cotilla», y un texto sobre ella. Pero aquí me interesa la respuesta del narrador. No discute. No se esconde. No le pide que le respete. Le manda besitos y pone reguetón.
Es la respuesta del que ha dejado de necesitar la aprobación del balcón. Y es, además, una respuesta muy divertida. Si la vecina quería escándalo, se lleva escándalo, pero no el que esperaba. Esperaba un enfrentamiento, o una huida. Se lleva besitos. No hay nada más desconcertante para quien critica que alguien que le responde con cariño exagerado.
El Spanglish como pluma
La canción está escrita en Spanglish, mezclando castellano e inglés en el mismo verso, a veces en la misma frase. Esto no es casual, y no tiene que ver solo con el verano y los turistas.
El Spanglish es, en cierto modo, la pluma del lenguaje. Es hablar sin respetar las fronteras, mezclando lo que no se debería mezclar, divirtiéndose con las palabras de dos idiomas como quien se pone un collar con un vestido de mercadillo. Los puristas lo odian. Los profesores lo corrigen. Y quien lo usa con gracia lo convierte en un estilo.
La letra lo dice: habla Spanglish con quien quiera escuchar, y si no lo entienden, pues lo van a gozar. Es la misma actitud que con la vecina. No pide permiso. No se adapta. Si no le entiendes, disfruta igual.
Un señor habla un idioma correcto, sin mezclas, como debe ser. El narrador de «Marica chill» habla como le da la gana. En mi web conviven el castellano y el inglés por otras razones, más prácticas, que explico en escribo en español, por qué mi web también está en inglés. En la canción, la mezcla es otra cosa: es un juego.
El ridículo y la edad
Hay una pregunta que me hago a menudo cuando pienso en esta canción: ¿hasta qué edad se puede ser un marica chill?
Porque la presión para hacerse señor aumenta con los años. A los veinte, el glitter y los tacones en la playa se perdonan como locura de juventud. A los cuarenta, empiezan las miradas. A los sesenta, el ridículo se convierte en algo más duro: en patetismo, según quienes miran. Se espera que con la edad uno vaya sentando la cabeza, abandonando las extravagancias, convirtiéndose por fin en el señor que estaba destinado a ser.
La canción no dice la edad del narrador, y me gusta que no la diga. Puede tener veinticinco o sesenta. Y si tiene sesenta, la frase final gana todavía más fuerza: prefiero ser ridículo a ser un señor, incluso ahora, incluso a mi edad. Sobre todo a mi edad.
Pienso en los maricas mayores con pluma que han resistido toda la vida a la presión del señor. Los que siguen saliendo de fiesta, vistiéndose como quieren, riéndose fuerte. Muchos de ellos vivieron tiempos en los que la pluma te podía costar la libertad o algo peor. Que sigan siendo ridículos es una victoria que no se ve en ninguna estadística.
Cuerpo y mercadillo
El estribillo describe al narrador caminando como una diva con un vestido de mercadillo. Esa imagen junta dos cosas que se supone que no van juntas: el porte de una diva y la ropa más barata posible.

Para mí ahí está una de las ideas centrales de la pluma: que el glamour no depende del presupuesto. No hace falta ropa de diseño para caminar como una diva. Hace falta actitud. Y la actitud no se compra en ninguna tienda.
Algo parecido pasa en otra de mis canciones, «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», aunque desde el ángulo contrario, el de quien esconde de dónde viene su ropa. En «Marica chill» no se esconde nada. El vestido es de mercadillo y se dice en el estribillo. La diva no tiene que mentir sobre su armario.
Y el cuerpo que lleva ese vestido tampoco pide perdón. Short transparente, tacones en la arena, abanico. Un cuerpo que se enseña sin preguntar si está a la altura. Sobre eso, sobre escribir el cuerpo sin vergüenza, tengo un texto propio: escribir sobre el cuerpo sin pedir perdón.
Sin moral ni castigo
Hay otro verso que me gusta mucho: el narrador dice que la vida no se la explica, que simplemente fluye, sin moral ni castigo.
Es una forma de rechazar algo que el señor lleva siempre encima: la necesidad de justificarlo todo. El señor tiene explicaciones para cada cosa que hace. Tiene principios, tiene una ideología, tiene una moral que aplica a los demás. Y espera castigo para quien se salta las normas.
El marica chill no tiene explicaciones ni las quiere. Vive. Si mañana baila con un alemán, bien. Si se queda en la toalla con sus perros, también. No hay un plan que cumplir, ni una moral que defender, ni un castigo que temer. Esto, que podría parecer frívolo, a mí me parece una forma de sabiduría. Hay mucha gente que se pasa la vida explicándose ante tribunales que no existen.
La seriedad como trampa
Para terminar, una idea sobre la seriedad.
La seriedad tiene buena prensa. Asociamos ser serio con ser responsable, maduro, de fiar. Y lo contrario, el ridículo, con lo infantil, lo inmaduro, lo poco fiable. Pero creo que es una asociación falsa. Hay gente muy seria que es muy irresponsable, y gente muy ridícula que es muy de fiar.
La seriedad, muchas veces, no es más que una forma de protegerse. El que se toma en serio no se expone al ridículo, porque nunca hace nada que pueda salir mal. No baila, no se disfraza, no prueba. Se queda en su sitio, a salvo, mirando a los demás desde el balcón.
Por eso la frase final de «Marica chill» me parece tan importante. Prefiero el riesgo del ridículo a la seguridad del señor. Prefiero bailar mal a no bailar. Prefiero ponerme el eyeliner verde y que me miren a quedarme en casa con la camisa planchada.
Los señores, al final, se parecen todos. Las locas, en cambio, no hay dos iguales. Cada una tiene su eyeliner, su abanico, su forma de mezclar idiomas y su manera de responder al balcón. Esa variedad es una riqueza que el destino de señor nos quitaría.
Y si me llaman loca, ya lo dice la canción: esa es mi marca.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Marica chill»? De un día de verano en la costa de un marica que se lo toma con calma, sin pareja y sin plan, y que prefiere ser ridículo a convertirse en un señor. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras.
¿Por qué está escrita en Spanglish? Porque la mezcla de idiomas encaja con el personaje: alguien que no respeta fronteras ni pide permiso, tampoco al hablar.
¿Qué significa «that's my brand»? Que el narrador convierte el insulto «loca» en su marca personal, con orgullo.
¿Quién hace la canción? Mike Sain't Louis escribe la letra, compone y produce. La música y las voces se hacen con inteligencia artificial.