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«Voy a cortar esa rosa»: la espina, el deshojar y la rosa de la poesía española

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La rosa es, probablemente, la flor más usada de toda la poesía. Tanto que da un poco de vergüenza escribirla. Cualquier profesor de taller literario te dirá que la evites, que está gastada, que ya se ha dicho todo sobre ella. Y tiene razón. Desde los romanos hasta las tarjetas de San Valentín, la rosa ha sido belleza, juventud, amor, fugacidad, sangre, pasión, muerte. Todo cabe en ella, y por eso ya casi no significa nada.

Y sin embargo, en una de las canciones que he publicado, «Voy a olvidarme de ti», mi versión de una sevillana de María de la Colina, hay una rosa. Llega casi al final, después de los ojos traicioneros, del fuego que quema por dentro y del olor de la almohada. Y dice así: «Voy a cortar esa rosa / que me hiere con su espina». Y un poco después: «Y verás cómo deshoja / ese amor que me lastima».

Cuando releo esos versos, me doy cuenta de que esta rosa es un poco distinta de casi todas las rosas de la poesía en castellano. No es una rosa que se mira. No es una rosa que se marchita sola. Es una rosa que alguien decide cortar. Y al hacer mi versión, ese alguien pasé a ser yo.

Este texto va de esa diferencia. De la rosa que se contempla y la rosa que se corta. Y de por qué, en mitad de un duelo, me hizo tanta falta hacer mío ese gesto.

La rosa que se mira

Empiezo por la tradición, porque sin ella no se entiende lo que quiero decir.

En el Renacimiento, Garcilaso de la Vega escribió uno de los sonetos más famosos del idioma, el que empieza «En tanto que de rosa y azucena / se muestra la color en vuestro gesto». La rosa ahí es el color de una cara joven. El poema la mira, la admira y, sobre todo, avisa: disfruta mientras puedas, porque el tiempo lo va a marchitar todo. Es la rosa del carpe diem. Una rosa que se observa con cierta melancolía, sabiendo que se va a ir.

Siglos después, Juan Ramón Jiménez escribió un verso que para mí es una de las cosas más bellas que se han dicho sobre escribir: «No le toques ya más, / que así es la rosa». Lo dice a propósito de un poema, como quien le pide a alguien que deje de corregir. La rosa ahí es la perfección que no hay que tocar. Una rosa que se respeta. Que se deja en paz.

Y luego está Lorca. En «Doña Rosita la soltera», de 1935, aparece una rosa que cambia de color a lo largo del día: roja por la mañana, blanca por la tarde, y cuando llega la noche empieza a deshojarse. Es la rosa del tiempo que pasa, la de una mujer que espera y espera a un novio que no vuelve. Una rosa que se deshoja sola, sin que nadie la toque, mientras la vida se va.

Tres rosas pasivas Si pongo las tres juntas, veo algo en común. En las tres, la rosa le pasa a alguien. Se mira, se admira, se marchita, se respeta, se deshoja. Pero nadie la corta. Nadie actúa sobre ella. El poeta es espectador: contempla la belleza y su pérdida, con más o menos tristeza, pero no hace nada.

Eso no es un defecto, claro. Es una forma de mirar el mundo, y produce poemas extraordinarios. Pero es una forma muy concreta: la de quien acepta que las cosas pasan, que el tiempo manda, que no se puede hacer nada más que mirar.

La rosa que hiere

La rosa de María de la Colina empieza de otra manera. Antes de ser bella, hiere. «Que me hiere con su espina». Es lo primero que dice de ella la canción. No su color, no su olor, no su forma. Su espina.

Fotogramas del videoclip oficial de «Voy a olvidarme de ti», de Mike Sain't Louis

Esto me parece importante. Durante mucho tiempo, una relación puede ser una rosa en el sentido clásico: algo bello que miras, que admiras, que te da miedo perder. Pero llega un momento en que lo que notas no es la belleza sino la espina. Cada vez que la tocas, te pinchas. Cada vez que te acercas, sangras un poco. Y aun así sigue siendo una rosa, sigue siendo bonita desde lejos, sigue oliendo bien.

Esa es la trampa de las rosas que hieren. No puedes odiarlas del todo, porque siguen siendo rosas. Pero tampoco puedes seguir agarrándolas, porque te destrozan las manos. En la canción, toda la primera parte es eso: ojos que como puñales clavan, un fuego que quema por dentro, celos que convierten el amor en condena. La rosa ha estado hiriendo durante toda la letra, aunque no aparezca hasta el final.

El refrán En castellano hay un refrán que todo el mundo conoce: no hay rosa sin espinas. Se suele usar como consuelo, o como resignación. Todo lo bueno tiene su parte mala. Si quieres la rosa, aguanta las espinas.

La letra, de alguna manera, contesta a ese refrán. Dice: vale, no hay rosa sin espinas. Pues entonces corto la rosa. No me resigno a pincharme para siempre a cambio de olerla de vez en cuando. Si la única manera de no sangrar es quitar la rosa entera, la quito.

Es una respuesta dura. Pero en ese momento la necesitaba.

El gesto de cortar

La palabra clave del verso es el verbo: cortar. «Voy a cortar esa rosa».

Cortar es un gesto activo. Requiere decisión, requiere una herramienta, requiere acercarse a la espina una última vez. No es lo mismo que dejar que la rosa se marchite. No es esperar a que el tiempo haga su trabajo. Es hacerlo tú.

Y aquí está, para mí, la razón por la que este verso me ayudó tanto. Durante mucho tiempo, en una historia que me hacía daño, yo era como el poeta de las rosas clásicas: el que mira, el que espera, el que sufre lo que pasa sin poder hacer nada. Las cosas me ocurrían. La relación se marchitaba sola, me hería sola, se deshojaba sola, y yo solo podía mirarlo.

Hacer mía esa frase, «voy a cortar esa rosa», fue darme un papel distinto. Ya no era el que mira. Era el que actúa. Aunque fuera solo en una canción, aunque fuera solo en un verso, había un momento en que yo cogía las tijeras.

El futuro del verbo Me fijo también en el tiempo verbal. No dice «corto la rosa» ni «he cortado la rosa». Dice «voy a cortar». Es un futuro. Una intención. Algo que todavía no ha pasado.

Eso encaja con toda la canción, que es una lista de cosas que voy a hacer: voy a olvidar un te quiero, voy a apagar este fuego, voy a olvidar mi deseo, voy a cortar esa rosa. Todo en futuro. Todo por hacer. Es una canción de propósitos, como los que se hacen en Nochevieja, solo que mucho más dolorosos.

En «El olor de la almohada» ya escribí sobre por qué no se olvida por decreto, y sobre lo difícil que es cumplir esos propósitos. No quiero repetirlo. Aquí quiero quedarme con la otra cara: aunque no se cumplan a la primera, decirlos es importante. El futuro del verbo es una dirección. Es la flecha que te dice hacia dónde ir, aunque todavía no hayas dado el paso.

Verás cómo deshoja

Después de cortar la rosa, la canción dice: «Y verás cómo deshoja / ese amor que me lastima».

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Y verás cómo deshoja ese amor que me lastima» de «Voy a olvidarme de ti»

Aquí la letra se encuentra con Lorca. Su rosa se deshoja al llegar la noche, sola, como signo del tiempo perdido. La de esta sevillana también se deshoja, pero después de haberla cortado. Es la consecuencia de un gesto, no del paso de las horas.

Y hay un detalle que me gusta: «verás». La letra le habla a alguien. Al otro, supongo, al que ha sido rosa y espina a la vez. Es como decirle: mira, mira lo que pasa ahora. Mira cómo se cae, pétalo a pétalo, eso que llamabas amor y que a mí me lastimaba.

Es un verso con algo de venganza, no lo voy a negar. Pero es una venganza muy suave. No le hago nada a nadie. Solo dejo que se caigan los pétalos de algo que ya estaba cortado.

Deshojar la margarita Deshojar tiene en castellano otra resonancia muy popular: deshojar la margarita. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere. Es el juego de la duda, el de quien no sabe si es correspondido y deja que una flor decida por él.

Esta rosa deshojada es casi lo contrario de ese juego. No hay duda. No le pregunto a la flor si me quiere o no me quiere. Ya lo sé. Y por eso la deshojo, o dejo que se deshoje, para que no quede nada a lo que preguntar.

Me hace gracia pensar en todas las veces que, en una relación difícil, uno deshoja margaritas mentalmente. Hoy parece que sí, mañana parece que no. Un mensaje bonito, un silencio largo. Me quiere, no me quiere. Cortar la rosa es dejar de jugar a eso. Es decidir que no voy a seguir arrancando pétalos para adivinar algo que la espina ya me había dicho.

Doña Rosita y la espera

Quiero volver un momento a Lorca, porque su rosa me ha hecho pensar en algo que no esperaba. Doña Rosita es una mujer que espera. Su novio se marcha prometiendo volver, y ella espera durante años, mientras la rosa del jardín cambia de color cada día y se deshoja cada noche. La obra es muy triste precisamente por eso: porque la vida de Rosita se va en la espera, y nadie corta nada.

Cuando leo «Doña Rosita la soltera», reconozco una tentación que conozco bien. La tentación de esperar. De pensar que la persona que te hizo daño va a volver distinta, que va a pedir perdón, que va a cambiar. De quedarte en el jardín mirando la rosa, día tras día, mientras te deshojas tú.

Esta sevillana es, en cierto modo, la respuesta de alguien que no quiere ser Doña Rosita. Que mira la rosa, ve la espina y dice: no voy a esperar a que esto se marchite solo. No voy a dejar que se me vaya la vida mirando un rosal. Voy a cortar.

El reloj del jardín En la obra de Lorca, la rosa es también un reloj. Marca las horas del día con sus colores. Y eso me parece una imagen muy precisa del duelo cuando no se hace nada con él: el tiempo pasa, se nota en los colores, pero tú sigues en el mismo sitio.

Cortar la rosa es, entre otras cosas, parar ese reloj. Dejar de medir el tiempo por lo que hace el otro. Empezar a medirlo por lo que haces tú. Y aunque al principio dé miedo, porque sin el reloj no sabes muy bien qué hora es, poco a poco aprendes a llevar tu propio tiempo.

El fuego y la rosa

La rosa no está sola en la canción. Justo antes hay otro propósito: «Voy a apagar este fuego / que por dentro a mí me quema». El fuego y la rosa son dos imágenes muy distintas, pero en la letra funcionan igual: son algo que hay dentro o cerca de mí y que me hace daño, y que voy a quitar.

Collage con un detalle de la carátula de «Voy a olvidarme de ti» y las carátulas de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Me rindo», «No Contact»

En «Es hielo abrasador» escribí sobre el fuego y el hielo en mis letras, con Quevedo como compañero de viaje. El fuego de esta canción es de la misma familia que el de Quevedo: un fuego que quema por dentro, que no se ve, que consume. Lo interesante es que aquí no se queda en paradoja. No se queda en «es hielo abrasador, es fuego helado». Se convierte en propósito: voy a apagarlo.

Esa es, creo, la gran diferencia entre esta canción y mucha de la poesía amorosa clásica. La poesía clásica describe el sufrimiento con una precisión maravillosa, y se queda ahí, contemplándolo. La letra de María de la Colina también lo describe, a su manera, pero termina cada estrofa con un «voy a». Voy a apagar, voy a olvidar, voy a cortar. Y eso es lo que yo necesitaba: no solo nombrar el dolor, sino hacer algo con él.

La repetición como fuerza En la canción, cada propósito se repite varias veces. Voy a cortar esa rosa, que me hiere con su espina, que me hiere con su espina, voy a cortar esa rosa... Es casi un mantra. La misma frase, una y otra vez, como quien se da ánimos antes de saltar a una piscina fría.

Esa repetición me ayudaba. No por estética, sino por algo más físico. Cuando repites una frase muchas veces, la frase se te mete en el cuerpo. Deja de ser una idea y se convierte en un ritmo. Y un ritmo te empuja. Te mueve. Te hace dar el paso aunque la cabeza todavía dude.

La rosa en Planeta Gayfolk

Si pienso en Planeta Gayfolk como un lugar con su propia flora, la rosa de esta canción tendría un sitio especial. No estaría en un jardín ordenado, como las rosas de Garcilaso. Estaría en una esquina, un poco salvaje, con más espinas que flores. Y al lado habría unas tijeras de podar, colgadas de un clavo, esperando.

Me gusta esa imagen porque dice algo de cómo funciona el planeta. No es un paraíso donde todo es bonito. Es un sitio donde las cosas bonitas también hieren, y donde se permite cortarlas. Donde no estás obligado a aguantar las espinas por amor a la flor.

El primer disco de la trilogía está lleno de esas esquinas salvajes. Canciones donde el amor duele, donde los ojos traicionan, donde las promesas son puñales. Pero en muchas de ellas, como en esta, hay también unas tijeras. Un momento en que alguien decide cortar.

Podar no es destruir Hay algo que sabe cualquiera que haya cuidado plantas. Podar no es destruir. A veces hay que cortar ramas para que la planta crezca más fuerte. Cortar una rosa no mata el rosal.

Me gusta pensar en ese verso así. No estoy arrancando de raíz todo lo que sentí, ni negando que hubo belleza. Estoy cortando una rosa concreta, la que me hería, para que lo demás pueda seguir creciendo. Para que yo pueda seguir creciendo.

Por qué me ayudó hacerla mía

Quiero ser concreto sobre esto, porque no me gusta hablar de las canciones como si fueran medicinas mágicas.

Lo que me pasó al trabajar esta versión fue que, por primera vez en mucho tiempo, me imaginé haciendo algo. Hasta entonces, todo lo que escribía sobre esa historia era descripción: me pasa esto, me duele aquello, me han hecho lo otro. En esta canción, y en esta estrofa en particular, aparece un yo que actúa. Que coge las tijeras.

Imaginarme haciendo algo fue el primer paso para hacerlo. No pasó de un día para otro. La canción está en futuro, y el futuro tardó en llegar. Pero cuando llegó, ya tenía el gesto ensayado. Ya sabía cómo se cogían las tijeras, porque lo había hecho muchas veces en la canción.

La belleza que queda Hay una última cosa que me importa decir. Cortar la rosa no significa negar que fue bonita. Las rosas cortadas se ponen en jarrones. Se miran un tiempo. Luego se secan y, a veces, se guardan entre las páginas de un libro.

Creo que eso es lo que hice, al final, con aquella historia. La corté. La dejé deshojarse. Y luego guardé un pétalo seco entre las páginas de una canción. No para volver a olerlo, sino para recordar que una vez hubo una rosa, y que la espina era real, y que fui yo quien decidió cortarla.

Las otras despedidas del planeta

Esta canción tiene hermanas en el catálogo. En «Es tan corto el amor» escribí sobre «Ya no te quiero» y el Poema 20 de Neruda, otra despedida en diálogo con un poeta. En «Mira mi brazo tatuado» se escribió sobre la copla y el tatuaje. Y en «Nuestras vidas son los ríos», sobre Manrique y el mar.

Ficha de la canción «Voy a olvidarme de ti» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra de María de la Colina, versión y producción de Mike Sain't Louis

Me gusta que las canciones que publico dialoguen con la tradición, aunque no lo hagan a propósito. No porque me compare con nadie, sino porque me recuerda que estas emociones son muy antiguas. Que antes de mí hubo mucha gente mirando rosas, sintiendo espinas, viendo pétalos caer. En esta, las tijeras las puso María de la Colina en su letra; yo solo las cogí.

Rendirse y cortar Hay otra canción que me parece la contracara de esta: «Me rindo». Si «Voy a olvidarme de ti» es la canción del que coge las tijeras, «Me rindo» es la del que las deja en el suelo, agotado. Las dos son formas de terminar algo. Una es activa, la otra es cansada. Las dos me hicieron falta en distintos momentos.

Y luego está «No Contact», que es como el jardín después de la poda. Ya no hay rosa. Ya no hay espina. Solo un silencio que, poco a poco, se va llenando de otras cosas.

Si te está hiriendo una rosa

Si ahora mismo tienes en las manos algo bello que te hiere, quiero decirte lo que me digo a mí. No estás obligado a aguantar las espinas por amor a la flor. Puedes cortarla. Puedes decirte «voy a cortarla» muchas veces antes de hacerlo. Y puedes guardar un pétalo seco, si quieres, sin que eso signifique que la quieras de vuelta.

Pero si las espinas son demasiadas, si sientes que sangras por dentro y no puedes parar, busca ayuda. No hace falta podar a solas:

  • 024: atención en España a quien pasa un mal momento emocional; gratuita, confidencial, disponible siempre.
  • 112: si tu seguridad corre peligro ahora mismo.
  • Teléfono de la Esperanza, 717 003 717: para que alguien te escuche.
  • Fundación ANAR, 900 20 20 10: para menores y para adultos preocupados por un menor.
  • Fuera de España: findahelpline.com te dice qué teléfono hay en tu país.

Así es la rosa

Vuelvo a Juan Ramón. «No le toques ya más, que así es la rosa». Durante mucho tiempo pensé que este verso le llevaba la contraria. Él dice no la toques; la sevillana dice voy a cortarla.

Ahora creo que no se contradicen tanto. Juan Ramón habla de un poema terminado, de saber cuándo parar de corregir. Y cortar la rosa, en el fondo, es también eso: saber cuándo parar. Dejar de tocar una herida. Dejar de volver sobre lo mismo. Aceptar que así es la rosa, con su espina, y que no hace falta seguir sangrando para comprobarlo.

Así es la rosa. Y así es, también, la canción. No le toco ya más.

Las letras completas del planeta están publicadas, y en la página sobre mí cuento quién soy y desde dónde escribo.

Preguntas frecuentes

¿En qué canción aparece «Voy a cortar esa rosa que me hiere con su espina»? En «Voy a olvidarme de ti», sevillana de María de la Colina, autora de la letra, en la versión de Mike Sain't Louis del primer disco de la trilogía GAYFOLK. La estrofa sigue: «Y verás cómo deshoja / ese amor que me lastima».

¿Qué relación tiene con la poesía española? El texto compara la rosa de la canción con rosas clásicas: el Soneto XXIII de Garcilaso («En tanto que de rosa y azucena»), el «No le toques ya más, que así es la rosa» de Juan Ramón Jiménez y la rosa que se deshoja en «Doña Rosita la soltera» de Lorca. La diferencia es que en la canción alguien decide cortarla.

¿Por qué todos los versos están en futuro? La letra es una lista de propósitos: voy a olvidar, voy a apagar, voy a cortar. El texto los lee como una dirección hacia la que caminar, aunque todavía no se hayan cumplido.

¿Qué otras canciones hablan de despedidas? «Ya no te quiero», «Me rindo», «No Contact» y «Hoy es el último adiós», entre otras.

¿Dónde pedir ayuda si una relación me está haciendo daño? En España, el 024 para cualquier crisis emocional a cualquier hora; el 112 si hay peligro inmediato; el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Fuera de España, findahelpline.com.