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Una ventana de guillotina, un ojo de buey rosa y una mano en el vidrio mojado: las ventanas de Planeta Gayfolk

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Si alguien me pidiera que eligiera un solo objeto para resumir los años malos, no elegiría una cama ni una botella ni un teléfono. Elegiría una ventana. Durante mucho tiempo mi relación con el mundo pasó por un rectángulo de cristal. Desde ahí veía a la gente ir y venir, la calle cambiar de luz, los pisos de enfrente encenderse y apagarse. Yo estaba dentro. Lo de fuera seguía su curso sin mí, y la ventana era a la vez lo que me separaba y lo único que me mantenía en contacto.

No me di cuenta de cuántas ventanas había metido en mis videoclips hasta que me puse a repasarlos con calma, uno detrás de otro, buscando otra cosa. Aparecían en todas partes. Ventanas de guillotina, ventanales sobre una ciudad de noche, ojos de buey, cristales empañados, persianas que cortan la luz en tiras. Y casi siempre con alguien al lado que no termina de asomarse. Este texto es un recorrido por esas ventanas de Planeta Gayfolk, el planeta que me inventé para poder contar lo que me pasaba, y empieza por la canción que tiene más ventanas que palabras alegres.

Una canción hecha de negaciones

Probablemente mi letra más desnuda sea la de «No me aparece una ilusión». Casi todas las frases empiezan con «no». No hay chistes, no hay personajes, no hay una historia con principio y final. Hay un estado, contado desde dentro, con la misma estrofa regresando cada poco, igual que regresa un pensamiento que no te deja en paz:

No me apetece salir de la habitación No encuentro la fuerza, la motivación

Ese primer verso es, literalmente, una frase sobre ventanas. Porque cuando no te apetece salir de la habitación, lo único que te queda del exterior es lo que entra por el cristal. La luz de la mañana, el ruido de la calle, el olor de la lluvia. El videoclip lo entendió antes que yo: en sus tres minutos largos casi no hay un plano sin una ventana cerca, y casi ningún personaje la cruza.

El hombre del alféizar

El vídeo arranca en penumbra. Un hombre de pie junto a una ventana de guillotina, en una habitación sin encender. Fuera hay luz gris de día nublado, de esas tardes que no terminan de decidir si van a llover. Él está casi a contraluz, convertido en una silueta, con una mano apoyada en el alféizar. No mira del todo hacia afuera. Tampoco se aparta.

Me quedé mucho rato con ese primer fotograma la primera vez que vi el montaje terminado. Me pareció la postura exacta de la indecisión. La mano en el borde, como quien comprueba que el mundo sigue ahí sin comprometerse a entrar en él. Yo pasé meses en esa postura, mirando la calle como si fuera otro país.

Lo curioso es que la ventana del clip está cerrada pero no tiene cortinas. Cualquiera podría verle desde fuera. Y creo que eso también es verdad: cuando estás así, no te escondes del todo. Te quedas en un sitio donde se te podría ver, por si alguien mira. Casi nunca mira nadie.

La persiana y la mesa

Unos segundos después, otra ventana, esta vez detrás de una persiana. La luz entra cortada en franjas doradas y cae sobre una mesa de cocina, donde un hombre tiene la cabeza apoyada entre los brazos. Las tiras de luz le cruzan la espalda y el pelo. No se mueve.

La persiana me parece la versión cotidiana de la tristeza. No es un muro ni una celda, es un objeto que tienes en casa y que tú mismo bajas. La luz entra igual, pero dosificada, en el ángulo que tú permites. Muchos días de aquella época fueron así: no a oscuras del todo, sino con la persiana a medio bajar. Lo suficiente para saber si era de día. No lo bastante como para que el sol molestara.

Y la mesa de cocina es el sitio donde se apoya la cabeza cuando ya no se puede más. Ni la cama ni el sofá: la mesa, donde se supone que uno come, escribe, organiza la vida. Esa cabeza sobre la mesa, con la persiana dibujándole rayas, es la imagen del clip que más se parece a cómo me sentía entonces.

Encogido bajo los visillos

Más adelante el clip enseña un dormitorio pequeño, con una cómoda, una puerta entornada y una ventana con visillos blancos por donde entra una claridad lechosa. Debajo de la ventana, en el suelo, un hombre encogido, abrazado a las rodillas, con la cara escondida. La luz le llega a la espalda pero no le toca la cara.

Fotograma de «No me aparece una ilusión»: un hombre sentado de espaldas en el suelo de una sala blanca, frente a un ventanal por el que entra una luz muy intensa

Hay algo muy duro en esa composición, y a la vez algo tierno. Él ha elegido el sitio más cercano a la luz para derrumbarse. No se ha ido al rincón más oscuro del cuarto. Se ha sentado justo debajo de la ventana, como si una parte de él supiera que de ahí puede venir algo. Es la misma intuición que recoge el verso de la letra que más me cuesta escuchar:

No encuentro consuelo ni en la oscuridad

Si la oscuridad tampoco consuela, solo queda la claridad, aunque todavía duela mirarla. Por eso, creo, el personaje se queda cerca de los visillos.

La sala blanca

Hacia la mitad, el vídeo cambia de luz por completo. Desaparecen las habitaciones gastadas y aparece una sala inmensa, blanca, sin muebles, con un ventanal al fondo por donde entra un resplandor que casi quema la imagen. Un hombre está sentado en el suelo, en mitad de ese blanco, de espaldas, con las piernas cruzadas, mirando la ventana. Su sombra se alarga hacia la cámara.

Esa es la primera imagen grande de este texto, y la elegí porque es la más ambigua de todo el clip. Puede leerse como una sala de espera, un sitio vacío donde no queda nada. O puede leerse como la primera vez que alguien se sienta delante de la luz sin taparse los ojos. Yo la veo de las dos maneras según el día. En los días buenos, es alguien que está a punto de levantarse. En los regulares, es alguien que todavía no puede, pero ya mira hacia el sitio correcto.

En otro plano de esa misma sala, la figura se queda diminuta en el centro, rodeada de suelo gris y paredes blancas. No hay ventana a la vista, solo claridad por todas partes. Es como si la ventana se hubiera comido la habitación.

Farolas al otro lado

Luego llega la noche. Un ventanal enorme, de suelo a techo, con la calle al otro lado: farolas amarillas, fachadas, el brillo de los coches. Dentro, un hombre sentado en el suelo, a contraluz, con los brazos sobre las rodillas. La luz de las farolas entra en diagonal y dibuja en el parqué la forma del marco.

Hay otra versión del mismo momento, en la que el hombre se sienta junto al cristal mientras fuera pasa gente con abrigo por una acera iluminada. Ellos van a algún sitio. Él los ve pasar. Y vuelve el verso que más me representa de toda la canción:

Siempre apartado entre tanta gente

Lo que más me impresiona de esos planos nocturnos es que la ventana no es una barrera física. Es un cristal fino, se podría abrir en un segundo. Lo que separa al hombre de la acera no es el vidrio. Es todo lo demás.

Un viejo en la mecedora

Entre tantas figuras jóvenes, el clip mete de pronto a un anciano. Está sentado en una mecedora de madera, en un salón de los de antes: una lámpara con pantalla, un sofá, una cómoda, cortinas finas. A su lado, una ventana con visillos por la que entra la claridad de la tarde. Tiene las manos quietas sobre las rodillas y la mirada puesta en esa luz.

Foto de Mike Sain't Louis con tirantes junto al primer verso de «No me aparece una ilusión»: No me apetece salir de la habitación

Ese plano siempre me descoloca, y me gusta que me descoloque. Es la única ventana del vídeo junto a la que alguien parece tranquilo. No está encogido ni a contraluz. Está sentado como se sienta la gente que ya ha visto pasar muchas tardes por el mismo cristal y ha hecho las paces con ello. Lo leo como una promesa rara: que la soledad junto a una ventana no tiene por qué ser siempre una condena. Que con los años puede convertirse en un sitio donde uno descansa.

Pienso en tantas personas mayores que pasan la tarde asomadas a la calle. Desde fuera puede parecer aburrimiento. Muchas veces es compañía. La ventana les daba la calle entera, los saludos, las novedades. Quizá la diferencia entre la ventana que aísla y la que acompaña está en si alguien, desde abajo, levanta la vista y dice hola.

La cama frente al cristal

Hay un último cuarto antes del final. Un hombre sentado en mitad de una cama deshecha, de espaldas a la cámara, con los hombros caídos, frente a una ventana con cortinas por la que entra una luz blanca y suave. Las sábanas están arrugadas. Nadie le espera fuera.

Y muy cerca de ese plano, otro en una cocina: un hombre inclinado sobre la encimera, con los brazos apoyados, delante de una ventana con cortinas por la que entra la mañana. Los botes de la encimera están en su sitio. El que no está en su sitio es él.

Lo que une esas dos escenas es la hora. Son luces de mañana, y la mañana es la peor parte de los días malos. Por la noche uno puede justificarse con el cansancio. Por la mañana la ventana te recuerda que el día ha empezado y tú todavía no. En los días malos, la ventana de la mañana es un reloj que nadie ha pedido.

La misma letra, otra ventana

Hay una cosa que no todo el mundo sabe: «Entre cuatro paredes» comparte esta misma letra. Son las mismas frases, con otro videoclip y otro tono. Y en ese segundo clip, en blanco y negro, las ventanas vuelven, pero de otra manera.

Uno de sus primeros planos es una mano abierta apoyada sobre un cristal lleno de gotas. Al otro lado no se distingue nada, solo borrones y reflejos de una calle deshecha por la lluvia. Es la segunda imagen del trío de fotogramas de este texto, recortada para que se vea solo eso: la mano y el agua. Si en «No me aparece una ilusión» la mano se apoya en el alféizar, aquí se apoya directamente en el vidrio, como si el personaje quisiera tocar lo de fuera sin abrir.

Más adelante, el mismo clip enseña al protagonista de pie junto a un ventanal sobre una ciudad entera que se enciende al atardecer. Ya conté cómo está hecho ese vídeo en el recorrido por el clip de «Entre cuatro paredes», así que aquí solo quiero señalar el parentesco. Dos clips, una letra, y en los dos la ventana hace el mismo papel: el sitio desde donde se ve que fuera hay espacio.

Un ojo de buey en mitad de las nubes

Si dejamos las habitaciones y cruzamos el planeta, encontramos la ventana más extraña de todas. Está en el videoclip de «Un invitado VIP cortando cebolla», hacia el segundo 126. Sobre un mar de nubes visto desde arriba flota una cápsula metálica, redonda, con una sola ventana circular. Dentro del cristal gira un remolino rosa, como el tambor de una lavadora o el ojo de una nave.

Tres fotogramas de videoclips de Mike Sain't Louis con ventanas: una silueta junto a una ventana de guillotina en «No me aparece una ilusión», un cristal lleno de gotas en «Entre cuatro paredes» y una cápsula con un ojo de buey rosa sobre las nubes en «Un invitado VIP cortando cebolla»

No hay nadie mirando por esa ventana. Es la ventana la que mira. La pongo aquí porque me parece el reverso de todas las demás: en las habitaciones de «No me aparece una ilusión» alguien de dentro mira hacia fuera; en la cápsula, lo de dentro es un torbellino de color y lo de fuera es cielo abierto. Es la imagen más precisa que conozco de lo que pasa cuando llevas mucho tiempo encerrado con tus pensamientos. Desde fuera se ve una cápsula tranquila flotando entre nubes. Dentro, todo da vueltas.

En ese mismo clip hay además una ventana alta, de palacio abandonado, junto a una estatua de piedra, con una luz fría que entra a través de la niebla. No la uso en las imágenes de este texto, pero merece la pena buscarla: es la única ventana del planeta que parece de otro siglo.

Asomarse con descaro

No todas las ventanas de Planeta Gayfolk son tristes. En «La vecina cotilla» la ventana es directamente un vicio. La canción habla de alguien que se ha encaprichado del vecino de enfrente y que ya no sabe vivir sin mirar hacia su piso. Lo confiesa sin pudor uno de sus versos:

Cuando se asoma a la ventana ¡yo ya no me ubico!

Y en el vídeo, en lugar de un chico pegado a los visillos, hay un avestruz asomado detrás de un cristal con gotas, con la luz rosa de la tarde. Me gusta tenerlo en este recorrido porque recuerda algo que a veces se me olvida: la ventana también es curiosidad, ganas, deseo de ver qué hace el otro. En la peor época, la ventana era el sitio desde donde veía la vida pasar sin mí. Ahora a veces vuelve a ser lo que era de niño: el palco desde donde se cotillea el mundo.

Lo que yo miraba desde dentro

Todo esto lo escribo porque esas ventanas no las inventé de la nada.

Pasé casi dos décadas encadenando dos relaciones con dos hombres narcisistas, una detrás de otra, sin tiempo para respirar en medio. No voy a contar nada que permita reconocer a nadie, porque lo que me importa es lo que aquello me hizo por dentro. Me acostumbré a llevar una cara para fuera y otra para casa. Sonreía en la puerta y me derrumbaba en la cocina. El día que logré marcharme, me encontré con que mucha gente de mi entorno había tomado partido, y no por mí. El aislamiento llegó justo cuando ya no me quedaban fuerzas para buscar compañía.

Fue entonces cuando la ventana se convirtió en mi único contacto con la calle. Y hubo semanas en las que pensé en quitarme la vida. Lo digo con estas palabras porque las otras, las que dan rodeos, no ayudan a nadie a reconocerse. A los 41 años me pusieron nombre a todo aquello: ansiedad, fobia social, trastorno de evitación, depresión mayor grave y estrés postraumático. Desde entonces tengo citas fijas en psiquiatría y en psicología, tomo la medicación con disciplina y escribo canciones, que son mi forma de abrir la ventana un palmo cada vez. De la terapia y de quien me acompañó en ella hablé en el texto de agradecimiento a mi psicóloga.

Si tu ventana no se abre

Puede que estés leyendo esto desde dentro de una habitación parecida, con la mano en el alféizar y sin ganas de nada. Si en algún momento te pasa por la cabeza hacerte daño o dejar de vivir, llama al 024. Es la línea de atención a la conducta suicida en España: no cuesta nada, contesta a cualquier hora del día y de la noche, y quien está al otro lado sabe escuchar sin juzgar. Si ves que el peligro es inmediato, el 112. Los menores, o los adultos que se preocupan por uno, tienen la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Y si vives en otro país, en findahelpline.com aparece el número que te toca. Hay un resumen de todos estos recursos en la serie de salud mental sin tabú.

Ficha de la canción «No me aparece una ilusión» de Mike Sain't Louis: disco Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk, letra y producción de Mike Sain't Louis

Llamar no significa salir por la ventana de golpe. Significa dejar que alguien llame al cristal desde fuera.

La ventana que se abre al final

El videoclip de «No me aparece una ilusión» reserva su mejor ventana para los últimos segundos. Tras tantas habitaciones en penumbra, aparece un hombre sentado de espaldas en el suelo de madera, delante de un ventanal por donde entra el sol de la mañana. Al otro lado se ven montañas, una luz dorada, un cielo que empieza. Es la imagen que encabeza este texto. Él sigue sentado. No ha salido. Pero ya no está encogido: tiene la espalda recta y la cara hacia la luz.

Y justo después llega un plano todavía más sencillo: un hombre de traje, de pie en una habitación oscura, bajo un rayo de luz que cae desde arriba y dibuja en el suelo el cuadrado de una ventana. Ya no hay ventana a la vista. Solo su luz, posada a sus pies.

La letra acompaña ese final con el único verso de toda la canción que no es una negación del todo:

No, pero algo en mí pide respirar

Empieza con un «no», como todo lo demás, pero gira a mitad de frase. Y el renglón que lo sigue, el último de la letra, habla de despertar algún día, con un «tal vez» delante que lo deja todo abierto. Es lo más parecido a una ventana que se abre que he escrito nunca. No promete nada. Solo dice que algo, dentro, pide aire.

Ventanas para mirar despacio

Si quieres hacer el recorrido de este texto, abre el videoclip de «No me aparece una ilusión» y fíjate en las ventanas por orden: la de guillotina del principio, la persiana de la cocina, los visillos del dormitorio, la sala blanca, el ventanal de las farolas y el amanecer del final. Luego pasa a el clip de «Entre cuatro paredes» y busca la mano en el cristal mojado. Termina con la cápsula de nubes de «Un invitado VIP cortando cebolla», que es la única ventana que te mira a ti.

Cuando termines con las imágenes, quizá te apetezca la versión sin pantalla: en la página de descargas gratuitas están las canciones de este paseo, sin registro y sin pagar nada. Escuchadas a oscuras, con la persiana como tú quieras, suenan distinto.

Quién hay detrás del cristal

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras las escribo yo, las decisiones de producción y el montaje de los videoclips también; la música y la interpretación vocal están hechas con IA siguiendo ese criterio. Con todo eso he ido levantando Planeta Gayfolk, y por lo visto lo he llenado de ventanas sin proponérmelo.

Hoy no todos los días me asomo a la ventana. Pero ya no la miro como una frontera, sino como lo que es: un hueco por el que entra el aire. Si tú estás todavía en el lado de dentro, no hace falta que saltes. Basta con abrirla un poco.

Preguntas frecuentes

¿Qué ventanas aparecen en el videoclip de «No me aparece una ilusión»? Una ventana de guillotina con un hombre apoyado en el alféizar, una persiana que corta la luz sobre una mesa de cocina, unos visillos en un dormitorio, un ventanal luminoso en una sala blanca, un ventanal nocturno con farolas y, al final, un ventanal abierto al amanecer.

¿«No me aparece una ilusión» y «Entre cuatro paredes» son la misma canción? Comparten la misma letra, pero tienen videoclips distintos. El de «Entre cuatro paredes» está en blanco y negro e incluye una mano apoyada en un cristal lleno de gotas y un ventanal sobre la ciudad.

¿Qué ventana sale en «Un invitado VIP cortando cebolla»? Una cápsula metálica flotando sobre las nubes con una ventana circular, tipo ojo de buey, en cuyo interior gira un remolino rosa. También aparece una ventana alta de palacio junto a una estatua.

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, toma las decisiones de producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.