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Una fábrica de cabezas iguales y una mesa de calaveras: «Mainstream» y los focos de Planeta Gayfolk

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Hay un sitio en mi planeta donde nunca se apagan las luces. Allí siempre hay alguien con una cámara delante de la cara, un foco que te busca los ojos y una fila de señores sentados que te miran sin pestañear. Es el escenario de «Mainstream», y en sus tres minutos el protagonista no consigue estar a solas ni una vez.

Lo recorro aquí escena a escena, con lo que de verdad aparece en el vídeo. La letra de «Mainstream» todavía no está colgada en mi web, de modo que no reproduzco ningún verso suyo: cuando hay una cita, viene de otra canción mía que ya tiene la letra publicada. Lo demás son las imágenes.

Me presento rápido: soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Las letras las escribo yo, la producción la decido yo y los vídeos los monto yo. De ahí ha salido Planeta Gayfolk, un mundo con calles, barrios y manías propias. Esta es su calle más iluminada, y también la más incómoda.

Un jueves de septiembre con los focos encendidos

Colgué el clip en YouTube el jueves 18 de septiembre de 2025, a las nueve y veinticinco de la noche, hora de Madrid. Dura tres minutos y tres segundos. La canción pertenece a «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía, y en el catálogo completo aparece como la pista 271 de 273. Si quieres los datos, están en la ficha de «Mainstream»; si prefieres verlo antes de seguir leyendo, el vídeo está en su página de Planeta Gayfolk.

Debajo del vídeo no escribí ningún texto largo: solo una ristra de etiquetas. Entre ellas hay dos que explican bastante bien el tono, #NoMainstream y #OutsiderArtist. Es decir, una canción que se llama como aquello de lo que se ríe.

El cartel: un chico entre cámaras

El vídeo arranca con el cartel. En el centro, un chico con barba y el torso desnudo mira a cámara muy serio. A su alrededor hay manos que sostienen cámaras de fotos enormes, con objetivos largos, y todas le apuntan a él. La luz está partida en dos: roja por un lado y verde azulada por el otro, como en las fotos de discoteca. Arriba, mi nombre en letras blancas; abajo, «MAINSTREAM» en letras doradas muy grandes. En el segundo plano del cartel sale un humo rosa, como si alguien hubiera disparado un flash de colores.

Es el primer chiste del clip: el título dorado, enorme, brillante, encima de alguien que parece querer estar en cualquier otro sitio. Todo lo que el mundo entiende por éxito está en esa imagen. Y él no sonríe.

El trofeo y la copa dorada

La primera escena es una gala. El protagonista lleva chaqueta de cuero negra y sujeta un trofeo plateado, con una esfera de cristal arriba. Está de pie delante de una copa dorada gigantesca, una especie de pila llena de adornos barrocos, que ocupa casi todo el primer plano. Detrás, sobre unas gradas iluminadas con líneas de neón morado, hay un público vestido de traje. Todos llevan la misma careta: una cara pálida, lisa, con ojos grandes, casi de extraterrestre. Y aplauden.

En el plano siguiente él levanta un brazo y señala hacia arriba, como quien da las gracias al cielo. Pero el público sigue igual, con sus caretas idénticas, sin una sola expresión. Aplauden porque toca aplaudir.

Me gusta esa copa dorada porque no sirve para nada. No es una fuente, no es una bañera, no es un trono. Es solo un objeto enorme y caro que está ahí para que se vea. Igual que muchas de las cosas que nos dicen que tenemos que desear.

El túnel de discos dorados

Después, el chico aparece dentro de un túnel blanco y redondo, como el pasillo de una nave espacial. Las paredes están forradas de discos dorados, colgados uno junto a otro, cada uno con su brillo. Él camina por el centro con la chaqueta de cuero abierta y una camiseta blanca, y en uno de los planos abre los brazos como si quisiera abarcarlo todo.

El túnel vuelve varias veces y cada vez él está distinto. En una, levanta los puños y grita hacia el techo. En otra, se tapa la cara con las manos mientras unos papeles blancos vuelan a su alrededor. En otra, se lleva las manos al pecho, con los ojos cerrados, como quien intenta respirar despacio. Hay incluso una sala más pequeña, de paredes color crema, donde los discos cubren cada centímetro y él extiende los brazos en el centro como si estuviera a punto de echar a volar o de caerse.

Es el mismo pasillo, pero no es el mismo chico. Primero lo disfruta, luego se enfada, luego se esconde. Así es como lo viví yo, viéndolo una y otra vez al montarlo: un sitio que parece la meta y que, si te quedas a vivir dentro, acaba siendo un tubo del que no sabes salir.

La fábrica de cabezas iguales

Y entonces llega el plano que da título a este texto. Una nave industrial muy larga, iluminada con tubos de neón rosa y morado. En el centro, dos cintas transportadoras paralelas. Sobre ellas, en fila, cientos de bustos de maniquí. Todos tienen la misma cara: pelo oscuro peinado hacia un lado, cejas marcadas, la misma boca, los mismos ojos. Avanzan despacio hacia la cámara, uno detrás de otro, como botellas en una embotelladora.

Fotograma del videoclip de «Mainstream»: una nave larga con luces de neón rosa y dos cintas transportadoras llenas de bustos de maniquí con la misma cara

El plano se repite más adelante, desde otro ángulo, con un chico de camisa clara de pie entre las cintas, que señala hacia delante y luego abre los brazos como un director de orquesta. A su alrededor, las cabezas siguen pasando.

Este es, para mí, el corazón del clip. No hay nada más aterrador que una cara repetida mil veces. Ahí está todo lo que se nos pide cuando nos dicen que encajemos: misma ropa, mismo peinado, mismas ganas, mismo gesto. Y una cinta que no para. Quien sabe que no va a salir igual que las demás cabezas de la fila conoce bien la tentación de intentarlo de todas formas. Esta fábrica es mi forma de reírme de ese intento.

Las lámparas con colmillos

Hay una escena muy breve que es, probablemente, la más rara de todo el vídeo. El chico, con la barba y el pelo peinado hacia atrás, mira a cámara. Desde los dos lados entran dos manos, cada una con una lámpara redonda. Pero las lámparas no son lámparas normales: tienen forma de boca abierta, con dientes afilados alrededor, como colmillos. De cada boca sale un haz de luz, uno amarillo y otro azul, que le da directamente en los ojos.

Él no se aparta. Se queda quieto, con la cara iluminada mitad roja y mitad turquesa, mientras las dos bocas le escupen luz.

Después vienen variaciones de lo mismo. Un chico con tirantes y sin camiseta, entre dos focos gigantes, rojo y azul, se tapa los ojos con las manos o se lleva los dedos a las sienes como si le doliera la cabeza. Es el foco que deslumbra, el foco que muerde. Para alguien con fobia social, como yo, eso es exactamente lo que se siente cuando todo el mundo te mira a la vez: una luz que no calienta, que solo ciega.

Las manos con cámaras

Las cámaras vuelven una y otra vez. En uno de los planos, el chico sonríe de oreja a oreja mientras decenas de manos le rodean con cámaras de fotos, todas apuntándole a la cara desde muy cerca. Detrás, unos focos redondos, rojos y blancos, como las luces de un estudio antiguo. En otro, con una camiseta oscura y el pelo con tupé, da un paso hacia los objetivos y abre las manos, como si dijera «aquí estoy, ¿qué más queréis?».

Cinco franjas verticales del videoclip de «Mainstream»: el chico de barba con un trofeo ante un público con caretas, el túnel de discos dorados, la sala de juntas con enmascarados de calavera, el salto sobre una mesa dorada y un chico de tupé de espaldas ante una pared de flashes

Lo que me interesa de estas escenas es que nadie le habla. Solo le miran. Las manos no tienen dueño: entran desde fuera del encuadre, con sus cámaras, y desaparecen. Así funciona la mirada de los demás cuando la sientes como una amenaza. No hay caras, solo objetivos.

En «Antisocial» escribí sobre esto mismo, sin flashes pero con la misma sensación:

Evito las miradas, los saludos en la calle, mi silencio es un castillo, yo una armadura sin llave.

El chico de «Mainstream» no tiene castillo. Está en medio del plató, sin armadura, y por eso todo le da en la cara.

Camisas doradas y un esmoquin entre cristales

Entre la fábrica y la sala de juntas hay dos escenarios más que pasan muy deprisa. En el primero, el chico de barba lleva una camisa dorada, brillante como papel de chocolatina, y abre la boca como si soltara un grito de sorpresa. Detrás de él, en una nave llena de máquinas plateadas y rayos de luz violeta, hay otros chicos con camisas doradas idénticas, sentados cada uno en su puesto. Son como las cabezas de la cinta, pero ya con cuerpo: copias que trabajan.

En el segundo, va de esmoquin con pajarita negra, muy arreglado, y habla con las manos en un pasillo de cristal verdoso. Al otro lado de los cristales hay gente quieta, mirándole, como peces en un acuario o como visitantes de un museo. Es la versión elegante de lo mismo: ya no le hacen fotos, pero sigue estando en una vitrina.

Me gusta que el vídeo cambie tanto de vestuario. Cuero, camiseta blanca, camisa dorada, esmoquin, lentejuelas, plata. Es como si el protagonista se probara todos los trajes que le ofrecen para ver si alguno le sirve, y ninguno le quitara la sensación de estar en el escaparate.

El consejo de las calaveras

La parte más teatral del vídeo pasa en una sala de juntas con paredes de madera noble, techo con luces de neón rosa y una mesa larguísima. Sentados alrededor, varios señores de traje y corbata. Ninguno tiene cara propia: todos llevan caretas. Unas son calaveras blancas, otras parecen zombis con la piel verde, otras son demonios dorados o máscaras grises con la boca abierta.

Al fondo de la mesa, de pie, el protagonista. En la primera visita a esta sala lleva una camisa morada y un pañuelo amarillo anudado al cuello, de esos que se ponían los presentadores de antes. Gesticula, explica, abre las manos hacia los enmascarados como quien defiende un proyecto. Ellos ni se inmutan.

Hay otra sala parecida, con cristales verdes y paredes como de espejo roto, donde el chico salta y se queda en cuclillas encima de una mesa dorada, con los brazos abiertos, mientras dos señores de traje con caretas verdes de alienígena le miran desde los lados. Es casi un número de circo: el único que se mueve en una habitación llena de estatuas.

Y en otra visita a la sala de madera lleva una chaqueta de lentejuelas de todos los colores, como un mosaico, y baila delante de la mesa mientras los enmascarados siguen sentados con las manos cruzadas. En otra va de negro, con las manos juntas, como pidiendo algo, y luego estira los brazos. Siempre los mismos señores, siempre las mismas caretas.

No es una sala de un sitio concreto. Es la sala en la que todos hemos estado alguna vez: la de la gente que decide si vales o no sin haberte escuchado de verdad. A veces es una familia, a veces un grupo de amigos, a veces un pueblo entero. Lo que tienen en común es que nunca se quitan la careta.

Un traje plateado encima de la mesa

Casi al final llega el plano que más me gusta del clip. En la misma sala de juntas, el chico se ha subido a la mesa. Lleva un traje plateado holográfico, que tornasola según le dé el foco, y unas botas de plataforma enormes, también plateadas. Está de pie en el centro, con los brazos caídos, muy tranquilo. Sobre la mesa, a sus pies, hay un montón de monedas o de confeti metálico desparramado. Del techo caen luces verdes y amarillas, como si alguien hubiera encendido una discoteca dentro de la oficina.

Los enmascarados siguen sentados a los lados, con sus calaveras y sus caras de demonio. Pero ahora le miran desde abajo.

No hace ningún discurso. No baila. Solo está ahí, de pie, brillando, encima de la mesa donde antes tenía que pedir permiso. Para mí, esa es la respuesta a todo lo anterior: no convencer a la sala, sino subirse a la mesa vestido como te dé la gana.

En «Boys Like Us» hay un verso que le queda a ese plano como un rótulo:

We never do what we're told

El último chico ante los flashes

Pero el clip no termina en la mesa. Los últimos planos son para otro chico: muy joven, con el pelo negro peinado hacia arriba en un tupé brillante y el lateral rapado. Primero aparece con las manos juntas delante de la boca, pensativo, mientras detrás de él una nube de fotógrafos dispara sus flashes. Luego lo vemos de espaldas, de perfil, frente a una pared entera de cámaras y focos encendidos. No sabemos qué va a hacer. No da un paso adelante ni uno atrás.

Me gusta acabar así porque deja la pregunta abierta. El chico de barba ya ha hecho su recorrido: el trofeo, el túnel, la fábrica, la sala de juntas, la mesa. Este otro acaba de llegar. Está empezando. Y todo el ruido le espera.

El vídeo se cierra con el cartel del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», en rosa, con tres chicos de traje en primer plano.

Por qué el título es una broma

«Mainstream» es la palabra que se usa para lo que gusta a la mayoría, lo que está en el centro, lo que sale en todas partes. La canción se llama así, pero el vídeo entero es una burla de ese centro. Por eso entre las etiquetas que puse está #NoMainstream: no es una canción que quiera estar en la cinta de las cabezas iguales.

No lo digo desde el desprecio. No tengo nada contra lo que le gusta a mucha gente. Lo que me da miedo es la cinta transportadora: la idea de que solo vales si sales con la misma cara que los demás. Eso no tiene que ver con la música, sino con la vida. Y lo sé bien, porque tuve que reconstruirme después de mucho tiempo intentando ser quien otros querían que fuera.

La mirada de los demás

Llevo muchos años con fobia social. También con estrés postraumático, depresión mayor, ansiedad y un trastorno de la personalidad por evitación, después de dos relaciones con personas narcisistas que me quitaron veinte años y que, cuando por fin se les vio la máscara, consiguieron poner a mucha de mi gente en mi contra. Hoy sigo un tratamiento con psiquiatría y psicología, y he salido de un lugar muy oscuro, uno en el que llegué a pensar en quitarme la vida.

Foto real de Mike Sain't Louis junto a un verso de «Antisocial»: «mi silencio es un castillo»

Por eso este clip, que parece una fiesta de neón, para mí es casi un autorretrato. Las cámaras sin dueño, los focos que muerden, los señores con careta que juzgan desde la mesa: así se veía el mundo desde dentro de mi miedo. Escribir canciones fue la manera de sacar todo eso fuera, de ponerlo delante para poder mirarlo yo, en lugar de que me mirara a mí.

Si te reconoces en algo de esto y lo estás pasando mal, busca apoyo. En España, el 024 es un teléfono gratuito y confidencial que atiende a cualquier hora a personas con ideas de suicidio y a quienes están preocupados por alguien. Ante un peligro inmediato, llama al 112. Si vives fuera, en findahelpline.com aparece la línea de tu país. Y si te cuesta hablar, empieza por una sola persona: alguien que no lleve careta.

Vecinos de calle en el planeta

«Mainstream» comparte barrio con otras canciones mías que hablan de mirar y ser mirado. La más clara es «I Want to Be a TikTok Star», que juega con el deseo de brillar y al final reconoce que brilla de otra manera:

I want to be a TikTok star, but I keep shining from afar.

Me gusta ponerlas juntas porque son dos caras de lo mismo. En una, el protagonista quiere estar en el centro. En la otra, el centro se lo come.

Muy cerca viven también «Contact Overwhelms Me», sobre lo que pesa el contacto cuando tienes fobia social, y «Roar Roar», sobre atreverse a hacer ruido. Y al otro lado de la calle están «Tus letras son basura», mi respuesta a quien juzga sin escuchar, y «El impostor», que cuenta la historia de alguien que vivía más pendiente de su imagen que de lo que pasaba en su casa.

Un clip del primer disco

«Mainstream» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco del hallazgo. Tiene sentido que viva ahí. Antes de descubrir el planeta, uno vive en el mundo de las cabezas iguales. Es justo cuando te das cuenta de que no encajas en la cinta cuando empiezas a buscar otro sitio.

Ilustración sin personas de una sala de juntas vacía con una mesa larga cubierta de confeti metálico, unas botas plateadas de plataforma en el centro y focos verdes y amarillos

En ese sentido, el cartel final del clip no es un anuncio: es una puerta. Después de tanta sala de juntas y tanto flash, aparece un cartel rosa con un planeta. Como diciendo: hay otro lugar, y no hace falta ponerse careta para entrar.

Cómo escucharla

Toda mi música se puede escuchar y bajar sin coste desde la página de descargas. No hace falta registrarse. «Mainstream» está allí, junto a las otras canciones de la trilogía.

Yo la pondría un día en que te hayas sentido demasiado observado. Después de una reunión, de una comida familiar o de una de esas fiestas en las que todo el mundo opina de ti. Ponla, mira el clip hasta que el chico del traje plateado se sube a la mesa, y quédate con esa imagen.

Tres cosas en las que fijarse

La primera, las caretas del público de la gala. Son todas iguales, y se parecen muchísimo a las cabezas de la fábrica. Es como si los que aplauden y los que pasan por la cinta fueran los mismos.

La segunda, las bocas con colmillos de las lámparas. Duran muy poco, pero son la imagen más honesta del clip: hay luces que no iluminan, que muerden.

La tercera, las botas plateadas encima de la mesa. Fíjate en cómo pisan el confeti. Es el final más luminoso que admite una canción así.

Preguntas frecuentes

¿Qué día se estrenó el clip de «Mainstream»? El jueves 18 de septiembre de 2025, a las 21:25 (hora de Madrid), en YouTube. Dura tres minutos y tres segundos.

¿A qué disco pertenece «Mainstream»? A «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primero de la trilogía de Planeta Gayfolk. En el catálogo completo es la pista 271 de 273.

¿Qué pasa en el videoclip? Un chico de barba recibe un trofeo delante de un público con caretas iguales, recorre un túnel forrado de discos dorados, atraviesa una fábrica donde pasan cientos de cabezas idénticas, se enfrenta a una sala de juntas llena de enmascarados y acaba subido a la mesa con un traje plateado. Cierra un chico joven ante una pared de flashes y el cartel del primer disco.

¿Por qué se llama «Mainstream» si se burla de lo mainstream? Porque es una ironía. El vídeo convierte el centro, lo que todos deben desear, en una fábrica de caras iguales. Entre las etiquetas del vídeo, Mike Sain't Louis puso #NoMainstream.

¿Hay que pagar para descargarla? No. Se baja gratis, sin registro, como todo el catálogo de Mike Sain't Louis, en la sección de descargas de mikesaintlouis.com.