
By Mike Sain't Louis ·
Un moreno que sale de la pantalla, un dormitorio de teles y un desierto de antenas: los televisores de Planeta Gayfolk
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Hubo años en los que la tele fue mi única compañía de verdad. No lo digo con drama, sino con la precisión de quien lo ha vivido: la encendía al levantarme, la dejaba de fondo mientras hacía cualquier cosa, y me dormía con ella puesta para no oír el silencio de la casa. No la miraba. La escuchaba, como quien escucha a alguien que habla en la habitación de al lado. Por eso no me extraña que, al repasar mis videoclips, me haya encontrado televisores por todas partes. Planeta Gayfolk tiene muchos. Más de los que yo mismo recordaba.
Lo que sigue es una ronda por esas pantallas, de una en una. Hay una tele de madera en un salón de los setenta de la que sale, literalmente, un novio. Hay un dormitorio rosa con aparatos encendidos alrededor de la cama. Hay una sala con una pared entera de pantallas. Y hay un desierto donde los televisores se han quedado tirados en la arena. No pretendo contar ningún vídeo entero. Quiero mirar qué hace una tele en un planeta inventado, y por qué yo no podía dejar de ponerlas.
La teletienda del amor
El primer televisor de este paseo es el más gracioso, y sale en «3 años de garantía»: su clip lo subí un viernes de enero de 2025, el día 3, hacia las ocho y media de la tarde en Madrid. Dura algo más de cuatro minutos y medio, y durante todo ese tiempo el título se queda fijo en una esquina, en letras naranjas y blancas, como el rótulo de un canal de teletienda.
Arranca en un salón de colores de caramelo: un sillón verde lima, otro morado, una alfombra de pelo, una lámpara de techo. En el centro, sobre un mueble bajo, un televisor antiguo con carcasa de madera y botones redondos. En la pantalla, un chico moreno con camisa naranja sonríe a cámara. Enseguida lo vemos en primer plano, delante de una playa de agua turquesa, con una sonrisa de anuncio de dentífrico.
La letra empieza exactamente así:
Anunciaron a un chico muy mono moreno En televisión
Me encanta lo directo que es. No hay metáfora ni rodeo: un novio anunciado en la tele, como una batidora o un juego de sartenes. Y la canción sigue con toda la lógica de la compra a distancia: el pedido, la entrega en veinticuatro horas, el pago contra reembolso, la opinión en internet, el mes de prueba, la garantía.
El moreno que salta al salón
Lo mejor del vídeo llega cuando la pantalla deja de ser una pantalla. En varios planos el televisor muestra una playa con el moreno en bañador, y de repente el moreno ya no está dentro del aparato: está de pie en el salón, delante del mueble, descalzo, con sus pantalones cortos vaqueros, sonriendo como si acabara de bajarse de un autobús. Detrás, en la tele, se queda la playa vacía, con su arena dorada y su palmera al fondo.
Esa imagen me parece una pequeña joya. Es el sueño de cualquiera que haya pasado muchas noches solo delante de la tele: que lo que sale en la pantalla salga de verdad. Que el chico del anuncio, el presentador simpático o el protagonista de la serie atraviese el cristal y se siente en el sofá contigo. Y el vídeo lo cumple, con toda la ingenuidad del mundo, en un salón con sillones de colores pastel.
Claro, la canción no se queda ahí. A los dos años el moreno empieza a fallar, a los tres llega el calvario de las reclamaciones, y el vídeo se va oscureciendo hasta que vemos a hombres solos en habitaciones en penumbra, con la cabeza entre las manos, con un vaso al lado. El salón de colores se apaga. Es la parte del vídeo en la que la tele ya no promete nada.
Si quieres ver el recorrido completo, desde la teletienda hasta la penumbra, tienes el clip de «3 años de garantía» en mi web. Y si te interesa saber qué vino después de este novio de teletienda, la secuela directa es la del ex que resultó ser una IA, donde la idea de fabricar un novio se lleva hasta la inteligencia artificial.
Una pantalla que vende compañía
Hay algo que me parece muy serio debajo del chiste de «3 años de garantía». La teletienda es el único sitio de la televisión que te habla directamente a ti. Los presentadores te miran a los ojos, te tutean, te dicen que tienes un problema y que ellos tienen la solución. Llama ahora. Solo hoy. Y para alguien que se pasa el día solo en casa, esa mirada a cámara puede parecerse peligrosamente a la compañía.

Yo lo sé porque lo viví. No llegué a comprar un novio por teléfono, obviamente, pero sí entendí muy bien esa sensación de que la pantalla era la única que te hablaba. Por eso la canción, aunque sea una comedia, tiene un fondo que no lo es: la idea de que el amor se puede encargar como un producto, con servicio técnico incluido, solo se le ocurre a alguien que ha estado muy solo.
Un dormitorio con las teles encendidas
El segundo televisor del paseo no es uno, son muchos, y viven en «Contact Overwhelms Me», un clip que estrené a principios de diciembre de 2025. Es una canción sobre lo abrumador que resulta el contacto con otras personas, y su vídeo es una sucesión de sitios vacíos de Planeta Gayfolk. Uno de los primeros es un dormitorio.
Es una habitación de paredes rosas con una cama de matrimonio en el centro, con su colcha de cuadros y un tubo de neón rosa por encima del cabecero. Alrededor de la cama, sobre las mesillas y sobre el suelo, hay televisores antiguos encendidos. Más tarde vemos otro rincón del mismo cuarto: una pila de aparatos de tubo junto a la cama, unos encima de otros, cada uno con un círculo blanco y rosa brillando en la pantalla, como un ojo o como una luna.
Nadie duerme en esa cama. Nadie mira esas teles. Las pantallas están encendidas para nadie. Y sin embargo es una de las imágenes más íntimas del vídeo, porque cualquiera que haya vivido una temporada de aislamiento la reconoce al instante: el cuarto donde la tele es la luz, el sonido y la compañía. Donde se apaga la lámpara pero no la pantalla.
Una pared entera de pantallas
El tercer televisor también es multitud. Hacia el final de «Can't Wait», después de una sirena enjaulada en mitad del mar y poco antes del peluche de la urna, aparece una sala cuyas paredes están hechas de televisores. Decenas de aparatos de tubo, apilados en curva, encendidos todos a la vez con pantallas blancas, moradas y rosas. La sala está a oscuras y la única luz es la que sale de ellos.
Me gusta que esa sala sea redonda, que los televisores te rodeen. Es la imagen exacta de un día de esos en que tienes la tele puesta, el móvil en la mano, el ordenador abierto, y aun así te sientes solo. Muchas pantallas, ninguna persona. Mucho ruido, ninguna conversación. Ese es el peligro de los televisores cuando se multiplican: dan la sensación de estar acompañado mientras te dejan exactamente igual de solo que antes.
Un desierto de antenas
El cuarto televisor del paseo está en un desierto. En el videoclip de «Tangled Light», que publiqué el 21 de noviembre de 2025, hay una llanura de arena bajo un cielo polvoriento donde los televisores se han quedado abandonados. En un plano aparecen figuras quietas con un aparato antiguo en lugar de cabeza, con sus antenas de cuernos, alineadas a los lados de un camino. En otro, ya no hay figuras: solo decenas de televisores blancos tirados por la arena, apagados, como si el desierto se los hubiera tragado. Y entre ellos avanza un hombre vestido de negro con unas alas enormes de plumas negras.

Ya conté en otro texto lo que significan para mí esas figuras con cabeza de pantalla. Aquí me quedo con la segunda imagen, la de los aparatos tirados. Porque después de un salón de teletienda, un dormitorio con las pantallas encendidas y una sala de televisores, el desierto es el sitio donde las teles por fin se apagan. Ya no emiten. Ya no hablan. Son chatarra en la arena, y el hombre de las alas pasa entre ellas sin mirarlas.
Si quieres ver ese desierto, está en la página del videoclip de «Tangled Light», hacia el final.
El recorrido de las pantallas
Si pongo estos cuatro televisores en orden, me sale una historia que no planeé pero que reconozco.
Primero, la tele que promete: el salón de los setenta de «3 años de garantía», con el moreno sonriente que sale de la pantalla. Es la ilusión, el «llame ahora».
Después, la tele que acompaña: el dormitorio de «Contact Overwhelms Me», con los aparatos encendidos alrededor de una cama vacía. Es la temporada de encierro, cuando la pantalla es la única luz.
Luego, la tele que abruma: la sala redonda de «Can't Wait», con su pared de pantallas. Es el momento en que te das cuenta de que tantas pantallas no llenan nada.
Y al final, la tele apagada: el desierto de «Tangled Light», con los aparatos tirados en la arena. Es la salida. No hace falta romper los televisores. Basta con dejar de necesitarlos tanto y seguir andando.
Lo que la tele no podía darme
Te cuento por qué estas pantallas me tocan tan de cerca, con el cuidado de siempre: cuento lo mío y dejo fuera cualquier pista sobre otras personas.
Viví unos veinte años en dos relaciones seguidas con personas narcisistas. Lo que llega después de algo así no es solo la tristeza de la ruptura; en mi caso fue también el aislamiento, porque cuando todo salió a la luz consiguieron que buena parte de mi círculo se quedara con su versión. De pronto el teléfono dejó de sonar. Y en esa casa silenciosa, la tele pasó a ser el murmullo de fondo que me hacía compañía.
Llegué a pensar en el suicidio, y estuve más cerca de lo que me gustaría reconocer. Lo cuento porque hoy estoy al otro lado y porque sé que esconderlo no ayuda. A los 41 me diagnosticaron estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y un trastorno de la personalidad por evitación; lo cuento entero en mi texto sobre aquel diagnóstico. Desde entonces me tratan una psiquiatra y una psicóloga, sigo mi tratamiento, y la mejoría es enorme. La tele sigue en el salón, pero ya no es lo único que habla en mi casa.
Si hoy la pantalla es lo único que te acompaña y las noches se te hacen eternas, quiero que sepas que hay alguien al otro lado que no es un anuncio. Marca el 024 si estás en España: es la línea de atención a la conducta suicida, no cuesta nada, no cierra ni de noche ni en festivos, y no hace falta que digas quién eres. También vale si la que te quita el sueño es otra persona. Con peligro inmediato, el 112. Para niños y adolescentes está la Fundación ANAR, en el teléfono 900 202 010. Desde fuera, findahelpline.com reúne los números de cada país. Pedir ayuda me cambió la vida, y por eso insisto tanto en hablar del suicidio sin tabú.
Los días de temporada enterita
Los televisores de los videoclips tienen primos en las letras. Hay una canción mía, escrita en uno de esos días de ojeras hasta el suelo, en la que no pido nada más que esto:

Solo me apetece ver la temporada enterita
La escribí tal cual la sentía. Hay días en los que no se puede con nada, y lo único que el cuerpo acepta es tumbarse en el sofá y dejar que una serie conocida vaya pasando, capítulo tras capítulo, sin tener que decidir nada. No es una serie cualquiera: es una que ya has visto, cuyos personajes conoces como a vecinos, cuyos chistes te sabes de memoria. Lo que buscas no es la sorpresa, sino la repetición. Saber lo que va a pasar es, en esos días, un pequeño descanso.
Esa canción la puedes encontrar en mi web como mi tema para los días de llorar, y para mí es la versión en letra del dormitorio de «Contact Overwhelms Me». Una cama, una pantalla encendida, nadie más. No lo cuento como algo bueno ni malo. Es un refugio, y los refugios sirven mientras no se convierten en una casa de la que ya no sales.
Lo que he aprendido con los años, y con mucha ayuda, es a distinguir entre las dos cosas. Una temporada entera en un día malo es un apoyo. Diez temporadas seguidas, semana tras semana, sin ver a nadie, ya es otra cosa: es la tele haciendo de muro. Y ahí conviene parar, mirar alrededor y pedir que alguien te eche una mano para salir del sofá.
Lo que sí contesta
Hay un vídeo de Planeta Gayfolk que, para mí, es justo lo contrario de todos estos televisores, aunque no salga ninguno. Es el de «Limón»: un chihuahua de color crema dormido sobre un edredón blanco, con una luz amarilla muy suave, durante casi todo el clip. No pasa nada más. No hay pantallas, ni anuncios, ni figuras con antenas. Solo un perro pequeño que respira.
Lo pongo aquí porque la diferencia entre una tele y un animal es la diferencia entre algo que emite y algo que responde. La tele te habla, pero no te oye. Te mira a cámara, pero no te ve. Un perro, en cambio, levanta la oreja cuando entras, se acerca cuando lloras, se acurruca cuando no puedes más. No tiene programación ni anuncios, pero contesta.
En mis peores años, entre la tele encendida y el teléfono callado, los animales fueron de lo poco que me devolvía algo. No sustituyen a la gente ni al tratamiento, y no quiero que nadie lea esto como una receta. Pero sí quiero dejar escrito que hay compañías que solo emiten y compañías que contestan, y que conviene saber cuál es cuál.
Si un día te das cuenta de que todo lo que te acompaña son pantallas, quizá sea el momento de buscar algo que conteste. Puede ser un animal, un amigo al que hace tiempo que no llamas, un grupo, un profesional. Lo que sea, mientras al otro lado haya alguien que te oiga.
Por qué siempre teles antiguas
Hay algo que vuelve en casi todos estos vídeos: los televisores son antiguos. Carcasas de madera, pantallas abombadas, botones redondos, antenas de cuernos. Ni una tele plana. Ni un móvil.

Creo que lo hice sin pensarlo, pero tiene sentido. La tele antigua es un mueble, ocupa sitio, pesa, tiene presencia. Es casi una persona más en la habitación. Las pantallas de ahora son finas, se esconden en la pared, desaparecen en el bolsillo. La tele de tubo, en cambio, está ahí, mirándote desde su rincón, con su zumbido y su calor. En un planeta inventado que habla tanto de soledad y compañía, tenía que ser ese tipo de televisor: uno que se note.
Y también hay algo de nostalgia, claro. Las teles de tubo son las de la infancia de mucha gente de mi edad: las de los dibujos animados del sábado por la mañana, las de las series familiares, las de la carta de ajuste a deshoras. Ponerlas en Planeta Gayfolk es una forma de llevar un trozo de ese pasado a un sitio donde se puede mirar con cariño, sin que duela.
Un canal propio
A veces pienso que mis videoclips son, en el fondo, un canal de televisión que me he montado yo. Uno con una programación muy rara: comedias de teletienda, documentales de sitios vacíos, musicales en desiertos, culebrones de ángeles y vaqueros. Un canal que emite desde Planeta Gayfolk y que no tiene anuncios, ni presentadores, ni horario.
La diferencia con la tele de aquellos años es que ahora soy yo quien decide lo que sale. Antes la pantalla me llenaba la casa con lo que otros querían contarme. Ahora la uso para contar lo mío, a mi manera, con mis colores y mis bromas. Es la misma caja, pero mirada desde el otro lado.
Y me gusta pensar que, del otro lado, hay alguien que una noche cualquiera, con la casa en silencio, pone uno de estos vídeos para no estar solo. Si es tu caso, ojalá te acompañe un rato. Y ojalá, cuando termine, te dé ganas de apagar la pantalla y escribirle a alguien.
Un juego con el mando
Si te apetece, prueba esto. Ve los cuatro vídeos seguidos y fíjate solo en las pantallas. En «3 años de garantía», cuenta cuántas veces el moreno está dentro de la tele y cuántas fuera. En «Contact Overwhelms Me», busca el dormitorio rosa y mira cuántos aparatos hay encendidos alrededor de la cama. En «Can't Wait», espera a la sala redonda de pantallas, casi al final. Y en «Tangled Light», quédate con el desierto de los televisores tirados.
Luego apaga la tele de verdad, aunque sea un rato, y pon las canciones solas. Están todas en mi página de descargas, para escucharlas y bajarlas gratis, sin crear ninguna cuenta. Sin pantalla, solo con el sonido, son otra cosa.
Quién enciende estas teles
Todas estas pantallas las he encendido yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Pongo las letras, la dirección de cada producción y el montaje de los clips; la parte sonora, música e interpretación vocal incluidas, la genera la IA siguiendo mis decisiones. Con esas piezas levanto Planeta Gayfolk, y los televisores se han convertido, sin yo buscarlo, en uno de sus muebles fijos.
Si alguna vez te sorprendes con la tele puesta para no oír el silencio, acuérdate del moreno de «3 años de garantía» saliendo de la pantalla. Es una broma, sí. Pero también es un recordatorio: lo que de verdad acompaña no viene por teletienda. Hay que salir a buscarlo, o dejar que te encuentre.
Preguntas frecuentes
¿En qué videoclips de Mike Sain't Louis aparecen televisores? En «3 años de garantía» (un televisor de madera en un salón de los setenta del que sale un chico moreno), «Contact Overwhelms Me» (un dormitorio rosa con televisores encendidos alrededor de la cama), «Can't Wait» (una sala redonda con paredes de pantallas) y «Tangled Light» (un desierto con figuras de cabeza de televisor y aparatos tirados en la arena).
¿De qué trata «3 años de garantía»? Es una comedia sobre un novio comprado por teletienda: se anuncia en la tele, llega en veinticuatro horas, tiene un mes de prueba y tres años de garantía, y empieza a fallar justo cuando la garantía se acaba. Su continuación es «Mi último ex era una IA disfrazada».
¿Qué significan los televisores en Planeta Gayfolk? La compañía que da una pantalla en las temporadas de aislamiento: primero promete, luego acompaña, después abruma y, al final, se apaga. Por eso casi siempre son teles antiguas, que ocupan sitio y se notan en la habitación.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, produce los temas y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.