
By Mike Sain't Louis ·
Un columpio con una seda azul, unas cadenas que esperan y un asiento entre las nubes: los columpios de Planeta Gayfolk
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Un columpio no lleva a ninguna parte, y por eso es perfecto. Te sientas, te agarras a las cadenas, echas las piernas hacia delante y hacia atrás, y durante un rato el mundo se mueve contigo. Subes, bajas, vuelves a subir. Llegas un poco más alto cada vez y luego, sin que nadie te lo diga, empiezas a frenar. Al final te quedas quieto, con los pies arrastrando por la tierra, y te levantas exactamente en el mismo sitio en que te sentaste. Pero no eres el mismo.
Hay niños que se pasan la tarde entera en el columpio sin jugar con nadie. Les basta con el vaivén, con el cosquilleo en el estómago al llegar arriba y con el viento en la cara al bajar. Es una manera de estar solo sin sentirse solo. Pienso en ellos cuando busco en la música lo mismo que ellos buscan en el parque: un movimiento que calme.
En mis videoclips hay columpios que aparecen sin que yo los buscara. Casi todos están vacíos. Algunos esperan en el campo, otros se oxidan en parques olvidados, otros cuelgan de una feria o flotan entre nubes. Este texto se sienta un rato en cada uno.
Una nana de sílabas
El columpio principal de este paseo está en «Lai», una de las canciones más tranquilas que he hecho. Es casi una nana sin palabras: unas pocas palabras sueltas en inglés y, sobre todo, una retahíla de sílabas que se repite como el balanceo de una cuna.
Lara-li, loora-li, Lai...
Esas sílabas no significan nada. O significan lo que significan las nanas: estoy aquí, puedes descansar. Las escribí así a propósito, buscando un sonido que se meciera solo, sin pedir que nadie lo entendiera. Una letra hecha para ir y volver, igual que un columpio.
Entre la retahíla aparecen algunas palabras sueltas, cada una seguida de puntos suspensivos, como si se quedaran colgando en el aire:
Dream, soft dream...
Sueño, sueño suave. No hay historia ni personajes. Solo un estado de ánimo, una invitación a cerrar los ojos. Cuando la escucho, siempre me imagino a alguien que se columpia despacio al final de la tarde, sin prisa por volver a casa.
Dos bicicletas aparcadas entre lavandas
Antes de que aparezca ningún columpio, «Lai» abre con otra forma de vaivén: dos bicicletas. Una blanca y rosa pálido, apoyada en mitad de un camino entre filas de lavanda; otra fucsia, en el mismo campo, con el sol bajo detrás. Ninguna se mueve. Nadie pedalea. Están aparcadas como si sus dueños se hubieran ido a coger flores y fueran a volver enseguida.
Una bicicleta parada es un columpio horizontal. Promete movimiento, pero ahora mismo descansa. Me gusta que el videoclip empiece así, con objetos que esperan, porque la canción también espera: no arranca, no explota, no tiene estribillo que te agarre por el cuello. Se toma su tiempo, igual que esas bicicletas apoyadas en el campo morado.
Cuando estaba peor, mi vida era una bicicleta aparcada. No me movía, pero tampoco me había ido. Seguía ahí, de pie, con las ruedas intactas, esperando a que alguien, o yo mismo, volviera a subirse. Tardé, pero volví.
Esferas que ruedan por una calle mojada
En «Lai» hay también una calle de ciudad después de la lluvia, con el asfalto brillante y los escaparates encendidos a los lados. Por el aire, a distintas alturas, flotan esferas de colores: amarillas, rojas, azules, algunas tan pulidas que reflejan la calle entera. No caen. No suben. Se quedan suspendidas, oscilando un poco, como péndulos sin hilo.
Esas esferas me parecen columpios que han perdido las cadenas y siguen meciéndose por costumbre. Hay algo hipnótico en ellas, algo que invita a quedarse mirando sin pensar en nada. Es la misma sensación que da un columpio vacío que todavía se mueve un poco después de que alguien se haya bajado: el rastro de un movimiento que no termina de apagarse.
Me gusta que en una canción tan quieta haya tanto vaivén escondido. Nada corre, pero todo oscila. Así es también la calma de verdad, la que se consigue después de mucho trabajo: no es la ausencia de movimiento, sino un movimiento tan suave que ya no asusta.
Una bailarina que solo es sombra
Hay otro personaje en «Lai» que se mece sin columpio. Es la sombra de una bailarina proyectada sobre una pared desconchada, con los brazos levantados y una pierna en el aire, mientras alrededor flotan destellos de colores. No vemos a la bailarina. Solo su sombra, que se balancea de un lado a otro, como si la pared fuera un escenario.
Esa sombra me parece la forma más delicada de estar presente. No hay cara, no hay cuerpo, no hay mirada que te juzgue. Solo un movimiento que te acompaña. Durante años, lo único que me sentía capaz de enseñar de mí mismo era eso: una sombra, un perfil, algo que se movía detrás de las canciones sin dar la cara.
Hoy enseño un poco más. Pero sigo teniendo cariño a esa bailarina de pared. Me recuerda que también se puede bailar desde lejos.
El columpio de la seda azul
Y resulta que el videoclip de «Lai» tiene ese columpio. Casi al final, después de bicicletas entre lavandas, calles mojadas con esferas de colores y una galleta con forma de estrella, aparece un columpio de cuerdas colgado en mitad de un campo dorado. Detrás, el sol se pone justo a la altura del asiento, de modo que parece que el columpio sostiene la luz. Alrededor, ondeando con el viento, una larga cinta de seda azul cruza la imagen de lado a lado.
No hay nadie sentado. El asiento está quieto o casi quieto, y la seda se mueve por los dos. La puse en la portada porque me parece la mejor definición visual de la calma que he conseguido nunca. Un columpio vacío al atardecer no es triste: es un sitio preparado para alguien que todavía no ha llegado.
La seda azul me hace pensar en el aire. En lo que se mueve aunque no se vea. Cuando estás mal, a veces todo parece inmóvil, y no lo es. Hay algo que sigue moviéndose a tu alrededor, despacio, esperando a que vuelvas a sentarte.
Un asiento de madera entre la hierba
Al final del clip aparece un segundo columpio, más humilde. Un asiento de tablas de madera clara, colgado de dos cadenas gruesas, en medio de hierba alta. Por detrás cuelgan unas cintas blancas, finas, que el viento enreda. La luz es suave, de mañana o de tarde nublada. Tampoco hay nadie.
Este columpio me parece el de una casa de campo, el que alguien colgó de una rama para sus hijos o para sus nietos. Tiene algo de recuerdo familiar, de verano antiguo. Y al mismo tiempo, está tan limpio y tan bien iluminado que parece nuevo, como si lo acabaran de colgar para ti.
Me gusta que «Lai» termine con dos columpios y no con una persona. La canción es una invitación al descanso y el videoclip deja el sitio libre. Es como decir: aquí puedes sentarte tú. No tienes que hacer nada. Solo mecerte.
Zapatillas en la orilla
Entre los dos columpios, el clip baja a la playa. Hay un par de zapatillas rosas abandonadas en la arena mojada, junto a la orilla, mientras el sol se pone sobre el mar y el agua llega y se retira. En otro plano, unas huellas se alejan hacia las olas, una detrás de otra, hasta perderse.
Las olas son el columpio del mar. Van y vienen, suben y bajan, nunca se quedan quietas y nunca se van del todo. Me parece precioso que «Lai» ponga juntos el vaivén del agua y el vaivén de los columpios. Es la misma música, en dos versiones.
Y las zapatillas solas me hacen pensar en alguien que se ha descalzado para meterse en el agua. Alguien que ha decidido sentir la arena y el frío en los pies, sin protección. A veces descansar es eso: quitarse los zapatos que te apretaban y dejarlos en la orilla un rato.
Shine, gentle shine
En medio de la retahíla, otra palabra suelta se queda columpiándose:
Shine, gentle shine...
Brilla, brillo amable. No es un brillo de foco ni de escaparate. Es el de una luz que no deslumbra. Pienso que es el brillo que necesitaba cuando estaba peor: no que alguien me iluminara de golpe, con preguntas y consejos, sino una luz pequeña, constante, que no me obligara a abrir los ojos del todo.
En el clip hay muchos de esos brillos amables: esferas de colores que flotan sobre una calle mojada, una piedra cubierta de purpurina en la palma de dos manos, destellos que se desenfocan en la pantalla. Todo brilla, pero nada grita.
El parque de los trastos
El columpio más triste de Planeta Gayfolk está en «Trasto viejo». Es un videoclip en blanco y negro casi entero, lleno de personas mayores en lugares de abandono: un vertedero, una sala de hospital vacía, una gasolinera de noche. En uno de esos lugares hay un parque infantil descuidado, con la hierba crecida, papeles tirados por el suelo y columpios de cadenas sobre una estructura de hierro. Uno de ellos cuelga vacío, quieto, con el asiento de goma negra a poca altura de la tierra.
Esa imagen es el reverso de los columpios de «Lai». Aquí el columpio vacío no espera a nadie: ya se olvidaron de él. Es un objeto que alguien usó y luego dejó. Como dice el estribillo:
Trasto viejo, tirado, olvidado,
La canción habla de cómo se trata a las personas como muebles que se tiran cuando molestan. Y ese parque es su escenario perfecto. Un lugar hecho para la alegría, convertido en depósito de cosas que ya no le importan a nadie.
Columpiarse a cualquier edad
En el mismo clip, en otro plano, un hombre mayor aparece sentado en uno de esos columpios, con las manos en las cadenas, como quien ha vuelto a un sitio de su infancia. No sé qué piensa. El clip no lo dice. Pero el gesto me parece de una ternura enorme.
Nos han enseñado que los columpios son cosa de niños. Que a partir de cierta edad sentarse en uno da vergüenza. Y, sin embargo, cuántas veces he visto a adultos que, al pasar por un parque vacío, se sientan un momento y se balancean un poco, mirando a los lados por si alguien los ve.
Me gusta pensar que ese hombre del vertedero recupera algo cuando se sienta en el columpio. No la juventud, que ya se fue, sino el derecho a mecerse. El derecho a no ser útil un rato. El derecho a jugar aunque el mundo te haya tirado al contenedor más apartado.
Sillas voladoras en la plaza
No todos los columpios de mi planeta están quietos. En el videoclip de «Boys from the Village», en una plaza de piedra con edificios antiguos, hay una atracción de feria de sillas voladoras: asientos de colores pastel, azules y rosas, colgados de cadenas largas bajo una cúpula pintada. En el plano que prefiero, las sillas cuelgan vacías, esperando a que empiece la música.
Las sillas voladoras son el columpio llevado al extremo. Ya no te mueves tú: te mueve la máquina, en círculos, cada vez más rápido, hasta que las cadenas se inclinan y sientes que sales disparado hacia fuera. Es un vértigo compartido, porque todos giran a la vez.
En una canción sobre chicos que vienen de pueblo, esa atracción me parece la fiesta mayor, el momento del año en que el pueblo se vuelve un poco más libre. Y las sillas vacías, antes de arrancar, tienen algo de promesa. Dentro de un rato estarán llenas de gente riendo.
Un columpio entre nubes
Hay un último columpio que merece un hueco, aunque solo aparece un instante. En el arranque del videoclip de «Float», bajo el rótulo con el título, dos chicos vestidos de blanco comparten un columpio que cuelga en mitad de un cielo de nubes rosas. No hay suelo, no hay árbol, no hay estructura. Solo las cuerdas, perdiéndose hacia arriba, y las nubes alrededor.
Es el columpio más imposible de todos y, quizá por eso, el más sincero. Representa lo que se siente cuando el amor está bien: que flotas, que no necesitas tocar el suelo, que el vaivén es suave y compartido. No es un columpio para escapar. Es un columpio para estar con alguien.
Me gusta que el primer columpio de este paseo esté vacío y el último esté ocupado por dos. Es el camino que me gustaría que hiciera cualquiera que lea esto: de la calma solitaria a la compañía elegida.
La cuna y el columpio
Siempre he pensado que el columpio es la cuna de los mayores. Las dos cosas se mueven igual: adelante y atrás, con un ritmo que el cuerpo reconoce antes de que la cabeza lo entienda. A un bebé lo meces para que se duerma; a un adulto, el columpio le devuelve un poco de esa calma que perdió por el camino.
Por eso «Lai» tenía que terminar en un columpio. Es una nana, y una nana es un balanceo hecho de sonidos. Las sílabas van y vienen como la mano que empuja una cuna. Y el videoclip, en vez de enseñar una cuna, que hubiera sido demasiado literal, enseña su versión crecida: un asiento colgado de dos cuerdas en un campo al atardecer.
Ojalá a alguien le sirva para dormir. Y que, si le sirve, se duerma con la sensación de estar sentado en ese columpio, con la seda azul rozándole el brazo.
Empujar a otros
Cuando por fin aprendes a columpiarte solo, descubres un placer nuevo: empujar a alguien. Ponerte detrás, esperar a que el asiento vuelva hacia ti y darle un impulso suave, ni demasiado fuerte ni demasiado flojo. Ver cómo sube. Oír cómo se ríe.
Me gustaría que mis canciones fueran eso para quien las escucha. Un empujón pequeño en la espalda, en el momento justo. No para lanzarte por los aires, sino para que el vaivén no se pare. Si una letra consigue que alguien se levante un día de la cama, el columpio se habrá movido gracias a los dos: a quien la escribió y a quien decidió agarrarse a las cadenas.
El vaivén del ánimo
Hay una razón más personal por la que los columpios me dicen tanto. Durante años, mi ánimo se ha comportado exactamente como uno. Días arriba, días abajo, sin saber muy bien qué los provocaba. Momentos de impulso en los que todo parecía posible, y caídas en las que no podía ni levantarme de la cama.
Lo que he ido aprendiendo, con mucha paciencia y con ayuda, es que el vaivén no se elimina del todo. Lo que se puede hacer es aprender a no soltar las cadenas. Saber que, cuando estás abajo, el movimiento va a volver a subirte, aunque ahora no lo parezca. Y que, cuando estás arriba, no hace falta asustarse por la bajada que vendrá.
Un columpio solo es peligroso cuando te sueltas. Mientras sigas agarrado, el vaivén es un juego.
Quién me empujaba
Te cuento de dónde vengo, para que se entienda lo que te digo.
Durante unos veinte años compartí mi vida con dos parejas narcisistas, una tras otra, como si el segundo hubiera recogido el columpio donde lo dejó el primero. Me empujaban cuando querían y me dejaban caer cuando les convenía. Cuando por fin descubrí cómo funcionaban y lo conté, se adelantaron: hablaron con mi gente, sonrieron mucho, y muchas personas que yo quería se pusieron de su lado. Las canciones fueron el único lugar donde pude contar mi parte.
Llegué a estar tan abajo que pensé que no quería seguir viviendo. Hoy puedo escribirlo con calma porque salí de ahí, despacio, con ayuda, y el columpio volvió a subir. Más tarde llegaron las palabras exactas, de boca de quienes me atienden: ansiedad, fobia social, un trastorno de evitación de la personalidad, depresión mayor en grado grave y estrés postraumático. Hay un texto entero sobre aquel día, cuando me diagnosticaron a los 41. Tener esas palabras se pareció mucho a notar que alguien, por detrás, me sujetaba las cadenas.
Si no puedes darte impulso
Si estás tan abajo que no encuentras fuerzas para moverte, y has pensado en quitarte la vida, pide que alguien te empuje un poco. Marca el 024: es el número público que en España atiende la conducta suicida, no cuesta nada, no cierra nunca y nadie te va a juzgar; sirve igual si la que te preocupa es otra persona. Cuando el peligro es inmediato, llama al 112. Hay más manos dispuestas: el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y, para chavales y sus familias, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Desde cualquier otro país, findahelpline.com te dice a quién llamar.
Nadie aprende a columpiarse solo. Alguien nos empujó las primeras veces. Pedir ese empujón ahora no es retroceder. Es volver a empezar el juego.
Cómo sentarse en estos columpios
Si quieres verlos todos, arranca con «Lai» en la sección de videoclips y espera al final: el columpio de la seda azul al atardecer, las zapatillas en la orilla, el asiento de madera entre la hierba. Después pasa al parque abandonado de el de «Trasto viejo», a las sillas voladoras de «Boys from the Village» y al columpio entre nubes de el de «Float».
Si prefieres escuchar con los ojos cerrados, puedes oír y bajar gratis las canciones de este paseo desde la sección de descargas, sin cuenta y sin tarjeta. «Lai», en concreto, funciona muy bien para dormir. O para mecerse en una hamaca, si tienes la suerte de tener una.
Quién cuelga los columpios
Detrás de estos columpios estoy yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras las firmo yo, la producción la dirijo yo y el montaje de los clips es mío; para la música y la interpretación vocal uso inteligencia artificial, siempre siguiendo lo que decido. Así he ido colgando columpios en trigales, parques, plazas y nubes.
Si pasas por un parque vacío esta semana, siéntate un minuto en el columpio. Nadie te va a mirar, y si te miran, que miren. Echa los pies hacia delante. Vuelve. Y otra vez.
Preguntas frecuentes
¿Qué columpios aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre el columpio con seda azul al atardecer y el asiento de madera entre la hierba de «Lai», el parque abandonado de «Trasto viejo», las sillas voladoras de feria de «Boys from the Village» y el columpio entre nubes rosas de «Float».
¿De qué trata «Lai»? Es una nana casi sin palabras, construida sobre la retahíla «Lara-li, loora-li, Lai» y unas pocas palabras sueltas en inglés como «dream» o «shine». Invita al descanso y a la calma.
¿Qué muestra la portada de este texto? Un fotograma del videoclip de «Lai»: un columpio de cuerdas vacío en un campo dorado, con el sol poniéndose justo detrás del asiento y una seda azul ondeando al viento.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, dirige la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Se pueden descargar gratis estas canciones? Sí, gratis y sin registro desde la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips se pueden ver en la sección Planeta Gayfolk de la web.