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Un cojín con piernas, un flamenco hinchable y una verja dorada: el videoclip de «El calcetín», escena a escena

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Hay canciones que nacen como respuesta a otra, y «El calcetín» es la contestación directa a «No quiero otro novio cojín». Aquella ya escondía un verso que anunciaba lo que venía: «Has quedado a la altura de un calcetín.» Esta segunda parte coge esa frase al pie de la letra y la convierte en un mundo entero. Y el videoclip hace algo que todavía me hace reír cuando lo repaso: en lugar de enseñar calcetines, llena la pantalla de cojines. Cojines con piernas, cojines con corona, cojines con una ventanita en la barriga, cojines que desfilan, cojines que se pelean. El calcetín, el de verdad, aparece una sola vez, casi al final, y colgado de unas cadenas.

El clip dura tres minutos y diecisiete segundos. Salió en YouTube el 12 de septiembre de 2025, un viernes, a las diez menos veinte de la noche (hora de Madrid), que es justo la hora en la que uno se arregla para salir o decide quedarse en el sofá abrazado a un cojín. En mi canal ocupa el puesto 103 si empiezas a contar por lo último que he subido, y en el catálogo la canción es la pista 137 de 273. En la descripción de YouTube escribí que forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el disco donde empezó todo este universo. Si prefieres ir comprobando cada imagen a la vez que lees, abre su página en Planeta Gayfolk y ve parándolo conmigo.

Una aclaración antes de empezar, para quien llegue aquí por primera vez: soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Con los vídeos hago de montador más que de director, porque elijo entre muchísimas imágenes generadas, las corto y las ordeno. Como la letra de «El calcetín» aún no se puede leer en mi web, no copio ni una línea de ella: este texto habla solo de imágenes. Fui pausando el clip de dos en dos segundos y apuntando lo que aparecía. Por eso los tiempos son orientativos, y separo lo que se ve de lo que a mí me sugiere.

La verja dorada del principio

El vídeo arranca delante de una verja de palacio. Es enorme, de hierro negro con remates dorados por todas partes: hojas, coronas, volutas, una especie de encaje metálico que brilla al sol de la tarde. Detrás se adivina una fachada larga de piedra clara con tejados de pizarra. Sobre esa verja aparece el título, «El calcetín», en una cursiva rosa de neón, acompañado de mi nombre, más pequeño.

Delante de la verja hay dos chicos de pie. Uno lleva chaqueta de cuero negra y vaqueros. El otro va vestido con un mono de rayas horizontales rosas y blancas, como un caramelo de feria o un pijama de los de antes. Hacia el cuarto segundo uno de ellos se gira y la cámara se queda un momento con la nuca y el hombro del de la chaqueta, como si fuera a entrar en el palacio y se lo pensara.

Me gusta empezar así, por todo lo alto. Una verja dorada es la imagen de lo que alguien quiere aparentar: el acceso a un sitio importante, la entrada a una vida de lujo. La canción habla precisamente de eso, de la fachada. Y el vídeo te la pone delante en el primer plano para que sepas que, detrás, lo que hay va a ser bastante más doméstico.

Una figura blanca entre la niebla

Hacia el octavo segundo hay un corte brusco: el chico de la chaqueta de cuero aparece de perfil, con el pelo engominado hacia atrás, contra un fondo blanco lleno de niebla. Es un plano limpio, casi de anuncio de colonia. No pasa nada en él; solo mira hacia la luz.

Lo interpreto como un recordatorio de que esta historia también tiene un protagonista serio, alguien que se toma muy en serio a sí mismo. En otro vídeo, un plano así anunciaría una tragedia. Aquí sirve de contraste: dentro de nada lo veremos paseando de la mano de un cojín.

El camino de grava hacia el palacio

Volvemos a la verja, ahora abierta del todo. Los dos chicos siguen ahí, uno al lado del otro, de frente a la cámara, con el palacio detrás. Unos segundos después la cámara cruza la verja y vemos lo que hay al otro lado: un camino de grava larguísimo, recto, entre dos rectángulos de césped, que lleva hasta la fachada. Al fondo, muy pequeñas, dos figuras caminan hacia el edificio.

Es de los pocos planos del vídeo sin caras, solo arquitectura y distancia, y por eso me parece de los más elocuentes. Todo ese recorrido para llegar a una puerta. La grava, el césped recortado, la simetría perfecta: es la escenografía del pedestal. Y la canción, ya lo dice Mike en su descripción, va de lo que queda cuando alguien se cae de él.

El supermercado de los botes dorados

Hacia el segundo dieciséis aparece el primer escenario raro: un supermercado con pasillos larguísimos cuyas estanterías están llenas de botes y paquetes dorados, todos iguales, como si toda la mercancía del mundo fuera de oro. El suelo está cubierto de confeti de colores. Por el centro del pasillo camina el chico de la chaqueta de cuero y, a su lado, un cojín gigante.

Es un cojín blanco y mullido del tamaño de una persona, con dos piernas que le salen por debajo, unos ojitos y una boca sonriente dibujados en la tela. Va de paseo con él como quien va con su pareja a hacer la compra del sábado. Ninguno de los dos parece extrañado.

Aquí el vídeo enseña sus cartas. El novio cojín de la canción anterior no se quedó en una metáfora: en el clip es un personaje con patas que te acompaña por los pasillos. Y el supermercado es el lugar perfecto para él, porque es el sitio de la rutina, de lo que se repite cada semana, de comprar siempre lo mismo. Justo la rutina de la que hablaba la primera parte.

El pasillo de oficina

Dos segundos después el cojín sonriente camina por otro sitio: un pasillo blanco y frío, de oficina o de hospital, con fluorescentes en el techo y puertas de cristal. Lo acompañan el mismo chico y una chica con el pelo largo. Al fondo pasa más gente, de espaldas.

Tres fotogramas del videoclip de «El calcetín»: la verja dorada de un palacio con su camino de grava, dos chicos de traje desfilando en una nave con grafitis rosas y un túnel de grafitis con dos figuras a contraluz

Es un plano que dura muy poco, pero me hace pensar en todas esas parejas que se presentan en el trabajo, en las cenas de empresa, en las bodas de los primos. El cojín, que en realidad es un cojín, va por la vida como si fuera alguien.

Un oso rosa en la catedral

Hacia el segundo veinte el vídeo nos mete en una catedral gótica. Arcos de piedra altísimos, vidrieras, bancos a los lados y, en las capillas laterales, una luz rosa fucsia que convierte la nave en una discoteca. En el centro, un chico con camisa blanca da la mano a un oso de peluche gigante, rosa, del tamaño de una persona. Al fondo hay figuras vestidas de negro que miran.

En los segundos siguientes el oso y el chico siguen cogidos de la mano y la luz cambia de color. No es una boda, pero se le parece mucho: el pasillo central, los invitados a los lados, la pareja en medio. Solo que uno de los novios es un peluche.

El estudio de fotos y el muñeco de lana

Hacia el segundo veintiséis cambiamos a un estudio fotográfico blanco, con un paraguas de flash a un lado. Un chico con traje negro posa junto a un muñeco enorme hecho de punto gris, con gorro de lana y guantes, como un astronauta tejido por una abuela. Justo después, el mismo chico en un retrato solo, sobre fondo blanco.

Me gusta mucho este plano porque convierte la pareja en una foto de compromiso. Los dos miran a cámara, muy formales. Es la imagen que se cuelga en el salón o que se sube a las redes con un texto largo. Y uno de los dos es de lana.

Láseres rosas sobre la nave

Hacia el segundo treinta volvemos a la catedral, pero ahora de otra manera. Un chico con traje oscuro está junto a un muñeco blanco de peluche, una especie de gato u oso con orejas pequeñas, y por encima de ellos cruzan haces de láser rosa desde las bóvedas. Luego, durante un par de segundos, la imagen se llena entera de luz rosa: las columnas desaparecen y solo queda un resplandor.

Después llega un retrato frontal del chico con la nave rosa detrás. Lo interpreto como el momento en que el protagonista se cree su propio decorado: la catedral, la luz, la solemnidad. Todo está montado para él.

Cojines con corona

Hacia el segundo treinta y seis volvemos al supermercado dorado, y aquí aparece uno de mis personajes favoritos del vídeo: un cojín beige, cuadrado, con dos piernas y una corona dorada encima. Primero lo vemos con una chica y un chico de chaleco; después, entre los segundos cuarenta y cuarenta y cuatro, camina por el pasillo al lado de un chico con camiseta blanca. El suelo sigue lleno de confeti. El cojín avanza con la corona bien puesta, muy digno.

Si el resto del vídeo hace bromas, esta es la más clara. Un cojín coronado es un rey de relleno: blando por dentro, aparatoso por fuera. Es exactamente lo que describe la nota que escribí en YouTube cuando habla de la «falsa intensidad que esconde pereza, mentira y fachada». La corona es la fachada. El relleno, lo de dentro.

Una nuca contra las luces de la ciudad

Entre los segundos cuarenta y seis y cuarenta y ocho, otro corte serio: un chico de tupé y chaqueta de cuero, con jersey de cuello alto, de perfil contra un fondo de luces desenfocadas rojas y blancas. En el siguiente plano lo vemos de espaldas, solo la nuca perfectamente peinada y el cuello de la chaqueta.

Recuerda al plano de la niebla del principio, el del galán de anuncio. Que el vídeo lo enseñe de espaldas me parece significativo. Ya no le vemos la cara, solo el peinado. Es el principio de la caída del pedestal: lo que queda cuando dejas de mirar a alguien a los ojos.

El desfile del oso negro

Hacia el segundo cincuenta, la catedral se ha llenado de público. Hay gente sentada a los dos lados de un pasillo central, como en un desfile de moda, y por ese pasillo avanzan un chico con camiseta blanca y una figura con cabeza de oso negro de peluche. Los cruzan haces de luz azul y rosa. Caminan muy serios, al mismo paso.

Un desfile en una catedral es una idea que me divierte porque junta dos tipos de ceremonia: la religiosa y la de la moda. Las dos van de mirar y ser mirado. Y en las dos, lo importante es lo que se ve desde el banco.

El bebé de goma en el supermercado

Hacia el segundo cincuenta y seis, de nuevo en el supermercado, un muñeco blanco y redondeado, como un bebé de goma o un muñeco de neumáticos, pasea junto a un chico de camisa celeste. Luego el chico aparece en primer plano mirando hacia abajo, con el muñeco borroso a un lado.

Para entonces ya está claro el sistema del vídeo: cada chico tiene su pareja de relleno. Peluche, lana, goma, tela. Cambia el material, pero todos son blandos, todos sonríen y ninguno dice nada.

El baile con el oso amarillo

Entre los segundos sesenta y sesenta y cuatro, la catedral se convierte en pista de baile. Focos blancos, vidrieras de colores, humo. Un chico con camisa blanca y tirantes baila con un disfraz de oso amarillo anaranjado. El oso estira un brazo hacia la cámara, el chico le coge la otra mano y los dos dan vueltas.

Es el momento más alegre de la primera mitad. Si hasta aquí los cojines eran parejas de escaparate, ahora uno de ellos baila. La canción, como expliqué en su ficha, tiene un compás que te pone a bailar sin pedir permiso. Aquí se nota.

La nave de los grafitis

Hacia el segundo sesenta y seis cambia todo el decorado. Pasamos a una nave industrial con paredes pintadas de rosa y cubiertas de grafitis, tubos de neón y flechas de luz. Un chico de jersey marino posa junto a una chica metida dentro de un cojín blanco que tiene un círculo en el centro, como la puerta de una lavadora.

Collage con un detalle de la carátula de «El calcetín» y las carátulas de «No quiero otro novio cojín», «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «El narcisista» y «Gaslighting»

Esta nave va a ser el escenario principal de la segunda mitad. Es lo contrario del palacio: no hay oro, hay pintura en espray; no hay simetría, hay cables y neones. Si el palacio era la fachada, la nave es la trastienda. Y el cojín con una lavadora en la barriga me parece un guiño precioso a la frase final de la descripción de YouTube: que la autoestima también se lava, se cuelga y se estrena limpia.

Una pasarela de almohadas

Entre los segundos setenta y noventa, la nave se convierte en una pasarela. Primero, dos chicos de frente: uno con chaqueta de cuero y otro con una chaqueta blanca escultural, con hombreras enormes hechas de almohada. Después los vemos alejarse hacia el fondo de la nave, pequeños, cada uno por su lado.

Hacia el segundo setenta y seis hay un plano de espaldas: un chico sin camiseta y, a su lado, alguien que lleva una almohada blanca atada al cuerpo. Hacia el ochenta, sobre una pasarela azul con líneas de neón en el suelo, un chico de traje negro camina junto a una mujer con un vestido hecho de almohadas blancas, falda incluida, y botas blancas. Luego vienen modelos con almohadas apiladas en los brazos, un traje de rayas plateadas, una pasarela vacía con tubos de luz colgando del techo, un chico de chaqueta amarilla con dos almohadas cruzadas.

Es moda de relleno. Y me hace gracia porque el vídeo aquí ya no presenta los cojines como parejas, sino como ropa. El novio cojín ha pasado de acompañarte a vestirte: lo llevas puesto, abulta, da forma, pero se quita.

Un hombre que abre los brazos

Entre los segundos noventa y dos y noventa y cuatro hay un respiro extraño: un hombre en penumbra, ante una pared desconchada de color verdoso, abre los brazos de par en par y luego los baja. La luz le viene de detrás y casi no se le distingue la cara.

Es un plano que no tiene nada que ver con los cojines y que, sin embargo, me parece el centro del vídeo. Es el gesto de alguien que se suelta, o que se rinde, o que dice «ya está». Lo pongo justo a mitad de camino entre la pasarela y la pelea de almohadas, como un punto y aparte.

El cojín amarillo

Hacia el segundo cien volvemos a la nave rosa, donde se lee un grafiti grande que empieza por «TUK». Un chico con chaleco de cuero está junto a otro metido dentro de un cojín amarillo enorme que le tapa del cuello a las rodillas. En el primer plano siguiente, el cojín amarillo llena media pantalla como una tableta de mantequilla.

El amarillo es el color más alegre del vídeo, y me parece justo que le toque al cojín más grande. Hasta aquí los rellenos eran blancos, beige, grises. Este es chillón. Es como si la canción empezara a reírse a carcajadas.

La pelea de almohadas

Entre los segundos ciento seis y ciento ocho llega la escena que todo el mundo espera en un vídeo lleno de almohadas: la pelea. En la nave con neones, dos chicos se lanzan almohadas, una vuela por los aires y salen plumas por todas partes. Uno va sin camiseta.

No hay violencia en esa pelea, hay juego. Las almohadas son el arma más inofensiva que existe, y eso es lo que me interesa. Lo que en «No quiero otro novio cojín» era rabia, aquí es risa. Lo dije en el texto sobre cómo esta canción continúa a la anterior: en las secuelas se nota cómo cambia el dolor.

Tres almohadas con cinta plateada

Hacia el segundo ciento diez, dos chicos con chaqueta de cuero y gorra sujetan entre los dos tres almohadas blancas envueltas con cinta plateada, como un paquete que hay que devolver. Están de frente, muy serios, con la nave rosa y los grafitis detrás.

Lo leo como una mudanza. Es el momento en que se recogen las cosas del otro y se dejan en la puerta. Bien envueltas, eso sí.

El túnel de grafitis

Hacia el segundo ciento catorce hay un túnel estrecho con las paredes cubiertas de grafitis y una luz azul y rosa al fondo. Por el centro vienen dos figuras a contraluz, una con una almohada bajo el brazo. A la izquierda, alguien se ha dejado caer en el suelo, con la espalda pegada a la pared, y mira.

Tampoco aquí se distingue ninguna cara, y me gusta porque parece la salida de algo. El túnel, la luz al fondo, la almohada que se va. El chico sentado es el espectador: alguien que mira pasar lo que antes era suyo.

Camisas negras en blanco y negro

Entre los segundos ciento dieciséis y ciento veinte aparecen dos chicos con camisas negras de seda bordadas. Primero, con una almohada beige con ribete verde entre los dos; luego, en un pasillo de grafitis desaturado, casi en blanco y negro, uno al lado del otro.

El color se va un momento del vídeo y se agradece. Después de tanto rosa, el gris sirve para que el siguiente estallido de color se note más.

El cojín con ventanita

Entre los segundos ciento veintidós y ciento treinta llega otro personaje central: un cojín blanco con una ventanita cuadrada en la barriga, como un televisor antiguo o la puerta de un horno. Primero va junto a un chico de chaqueta de cuero; después, en la nave rosa, el chico que lo lleva puesto aparece al lado de otro sin camiseta, con corbata y unos pantalones dorados que brillan. Hacia el segundo ciento treinta, el de los pantalones dorados camina de espaldas hacia una puerta del fondo de la nave.

Tira de película con cuatro planos de «El calcetín» vistos de espaldas: una nuca engominada ante luces rojas, un chico sin camiseta junto a otro con una almohada, unos pantalones dorados camino de una puerta y la plaza rosa vacía, con un recorte de una foto real de Mike Sain't Louis en camiseta de tirantes

Un cojín con ventana es un cojín que deja ver lo que tiene dentro. Y dentro no hay nada: un recuadro oscuro. Para mí es la mejor imagen de todo el vídeo sobre lo que cuenta la canción. Alguien que parecía profundo, y cuando por fin le miras por dentro, descubres que solo había relleno.

La piscina rosa

Hacia el segundo ciento treinta y dos el vídeo se va al agua. Una piscina de agua rosa con toboganes de plástico: un chico flota en ella, con el pelo mojado, y detrás asoma un personaje con gorro de lana y una cara pintada de colores, un muñeco de trapo que se ha metido en la piscina. En el siguiente plano el muñeco ocupa la imagen.

Después vienen los toboganes azules: dos chicos bajan por uno, luego aparecen sentados al final de otro, blanco, con bañador, y entre los segundos ciento cuarenta y dos y ciento cuarenta y cuatro, en una sala de tuberías con vapor azul, dos chicos con camiseta de tirantes caminan cogidos de la mano.

El parque acuático es el lugar del verano, de la diversión sin consecuencias. Es como si la canción, después de deshacerse de su cojín, se fuera de vacaciones.

Los flamencos de la plaza rosa

Entre los segundos ciento cuarenta y seis y ciento cincuenta aparece el decorado que más me gusta del vídeo: una plaza circular con gradas rosas iluminadas, como un estadio o un coso de juguete, y en el centro dos flamencos hinchables gigantes, rosa chicle, de los que se usan en las piscinas. Al principio hay dos chicos de negro de pie entre ellos; después los chicos desaparecen y quedan solos los flamencos, y luego la plaza vacía con una niebla rosa que sube del suelo.

He usado ese plano como portada de este texto porque resume el tono de la canción. Una plaza enorme, preparada para un espectáculo, y lo único que hay en el centro son dos flotadores. Es grandiosa y ridícula a la vez. Como la fachada de alguien que se tenía por un genio.

El oso negro baila bajo las luces

Hacia el segundo ciento cincuenta y dos volvemos un momento a la catedral. El chico de la camiseta y el oso negro bailan bajo una bola de luces, ya sin desfile ni público. Luego un fogonazo amarillo llena la imagen.

Ese fogonazo funciona como un cambio de capítulo. A partir de aquí todo es fin de fiesta.

La lata en la piscina

Entre los segundos ciento cincuenta y seis y ciento sesenta, un chico flota en una piscina azul con un tobogán rosa al fondo y, detrás de él, aparece un personaje con cabeza de bote rojo con etiqueta, como una lata de conservas con brazos. Es otro de los acompañantes de relleno, ahora en versión supermercado: un producto de estantería que se ha ido a bañar.

Un cojín tumbado en el agua

Entre los segundos ciento sesenta y dos y ciento sesenta y cuatro estamos en una plaza de arena con gradas rosas, y en el suelo hay flamencos hinchables rosas. Un chico con chaqueta de cuero, sin camiseta debajo, está de pie. A su lado, el personaje vestido de cojín blanco con la ventanita aparece tumbado dentro de una piscina de agua clara, como si se hubiera echado a dormir.

El cojín, por fin, en remojo. No puedo verlo sin pensar en la colada. Lo que antes desfilaba con corona ahora está en el agua, a la espera de que lo saquen a tender.

Último paseo por el supermercado

Entre los segundos ciento sesenta y seis y ciento setenta volvemos al supermercado, pero ya no es dorado: las estanterías tienen ahora luz azul y productos de colores. Un chico pasea junto a un cojín beige gigante y otro de camiseta blanca camina a su lado. Hacia el segundo ciento setenta y dos, en el tobogán azul, un chico sin camiseta se gira hacia el muñeco de lana gris, que le saluda con la mano.

Es una especie de repaso. Los personajes del principio vuelven a aparecer, pero ahora en un tono más relajado, sin corona ni catedral. Ya no hay pedestal. Solo un cojín que hace la compra.

La ventanita se inclina

Entre los segundos ciento setenta y seis y ciento ochenta volvemos a la nave rosa con el cojín de la ventanita y el chico de los pantalones dorados. En el último de esos planos, el cojín se inclina hacia delante y el otro le pone la mano encima, como si le diera un empujoncito o le sacudiera el polvo.

Por fin, el calcetín

Y entonces, entre los segundos ciento ochenta y dos y ciento ochenta y cuatro, aparece. Un calcetín blanco gigante, de esos de deporte con canalé, colgado de unas cadenas sobre una bañera azul redonda. Dentro del agua hay dos chicos sin camiseta. El calcetín cuelga por encima de ellos como una lámpara, o como una prenda olvidada en el tendedero.

Es la única vez que el objeto del título sale en el vídeo. Lo dejé para el final a propósito, y me alegra haberlo hecho así: todo el clip ha sido una sucesión de cojines, de rellenos y de parejas blandas, y cuando por fin llega el calcetín ya no hace falta explicar nada. Ahí está, colgado, a la altura que le corresponde.

La escalera de neón

Entre los segundos ciento ochenta y seis y ciento noventa, en la nave de los grafitis, una escalera de neón rosa sube hacia el fondo. Delante, un chico con camisa estampada y una chica con un vestido hecho de cojines de color melocotón. Hacia el segundo ciento ochenta y ocho sale de golpe un chorro de humo blanco, o de espuma, que lo tapa todo por un momento.

Ficha de la canción «El calcetín» con su carátula del calcetín de corazones rotos: puesto 137 de 273, letra y producción de Mike Sain't Louis

En toda la nave no hay otra escalera. Me gusta pensar que es la salida: el sitio por donde se sube cuando por fin has dejado el relleno en el suelo.

El saludo bajo el sol

El vídeo termina entre los segundos ciento noventa y dos y ciento noventa y cuatro en la plaza de arena, ahora a pleno día, con un cielo azul limpio y las gradas rosas al fondo. Flamencos hinchables repartidos por la arena. Dos chicos, uno con chaqueta de cuero y el otro con pantalones beige, levantan los brazos y saludan a cámara, como al final de una función. Uno de ellos agarra el cuello de un flamenco.

No hay cartel final. El vídeo se acaba con ese saludo, el de alguien que ha salido de algo y lo festeja a carcajadas. En la descripción de YouTube hablé de un final con brillo propio, y es exactamente eso.

Cómo está construido

Repasando todo el vídeo, se ve que tiene cinco escenarios que se van turnando: el palacio, el supermercado, la catedral, la nave de los grafitis y el agua (las piscinas, los toboganes y la plaza de los flamencos). El palacio solo aparece al principio, como prólogo. El supermercado y la catedral dominan la primera mitad. La nave domina la segunda. Y el agua llega al final, como una limpieza.

Ese orden no es casual. Va de lo más aparente a lo más casero, de la verja dorada a la colada. Es el mismo viaje que hace la canción: del hombre que parecía especial al calcetín que se queda colgado.

La familia de los rellenos

Contando por encima, en el vídeo salen por lo menos diez acompañantes distintos de relleno: el cojín con cara, el oso rosa, el muñeco de lana, el oso blanco, el cojín con corona, el oso negro, el bebé de goma, el oso amarillo, el cojín de la lavadora, el cojín amarillo, el cojín de la ventanita, la lata con brazos y los vestidos de almohadas. Y un solo calcetín.

Ninguno de ellos habla. Ninguno tiene cara de verdad: son caras dibujadas, cosidas o pintadas. Es mi detalle favorito del reparto. Todos los rellenos sonríen igual, como esa sonrisa de buena gente que aparece en otras canciones mías sobre esa misma clase de gente, de «El narcisista» a «Gaslighting».

Colores de una sátira

El vídeo juega con tres familias de color. El dorado del palacio y del supermercado, que es el color del lujo de mentira. El rosa de la catedral, la nave y la plaza, que es el color de mi planeta. Y el azul del agua, que aparece al final y lo enfría todo.

Me parece que esa paleta cuenta la historia sin necesidad de palabras: se empieza deslumbrado por el oro, se pasa por el rosa de la fiesta y se termina en el agua clara, que es donde se lava la ropa.

Dónde encaja en el planeta

«El calcetín» pertenece a la familia de canciones de Planeta Gayfolk que se ríen de los manipuladores en lugar de llorarlos. Comparte esa manera de mirar con «La ley de la exageración» y con «No Contact», que es la del corte limpio. Pero tiene algo que la hace distinta: es una segunda parte. No se entiende del todo sin la primera, y eso me parece bonito, porque las historias de verdad también van por capítulos.

Si pones las dos canciones seguidas, se nota cómo cambia el tono. La primera arranca con una rutina gris, «Despierto sola», y aquí la rutina se ha convertido en un supermercado dorado con confeti. Lo que allí era rabia, aquí es una pelea de almohadas.

Lo que hay detrás de la broma

Este vídeo es de los más divertidos que he montado, y está bien que lo sea. Pero no quiero que se pierda de vista de dónde sale. Durante veinte años viví dos relaciones con personas narcisistas, una después de otra. Cuando se les cayó la máscara, consiguieron poner en mi contra a parte de mi entorno. Con el tiempo me diagnosticaron, entre otras cosas, fobia social y trastorno de la personalidad por evitación, y hoy sigo un tratamiento psiquiátrico y psicológico.

Las canciones fueron la forma que encontré de contar mi versión. Y canciones como esta, la de los cojines con corona y el calcetín colgado, son la prueba de que en algún momento el dolor se convierte en risa. No digo que sea fácil ni rápido. Digo que llega. Y que cuando llega, se puede bailar con un oso de peluche en mitad de una catedral.

Dos maneras de mirarlo

Se puede ver «El calcetín» como lo que parece a primera vista: una sucesión de chistes visuales con cojines, una fiesta de colores, un vídeo para poner de fondo mientras se recoge la casa. Y está bien verlo así.

Pero también se puede ver como un pequeño cuento sobre la desilusión. Alguien te enseña una verja dorada, te pasea por catedrales y pasarelas, te presenta su corona. Y un día miras por la ventanita que tiene en la barriga y ves que dentro no hay nada. Entonces lo metes en remojo, lo cuelgas y sales a la plaza a saludar.

El clip entero te espera en Planeta Gayfolk, y en la ficha de «El calcetín» explico de qué va la canción. Y si te apetece tenerla a mano para el próximo día de colada, se puede escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mikesaintlouis.com, sin registrarte ni pagar nada.

Preguntas frecuentes

¿Dónde se puede ver el videoclip de «El calcetín»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis y en su página de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com. Se publicó el 12 de septiembre de 2025 y dura tres minutos y diecisiete segundos.

¿De qué va «El calcetín»? Es la segunda parte de «No quiero otro novio cojín». Cuenta el momento en que a alguien que parecía intenso y especial se le cae la máscara y lo que queda ya no impresiona: un calcetín arrugado. Es una sátira con humor y ritmo.

¿Qué pasa en el videoclip? Varios chicos pasean de la mano de cojines, osos de peluche y muñecos de lana por un palacio, un supermercado dorado, una catedral con láseres rosas, una nave con grafitis y un parque acuático. Hay una pasarela de almohadas, una pelea de almohadas y flamencos hinchables en una plaza rosa.

¿Sale algún calcetín en el vídeo? Sí, uno solo y casi al final: un calcetín blanco gigante colgado de unas cadenas sobre una bañera azul con dos chicos dentro.

¿Cómo termina el vídeo? Con dos chicos que saludan a cámara con los brazos en alto en una plaza de arena con gradas rosas y flamencos hinchables, a pleno sol y sin cartel final.

¿Se puede descargar la canción? Sí. Se puede escuchar y descargar gratis en la página de descargas de mikesaintlouis.com.