
By Mike Sain't Louis ·
Un carrusel encendido, un espejo de bombillas y un farol que finge: las luces de Planeta Gayfolk
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Una bombilla encendida no se ve a sí misma. Ilumina todo lo que tiene alrededor, la mesa, la cara de quien está cerca, el polvo que flota, pero ella se queda dentro de su propio resplandor sin saber qué aspecto tiene. Me acordé de esa idea tonta mientras repasaba mis videoclips uno detrás de otro y me di cuenta de algo: en Planeta Gayfolk casi nunca es de día. Hay luz por todas partes, pero es luz artificial, encendida a mano, colgada de un cable.
Carruseles que giran con sus filas de bombillas. Un camerino con espejos rodeados de focos. Farolas en una plaza. Guirnaldas sobre una charca. Focos que cruzan el humo de una nave vacía. Farolillos de papel sobre una calle en fiesta. Y en las letras, una palabra que vuelve una y otra vez con distintos disfraces: brillar. Este texto es un paseo por esas luces. No pretendo hacer un catálogo. Quiero mirar cada una con calma y preguntarme qué ilumina y qué deja a oscuras.
Un carrusel que gira encendido
Empiezo por «Dark corners», que es la canción donde más bombillas hay por metro cuadrado. Su videoclip dura unos tres minutos y se publicó en YouTube el 12/07/2025 a las 8:15 de la mañana, hora del Pacífico, que en Madrid eran las 17:15. El título aparece al principio en letras de neón rosa sobre una plaza de noche, y a partir de ahí la luz no se apaga en ningún momento. Los segundos que doy son aproximados y todos los personajes son inventados.

Hay varios carruseles, y cada uno tiene su propia luz. Hacia el segundo 40 aparece el más clásico, con su techo de colores cálidos y sus filas de bombillas amarillas, los caballos de madera subiendo y bajando, unas figuras con vestidos oscuros montadas encima. Un poco después, hacia el 44, otro distinto: una plataforma redonda con un anillo de luz azul en el suelo y unas figuras de pie, quietas, dentro de una jaula de barras metálicas iluminadas. Más adelante, hacia el 130, el último, blanco y azul, con caballos plateados que parecen de porcelana.
Un carrusel es una máquina de dar vueltas. Te subes, giras, ves pasar lo mismo una y otra vez y te bajas en el mismo sitio en el que te subiste. Por eso me parece una imagen tan precisa para esta canción. «Dark corners» habla de alguien que sale, baila, sonríe y vuelve a casa igual que se fue. La luz del carrusel es preciosa, pero da vueltas sobre sí misma. No lleva a ninguna parte.
El camerino de las bombillas
Hacia el segundo 52 hay un plano que me parece el corazón del vídeo. Una mujer con un vestido largo de lentejuelas está de espaldas, delante de un espejo enorme. El marco del espejo está hecho de bombillas, como en los camerinos de los teatros antiguos, y el reflejo multiplica las luces hasta el infinito. No le vemos la cara. Solo vemos su espalda y la luz que la rodea.
Los espejos de camerino tienen bombillas por una razón práctica: para maquillarse hace falta una luz que no deje sombras. Es una luz que lo enseña todo, cada poro, cada arruga, y que sirve para taparlo todo después con maquillaje. Es luz para preparar una actuación. Y eso conecta directamente con uno de los renglones de la letra:
I fake a show they’ll never know
Un espectáculo fingido que nadie va a notar. La mujer del camerino se prepara para salir a escena, y en la canción quien habla hace lo mismo cada noche. La luz del camerino no es para verse mejor, es para disimular mejor. Por eso me gusta tanto que el plano la muestre de espaldas: el espejo sabe cómo es su cara, pero nosotros no.
Bajo el farol
Hay un renglón en «Dark corners» que guarda un juego de palabras que me encanta:
Fingiendo siempre bajo el farol
En castellano, un farol es una lámpara de calle, esa luz alta y amarilla que hay en las plazas antiguas. Pero en las cartas, echarse un farol es fingir que tienes una buena mano cuando no tienes nada. Es un engaño, un bluff. El renglón dice las dos cosas a la vez. Quien habla finge bajo la luz de una farola, de noche, en la calle, y al mismo tiempo finge con un farol, enseñando unas cartas que no tiene.
El vídeo tiene un plano que podría ilustrar ese renglón. Hacia el segundo 94 aparece una plaza de piedra de noche, con farolas antiguas de varios brazos encendidas delante de un edificio señorial. Por el suelo corren unos bailarines con trajes de colores y, detrás de sus pies, dejan estelas de luz naranja, como si el baile escribiera en el suelo. Es una imagen de fiesta. Y sin embargo, bajo esas farolas, el renglón nos recuerda que alguien está echándose un farol.
Todavía hay un tercer farol, y en Planeta Gayfolk no podía faltar. En el toreo, un farol es un lance de capote: el torero cita al toro, lo deja pasar y hace girar la capa por encima de su cabeza, como quien enciende un círculo de tela en el aire. Es un adorno vistoso, pensado para el público. En el mismo vídeo de «Dark corners», un poco después de la plaza, aparece un torero con su traje de luces entre bailarinas envueltas en humo. Traje de luces, se llama así. No me lo invento yo: el oficio que más ha brillado en mis videoclips viste, literalmente, de luz.
Lámpara, engaño y lance. Las tres acepciones caben en el mismo renglón, y las tres hablan de lo mismo: de algo que brilla para que lo mire otro.
Brillar en la calle, apagarse dentro
Unos renglones antes, la letra lo dice todavía más claro, en dos frases seguidas que son casi una balanza:
En las calles brillo más Pero por dentro no hay más gas
Brillar en la calle es lo que ven los demás. El gas que se acaba es lo que nadie ve. La palabra «gas» me parece muy acertada aquí, porque hace pensar en las farolas de gas de otro siglo, las que había que encender a mano cada tarde. Una farola de gas brilla mientras le queda combustible. Cuando se acaba, se apaga, por mucho que la calle siga necesitándola. Quien habla brilla en la calle con un depósito que ya está vacío.
Más adelante, en otro renglón, la letra junta las dos cosas en la misma línea, la herida y la luz:
Lágrimas rotas, brillo en mi piel
Las lágrimas y el brillo, una al lado de otra. Nunca he sabido si ese brillo en la piel es purpurina, sudor o las mismas lágrimas reflejando los focos. Me gusta no saberlo. La letra no lo aclara. Deja que la luz y el llanto se confundan, como se confunden de verdad a las tres de la mañana en una pista.
Un corazón de fuego en la plaza
Antes de dejar «Dark corners», hay una luz más que no viene de una bombilla. Hacia el segundo 118, en la plaza de un pueblo blanco, alguien ha encendido un corazón enorme de fuego sobre los adoquines. Alrededor bailan mujeres con vestidos de volantes de colores, y la luz de las llamas tiñe de naranja las fachadas encaladas.
Es la única luz del vídeo que no es eléctrica. No hay cable ni enchufe. Y es también la única que da calor. Las bombillas del carrusel y del camerino iluminan, pero no calientan. El fuego sí. Me parece una diferencia importante. Hay luces que son para que te vean y luces que son para estar cerca. El corazón de la plaza es de las segundas: la gente baila alrededor, no delante.
Títulos escritos en neón
Antes de seguir, una luz que se repite en la primera imagen de varios vídeos: el neón de los títulos. «Dark corners» abre con su nombre en letras rosas de tubo, curvadas, sobre una plaza oscura. «Pura magia» empieza con su título escrito en neón rosa en una sala de duchas de azulejos del mismo color. Y en el arranque de «La noche no es para mí» hay paredes de cemento con letreros de neón rosa encendidos detrás de las figuras.
El neón tiene algo de firma. Es la luz de los bares, de las salas de fiesta, de los hoteles de carretera, de los carteles que se ven desde lejos cuando todo lo demás está cerrado. Escribir un título en neón es colgarlo en la puerta de un local imaginario y decir: aquí dentro pasa algo. Es una luz que promete. A veces cumple y a veces no, pero siempre promete.
Me gusta que mis canciones se presenten así, como la puerta de un local. Uno entra sin saber si dentro va a encontrar una fiesta, un camerino o un rincón oscuro. El cartel solo dice el nombre. El resto lo descubre quien pasa.
Guirnaldas sobre el agua
Salgo de «Dark corners» y me voy a «Flash», que tiene una de las imágenes más bonitas de todo mi catálogo, aunque sea muy sencilla. Al principio del vídeo hay una charca en mitad de un bosque, de noche, con una guirnalda de bombillas colgada entre los árboles y unos postes. La niebla se levanta del agua, las bombillas se reflejan en la superficie y un hombre con traje se mete en la charca hasta el pecho. Hacia el segundo 40 casi desaparece en la bruma y solo queda la luz.

Las guirnaldas de bombillas son la luz de las fiestas al aire libre, de las bodas en un jardín, de las terrazas de verano. Verlas sobre una charca, en un bosque sin nadie, produce una extrañeza muy dulce. Es como si alguien hubiera preparado una celebración y nadie hubiera llegado. O como si la fiesta fuera para una sola persona que entra en el agua vestida.
La letra de «Flash» tiene un renglón que se repite y que podría ser el lema de todo este texto:
Flash, cámara, acción
Un fogonazo, una cámara, una orden de rodaje. Es luz de plató, luz que dura un instante. Y el vídeo lo cumple: más adelante, la charca se vuelve rosa y hay un plano en el que la figura del traje queda reducida a una silueta azul atravesada por un estallido de luz, como si el flash de una cámara gigante la hubiera borrado. El brillo de un flash es intenso y no dura nada. Ilumina tanto que ciega.
Los focos del hangar
En «Gaslighting» la luz cambia de carácter. Ya no hay bombillas de verbena ni carruseles. Hay focos de escenario, potentes, blancos y amarillos, que atraviesan el humo de una nave industrial vacía. Hacia el segundo 124, una figura pequeña baila sola en mitad de la nave, con los haces de luz cruzándose sobre su cabeza como espadas. Y cerca del final, hacia el 196, hay alguien tendido en un suelo brillante, entre mesas vacías, bajo una fila de focos que lo apuntan desde el fondo.
Es la letra donde la luz tiene más poder. Lo dice desde el principio:
Las luces bailan sobre mi piel
No es la persona la que baila bajo las luces: son las luces las que bailan sobre ella. Me gusta ese cambio de sujeto. La luz se vuelve activa, casi una compañera de baile. Y un poco más adelante, la letra pasa del baile a la armadura:
El neón me cubre, soy inmortal
El neón como un traje. Como una capa que protege. Después de todo lo que ha contado la canción, después de alguien que intentaba convencerla de que no había visto lo que vio, la luz se convierte en una manera de plantarse. Hay un renglón que lo resume con un verbo que es justo el contrario de encender: «Ya no me apagas, no soy tu blame». Quien habla se niega a que otro le apague. La luz, aquí, es propia.
Encender y apagar
Las luces se encienden y se apagan, y esos dos verbos también tienen su sitio en mis letras. En «Mi salvador» hay una espera que se resuelve con una chispa:
Espero el sí que me va a encender,
Es el lenguaje del enamoramiento, el de la cerilla que prende. Alguien espera una respuesta como quien espera que salte la luz. Encender, en ese renglón, es empezar algo.
En «Gaslighting» el verbo es el contrario y llega negado: «Ya no me apagas». Ahí apagar es lo que intenta hacer el otro, bajar la luz de alguien hasta dejarlo a oscuras, hacerle dudar de lo que vio. Y la respuesta de la canción es seguir encendida. Hay un renglón más que completa la idea, «Que brilla fuerte sobre el beat», donde el brillo ya no necesita permiso de nadie.
Entre esos dos verbos, encender y apagar, cabe casi toda una relación. Al principio alguien te enciende. Al final, si las cosas van mal, alguien intenta apagarte. Lo que aprendí con los años es que el interruptor tiene que acabar en tu mano.
Farolillos de verbena
Hay otro tipo de luz que me emociona de una forma más tranquila. Es la de los farolillos de papel. En el vídeo de «Tan paleto», la calle de un pueblo está cubierta de farolillos rojos, naranjas y blancos colgados de lado a lado, como un techo de colores. Debajo hay mesas largas con manteles blancos, bailaoras con vestidos de volantes y músicos con guitarras. En otros planos, al anochecer, cadenas de bombillas cuelgan sobre un patio mientras la fiesta sigue.
Los farolillos de papel tienen algo muy humilde. Dan poca luz, se mueven con el viento, se rompen con nada. Pero colgados juntos, cientos de ellos, convierten una calle normal en un sitio de celebración. No ciegan como un flash ni imponen como un foco. Acompañan. Son la luz de las verbenas de barrio, de las noches de verano en las que la gente saca las sillas a la puerta.
Si tuviera que elegir una luz para vivir, sería esa. No la del escenario ni la del camerino, sino la de una calle con farolillos en la que nadie está actuando.
La luz que sale de dentro
Hasta aquí casi todas las luces venían de fuera: bombillas, focos, farolas, fuego. Pero en mis letras hay otra clase de brillo, uno que no necesita enchufe. Aparece con el verbo «brillar» conjugado en primera persona, y cada vez que sale, la persona que habla está un poco más cerca de estar bien.

En «Soy marica sideral» hay dos renglones que se contestan. El primero llega pronto:
y ahora brillo sin stress.
Y tres renglones más abajo, otro lo matiza: «yo no grito pa’ brillar.» Brillar sin gritar y sin estrés. Es un brillo que no necesita llamar la atención ni demostrar nada. Me parece la versión más serena de todas.
En «No Contact» el brillo está en la pista y es exacto, sin una sombra de duda: «In the club yo brillo exact». En «Marica chill» se va al mar, a una luz que ya no es de discoteca sino de agua y cielo: «Hoy solo quiero brillar en el ultramar». Y en «Pura magia», en portugués, la luz está a la vez en la ciudad, «Luzes brilham na cidade», y en una cara: «Seu sorriso ilumina».
Si pongo esos renglones al lado de los de «Dark corners», veo un recorrido. En «Dark corners» el brillo es de calle y por dentro no queda gas. En «Gaslighting» la luz es una armadura que nadie puede apagar. Y en las otras, el brillo ya no tapa nada. Simplemente está.
Lo que aprendí de apagarme
Sé lo que es brillar en la calle con el depósito vacío, porque lo viví durante mucho tiempo. Pasé veinte años con dos parejas narcisistas, una después de la otra. Cuando conseguí salir, las dos se ocuparon de poner en mi contra a parte de la gente que tenía alrededor. Durante años sonreí hacia fuera mientras por dentro no quedaba nada, y esa frase de «Dark corners» la entiendo demasiado bien.

Me diagnosticaron estrés postraumático, una depresión mayor grave, fobia social, ansiedad y un trastorno de la personalidad por evitación. Hubo un momento en el que estuve muy cerca de no seguir. Hoy me encuentro mucho mejor y sigo en tratamiento, con psiquiatra y con psicóloga. Las canciones fueron la forma de contar lo que pasó desde mi lado, sin pedir permiso. Y poco a poco, la luz dejó de ser un disfraz.
Si tú ahora mismo brillas por fuera y por dentro no te queda nada, o has pensado en hacerte daño, no te lo guardes. En España puedes llamar al 024, el teléfono de atención a la conducta suicida: es gratis, es confidencial y te cogen el teléfono a cualquier hora. Si hay riesgo inmediato, llama al 112. Contarlo también es una forma de encender algo.
Todas las luces encendidas
Si apago la sala y enciendo a la vez todas las luces de este paseo, me sale un mapa curioso. Las del carrusel giran sobre sí mismas. La del camerino prepara un disfraz. La del farol finge. La del fuego calienta. La de las guirnaldas espera a alguien que no llega. La del flash ciega. La de los focos protege. La de los farolillos acompaña. Y la de los últimos renglones, la que sale de dentro, ya no necesita ninguna de las anteriores.
No lo planeé así. Las canciones y los vídeos llegaron en momentos distintos, con ánimos distintos. Pero cuando los miro juntos, veo a alguien que aprende a distinguir entre la luz que enseña y la luz que se enciende.
Las hice todas yo, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Todas las canciones de este paseo, y el resto de mi catálogo, se pueden escuchar y guardar gratis en mi página de descargas, sin cuenta y sin pagar. Te propongo un pequeño experimento: escúchalas de noche, con una sola lámpara encendida. A ver qué ilumina cada una.
Preguntas frecuentes
¿Qué son las luces de Planeta Gayfolk? Es el nombre que doy al conjunto de luces que aparecen en mis canciones y videoclips: los carruseles y el camerino de bombillas de «Dark corners», las guirnaldas sobre la charca de «Flash», los focos de la nave de «Gaslighting», los farolillos de «Tan paleto» y los renglones en los que alguien dice que brilla.
¿Qué significa «Fingiendo siempre bajo el farol»? El renglón de «Dark corners» juega con los dos sentidos de la palabra «farol»: la lámpara de la calle y el engaño de las cartas, cuando alguien finge tener una buena mano. Quien habla finge bajo una luz y, al mismo tiempo, se echa un farol.
¿Las personas de los videoclips son reales? No. Las figuras de los carruseles, la mujer del camerino, los bailarines de la plaza, el hombre de la charca o la figura de la nave son personajes inventados que no representan a nadie real.
¿Es un texto sobre salud mental? En parte. Habla de brillar hacia fuera cuando por dentro no queda nada, e incluye mi historia de recuperación. Si estás pasando por un mal momento, en España tienes el 024, gratuito y disponible a cualquier hora.
¿Dónde puedo escuchar estas canciones? Todas se pueden escuchar y descargar gratis desde la página de descargas de mi web, sin registro ni pago.