Skip to content
← Song by songDel electropop a la copla en la misma sesión: cambiar de piel sin perder la voz

By ·

Del electropop a la copla en la misma sesión: cambiar de piel sin perder la voz

This article is only available in Spanish. Leer en español

Hay una prueba muy sencilla para saber si alguien tiene estilo propio: cámbiale la ropa. Ponle un traje de lentejuelas y mándalo a una pista de baile con bola de espejos. Luego ponle una chaqueta dorada de solapas granates y siéntalo en una feria, con las luces de la noria detrás. Si en las dos fotos lo reconoces a la primera, ese alguien tiene estilo. Si en una parece otra persona, lo que tenía era vestuario.

Con las canciones pasa igual. En mi presentación digo que mis melodías van del electropop a la copla, y lo digo con orgullo, pero también con un poco de vértigo. Porque entre una cosa y otra hay mucha distancia. El electropop vive de sintetizadores, de ritmos que no se cansan, de frases cortas que se repiten hasta que se te meten en el cuerpo. La copla vive del drama, de las vocales que se estiran, de historias con principio, nudo y desenlace, de mujeres que miran a la cara al que las engañó. Son dos pieles muy distintas. La pregunta que me hago a menudo es si debajo de las dos se sigue oyendo la misma voz.

Este texto va de eso. De cómo puede uno pasar de la pista al tablao en la misma tarde de trabajo sin convertirse en dos artistas distintos, y de qué es lo que, a mi juicio, tiene que quedarse quieto mientras todo lo demás cambia.

«La letra manda»

Empiezo por lo básico, porque sin esto no se entiende nada. Yo escribo las letras. La música la produzco con herramientas de inteligencia artificial, y de una misma letra salen muchas versiones distintas, con melodías, ritmos y ambientes diferentes. Ya conté en «El oído como editor» cómo escucho esas versiones y qué me hace descartar una sin pensarlo dos veces.

Lo que no conté allí es algo que he ido descubriendo con el tiempo: muchas veces el género no lo elijo yo, lo elige la letra. Hay frases que nacen pidiendo una pista de baile y frases que nacen pidiendo una guitarra y un mantón. Si intento llevarlas a donde no quieren ir, se nota. El oído se tropieza.

Es una cuestión de cómo están construidas las palabras. Una letra con versos largos, con historia, con una mujer o un hombre que cuenta lo que le pasó, con un estribillo que es una queja, tiende a la copla. Una letra con frases breves, con juegos de sonido, con una palabra que se repite como un golpe de bombo, tiende a la electrónica. No es una ley, pero se cumple bastante. Y cuando una letra tiene las dos cosas a la vez, ahí empieza lo interesante.

Brilla Bruma: palabras que suenan a sintetizador

Pongo un ejemplo del lado electrónico. «Brilla Bruma» es una de las letras más raras que he escrito. No cuenta ninguna historia. Es una sucesión de parejas de palabras que empiezan por la misma letra:

Ciclo sílice, nota neutra, Luz lúgubre, tempo tácito.

Y así sigue, verso tras verso: «Filo frío, forma fútil», «Giro gris, grumo gélido». Hasta que llega el estribillo, que es casi un trabalenguas: «Brilla-bruma, brilla-breve, / Palabra nube, canto leve».

Esa letra no tiene drama. No hay ex, no hay suegra, no hay despecho. Tiene textura. Cada pareja de palabras es como un sonido de sintetizador que entra, suena y se va. Las aliteraciones hacen el trabajo que en otra canción haría la percusión. Por eso a esa letra le sienta bien el retrofuturo ochentero, la cuadrícula de neón y la máquina de humo. Si la intentaras cantar como una copla, con las vocales estiradas y la mano en el pecho, sería un desastre. No hay nada que llorar.

Before the Bells: un «ay» que cambia de idioma

En el otro extremo, o mejor dicho en medio, está «Before the Bells». Es una canción que empieza en la copla y se va a otra parte. Las dos primeras líneas son un lamento puro:

Aaaaaaayyyyy mi pena Ayyyyyyyyyyyy mi penita

Esas íes y esas aes alargadas no son una errata. Son la manera de escribir un quejío. En la copla, la pena no cabe en una sílaba, así que se estira hasta que se rompe. Y justo después, la letra se pasa entera al inglés, a un tono contemplativo, casi de nana: «Before the bells remember how to ring».

Me gusta esta canción para hablar del tema porque es la prueba de que los géneros no son habitaciones cerradas. El «ay» de copla es la puerta de entrada. Luego la canción se sienta en otro sitio, habla otro idioma, cambia de ritmo. Pero el primer gesto, el que te dice dónde estás, es andaluz. Es como entrar en una casa por el patio y descubrir que el salón está decorado de otra manera.

Camela: el electro del barrio

Hay un territorio que en mi catálogo está justo en la frontera, y es la tecno-rumba. «Camela» es un homenaje directo al grupo, con una letra hecha casi entera de títulos de sus canciones entre comillas: «Cuando zarpa el amor», «La magia del amor», «No pongas riendas al corazón». Y un estribillo que es pura carretera:

Caméla, cantamos esta noche, Caméla, tus canciones en el coche.

La tecno-rumba es justo eso que este artículo intenta explicar: una música con base electrónica y alma de copla. Teclados, cajas de ritmos, sí, pero cantados con el desgarro de una rumba de toda la vida y con letras de amor imposible y despecho. Durante años se burlaron de ella los que se creían más finos. A mí siempre me ha parecido una de las músicas más populares, en el mejor sentido, que ha dado este país. Si alguien quiere entender cómo puede convivir el electropop con la copla, no hace falta que lea este texto. Que se ponga un disco de Camela en el coche.

Lo que cambia

Cuando una canción se va hacia un lado o hacia el otro, cambian muchas cosas, y conviene nombrarlas.

Cambia el tempo. La copla suele respirar más despacio, deja que cada verso se asiente antes de pasar al siguiente. El electropop empuja, no se para, quiere que el cuerpo se mueva.

Cambia la manera de cantar las vocales. En la copla, las vocales se alargan, se adornan, se quiebran. En la electrónica, las palabras tienden a ser más cortas y más secas, casi recitadas, para que encajen con el golpe del ritmo.

Cambia el papel del estribillo. En una copla, el estribillo suele ser la conclusión moral de la historia, el momento en que la protagonista resume lo que ha aprendido o lo que le duele. En el electropop, el estribillo es un gancho, una frase que vale por cómo suena tanto como por lo que dice.

Y cambia la imagen. Una canción electrónica pide neón, bola de espejos, pista de baile. Una copla pide feria, farolillos, tablao, mantón. Esto se nota en las portadas y en los videoclips, y es una de las cosas que más me divierten: vestir cada canción con su ropa.

Mike Sain't Louis con una chaqueta dorada de lentejuelas con solapas granates, apoyado en una barandilla con las luces de una feria y una noria detrás

Lo que no cambia

Y ahora la parte que de verdad me importa. ¿Qué es lo que se queda quieto?

Para mí, la voz de una canción no es el timbre de quien canta ni el género musical. Es la manera de mirar. Y esa manera de mirar está en las letras, que son lo que yo escribo. Da igual que la base sea un sintetizador o una guitarra: si en la letra hay un exnovio despachado con una frase de mala uva, si hay un nombre propio del barrio, si hay una referencia a una serie de televisión, si hay humor negro en mitad de una tragedia, esa canción es mía.

Lo explica muy bien una idea de «Outsider radical», una de mis canciones más de manifiesto. En el planeta conviven la copla de despecho, la fiesta camp y el bajón en inglés, y conviven porque el proyecto es una especie de autobiografía conceptual. No es un catálogo de estilos. Es un diario. Y un diario puede tener entradas alegres y entradas tristes, entradas escritas a mano y entradas escritas con prisa en el móvil, sin dejar de ser el diario de la misma persona.

Hay tres cosas que intento que no cambien nunca, sea cual sea el traje.

La primera es el castellano de la calle. Puedo escribir en inglés, en francés o en portugués, y lo hago, pero cuando escribo en español escribo como se habla aquí, con sus refranes, sus tacos y sus frases hechas. Eso no depende del género.

La segunda es el humor. Incluso en las canciones más tristes hay una rendija para la guasa. La copla, por cierto, siempre ha sido así: muy dramática, pero con una ironía por debajo que los que no la conocen no ven.

La tercera es la verdad. No la verdad de los datos, sino la emocional. Mis canciones cuentan cosas que se han sentido antes de escribirse. Una canción puede ser de pista de baile y contar algo que duele. Una copla puede ser una broma. Pero ninguna de las dos debería fingir lo que no siente.

Pasar de una a otra en la misma tarde

Podría parecer un lío trabajar así. Pasar de una canción con sintetizadores a una copla en la misma tarde, de una portada con neón a una con farolillos. Yo prefiero verlo como un descanso. Cuando llevas un rato metido en la pena, la pista de baile te limpia. Cuando llevas un rato en la pista, la copla te devuelve al suelo.

Creo que también tiene que ver con cómo escuchamos hoy. Nadie escucha un solo género. Las listas de reproducción mezclan sin pudor una balada, un reguetón, un clásico de los ochenta y una copla de Rocío Jurado. Los oídos de la gente ya no tienen fronteras. Y un catálogo como el mío, con 273 singles, se parece más a una de esas listas que a un disco de los de antes, que tenía que sonar todo igual de principio a fin.

Eso no quiere decir que todo valga. Precisamente porque cambio tanto de piel, tengo que vigilar más que la voz siga siendo la misma. Si un día una canción me sale con una letra que no reconozco, que podría haber firmado cualquiera, me da igual lo bien que suene: algo ha fallado.

Escuchar el catálogo como un armario

Si quieres comprobar si lo consigo, te propongo un ejercicio. Entra en la página de singles y escoge tres canciones al azar. Lo más probable es que te salgan géneros distintos. Escúchalas seguidas y pregúntate si son de la misma persona. Luego busca sus letras en el archivo de letras y léelas sin música. Creo que ahí es donde más se nota: sin el traje, la voz se ve desnuda.

Y si te gustan, puedes llevártelas. Todo mi catálogo se puede descargar gratis, sin registro, para que lo escuches donde quieras, en el coche como las de Camela o en la pista como las de Brilla Bruma.

En gayfolkplanet.com, la casa de Planeta Gayfolk, se escribe a menudo sobre copla, camp y cultura de pista desde otro ángulo, más de crónica del planeta. Si te apetece seguir el hilo por ahí, pasa por el Diario de gayfolkplanet.com.

Al final, cambiar de piel es lo más natural del mundo. Lo hacen las serpientes y lo hacen las folclóricas en cada cambio de vestuario de un espectáculo. Lo que importa es que, cuando se apagan las luces y se cae el último volante, siga habiendo alguien reconocible debajo.