
By Mike Sain't Louis ·
Canguros entre galaxias, un observatorio rosa y una estrella que se sigue: las estrellas de Planeta Gayfolk
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Dicen que las estrellas sirven para orientarse. Que los marineros antiguos cruzaban océanos enteros mirando hacia arriba, que bastaba con encontrar una concreta para saber dónde estaba el norte. Pero para quien no sabe leer el cielo, todas parecen iguales: puntos blancos, lejanos, indiferentes. Imaginarse perdido en un barco, mirando arriba sin entender nada, da un poco de miedo.
Lo bueno es que casi nadie sabe leer el cielo. Casi nadie sabe. Lo que sí sabemos todos es mirarlo. Levantar la cabeza una noche despejada, quedarnos callados un rato y sentir que somos pequeños, y que eso, por una vez, no duele. Las estrellas tienen esa rara virtud: te recuerdan tu tamaño sin humillarte.
En mis canciones y en mis videoclips hay más cielos de los que pensaba. Al ponerme a buscarlos para este texto me encontré galaxias enteras, lunas con canguros, observatorios rosas en las azoteas y versos que hablan de estrellas que se rompen, de estrellas que se siguen y de estrellas que faltan. Este es un paseo con la cabeza levantada.
Una canción hecha de rumores
El cielo principal de este recorrido pertenece a «Canguros», una canción que publiqué en marzo de 2025 y que está construida casi entera con una sola palabra: «dicen». Dicen que hay un límite en el mundo. Dicen que hay sirenas. Dicen que en la luna hay canguros. Es una canción de rumores, de leyendas que se cuentan de boca en boca, de esas cosas que uno ha oído siempre y nunca ha comprobado.
La primera estrofa arranca con un límite del mundo y con una luz en la costa, y termina con una promesa marinera que guardo entre lo más bonito que he escrito. Primero, la instrucción:
Dicen que si sigues a esa estrella
Y después, el destino: una embarcación humilde, de tablas, nada de lujo. Ahí está la estrella de los marineros que yo nunca supe encontrar. No dice cuál. No da coordenadas. Solo dice «esa», como si el que escucha ya supiera de cuál se trata. Y quizá lo sabe. Todos tenemos una estrella que seguimos sin haberla elegido del todo: una persona, un deseo, una idea de la vida que nos prometieron.
La bahía antes del cielo
Antes de mirar hacia arriba, la canción mira hacia la costa. Esa luz en la bahía de la que se habla al principio es la hermana terrestre de las estrellas: una luz fija, puesta por alguien a propósito, para que los barcos no se estrellen contra las rocas. Las estrellas están ahí sin que nadie las haya colocado. El faro, en cambio, es un cuidado. Alguien sube cada noche, alguien lo enciende, alguien lo vigila.
Me gusta que la letra empiece por ahí. Porque en mi vida las primeras luces que me ayudaron a no chocar no fueron cósmicas. Fueron muy terrenales: una consulta con horario, una persona que respondía a los mensajes, una rutina mínima que me sostenía. Luces pequeñas, encendidas por otros, que me marcaban dónde estaban las rocas. Solo cuando dejé de chocar pude empezar a mirar las estrellas.
Seguir una estrella y acabar en un barco
Lo curioso de esos versos es adónde llevan. No a un palacio ni a un tesoro, sino a una barca. Algo pequeño, humilde, hecho a mano. Me gusta pensar que esa es la recompensa real de seguir una estrella: no llegar a un lugar extraordinario, sino encontrar un sitio donde sostenerse mientras dura la travesía.
Durante mucho tiempo seguí estrellas equivocadas. Me fiaba de lo que brillaba más, de lo que me decían que era lo correcto, de quien me prometía un rumbo. Y acabé en barcos que hacían agua. Cuando por fin aprendí a orientarme por mi cuenta, descubrí que la estrella que necesitaba seguir no estaba tan alta. Estaba bastante más cerca. Era, más o menos, mi propio cuaderno de letras.
El barco de madera de la canción no es un crucero. No tiene piscina ni buffet. Es una barca. Pero flota, y eso, después de algunos naufragios, es muchísimo.
Canguros saltando entre galaxias
Y luego llega el estribillo más famoso de la canción, el que todo el mundo recuerda porque es absurdo y precioso a la vez. Habla de unos marsupiales que viven en nuestro satélite y que, para colmo, viajan:

Saltando entre galaxias
El videoclip se toma esa frase al pie de la letra. Hay un plano en el que un grupo de canguros, junto a varias siluetas humanas diminutas, cae o flota hacia un chorro de luz blanca y azul que nace de la superficie de la luna. Alrededor, una galaxia entera: nubes moradas, rosas y turquesas, polvo de estrellas, puntos de luz por todas partes. La escena se repite con variaciones, como si los canguros estuvieran haciendo un viaje de ida y vuelta por el universo. Es la imagen que he elegido para la portada de este texto.
Me hace muchísima gracia esa mezcla. Un animal que asociamos con desiertos australianos y bolsas en la tripa, convertido en viajero espacial. Pero también me conmueve. Los canguros no vuelan: saltan. Y aquí saltan tan alto que se salen del planeta. Es la misma lógica de los sueños, en los que lo cotidiano se vuelve cósmico sin pedir permiso.
El canguro pintado con luz
Antes de llegar al espacio, el clip presenta a su protagonista de otra forma. Un canguro de perfil, en pleno salto, sobre un fondo de papel claro, con el cuerpo atravesado por pinceladas de neón: rosa, fucsia, turquesa, morado. Las pinceladas le salen por detrás como una estela, igual que la cola de un cometa.
Ese canguro-cometa me parece el puente entre la tierra y el cielo de la canción. Está todavía en el suelo, pero ya lleva el color de las galaxias encima. Es como si cada salto le fuera dejando un rastro de luz, una pequeña vía láctea portátil.
Hay otro canguro que me gusta mucho, casi al final: una silueta negra recortada contra un atardecer naranja y rosa, saltando sobre una franja de horizonte. No hay estrellas todavía, pero el cielo ya se está preparando para ellas. Es la hora en que se enciende la primera. Esa que, si la sigues, quizá te lleve a un barco de madera.
Sirenas sobre la luna
La canción también habla de sirenas y sirenos, y el clip los pone a nadar donde menos te lo esperas: por encima de la superficie lunar, con la Tierra azul colgada del cielo negro. Figuras con cola de pez que se deslizan entre cráteres como si la luna fuera un fondo marino. En otros planos, las sirenas vuelan en bandada sobre olas turquesas, o flotan entre bosques de algas iluminadas por rayos de luz.
Me gusta que en Planeta Gayfolk el mar y el cielo se confundan. Al fin y al cabo, la canción empieza con un faro y una bahía y termina en la luna. Los marineros miraban las estrellas para navegar el mar; mis sirenas navegan el cielo directamente. Han eliminado el intermediario.
Y en esa mezcla hay algo que tiene que ver conmigo. Durante años me sentí como un animal fuera de su elemento: un pez en el aire, un canguro en la luna. Lo que el clip me dice ahora es que eso no tiene por qué ser una tragedia. A veces, fuera de tu elemento, aprendes a volar.
Un observatorio rosa en la azotea
El segundo cielo del paseo se mira desde abajo. En el videoclip de «Contact Overwhelms Me» hay varias cúpulas de observatorio repartidas por las azoteas de una ciudad, con sus telescopios rosas apuntando hacia arriba. En uno de los planos, al atardecer, una de esas cúpulas blancas se levanta sobre los tejados planos y, delante, en el suelo de la azotea, brilla un rectángulo de luz fucsia, como una piscina encendida.

No hay nadie mirando por los telescopios. Es una canción sobre la fobia social, y el clip es un mundo rosa sin gente. Pero los observatorios están ahí, preparados, como si esperaran a alguien que se atreva a subir a la azotea por la noche.
Siempre me ha parecido que mirar las estrellas es una de las pocas actividades sociales que se pueden hacer en silencio. Puedes estar al lado de alguien durante una hora, los dos con la cabeza levantada, sin decir nada, y sentirte acompañado. Para alguien que se agota hablando, eso es un regalo. Un observatorio es una sala de reuniones donde nadie tiene que hablar.
El cielo que parpadea y suspira
Hay una canción mía que es casi solo tarareo, y aun así tiene un cielo. En «Dreams Drift Afar», entre murmullos y sílabas, aparece este verso:
Nananana, stars blink and sigh.
Las estrellas parpadean y suspiran. Lo escribí pensando en esas noches de insomnio en que miras por la ventana y el cielo parece cansado, como tú. Las estrellas no están quietas: tiemblan. Los científicos lo explican por la atmósfera, por el aire que se mueve entre ellas y nosotros. Yo prefiero pensar que también ellas suspiran, que también ellas tienen noches largas.
El videoclip de esa canción no enseña ninguna estrella. Enseña a alguien que camina por una salina inmensa que refleja el cielo, como un espejo sin bordes. Y ahí está la clave: cuando el suelo refleja el cielo, caminas sobre las estrellas sin darte cuenta. Es la imagen exacta de lo que hace la música en los días malos. No te saca de la tierra, pero te pone el cielo bajo los pies.
Una estrella que se rompe en la pista
No todas las estrellas de mis canciones son amables. En «Dark corners», la sombra que acompaña al protagonista en la pista de baile es descrita con un verso que me sigue pareciendo uno de los más violentos y bellos que he escrito en inglés:
She tears the stars apart
Ella rompe las estrellas. La sombra, es decir, la tristeza que baila contigo y que nadie ve, es capaz de desgarrar el cielo entero. Es lo que hace la depresión: no solo te quita la alegría de hoy, te quita también las estrellas, las referencias, los puntos fijos que te servían para saber dónde estabas.
Cuando escribí esa canción, yo era ese bailarín que sonríe por fuera y se apaga por dentro. Iba a sitios, saludaba, hacía como si todo fuera bien. Y mientras tanto, la sombra me iba rompiendo el cielo estrella a estrella. Lo bueno de haberlo escrito es que ahora sé que se pueden recoger los pedazos. No vuelven a estar como antes, pero se pueden volver a colgar.
La estrella fugaz que falta
Hay otro cielo, todavía más oscuro, en «El abismo en mi cabeza». En medio de una letra que describe un laberinto mental sin salida, aparece un verso que resume lo que es estar perdido de verdad:
No hay mapa ni norte ni estrella fugaz
Ni mapa, ni norte, ni estrella fugaz. Ni siquiera esa estrella que pasa un segundo y a la que le pides un deseo. Cuando lo escribí estaba exactamente así: sin ninguna referencia, sin ninguna luz a la que agarrarme, sin ganas siquiera de desear algo.
Pongo este verso en un paseo sobre estrellas precisamente por lo que falta. Porque una de las cosas que he aprendido es que la estrella fugaz no siempre llega sola. A veces hay que salir a buscarla, a una azotea, a un descampado, a una consulta, a la casa de alguien que te quiere. Y a veces, cuando por fin la ves, ni siquiera te acuerdas del deseo. Te basta con haberla visto.
Una galleta con forma de estrella
Para compensar tanto cielo pesado, un respiro. En el videoclip de «Lai», una nana sin palabras casi, hay una galleta con forma de estrella. Aparece sobre un fondo cremoso, rodeada de destellos de colores, con sus agujeritos de galleta de toda la vida. Más tarde, la misma estrella flota en un vaso de leche, entre burbujas rosas y lilas.

Qué bonita me parece esa estrella doméstica. No está en el cielo, está en la merienda. Es la estrella que te comes. Y me parece una forma muy sabia de decir algo que tardé en aprender: no todas las luces que te orientan son enormes y lejanas. Algunas caben en la mano. Un vaso de leche caliente antes de dormir, una canción tarareada, una galleta que te recuerda a cuando eras pequeño.
Hay días en que la estrella polar queda demasiado lejos. Esos días, una estrella de galleta también sirve.
Las estrellas que se inclinan
Hay un último verso que quiero traer aquí, de mi nana navideña «Holy Stillness»:
The air is warm, the stars lean low,
El aire es cálido y las estrellas se inclinan hacia abajo. Me gusta mucho esa imagen de un cielo que se acerca, que se agacha para mirarte, como un adulto que se pone a la altura de un niño para hablarle. Es lo contrario de las estrellas indiferentes de mi infancia. Estas se interesan. Estas se acercan.
Creo que la recuperación tiene algo de eso. Al principio, las estrellas están lejísimos y no te dicen nada. Con el tiempo, con ayuda, con paciencia, empiezan a bajar un poco. No es que el cielo cambie. Es que tú vuelves a levantar la cabeza.
Un cielo para cada canción
Cuando monto un videoclip, el cielo es casi siempre lo último que decido y lo primero que se nota. Puedo tener resuelto el decorado, el ritmo de los planos, el color de las paredes, y de repente me doy cuenta de que falta el techo del mundo. Entonces me pregunto qué cielo le corresponde a esa canción. ¿Uno despejado, de postal? ¿Uno lleno de nubes rosas? ¿Uno negro, con la Tierra colgando como un adorno?
En «Canguros» lo tuve claro desde el principio: una canción de leyendas necesitaba un cielo imposible, de esos que solo existen en los libros ilustrados. Por eso las galaxias son tan exageradas, con morados que no se ven en ningún telescopio y destellos que parecen purpurina. No quería un cielo científico. Quería el cielo que imagina alguien que se cree lo que le cuentan.
En otras canciones el cielo hace de espejo del ánimo. Hay clips con atardeceres naranjas que parecen consolar, y otros con nubarrones que avisan de algo. Y hay clips sin cielo, encerrados en habitaciones, salas de espera o túneles, porque la canción habla precisamente de no poder salir. Cuando falta el cielo en un videoclip mío, casi siempre es a propósito.
Mirar hacia arriba como ejercicio
Hay un gesto pequeño que me gusta imaginar cuando la ansiedad aprieta en la calle: levantar la cabeza. No mucho, solo lo suficiente para ver el borde de los edificios y un trozo de cielo. Si es de día, buscar una nube. Si es de noche, una luz, aunque sea la de un avión. Quedarse ahí unos segundos, respirando despacio.

No es un truco mágico ni una terapia. Es solo un gesto que saca un momento del suelo, de las miradas, de la acera llena de gente. Recuerda que encima de todo lo que me agobia hay un espacio enorme que no me exige nada. Y que ese espacio sigue ahí, pase lo que pase.
Creo que por eso pongo tantas estrellas en mis canciones. Son mi manera de levantar la cabeza por escrito. Y de invitar a quien escucha a hacer lo mismo, aunque sea durante tres minutos y medio.
Mi cielo nublado
Te cuento de dónde viene tanta necesidad de orientarme.
Pasé cerca de veinte años al lado de dos hombres narcisistas, primero uno y luego otro, sin apenas pausa entre ellos. Seguí sus estrellas porque brillaban mucho y porque me convencieron de que no había otras. Cuando por fin vi lo que había detrás del brillo y lo conté, ya era tarde: los dos sabían caer bien en público, y gran parte de mi entorno decidió creerles a ellos. Me quedé con el cielo completamente nublado.
Las canciones fueron la única forma que encontré de contar mi versión sin que nadie me interrumpiera. Mucho después, un equipo de profesionales me ayudó a ponerle nombre a lo que llevaba encima: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. No fue una estrella fugaz, pero fue un mapa. Y con un mapa, aunque esté lleno de tachones, ya se puede empezar a caminar.
Lo que prometen las estrellas
La canción de los canguros termina con un ruego que casi parece una oración:
Dicen que te encontraré de nuevo
No sé a quién se lo decía cuando lo escribí. Puede que a alguien que se fue. Puede que a mí mismo, a la persona que era antes de perderme. Lo que sí sé es que hoy lo leo como una promesa cumplida a medias: me he ido encontrando de nuevo, poco a poco, salto a salto, como un canguro que no sabe volar pero insiste.
Las estrellas tienen fama de eternas, pero no lo son. Algunas de las que vemos ya no existen; su luz sigue viajando, aunque ellas se hayan apagado. A mí me consuela pensar en eso. Significa que lo que fuimos sigue iluminando un poco, incluso cuando creemos que ya no queda nada.
Cómo mirar este cielo
Si quieres hacer este paseo con los ojos, empieza por el videoclip de «Canguros»: busca el canguro pintado con pinceladas de neón, las sirenas sobre la luna y la galaxia con el chorro de luz. Después mira los observatorios de las azoteas de «Contact Overwhelms Me» y la galleta con forma de estrella de «Lai».
Y si prefieres cerrar los ojos y solo escuchar, todas las canciones de este recorrido se escuchan gratis y se descargan gratis desde la página de descargas de esta web. No hace falta registrarse ni pagar nada. Llévatelas a una azotea, a un balcón o a la cama, y mira hacia arriba aunque haya nubes.
Quién dibuja este cielo
Me llamo Mike Sain't Louis y soy el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Las letras son mías, las decisiones de producción también, y cada videoclip lo monto yo eligiendo cada plano; la música y la interpretación vocal se crean con inteligencia artificial a partir de mis indicaciones. Con esas herramientas he ido llenando el cielo de Planeta Gayfolk de galaxias, canguros y sirenas.
Si esta noche sales a mirar las estrellas y no sabes cuál es la buena, no te preocupes. Yo tampoco lo sé. Elige una cualquiera, la que te guste más, y síguela un rato. Con suerte, acabarás en un barco de madera.
Preguntas frecuentes
¿Qué estrellas aparecen en las canciones y videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre la galaxia con canguros de «Canguros», los observatorios rosas de «Contact Overwhelms Me», la galleta con forma de estrella de «Lai» y los versos estrellados de «Dreams Drift Afar», «Dark corners», «El abismo en mi cabeza» y «Holy Stillness».
¿De qué trata «Canguros»? Es una canción construida sobre rumores y leyendas («dicen que…»): un faro en la bahía, una estrella que lleva a un barco de madera, sirenas y sirenos, y canguros que saltan entre galaxias en la luna. Habla de despedidas que cuestan y de la promesa de volver a encontrarse.
¿Qué muestra la portada de este texto? Un fotograma del videoclip de «Canguros»: canguros y siluetas diminutas que flotan hacia un chorro de luz que sale de la luna, en medio de una galaxia de colores.
¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, decide la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.
¿Se pueden escuchar y descargar gratis estas canciones? Sí. Están en la página de descargas de mikesaintlouis.com, gratis y sin registro, y los videoclips se pueden ver en la sección Planeta Gayfolk de la web.