
By Mike Sain't Louis ·
Abanicos contra un planeta rosa, siluetas al atardecer y un televisor antiguo entre plumas: los abanicos de Planeta Gayfolk
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Un abanico es un objeto pequeño que cabe en un bolso y que, sin embargo, ocupa muchísimo espacio cuando se abre. Cerrado, es un palito discreto. Abierto, es una media luna de tela, de papel, de encaje o de plumas que se impone en cualquier conversación. Con un abanico se da aire, claro. Pero también se señala, se corta una frase, se esconde una sonrisa, se marca el compás, se dice que sí o que no sin abrir la boca.
En España el abanico es de toda la vida. Lo llevaban las abuelas en misa, las vecinas en la puerta de casa en las noches de agosto, las señoras en los toros y en las verbenas. Y luego, en los años noventa, llegaron unos chicos con hombreras enormes y abanicos gigantes, y de repente el abanico dejó de ser solo cosa de abuelas: se convirtió en un arma de baile, en una bandera, en un gesto que muchos de nosotros reconocimos como nuestro.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay un videoclip entero lleno de abanicos, aunque la pieza empiece diciendo lo contrario. Hoy quiero abrirlos contigo uno por uno. Mi guía es «Discutiendo con la IA», una contestación a quien dice que lo hecho con inteligencia artificial no vale.
La guía: una pieza que empieza sin abanicos
El videoclip de «Discutiendo con la IA» se publicó en YouTube el jueves 11 de diciembre de 2025. Dura tres minutos y cincuenta y cinco segundos, y en el recuento de 276 piezas audiovisuales del planeta ocupa el número 13. Pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, el de soltar las cadenas.
La letra arranca así:
Sin abanicos y sin más lavatomías
Es una manera de decir que hoy toca hablar en serio, que se guardan los abanicos porque hay algo que responder. Y lo que hay que responder es a esa persona que va de artista, que reparte besos y saludos cariñosos, y que se permite decir que lo mío no vale porque está hecho con IA. Mi respuesta es sencilla: si tan fácil es, hazlo tú. Mientras tanto, yo sigo a todas horas discutiendo con la IA, con Locomía sonando de fondo.
Y aquí viene la gracia: el vídeo, que puedes ver en el canal del planeta, contradice a la letra desde el primer segundo. Dice «sin abanicos» y está lleno de abanicos. Es mi pequeña broma. Porque los abanicos no se guardan nunca del todo.
Abanicos contra un planeta rosa
Una de las imágenes más espectaculares del vídeo está en un escenario a oscuras. Al fondo hay unas pantallas gigantes iluminadas en azul turquesa y, flotando a un lado, un planeta rosa enorme con franjas, como un Júpiter de caramelo. Delante, un grupo de bailarines se recorta en negro, a contraluz, con los brazos levantados. Y en cada mano, un abanico abierto.

No se les ve la cara. Solo las siluetas: las piernas abiertas, los brazos en alto, y los abanicos de colores, amarillos, rosas, rojos, que se abren como flores en el aire. Parecen una bandada de pájaros a punto de despegar hacia ese planeta rosa del fondo.
Esa imagen resume muy bien lo que quiero decir con gayfolk. El abanico de toda la vida, el de las abuelas y las verbenas, apuntando hacia un planeta de ciencia ficción. Lo popular y lo galáctico en el mismo gesto. La tradición que no se queda en el pasado, sino que se lanza al espacio.
Siluetas al atardecer
En otra escena, cuatro bailarines están en la cubierta de un barco o en una terraza junto al mar, al atardecer. El sol se pone justo detrás de ellos, en una franja dorada sobre el horizonte, y los cuerpos se vuelven siluetas negras. Cada uno sostiene un abanico abierto en alto: uno rojo, otro azul turquesa, otro morado, otro naranja. Los abanicos son lo único que conserva el color.

Es una imagen preciosa, casi de postal. Los cuerpos desaparecen en la sombra y solo quedan los abanicos, brillando contra la luz del sol como vidrieras. Es como si lo único que importara de esas personas fuera ese gesto: abrir el abanico, alzarlo, dejar que la luz lo atraviese.
Me gusta mucho que no tengan cara. Podrían ser cualquiera. Podrían ser los chicos de los noventa que nos enseñaron a abrir abanicos en la pista. Podríamos ser tú y yo en una terraza de verano, al final del día, con el abanico de la abuela en la mano.
Un televisor antiguo entre plumas
Hay escenas en un salón muy distinto: un cuarto de estar antiguo, con cortinas de terciopelo, alfombra de estampado y un televisor de tubo sobre un mueble de madera. Delante del televisor, alguien vestido de príncipe, con chaqueta bordada y corona, y a su alrededor abanicos de plumas enormes, rosas y azul celeste, que tapan casi todo el plano. Las plumas se mueven tanto que lo vuelven todo borroso.

En otra escena del mismo estilo, en un salón con ventanas de visillos, un bailarín con traje de chaqueta brillante y botas de pelo blanco agita dos abanicos de plumas delante de unos hombres sentados en un sofá, mientras en la tele antigua se ve algo en blanco y negro.
El televisor de tubo es el aparato por el que muchos vimos por primera vez a gente como nosotros. En los programas de variedades, en los concursos, en las galas de Nochevieja. Aparecían unos segundos, con sus abanicos y sus hombreras, y nosotros, desde el sofá, sentíamos que algo se encendía. Este vídeo junta las dos cosas: el salón de casa y el abanico que salía en la tele.
Papel, tela y plumas
Si te fijas bien, en el vídeo no hay un solo tipo de abanico. Hay abanicos de tela fina, de esos que se venden en cualquier mercadillo, pintados con flores o lisos de un solo color. Hay abanicos de papel enormes, plisados como acordeones, con varillas de madera clara que se abren en semicírculo. Hay abanicos negros de encaje, elegantes, de los que se sacaban en las bodas. Y hay abanicos de plumas, rosas, celestes, blancos, arcoíris, tan esponjosos que parecen nubes.
Cada uno tiene su carácter. El de tela es el de diario, el de la abuela en la puerta de casa. El de papel es el de las fiestas, el que se rompe después de una noche de verbena. El de encaje es el de las ocasiones especiales. Y el de plumas es el de la fantasía, el del escenario, el que no sirve para darse aire porque lo que hace es otra cosa: brillar.
Me gusta que convivan todos en el mismo vídeo. Es como juntar en una misma pista a todas las generaciones, a todas las clases, a todas las maneras de abrir un abanico. Nadie sobra. Todos vuelan.
Abanicos que tapan la cara
En muchos planos los abanicos esconden los rostros. Un bailarín se lo pone delante como un escudo; otro lo abre justo a la altura de los ojos; otro lo hace girar tan deprisa que su cara se convierte en una mancha de color. Hay una escena de escenario, con luces azules y moradas, en la que varios bailarines abren abanicos de tela turquesa y plumas rojas, y entre todos tapan casi por completo a las personas que hay detrás.

El abanico siempre ha tenido esa función. Detrás de un abanico se coquetea, se cuchichea, se esconde una lágrima o una risa. Durante siglos hubo incluso un lenguaje del abanico: según cómo se abriera o se cerrara, se decía una cosa u otra. Era una manera de hablar cuando no se podía hablar.
Para muchas personas como yo, el abanico fue eso: un lenguaje para cuando no podíamos decir quiénes éramos. Un gesto que solo entendían los que tenían que entenderlo. Abrir el abanico en la pista era decir, sin palabras, aquí estoy.
El chasquido
Hay un sonido que cualquiera que haya usado un abanico conoce: el chasquido. Ese golpe seco que hace cuando lo abres de un tirón o lo cierras de golpe contra la palma de la mano. Es un ruido pequeño, pero tiene una fuerza enorme. Con un chasquido se termina una discusión. Con un chasquido se marca un final. Con un chasquido se dice ya está, hasta aquí.
En las pistas de baile de medio mundo, abrir el abanico de golpe se ha convertido en un gesto de afirmación. Es como un signo de exclamación hecho con la mano. Lo hacen las drags al final de una actuación, lo hacen los bailarines al rematar una coreografía, lo hace cualquiera que quiere dejar claro que ha llegado.
En el vídeo se ve ese gesto muchas veces: el abanico que se abre de repente, en seco, a la altura de la cara o por encima de la cabeza. Y aunque no se oiga el chasquido, se adivina. Es la puntuación del baile.
Lo que se dice con un abanico
Se cuenta que en los salones de otros siglos existía todo un código. Abanicarse despacio quería decir una cosa; abanicarse deprisa, otra. Apoyar el abanico cerrado en los labios, tocarse la mejilla con él, dejarlo caer, pasarlo de una mano a otra: cada gesto tenía su significado, al menos en los manuales que se vendían entonces. Fuera verdad del todo o no, la idea es preciosa: un objeto que permitía hablar sin hablar, en salones donde casi todo estaba prohibido decirlo en voz alta.
Pienso mucho en ese lenguaje secreto cuando veo los abanicos del planeta. Porque durante mucho tiempo nosotros también tuvimos que hablar en código. Una pulsera, un pañuelo, una manera de mirar, un sitio concreto al que ir. Señales que solo entendían quienes tenían que entenderlas. El abanico de los chicos de los noventa fue, para muchos, una de esas señales.
Hoy ya no hace falta tanto código. Podemos decir las cosas claras. Pero me gusta conservar el abanico como recuerdo de aquel idioma, como homenaje a quienes lo inventaron cuando no había otra manera.
Un desierto de cristales rosas
El vídeo también tiene paisajes de fantasía. Hay un desierto de arena rosa con montañas al fondo y cristales enormes, de color rosa translúcido, que salen del suelo como rascacielos de cuarzo. En mitad de ese desierto, una figura agita un abanico de plumas con los colores del arcoíris, tan grande que parece un ala.
En otro plano, sobre un cielo rosa con dos lunas, alguien abre dos abanicos de papel enormes, como dos alas desplegadas, de pie sobre una roca. Y en otro, en un cañón de piedra color salmón, una figura vestida de azul agita dos abanicos de plumas celestes mientras vuelan plumas blancas por el aire.
Ahí el abanico se convierte definitivamente en ala. Ya no es para darse aire ni para esconderse: es para volar. Es el abanico que ha descubierto que, si lo abres lo bastante fuerte y lo mueves lo bastante rápido, te puede levantar del suelo.
Un baño de azulejos turquesa
Hay una escena que me hace muchísima gracia: un baño público, de esos con azulejos turquesa en las paredes, lavabos blancos y un espejo largo con luces de neón rosa. Delante del espejo, un chico de pelo platino con una chaqueta negra bordada en dorado abre un abanico negro con un gesto teatral, mientras detrás se ve humo rosa y otros chicos que se arreglan.
El baño de la discoteca es un sitio clave en la vida de muchas personas LGTBI. Es donde te arreglas antes de salir a la pista, donde te retocas, donde te miras al espejo y te das ánimos. Donde, a veces, te escondes cuando la noche se pone difícil. Ver ahí un abanico negro abriéndose con toda la ceremonia del mundo me parece perfecto: incluso en el baño, se puede ser espectacular.
Una pista con bola de espejos
Y, por supuesto, hay discoteca. Una pista dorada, con espejos en las paredes y una bola de espejos enorme colgando del techo, por la que bailan chicos con trajes de chaqueta de colores pastel, rosa, lila, melocotón, cada uno con un abanico en la mano. Bailan en fila, sincronizados, como en una coreografía de los noventa.
Es el homenaje más directo. Cualquiera que haya crecido con Locomía reconocerá ese gesto: la fila de chicos, los trajes llamativos, los abanicos que se abren a la vez. Era una imagen que entonces muchos miraban con burla y que, para otros, era la primera vez que veíamos a hombres moviéndose así en la televisión, sin pedir perdón.
Discutir con la IA
La parte de la letra que más me importa es la de la discusión. Porque es verdad: estoy a todas horas discutiendo con la IA. Le pido una cosa y me da otra. Le corrijo, le insisto, le explico lo que quiero, vuelvo a empezar. Hay quien piensa que hacer música con inteligencia artificial es darle a un botón. No lo es. Es escribir las letras, que son mías, imaginar cada pieza, elegir, descartar, pulir, discutir durante horas hasta que lo que suena se parece a lo que tenía en la cabeza.
Me gusta dejarlo claro siempre: yo no pongo la interpretación vocal. Soy letrista, compositor y productor musical. La música y la interpretación vocal están hechas con herramientas de IA. Y precisamente por eso me llamo a mí mismo el primer cantautor IA: porque lo que hago es nuevo, y lo nuevo siempre provoca a quien prefiere que todo siga igual.
El abanico, curiosamente, me parece la mejor respuesta a esas críticas. Durante años se rieron de los chicos de los abanicos. Hoy son un icono. A veces lo que hoy parece ridículo mañana es historia.
Primera escala: plumas al viento
Los abanicos de plumas tienen un pariente cercano en otro vídeo. En el paseo por los peluches de Planeta Gayfolk hablé de los ventiladores de «Veneno» que soplaban plumas de colores alrededor de un osito sentado en lo alto de una cascada de perlas.
Allí las plumas se movían con aire de máquina; aquí se mueven con la mano. Pero el efecto es el mismo: el color que vuela, el brillo que se agita, la fantasía que no se queda quieta.
Segunda escala: palmas sobre la tarima
Y en las tarimas de Planeta Gayfolk seguí a dos hombres con falda y tacones que bailaban frente a frente en «Carta de recomendación», con siluetas a contraluz en una niebla dorada.
Las siluetas de los abanicos al atardecer y las de la tarima dorada podrían ser de la misma familia. Cuerpos negros contra la luz, gestos amplios, color en las manos o en las faldas. En el planeta, bailar a contraluz es una manera de decir que el gesto importa más que la cara.
Por qué los abanicos me salvaron un poco
Pasé veinte años con dos narcisistas, primero uno y después otro. En esos años aprendí a esconderme, a no hacer gestos demasiado grandes, a no ocupar espacio. Cuando por fin los desenmascaré, ellos se adelantaron con su versión, y mucha gente de mi alrededor se la creyó. Me quedé con un diagnóstico de estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Hubo una época en la que pensé que no quería seguir viviendo.
Hoy sigo en tratamiento con una psicóloga y un psiquiatra, y escribo canciones. Y he vuelto a abrir el abanico, metafóricamente hablando. He vuelto a hacer gestos grandes, a ocupar espacio, a decir aquí estoy. Las canciones del planeta son mis abanicos: se abren, hacen ruido, se ven desde lejos.
Si tú estás en una época en la que todo se ha cerrado y has llegado a pensar en quitarte la vida, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora; si es una emergencia, al 112. Fuera de España, en findahelpline.com encontrarás el teléfono que te corresponde. Un abanico cerrado se puede volver a abrir.
Una carta a los chicos de los abanicos
Queridos chicos de las hombreras y los abanicos gigantes: os vimos. Desde el sofá de casa, en la tele de tubo, mientras los mayores se reían o cambiaban de canal, os vimos. Y algo se nos quedó dentro para siempre.
No sé si sabíais lo que estabais haciendo. Quizá solo queríais bailar, vender discos, salir en la tele. Pero para muchos niños que no sabían todavía quiénes eran, aquellos abanicos abiertos fueron una pista. Una manera de saber que había otros. Que se podía ser así, moverse así, vestirse así, y salir en la tele un sábado por la noche.
Este vídeo es, en parte, para vosotros. Por eso la letra dice «sin abanicos» y el vídeo está lleno de ellos. Porque hay cosas que no se pueden guardar en un cajón, aunque lo intentes.
Para escuchar con un abanico en la mano
Puedes descargar gratis «Discutiendo con la IA», sin registrarte y sin dejar ningún dato, desde mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, el resto del planeta también es gratis. Y la letra completa, junto con muchas otras, está en el archivo de letras.
Mi propuesta: busca un abanico, el que tengas en casa, el de tu madre, el de tu abuela, el de propaganda que te dieron en una feria. Pon la pieza. Y cuando llegue el estribillo, ábrelo de golpe. Que suene. Que se vea. Que ocupe espacio.
Cinco postales de abanicos
Siluetas negras con abanicos de colores delante de un planeta rosa con franjas.
Cuatro bailarines a contraluz en una terraza junto al mar, con los abanicos en alto al atardecer.
Abanicos de plumas rosas y celestes delante de un televisor de tubo en un salón antiguo.
Un abanico arcoíris del tamaño de un ala en un desierto de cristales rosas.
Una fila de chicos con trajes pastel y abanicos bajo una bola de espejos.
Preguntas frecuentes
¿Qué abanicos aparecen en el videoclip de «Discutiendo con la IA»? Abanicos de colores en manos de siluetas delante de un planeta rosa, abanicos alzados al atardecer junto al mar, abanicos de plumas delante de un televisor antiguo, un abanico arcoíris en un desierto de cristales y abanicos en una pista con bola de espejos.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Discutiendo con la IA»? El jueves 11 de diciembre de 2025, en YouTube. Dura tres minutos y cincuenta y cinco segundos.
¿A qué disco pertenece «Discutiendo con la IA»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Por qué la letra dice «sin abanicos» si el vídeo está lleno de ellos? Es una pequeña broma: la letra guarda los abanicos para hablar en serio, pero el vídeo demuestra que los abanicos no se guardan nunca del todo.
¿Se puede descargar gratis «Discutiendo con la IA»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.