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Dos hombres con falda frente a frente, un vuelo rojo sobre la tarima y unas palmas a contraluz: las tarimas de Planeta Gayfolk

Una tarima es poca cosa. Unas tablas de madera clavadas sobre un armazón, un poco levantadas del suelo, lo justo para que quien baila quede a la vista y para que cada golpe de tacón suene más hondo. La hay en los tablaos, en las plazas de los pueblos en fiestas, en los salones de baile de las asociaciones de vecinos, en los escenarios de los teatros pequeños. Y en todas pasa lo mismo: quien sube a una tarima deja de ser una persona más y se convierte, durante unos minutos, en alguien que tiene algo que decir.

La tarima no perdona. Suena todo. Si pisas con miedo, se oye. Si pisas con rabia, se oye. Si pisas con alegría, retumba. Es un instrumento más, un tambor enorme sobre el que se baila. Por eso me gusta tanto como imagen: es el sitio donde el cuerpo habla en voz alta.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay una tarima de madera donde dos hombres con falda se miran a los ojos y bailan. Hoy quiero subirte a ella. Mi guía es «Carta de recomendación», una pieza casi recitada, como una carta leída en voz alta, dirigida a la nueva pareja de un ex.

La guía: una carta que se baila

El videoclip de «Carta de recomendación» salió en YouTube el viernes 31 de enero de 2025. Es uno de los más largos de todo el planeta: cinco minutos y cincuenta segundos. En el recuento de 276 piezas audiovisuales ocupa el número 211. Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, el de las ganas de salir corriendo hacia otro sitio.

Las cartas de recomendación suelen servir para conseguir un trabajo. Esta sirve para lo contrario: es un aviso a navegantes, un informe de referencias muy poco profesional, con todo lujo de detalles, para que quien llega detrás sepa lo que le espera. No voy a repetir aquí su contenido; está en la propia pieza, para quien quiera escucharla. Hoy quiero hablar de cómo la vestí.

Porque mientras la letra enumera, el vídeo baila. Puedes verlo en el canal del planeta: casi seis minutos de dos hombres frente a frente sobre una tarima, cambiando de escenario, de luz y de vestuario, pero siempre igual de cerca, siempre con la misma tensión entre el abrazo y el desafío.

Dos hombres con falda frente a frente

Lo primero que llama la atención es el vestuario. Los dos bailarines llevan camisas blancas de manga larga, a veces con un pañuelo rojo al cuello, a veces con pajarita negra, y de cintura para abajo, faldas. Faldas largas hasta los tobillos, unas rojas, otras negras, otras doradas con bordados que brillan con la luz. Y en los pies, botas de tacón alto, negras, de las que suenan sobre la madera.

Fotograma del videoclip de «Carta de recomendación»: dos bailarines con camisa blanca y falda larga, frente a frente sobre una tarima iluminada en un escenario oscuro

Están siempre frente a frente. Se miran a los ojos, extienden los brazos, se acercan, se alejan, se cogen de las manos y se sueltan. A veces parece un cortejo y a veces parece un duelo. A veces chocan las palmas como dos amigos que celebran algo; otras veces levantan el puño como si estuvieran discutiendo.

Esa ambigüedad es la clave del vídeo. Dos hombres con falda y tacón bailando juntos sobre una tarima pueden ser amantes, rivales, compañeros de baile o las dos caras de una misma persona. No hace falta decidir. El baile lo contiene todo.

Una falda no tiene género

Durante siglos, en muchísimas culturas, los hombres han llevado faldas. Los kilts de Escocia, las fustanelas de Grecia, los sarongs del sudeste asiático, las túnicas de Roma, los hábitos de los monjes. La idea de que una falda es cosa de mujeres es mucho más reciente y mucho más local de lo que nos hicieron creer.

En el vídeo, las faldas no son un disfraz ni una broma. Se llevan con naturalidad, con elegancia, con orgullo. Están hechas para bailar: tienen vuelo, tienen peso, giran cuando el cuerpo gira. Son, sobre todo, una herramienta de expresión. Una falda que vuela dice cosas que un pantalón no puede decir.

Me emociona ver a esos dos hombres moviendo las faldas sobre la tarima porque me recuerda a todos los niños que alguna vez se pusieron la falda de su madre a escondidas, delante del espejo, y dieron una vuelta para ver cómo volaba. Y a todos los que recibieron una bofetada por hacerlo. Aquí, en esta tarima, nadie va a abofetear a nadie.

Un vuelo rojo sobre la tarima

Hay un momento que es pura belleza. Uno de los bailarines gira sobre sí mismo y su falda roja se abre como una flor enorme, un círculo de tela que flota en el aire durante un segundo, iluminado desde arriba por un foco blanco. El otro bailarín, de negro, le mira desde el otro lado de la tarima, quieto, con los brazos ligeramente abiertos.

Fotograma del videoclip de «Carta de recomendación»: una falda roja se abre en pleno giro sobre la tarima de madera mientras el otro bailarín espera al otro lado

La tarima es de madera clara, gastada, con las vetas marcadas. El fondo es negro, sin decorado, sin nada que distraiga. Solo están el rojo de la falda, el blanco de las camisas y la madera. Es una composición casi de cuadro antiguo.

Ese vuelo rojo es para mí el corazón del vídeo. Es lo que pasa cuando por fin te atreves a girar. Durante mucho tiempo estás quieto, rígido, cuidando de no ocupar demasiado espacio. Y un día giras, y la falda se abre, y descubres que tienes un vuelo que no sabías que tenías.

Tacones que suenan

Las botas de tacón son otro personaje del vídeo. Se ven mucho, porque la cámara baja a menudo a la altura de la tarima: botas negras, altas, de tacón fino o de tacón cubano, que golpean la madera con fuerza. En la escena del fondo blanco, los dos bailarines llevan faldas negras hasta la rodilla y botas altas, y se ven sus piernas firmes, plantadas, como dos árboles.

El taconeo es una de las cosas más poderosas que puede hacer un cuerpo sobre una tarima. Es ritmo y es rabia. Es la manera de decir aquí estoy sin abrir la boca. En el flamenco, en las jotas, en las danzas de muchos pueblos, el golpe del tacón es lo que marca el compás y lo que transmite la emoción.

En «Carta de recomendación» la letra es casi hablada, recitada con una calma que da miedo. Y mientras tanto, abajo, los tacones golpean. Como si el cuerpo dijera lo que la carta se calla por educación.

Unas palmas a contraluz

Una de las escenas más bonitas está bañada en luz dorada. El fondo es una niebla de color ámbar, como el polvo que flota en un granero al atardecer, y los dos bailarines se recortan contra ella casi como siluetas. Uno lleva una falda roja con brillos, el otro una falda dorada, y los dos extienden los brazos hacia el otro con las manos abiertas, como a punto de dar una palmada.

Fotograma del videoclip de «Carta de recomendación»: dos siluetas con faldas roja y dorada se tienden los brazos en una niebla de luz ámbar

No se les distinguen bien los rasgos. Solo se ven los contornos: los brazos, las faldas que giran, el perfil de los tacones. Es la imagen del baile en estado puro, sin caras, sin nombres, sin historia. Solo dos cuerpos que se responden.

Más adelante hay otra escena a contraluz, también dorada, en la que una de las figuras salta con la falda y los brazos abiertos mientras la otra la espera con la mano tendida. Parecen dos llamas bailando juntas.

Camisas blancas y pañuelos rojos

Si las faldas cambian de color y de tela de una escena a otra, las camisas blancas se mantienen. Son camisas de manga larga, de cuello abierto o abrochado, a veces con un fajín rojo en la cintura, a veces con un chaleco bordado encima. Son la prenda más sencilla y más limpia del vestuario, y precisamente por eso brillan tanto bajo los focos.

La camisa blanca tiene algo de uniforme de fiesta popular. Es la camisa de los mozos en las romerías, de los bailaores de los tablaos, de los músicos de las bandas de pueblo. Es la prenda que se plancha con cuidado la noche anterior para estrenarla en el baile. Combinarla con una falda larga y unas botas de tacón es juntar dos tradiciones que nunca nos dejaron mezclar: la del hombre de la verbena y la de la mujer del volante.

Y luego están los pañuelos rojos anudados al cuello, pequeños, casi discretos, que aparecen en la escena del fondo blanco. Un toque de color en mitad del negro. Como una gota de sangre o como una amapola. Como el recordatorio de que, por muy elegante que sea el baile, debajo late algo vivo.

Puños en alto

Hay momentos en los que el baile se convierte casi en una discusión. Los dos bailarines se plantan uno frente al otro, en mitad de la tarima, y levantan los puños. Abren la boca como si gritaran, echan la cabeza atrás, aprietan los brazos. En un plano, con una luz roja detrás, uno de ellos alza los dos puños a la vez mientras el otro le mira con las manos en la cintura.

Fotograma del videoclip de «Carta de recomendación»: dos figuras a contraluz saltan y giran con faldas cortas sobre una tarima bañada en luz dorada

No es violencia. Es otra cosa. Es la rabia convertida en coreografía. Es lo que pasa cuando por fin te permites enfadarte después de años de tragarte el enfado. En las danzas populares de muchos pueblos hay gestos así: desafíos, retos, puños que se levantan al compás. Son una manera de sacar la tensión del cuerpo sin hacer daño a nadie.

A mí me costó muchísimo enfadarme. Durante años pensé que no tenía derecho, que si me enfadaba era yo el problema. Ver a esos dos hombres levantando los puños sobre la tarima, con sus faldas y sus tacones, me recuerda que la rabia también puede ser bella si se baila.

Una pareja de negro en la penumbra

No todo en el vídeo son faldas al vuelo. Hay un momento, casi al final, en el que la tarima se queda en penumbra, con dos focos encendidos al fondo y luces rojas en el suelo, y por ella se mueve una pareja vestida de negro, abrazada, bailando despacio. Es un baile más íntimo, más de salón, como un tango o un bolero.

Es la calma después de la tormenta. Después de tanto desafío, tanto taconeo, tanta falda roja, llega un baile lento. Como si la carta, después de enumerar todo lo que tenía que enumerar, se sentara por fin a descansar.

El salón de baile con público

En otros momentos la tarima está rodeada de gente. Hay una escena en un salón grande, con focos colgados del techo, en la que el público está sentado alrededor mirando a los bailarines. Ellos dan palmas, se acercan, se retan, y el público asiste en silencio, como en un tablao a medianoche.

Y hay otra escena en un patio con arcos de piedra, de esos patios de casa antigua o de plaza de pueblo con soportales, en la que los dos hombres bailan sobre un suelo de baldosas rojas mientras, al fondo, una figura vestida de blanco y rojo les observa desde debajo de un arco.

El público importa. Una carta se escribe para alguien. Un baile se baila para alguien. Y en este vídeo, el público es también quien lee la carta: la persona a la que va dirigida, que mira desde fuera de la tarima cómo los dos bailarines se dicen cosas.

El fondo blanco

Hay una escena muy distinta a las demás. El fondo es completamente blanco, sin sombras, como el de un estudio de fotografía, y sobre él dos hombres vestidos de negro, con faldas hasta la rodilla y botas altas de tacón, se dan la mano y se miran como si estuvieran cerrando un trato. Uno lleva un pañuelo rojo al cuello.

Ese fondo blanco es como una hoja de papel en blanco. Es el sitio donde todavía no se ha escrito nada. Y los dos bailarines, sobre él, parecen las dos primeras letras de una carta que está a punto de empezar. Me gusta pensar que el vídeo entero sale de ahí: de dos figuras negras sobre un papel blanco, decidiendo qué se van a decir.

El silencio entre dos pasos

Hay algo que solo se aprecia viendo el vídeo con calma: los silencios. Entre un giro y otro, entre una palmada y la siguiente, los bailarines se quedan quietos. Un segundo, dos. Se miran. Respiran. Esperan a ver qué hace el otro. Y en esa quietud la tarima deja de sonar, y lo único que queda es la tensión del aire entre los dos cuerpos.

En el baile, como en la música, el silencio es tan importante como el sonido. Es lo que da sentido al golpe que viene después. Sin pausa, el taconeo sería ruido. Con pausa, es lenguaje.

Aprendí a valorar esos silencios en terapia. Antes llenaba cualquier hueco con explicaciones, con disculpas, con palabras que me protegieran. Ahora intento quedarme quieto, como los bailarines, y dejar que el otro mueva primero. A veces el silencio dice más que una carta entera.

Por qué bailar una carta

Cuando terminé de escribir esta pieza supe que el vídeo no podía ser literal. No quería ilustrar cada frase. La letra ya lo dice todo, con detalle, con ironía, con una precisión que solo tiene quien ha compartido casa con alguien durante años. El vídeo tenía que hacer otra cosa: tenía que dar cuerpo a la emoción que hay detrás.

Y la emoción que hay detrás de una carta así es complicada. Hay rabia, claro. Pero también hay humor, hay alivio, hay una especie de dignidad recuperada. Y hay, sobre todo, el deseo de que a la siguiente persona no le pase lo mismo. Eso no se dice con palabras: se baila. Con faldas que vuelan, con tacones que golpean, con dos cuerpos que se miran de frente sin bajar los ojos.

Primera escala: un tacón entre discos rotos

Los tacones del planeta tienen un pariente muy cercano. En el paseo por los labios de Planeta Gayfolk me detuve en un plano de «La Boca» en el que un zapato de tacón rojo y una zapatilla blanca pisan juntos los trozos de un vinilo roto.

Aquel tacón caminaba sobre lo que alguien había intentado destrozar. Estos tacones bailan sobre una tarima limpia. Es como si el tacón de «La Boca», después de cruzar el asfalto lleno de discos rotos, hubiera llegado por fin a un escenario donde puede bailar.

Segunda escala: la pasarela del oso

En los peluches de Planeta Gayfolk recorrí otra superficie para lucirse: la pasarela de «Veneno», cubierta de barro y de perlas, por la que desfilaban vestidos de gala y un osito de peluche.

La pasarela y la tarima son primas. Las dos son sitios para ser mirado. Pero en la pasarela se camina y en la tarima se baila; en la pasarela se va hacia el público y en la tarima se va hacia el otro. Las dos, en el planeta, son lugares donde lo que nos prohibieron se convierte en espectáculo.

Lo que aprendí sobre la tarima

Pasé veinte años con dos narcisistas, uno detrás de otro. Durante todo ese tiempo viví como si estuviera siempre sobre una tarima que no había elegido: cada paso se oía, cada error se juzgaba, cada movimiento podía ser usado en mi contra. Cuando por fin me fui, ellos contaron su versión antes que yo, con su encanto de siempre, y mucha gente que yo quería se la creyó.

Me quedé con un diagnóstico de estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Hubo una época en la que no quería seguir viviendo. Hoy sigo aquí, en tratamiento con una psicóloga y un psiquiatra, y he descubierto que la tarima también puede ser mía. Que puedo subir a ella cuando quiera, con la falda que quiera, y bailar lo que me dé la gana.

Si tú estás ahora en una tarima que no elegiste y has llegado a pensar en quitarte la vida, en España el 024 te atiende gratis y a cualquier hora; si es una emergencia, llama al 112. Fuera de España, en findahelpline.com encontrarás el teléfono de tu país. No tienes que bailar solo.

Una carta a quien sube a la tarima

Querido bailarín de la falda roja: gracias por girar. Gracias por abrir el vuelo delante de todo el mundo, sin pedir permiso. Gracias por mirar de frente al otro, sin bajar los ojos.

Querido bailarín de la falda negra: gracias por esperar, por tender la mano, por responder a cada palmada con otra palmada. Un baile necesita dos, y tú fuiste el que sostuvo el compás.

Y a ti, que lees esto desde abajo de la tarima: sube cuando estés listo. La madera aguanta. Los tacones suenan. Y la falda, te lo prometo, vuela.

Para escuchar con los pies descalzos

Puedes descargar gratis «Carta de recomendación», sin registrarte y sin dejar ningún dato, desde mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, el resto del planeta también está disponible gratis. Y si te apetece leer la letra completa o cualquier otra, la tienes en el archivo de letras.

Mi propuesta: ponla en casa, descalzo, sobre un suelo de madera si lo tienes. Escucha la carta con atención la primera vez. La segunda, olvídate de las palabras y marca el ritmo con los pies. Golpea el suelo. Da una vuelta. Si tienes una falda, póntela.

Cinco postales de la tarima

Dos hombres con falda negra y botas de tacón, frente a frente, sobre un fondo blanco.

Una falda roja que se abre como una flor mientras su bailarín gira bajo un foco.

Dos siluetas a contraluz en una niebla dorada, con los brazos tendidos hacia el otro.

Una pareja de negro bailando despacio en la penumbra, entre focos y luces rojas.

Dos bailarines en un patio de arcos de piedra, sobre baldosas rojas.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Carta de recomendación»? Dos hombres con camisa blanca, falda larga y botas de tacón que bailan frente a frente sobre una tarima de madera, en escenarios distintos: fondo blanco, luz dorada a contraluz, un salón con público y un patio de arcos.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «Carta de recomendación»? El viernes 31 de enero de 2025, en YouTube. Dura cinco minutos y cincuenta segundos.

¿A qué disco pertenece «Carta de recomendación»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿De qué trata «Carta de recomendación»? Es una carta casi recitada, dirigida a la nueva pareja de un ex: un aviso a navegantes con todo lujo de detalles para que quien llega detrás sepa lo que le espera.

¿Se puede descargar gratis «Carta de recomendación»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.

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