
Por Mike Sain't Louis ·
Un oso sobre una bola de espejos, una copa de martini y una ola de arcoíris: los peluches de Planeta Gayfolk
Casi todos hemos tenido un peluche. Un oso, un perro, un conejo con una oreja más gastada que la otra de tanto morderla por las noches. Un peluche es el primer confidente de muchos niños: el que escucha sin interrumpir, el que no se chiva, el que está ahí cuando apagan la luz y los ruidos de la casa se vuelven más grandes. Lo abrazas fuerte y, durante un rato, el mundo pesa un poco menos.
Luego creces y te dicen que los peluches son cosa de críos. Los guardas en una caja, los regalas a un primo pequeño, los dejas en el altillo junto a los libros del colegio. Pero hay algo que no se guarda tan fácilmente: la necesidad de abrazar algo blando cuando todo alrededor es duro. Esa necesidad no caduca. Solo cambia de forma.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay un oso de peluche que ha decidido no quedarse en el altillo. Se ha subido a la pasarela. Hoy quiero presentártelo. Mi guía es «Veneno», una pieza corta y brillante, dedicada a La Veneno, en la que un osito de pelo marrón se cuela entre vestidos de alta costura, barro y luces de discoteca.
La guía: un desfile corto y venenoso
El videoclip de «Veneno» salió en YouTube el sábado 19 de julio de 2025. Es uno de los más breves del planeta: un minuto y cuarenta y cinco segundos, ni uno más. En el recuento de 276 piezas audiovisuales lleva el número 129. Forma parte de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía, el de la huida soñada.
Cuando lo publiqué escribí solo una línea: para La Veneno, siempre. No hacía falta más. Hay figuras que abrieron puertas a golpe de tacón y de verdad, sin pedir permiso, y que pagaron un precio altísimo por ser quienes eran. Esta pieza es un pequeño homenaje a esa manera de existir: brillante, descarada, herida y tierna a la vez.
Puedes verlo junto a sus hermanos en el canal del planeta. Es un desfile de moda extraño: pasarelas cubiertas de barro, vestidos de gala hechos de plumas y pedrería, focos blancos, humo, y en mitad de todo eso, una y otra vez, un oso de peluche que aparece en los sitios más inesperados.
Un oso sobre una bola de espejos
La primera vez que lo vemos, el oso está sentado encima de una bola de espejos enorme, apoyada en el suelo de un escenario oscuro. Es un osito clásico, de pelo marrón algo despeinado, hocico claro y ojos negros brillantes, de los que se compraban en las ferias o se regalaban en los cumpleaños. Está medio metido en la bola, como si se hubiera hundido en ella, con las patitas colgando por el borde.

A su alrededor vuelan pintalabios. De verdad: barras de labios de colores, rojas, rosas, moradas, que atraviesan el aire en todas direcciones como cohetes diminutos, algunas con una llamita en la punta. Detrás sube una nube de humo rosa y azul, y los cientos de espejitos de la bola reflejan la luz en puntos blancos sobre el suelo.
Es una imagen que me hace muchísima gracia y que, al mismo tiempo, me emociona. El juguete de la infancia, sentado en el centro de la discoteca. Lo blando encima de lo brillante. Como si el niño que fuimos se hubiera colado en la fiesta de adultos y hubiera encontrado el mejor asiento.
Pintalabios que vuelan
Merece la pena detenerse en esos pintalabios voladores. En el vídeo aparecen varias veces, cruzando la pantalla como misiles de colores. Algunos llevan fuego en la punta, como si fueran a despegar hacia otro planeta. Otros pasan girando despacio, con la tapa abierta, dejando ver la barra de color.
Un pintalabios es un objeto pequeño y poderoso. Es lo que te pones para salir, para atreverte, para dibujarte una boca que diga lo que quieres decir. Para muchas personas de nuestra comunidad fue también un objeto prohibido, algo que se escondía en un cajón y se usaba solo a puerta cerrada, delante del espejo del baño.
En «Veneno» los pintalabios ya no se esconden: vuelan. Salen disparados por el escenario como fuegos artificiales. Y el oso de peluche los mira pasar desde su bola de espejos, tranquilo, como quien ve una lluvia de estrellas.
Una copa de martini
En otra escena el oso está dentro de una copa de martini gigante. Asoma la cabeza y los brazos por el borde de cristal, como quien se asoma a una bañera, y detrás de él se cruzan rayos de luz rosa y violeta, láseres que atraviesan el humo. Alrededor de la copa siguen volando pintalabios, y el suelo está cubierto de purpurina que brilla como arena mojada.

La copa de martini es el símbolo del glamour adulto: la barra del hotel, la fiesta elegante, la noche que no se acaba. Meter un osito dentro es una pequeña travesura. Es como decir que, por mucho cóctel y mucho tacón que haya, dentro de cada persona sigue habiendo alguien que necesita un abrazo.
Hay un plano muy breve en el que dos pintalabios con fuego en la punta flanquean la copa como dos cohetes a punto de despegar, y el oso queda en medio, envuelto en humo lila. Parece el comandante de una nave muy rara, una nave hecha de cristal y de ginebra, lista para salir hacia Gayfolk.
Una ola de arcoíris
La escena más alegre de todas es una ola. Una ola enorme de colores, verde, rosa, amarillo y azul turquesa, que se enrosca sobre sí misma como las olas de los surfistas. Y encima de la ola, montado como en una tabla, va el oso. Surfea el arcoíris con los brazos un poco abiertos para mantener el equilibrio, mientras a su alrededor flotan bolas de espejos y unos ventiladores redondos de los que salen plumas de colores.

El fondo es de un verde intenso, casi de caramelo de menta, y el aire está lleno de gotas que brillan. Es pura fantasía, pura alegría, puro orgullo convertido en paisaje. El arcoíris ya no es una bandera colgada de un balcón: es un mar entero, y el peluche se atreve a cabalgarlo.
Esa imagen me devuelve algo que creía perdido. Durante años no supe disfrutar de nada. La alegría me parecía sospechosa, como si alguien fuera a quitármela en cuanto me descuidara. Ver al oso surfeando esa ola me recuerda que la alegría también se aprende otra vez, poco a poco, como se aprende a mantenerse de pie sobre una tabla.
Los ojos de botón
Hay algo en los ojos de los peluches que no tiene ningún otro objeto. Son dos botones negros, o dos bolitas de plástico cosidas con hilo, y sin embargo parecen mirar. Te siguen desde la cama, desde la estantería, desde el asiento de atrás del coche. No juzgan. No preguntan por qué lloras. No te piden que expliques nada.
El oso de «Veneno» tiene esos ojos. Brillantes, redondos, un poco sorprendidos, como si no terminara de creerse dónde se ha metido. Mira los pintalabios que vuelan, mira las perlas, mira el barro, y nunca cambia de expresión. Esa calma es su superpoder. Pase lo que pase alrededor, el oso sigue siendo el oso.
Cuando estaba muy mal, me di cuenta de que lo que más me agotaba era tener que dar explicaciones. Explicar por qué no salía, por qué no contestaba, por qué me quedaba callado en las comidas. Los ojos de botón no piden explicaciones. Por eso, creo, tantos adultos siguen hablando en voz baja con un peluche cuando nadie les ve.
Los niños a los que les quitaron el muñeco
Muchos chicos de mi generación crecieron oyendo que ciertos juguetes no eran para ellos. Las muñecas, no. Los peluches, hasta cierta edad. Los pintalabios de la madre, ni tocarlos. Había una lista invisible de cosas blandas, brillantes o bonitas que estaban reservadas a las niñas, y si un niño las quería, algo en él estaba mal.
Por eso me hace tanta ilusión que en este vídeo el oso conviva con los pintalabios, con las perlas, con los vestidos de plumas. Es como devolverle al niño todo lo que le quitaron de golpe. Aquí tienes tu osito. Aquí tienes tu barra de labios. Aquí tienes tu collar de perlas. Nadie te va a decir que no es para ti.
Un oso que pasea entre perlas
En otro momento el oso camina. Ya no está sentado ni montado en nada: anda a cuatro patas por una pasarela futurista, un suelo negro brillante atravesado por tubos de neón blanco, con collares de perlas desparramados por todas partes y unas cortinas de algo oscuro y líquido que cuelgan del techo como pintura derramada.
Es un paseo lento, curioso, de animal que explora un sitio nuevo. Olfatea las perlas, mira los neones, sigue adelante. Es un oso que ha dejado la estantería y ha salido a ver mundo. Y el mundo, en este caso, es una pasarela de moda en la que hasta hace un momento solo caminaban modelos con tacones.
Me gusta ese oso explorador. Me recuerda que lo tierno no tiene por qué quedarse en casa. Que se puede pasear por los sitios más fríos, más modernos, más intimidantes, sin dejar de ser blando.
Un peluche tirado en el suelo
No todos los planos del oso son felices. Hay uno en el que aparece tumbado de lado en el suelo de la pasarela, entre perlas y cables, con una luz rosa fuerte que le llega desde un extremo y humo blanco alrededor. Parece cansado. O abandonado. O simplemente dormido después de una noche demasiado larga.
Ese oso tirado en el suelo me toca muy de cerca. Todos hemos estado así alguna vez: tumbados en el suelo de una fiesta que se ha terminado, rodeados de restos de brillo, sin fuerzas para levantarnos. Los collares de perlas desparramados a su alrededor son como los restos de un traje que se ha roto en mitad del desfile.
Pero el vídeo no se queda ahí. En el plano siguiente el oso vuelve a estar en pie, o sentado en lo alto de algo, o surfeando. Porque los peluches, a diferencia de los adultos, no saben rendirse. Se caen, se quedan un rato en el suelo, y alguien los vuelve a coger.
Un vestido de perlas y plumas
Hay un plano espectacular en el que el oso está sentado en lo más alto de una cascada de perlas y tiras brillantes que cae como la cola de un vestido de novia. A ambos lados, unos ventiladores enormes soplan plumas de colores, rosas, verdes y azules, que se agitan como el pelo de una diva en una portada de revista. Detrás, una bola de espejos destella en la oscuridad.

Es la imagen definitiva del oso convertido en estrella. Ya no es un juguete: es la reina del baile. Lleva un vestido de perlas de varios metros, tiene ventiladores para que le ondeen las plumas, tiene foco. Y sigue siendo un osito marrón de ojos redondos.
Esa mezcla es justo lo que entiendo por gayfolk. Lo popular y lo fabuloso, lo pequeño y lo grandioso, el peluche de feria y la alta costura. No hay que elegir. Se puede ser las dos cosas a la vez.
Humo rosa y focos blancos
El oso nunca está solo en el plano: siempre le acompaña el humo. A veces es una nube rosa que sube desde el suelo, otras una niebla blanca que envuelve la pasarela, otras un vapor lila atravesado por láseres. Y siempre hay focos: círculos de luz blanca en el techo, tubos de neón en el suelo, destellos que rebotan en los espejitos.
Ese humo convierte cualquier escena en un sueño. No sabes dónde acaba el escenario, no ves las paredes, no distingues al público. Solo está el oso, flotando en una nube de colores. Es el mismo efecto que tiene la música cuando te gusta mucho: borra los bordes de la habitación y te deja a solas con lo que sientes.
Pienso mucho en esos focos cuando me toca hablar en público, algo que me cuesta muchísimo por la fobia social. Me imagino que soy el oso: que el humo me esconde un poco, que la luz no me deja ver a la gente, que solo tengo que quedarme quieto y brillar.
Barro en la pasarela
Mientras el oso hace de las suyas, por la pasarela desfilan modelos con vestidos increíbles: tules color carne, corsés de pedrería, colas de plumas grises, mangas de flecos marrones. Y todos esos vestidos se manchan de barro. El suelo de la pasarela está cubierto de tierra mojada, charcos de lodo, salpicaduras que suben por los bajos de las faldas.
El barro en una pasarela de alta costura es una provocación. Es decir que la belleza no tiene que ser limpia, que se puede brillar con los zapatos llenos de tierra. Es la vida real colándose en el escaparate. Y es también, creo, una manera de hablar del veneno: de todo lo que te echan encima mientras intentas caminar con la cabeza alta.
Hay una modelo que, en mitad de la pasarela, coge un puñado de tierra roja y lo lanza al aire como si fueran pétalos. Ese gesto me parece perfecto: no te limpias el barro, lo conviertes en espectáculo.
Una figura con cabeza de oso
Hay un plano breve que es casi una broma secreta: una figura con un vestido rojo de gala, de pie en la misma pasarela de neones y perlas, que en lugar de cabeza humana lleva una cabeza de oso de peluche. Pone los brazos en jarras, como una modelo que posa al final de la pasarela, y mira al frente con sus ojos de botón.
Es como si el oso hubiera crecido. Como si, después de tanto mirar a las modelos, hubiera decidido ponerse un vestido y salir él también. O como si alguna de las modelos se hubiera puesto una cabeza de peluche para esconder la suya. Me gusta no saberlo. Me gusta que lo tierno y lo glamuroso se confundan hasta ese punto.
Primera escala: las bolas de espejos bajo la calle
Las bolas de espejos del planeta no solo aparecen en «Veneno». En el paseo por las ratas de Planeta Gayfolk recorrí la discoteca clandestina de «La alcantarilla», con su gran bola de espejos colgando sobre una galería subterránea llena de gente con máscaras.
Allí la bola de espejos era la luz de los que tenían que esconderse; aquí es el trono de un osito. Dos maneras de bailar: una bajo la calle, otra sobre la pasarela. Las dos, a su modo, son refugio.
Segunda escala: las esferas que brillan
En las esferas de Planeta Gayfolk seguí una esfera rosa que flotaba sobre una cala y acababa convertida en luna. La bola de espejos de «Veneno» es su prima de ciudad: otra esfera que guarda luz y la devuelve multiplicada.
Y en los fantasmas de Planeta Gayfolk hablé de los recuerdos que se quedan flotando. Los peluches son lo contrario de los fantasmas: no son recuerdos que asustan, sino recuerdos que consuelan.
Por qué hay un peluche en una pieza llamada «Veneno»
Durante veinte años conviví con dos narcisistas, primero uno y después otro. El veneno de esas relaciones no era un líquido verde en un frasco con calavera. Era algo mucho más lento: comentarios, silencios, castigos disfrazados de bromas, una manera de hacerte sentir pequeño que acababa pareciendo normal. Cuando por fin vi lo que pasaba y me fui, ellos contaron su versión antes que yo, y mucha gente de mi alrededor se quedó con ella.
Me quedé con un diagnóstico de estrés postraumático, una depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa. Hubo un momento en que pensé que no podía más y que no quería seguir. Hoy sigo aquí, en tratamiento con una psicóloga y un psiquiatra, y escribo canciones.
En los peores días, lo que más necesitaba era algo blando. Una manta, un abrazo, un peluche. Algo que no me exigiera nada. Por eso el oso está en este vídeo: porque frente al veneno, la ternura es el antídoto más antiguo que conozco. Si tú estás en uno de esos días y has llegado a pensar en quitarte la vida, en España el 024 te atiende gratis a cualquier hora; si es urgente, llama al 112. Fuera de España, en findahelpline.com tienes el teléfono de tu país. Abrazar a alguien, aunque sea por teléfono, también cuenta.
Una carta al oso de la pasarela
Querido oso: gracias por subirte a la bola de espejos. Gracias por meterte en la copa de martini y por surfear el arcoíris como si fuera lo más normal del mundo. Gracias, sobre todo, por quedarte un rato tirado en el suelo entre las perlas y luego volver a levantarte. Me enseñaste que caerse no es el final del desfile.
Si algún día me encuentro otra vez en el suelo de una fiesta que se ha terminado, me acordaré de ti. De tus ojos de botón. De tu pelo despeinado. De esa manera tuya de seguir adelante sin hacer ruido.
Para escuchar abrazado a algo blando
Puedes descargar gratis «Veneno», sin registro y sin dejar ningún dato, desde mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, el resto del catálogo del planeta también está disponible de forma gratuita. Y si te apetece leer, en el archivo de letras voy reuniendo las letras que ya he publicado.
Mi propuesta para escucharla: dura menos de dos minutos, así que ponla dos veces seguidas. La primera, de pie, moviendo los hombros como en una pasarela. La segunda, sentado, abrazado a lo que tengas más blando cerca: un cojín, una manta, tu perro, o ese peluche viejo que todavía guardas aunque digas que no.
Cinco postales del oso de la pasarela
El oso sentado sobre una bola de espejos, con pintalabios volando a su alrededor.
El oso asomado a una copa de martini gigante, entre láseres rosas y purpurina.
El oso surfeando una ola de arcoíris, entre bolas de espejos y plumas de colores.
El oso caminando por una pasarela de neones blancos y perlas desparramadas.
El oso en lo alto de una cascada de perlas, con ventiladores que le soplan plumas.
Preguntas frecuentes
¿Qué peluche aparece en el videoclip de «Veneno»? Un oso de peluche marrón que aparece sobre una bola de espejos, dentro de una copa de martini, surfeando una ola de arcoíris, caminando por una pasarela de perlas y en lo alto de una cascada de perlas y plumas.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Veneno»? El sábado 19 de julio de 2025, en YouTube. Dura un minuto y cuarenta y cinco segundos.
¿A quién está dedicada «Veneno»? A La Veneno. Al publicar el vídeo lo resumí en una línea: para La Veneno, siempre.
¿A qué disco pertenece «Veneno»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Se puede descargar gratis «Veneno»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.