
Por Mike Sain't Louis ·
Una tela blanca bajo la luna: el videoclip de «Me rindo», del pasillo abandonado al fénix
Si alguien me pidiera una sola palabra para el videoclip de «Me rindo», diría luna. Está en casi todos los planos. Grande, blanca, con los cráteres a la vista, a veces dorada, a veces azulada, a veces tan enorme que ocupa media pantalla. Delante de ella pasan un hombre envuelto en una tela blanca, un chico con una guitarra, figuras en silueta que corren y saltan, y al final un pájaro de fuego.
Es un vídeo nocturno de principio a fin, salvo un pasillo de hospital con luz de fluorescente y una azotea bajo la lluvia. Dura tres minutos y cinco segundos y lo publiqué el 14 de marzo de 2025, a media tarde en Madrid. La canción pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco central de la trilogía, y en la lista de vídeos de Planeta Gayfolk es el 177 de 276, justo antes de «Una obra de teatro».
He vuelto a verlo despacio, deteniéndolo a cada rato, porque es de esos clips que parecen repetir dos o tres imágenes y en realidad van cambiando de una vez a otra. Lo cuento por orden, separando lo que se ve de lo que yo leo. Puedes verlo a la vez en la sala de vídeos de la web.
El rótulo de neón delante de un palacio
El vídeo abre con el título escrito en neón, «Me Rindo», en letra cursiva rosa y amarilla, arriba a la izquierda, y mi nombre en neón más pequeño abajo a la derecha. En el centro hay un hombre con barba, de frente, con el cuerpo envuelto en una tela blanca que le tapa los hombros y el pecho. Detrás tiene un edificio enorme, como un palacio o una residencia antigua de tres plantas con muchas ventanas iluminadas, y encima, una luna llena entre nubes. La niebla le llega a la cintura.
Es una imagen muy quieta para una canción tan desbordada. El hombre no se mueve, no habla, solo mira. Y el edificio de detrás no es una casa: es demasiado grande, demasiado simétrico, demasiado lleno de ventanas iguales. Puede ser un palacio, un internado, un sanatorio. El vídeo no lo dice. Pero la tela blanca que lo envuelve hace que yo lo lea de una manera concreta, y el resto del clip me da la razón.
La tela blanca
Esa tela es el hilo de todo el vídeo. El hombre de la barba aparece envuelto en ella muchas veces: delante de una luna dorada, con tejados y fachadas viejas a los lados; delante de una luna azulada y con humo; con los brazos cruzados sobre el pecho, apretados dentro de la tela, como si se los hubieran atado. En ese plano de los brazos cruzados la referencia ya es clara: parece una camisa de fuerza hecha con sábanas.
Lo que me interesa es que nunca está luchando contra ella. No se retuerce, no intenta soltarse. Está de pie, mirando hacia arriba, con la boca entreabierta o apretada, a veces con los ojos cerrados. Es la postura de alguien que se ha rendido. Y eso es justo lo que dice el estribillo, que vuelve una y otra vez: «y me rindo, y sigo temblando siempre».
Las dos mitades de esa frase están en la tela. Me rindo: me quedo quieto, dejo de pelear. Y sigo temblando: el cuerpo, debajo, no se ha calmado. Llevo años pensando que esa es la sensación más difícil de explicar a quien no ha pasado por una relación con alguien narcisista. Dejas de discutir, dejas de defenderte, aceptas que no vas a convencer a nadie. Y aun así, tiemblas.
La camisa de fuerza no es nueva en mi planeta. Ya aparece en otros clips, como el de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», que conté en «Una maleta hacia el planeta rosa». Pero aquí está más suave, más hecha de sábana que de lona. No es una prenda de castigo, es casi un abrigo. O un sudario. O una venda.
El chico de la guitarra y la luna llena
Entre los planos del hombre envuelto aparecen otros de un chico más joven, con jersey blanco de cuello vuelto, que toca una guitarra acústica delante de una luna gigantesca. Abre la boca, echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos. A veces está sentado en un prado de noche, con la luna escondida entre nubes al fondo y la misma tela blanca sobre los hombros. A veces es solo una silueta negra recortada contra la luna, con el mástil de la guitarra cruzando el disco blanco.

Más adelante aparece otro hombre con guitarra, con barba y chaqueta oscura, sentado delante de una luna enorme junto a unos árboles sin hojas. Y casi al final, el chico del jersey blanco toca sentado encima de las nubes, delante de una luna todavía más grande, mientras unas nubes negras van subiendo desde abajo hasta casi taparlo.
La guitarra es lo único del vídeo que suena a calma. Todo lo demás corre, salta o tiembla. Para mí ese chico es la parte de quien escribe la canción que todavía está entera. No pretende ser yo, y no representa a nadie; es una figura inventada. Pero me gusta que esté ahí, haciendo algo con las manos mientras el otro está atado. Escribir fue eso para mí: tener las manos ocupadas mientras todo lo demás se caía.
Las siluetas que saltan
Hay un tipo de plano que me parece lo más bonito del vídeo, y es el que he elegido para la portada. Una figura en silueta, completamente negra, en un prado de noche, con una luna llena a la derecha. Lleva en las manos una tela blanca, transparente, que sale volando a su espalda como si se la acabara de quitar de encima. La tela brilla con la luz de la luna. No se le ve la cara, solo el gesto.
En otros momentos hay más siluetas: alguien que salta con los brazos abiertos delante de la luna; alguien que corre de espaldas hacia ella; alguien que salta con el pelo al viento y una pierna levantada, casi como si bailara. Son planos cortos, de un segundo o dos, que interrumpen los de las figuras quietas.
Si el hombre de la barba es la rendición, las siluetas son lo que viene después. La tela que estaba atada ahora vuela. La figura que estaba quieta ahora salta. Y la luna, que en los planos de la camisa de fuerza parece vigilar, en estos parece un foco.
Una luna que ya conocía
La luna no es nueva en mi planeta, pero pocas veces ha mandado tanto. En el clip de «Punto muerto» hay una cuerda floja tendida delante de una luna rosa. En el de «La primera drag de Benidorm» hay un pierrot tumbado en el agua con la luna encima. En el de «Flow / We Glow» hay una mano que se estira hacia una luna llena sobre la orilla. Siempre está, pero de fondo, como una lámpara.
En «Me rindo» deja de ser decorado y se vuelve personaje. Los encuadres están hechos para que la luna y la persona tengan el mismo tamaño, o para que la luna sea más grande. Hay planos en los que la cara del hombre tapa medio disco y la otra mitad le hace de aureola. Hay otros en los que la figura es diminuta y la luna lo ocupa todo.
Me gusta leerla como la testigo de la noche en vela. Quien ha salido de una relación así conoce bien esas horas: la casa en silencio, la cabeza repasando conversaciones, el cuerpo que no se duerme. La luna es lo único que está despierto contigo. En este vídeo, además, no juzga. Solo ilumina.
El hombre del abrigo con correas
Hay un tercer personaje que se repite, y es el más serio de todos. Un hombre con barba, con una chaqueta acolchada blanca y unas correas negras que le cruzan los hombros, de pie en un descampado de noche con la luna a un lado. No hace nada. Mira a cámara o mira al horizonte con el ceño fruncido. En uno de los planos solo se le ve la silueta, con la luna detrás.

Las correas me hacen pensar otra vez en la camisa de fuerza, pero en versión de calle: la misma idea de estar sujeto, solo que ahora vestido para salir. Es como si fuera el hombre de la tela blanca unos meses después, ya fuera del edificio, pero todavía con las hebillas puestas. La letra tiene una frase que va muy bien con su cara: «Y a mí me da igual aparentar o no ser fuerte». Ese hombre no está aparentando nada. Está ahí, aguantando.
El pasillo abandonado
Y de repente, luz blanca. El hombre de la barba, con los hombros al aire y la tela blanca enrollada a la cintura y los brazos, corre por un pasillo largo de lo que parece un hospital abandonado. Las paredes son de azulejo verde claro y blanco, las puertas son azules, del techo cuelgan fluorescentes y por el suelo hay escombros, papeles y trozos de techo caído. Corre hacia la cámara, con prisa, con cara de esfuerzo. La escena vuelve dos veces.
Es la única vez en todo el vídeo que estamos dentro de un edificio. Y es exactamente el tipo de edificio que el primer plano prometía. Si el palacio del principio era un sanatorio, este es su pasillo. Y el hombre no está ingresado en él: está saliendo.
Me emociona mucho esta escena porque es la contraria de la canción. La letra dice «me rindo». El hombre corre. Pero no creo que se contradigan. Rendirse, en esta canción, no es tirarse al suelo. Es dejar de intentar que el otro reconozca lo que hizo. Y cuando dejas de gastar fuerzas en eso, por fin te quedan para salir corriendo de donde estabas.
La azotea con lluvia y neón
La otra escena de acción es en una azotea de ciudad, de noche, con lluvia fuerte. Detrás hay rascacielos con las ventanas encendidas y, a un lado, unas letras de neón rosa. El hombre, ahora con una camiseta blanca de manga larga, corre hacia la cámara entre la lluvia, y en las últimas veces que aparece, el agua le llega por los tobillos y salpica a su alrededor como si el suelo se estuviera inundando.
Es el único momento del vídeo con color fuerte, el rosa del neón, y también el único con ciudad. Me gusta que la carrera empiece en un pasillo vacío y siga en una azotea abierta. Del encierro al cielo, aunque sea bajo la lluvia.
El agua vuelve a ser importante en mi catálogo. En «Tangled Light» hay un salón hundido; en «Flow / We Glow» hay una orilla que brilla. Aquí el agua es lluvia y charco, y el hombre corre a través de ella sin pararse a mirar.
Las letras que no salen en imagen
La letra de «Me rindo» tiene muchos objetos que el vídeo no enseña. Hay un Kit Kat eterno, viajes al pueblo, paseos con los perros, navidades, dos series de televisión que se nombran por su título, y una frase que se repite como una herida: cuando decías «ven aquí, no llores». Nada de eso aparece en el clip. No hay cocina, ni perro, ni televisor, ni chocolatina.

Creo que es una buena decisión. Esas cosas son el recuerdo de la relación, y el vídeo no quiere estar en la relación. Quiere estar en lo que pasa dentro de quien ha salido de ella: la tela, la luna, el temblor, la carrera. Lo doméstico se queda en la letra, que lo cuenta con una mezcla de rabia y de humor muy mía; el vídeo se queda con el cuerpo. Y hay algo de justicia en ese reparto. La letra está llena de las palabras del otro, de sus frases y de su manera de consolar, y el clip le quita ese espacio. Durante tres minutos, solo existe quien tiembla. No tiene que dar explicaciones, ni repetir lo que le dijeron, ni demostrar que pasó. Está solo con la noche, y la noche le basta.
Tampoco aparece nadie más. No hay una segunda persona, ni una pareja, ni alguien que acuse o que consuele. Todos los personajes del clip están solos delante de la luna. Igual que en otros vídeos míos de esta familia, a quien hizo daño no se le da plano.
Los tejados y la luna dorada
Una de las versiones del hombre envuelto tiene un fondo distinto al del principio. Detrás de él no hay un palacio, sino tejados y fachadas viejas, de piedra clara, con ventanas cerradas, como un barrio antiguo visto desde una azotea. Encima, una luna dorada, casi naranja, con los cráteres muy marcados. Él mira primero a cámara y luego levanta la vista hacia arriba, con la tela blanca cruzada sobre el pecho.
Es el plano más cálido del vídeo, y también el más parecido a un retrato. Ya no hay niebla, ni prado, ni edificio enorme. Solo una ciudad dormida y un hombre que ha dejado de luchar contra lo que lo envuelve. Si el palacio del principio era el sitio donde lo encerraron, estos tejados parecen el sitio al que ha llegado. Todavía lleva la tela. Pero ya está fuera.
El estribillo que se estira
Hay un detalle de la letra publicada que el vídeo acompaña muy bien. Hacia el final, la frase del temblor se queda sola, sin el «me rindo» delante, y en el texto la última palabra aparece escrita con la e repetida muchas veces, como si no quisiera acabar. Es la única palabra de toda la letra escrita así.
Mientras eso pasa, el vídeo enseña al chico de la guitarra encima de las nubes y a las nubes negras que suben. Esa palabra estirada es el temblor que no se va. Y luego, cuando por fin vuelve el estribillo completo, aparece el fénix. Me gusta pensar que esa e larga es el último hilo que todavía ataba, y que se rompe justo cuando el pájaro echa a volar.
El final: un fénix delante de la luna
El vídeo se cierra con una imagen distinta a todas las anteriores. Un hombre de pelo y barba canosos, de perfil, mirando hacia la derecha, con la misma tela blanca sobre los hombros. Delante de él, sobre una luna llena enorme, vuela un pájaro de fuego, naranja y amarillo, con las alas abiertas y una cola larga de llamas. Debajo, mi nombre en neón rosa.

Es la primera vez que aparece alguien mayor. El chico de la guitarra era joven; el hombre de la tela, adulto; este, canoso. No sé si son la misma persona en tres edades, pero me gusta leerlo así: el que se rindió de joven, el que corrió por el pasillo y el que ahora, con canas, mira cómo el fuego sale volando delante de la luna.
El fénix es el pájaro que arde y renace de sus cenizas. En mi catálogo ya hay alas de fuego: las conté al recorrer el videoclip de «Soy marica sideral». Aquí aparece al final de una canción que se llama «Me rindo», y esa es la paradoja que más me gusta del vídeo. La rendición no es el final de la historia. Es lo que tiene que arder para que lo siguiente pueda volar.
Por qué esta canción es tan mía
«Me rindo» nació de un sitio muy concreto. Durante dos décadas viví con dos parejas narcisistas, una detrás de otra, y cuando por fin se vio lo que eran, todavía consiguieron que algunas personas cercanas les creyeran a ellos. La pregunta de la canción, si a quien te ha hecho eso le duele algo aunque sea un poquito, es una pregunta que me hice muchas veces. La respuesta que encontré fue dejar de hacérmela.
Estas canciones fueron mi manera de contar lo que pasó desde mi lado. A día de hoy sigo yendo a terapia y a la consulta de psiquiatría, y tengo diagnosticados estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, trastorno de la personalidad por evitación y ansiedad. Hubo un momento en el que la idea de no seguir estuvo demasiado cerca. Si lo digo es porque salí de ahí, y porque el fénix del final no es un adorno: es lo que pasó.
Si tú estás temblando ahora mismo, aunque ya te hayas rendido, busca a alguien. En España tienes el 024, la línea gratuita y confidencial para quien piensa en el suicidio o está preocupado por alguien, abierta día y noche. Si hay un riesgo inmediato, el 112. Para hablar sin prisa, el Teléfono de la Esperanza (717 003 717); para menores, la Fundación ANAR (900 20 20 10). Y si vives fuera, findahelpline.com te dice a quién llamar. Pedir ayuda no es rendirse. Es lo que hace que se pueda volar después.
Dónde está en el mapa
En el catálogo, «Me rindo» es la canción 166 de 273, entre «El castigo más duro» y «La despedida», y sobre ese orden y sobre los números que esconde la letra ya escribí en «Cuarenta partes y un tres por ciento». Lo que no había contado es lo que añade el vídeo: la luna, la tela, el pasillo y el fénix.
Su estribillo tiene un eco directo en otra canción mía, «Y sigo temblando siempre», que comparte las palabras del final. Son dos canciones del mismo temblor.
Como letrista, compositor y productor musical, la letra y la producción salen de mí; la música e interpretación vocal hechas con IA les dan forma sonora. Las personas del vídeo están generadas y no representan a nadie real.
Tres cosas que mirar la próxima vez
La primera: cuenta cuántas lunas distintas hay. No es siempre la misma. Hay una blanca con cráteres muy marcados, una dorada, una azulada con humo y una casi plateada encima de las nubes. Cambia de color según quién esté delante.
La segunda: fíjate en la tela que sale volando en las manos de la silueta. Es la misma tela blanca que envuelve al hombre de la barba, pero suelta.
La tercera: mira las nubes negras del penúltimo plano, cuando el chico de la guitarra toca encima de las nubes. Suben hasta casi taparlo. Y justo entonces llega el fénix.
Preguntas frecuentes
¿Dónde se puede ver el videoclip de «Me rindo»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis y en la sala de vídeos de mikesaintlouis.com. Se publicó el 14 de marzo de 2025 y dura tres minutos y cinco segundos.
¿En qué disco está «Me rindo»? En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. En la lista del catálogo es la canción 166 de 273.
¿Qué aparece en el videoclip? Una luna enorme en casi todos los planos, un hombre envuelto en una tela blanca como una camisa de fuerza, un chico con una guitarra, siluetas que saltan y sueltan una tela, un hombre con una chaqueta con correas, un pasillo de hospital abandonado, una azotea con lluvia y neón rosa y, al final, un fénix de fuego.
¿Por qué termina con un fénix si la canción se llama «Me rindo»? Porque en la canción rendirse no es el final: es dejar de pelear por que el otro reconozca el daño. El fénix, que arde y vuelve a nacer, es lo que viene después.
¿Salen en el vídeo las cosas que nombra la letra? No. El Kit Kat, los viajes al pueblo, los perros o las series de televisión se quedan en la letra. El vídeo se centra en el cuerpo y en la noche.