
Por Mike Sain't Louis ·
Cuarenta partes y un tres por ciento: las cuentas de «Me rindo»
Soy de letras. Lo digo para que se entienda el desastre: cuando me rompieron el corazón me puse a hacer cuentas, que es lo único que no sé hacer. Me salieron mal. Salió una canción.
La canción es «Me rindo», del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK». En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 166 de 273, justo después de «El castigo más duro» y justo antes de «La despedida». Fíjate en el orden, que no es tontería: primero el castigo, luego la rendición, luego el adiós. Parece una secuencia de parte médico.
En la ficha de la canción ya conté de qué va y por qué la tele se me cuela en la letra. Aquí me apetece otra cosa, algo más raro y más mío: repasar los números. Porque «Me rindo» está llena de cifras, y ninguna está puesta para que la cuenta salga. Están puestas para que no salga.
La calculadora de una persona de letras
Aviso antes de empezar. Yo con los números tengo la relación que tiene una loca con la cinta de correr del gimnasio: la miro, la respeto, me hago una foto al lado y me voy al bar.
Pero en las rupturas pasa una cosa curiosa. Todo el mundo se vuelve contable. Cuántos años. Cuántas navidades. Cuántos mensajes sin contestar. Cuánto me debía de la cena aquella. Cuánto le quise y cuánto me quiso, que es la cuenta que nadie sabe hacer y la que más se repite a las cuatro de la mañana, con el móvil en la mano y la luz de la pantalla dándote en la cara como un interrogatorio.
Yo decidí que, ya que me iba a poner a sumar, por lo menos lo haría en una canción. Y que los números serían absurdos a propósito. Ni porcentajes de la OMS ni estadísticas de Instagram. Números de andar por casa, de los que te inventas cuando estás tan roto que necesitas medir algo, lo que sea, para no ahogarte.
Son cuatro cifras, más o menos. Cuarenta, uno, tres y el infinito. Vamos con ellas.
Cuarenta partes
La primera cuenta es la del principio y es la más bonita, la más peligrosa también.
La canción arranca con alguien que abre el corazón de verdad, y lo dice así, con una precisión de forense: «disecciono en 40 partes mi personalidad». No me abrí un poco. No conté dos o tres cosas en una primera cita entre caña y caña. Me corté en cuarenta trozos y los puse encima de la mesa, como el que despieza un pollo en la cocina de su abuela.
¿Por qué cuarenta? Te voy a ser sincero: porque cuarenta suena a mucho sin sonar a infinito. Cien habría sido de anuncio de detergente. Diez, poca cosa, una ficha de Wallapop. Cuarenta es la cifra de alguien que se ha tomado la molestia de contar. De alguien que, si le preguntas, te enumera las piezas: el miedo al teléfono, la manía con los calcetines, la risa floja en los entierros, la canción de Camela que pone cuando está triste, la cicatriz de la rodilla, la forma de pedir perdón demasiado pronto…
Y ahí está la trampa. Cuando te despiezas delante de alguien, ese alguien se queda con el mapa. Sabe dónde están los nervios. Sabe qué pieza aprieta y cuál chirría. Lo dije en otro sitio y lo repito aquí con la boca pequeña: la empatía también sirve para apuntar.
La letra lo cuenta en orden. Primero me abro, luego viene el instante exacto en que el otro me gana, me comprende, me abraza. Fíjate en que todo pasa en ese instante. No hay cortejo largo, no hay tres meses de cenas. Cuarenta partes sobre la mesa y, en el mismo segundo, ya me tiene. Es la velocidad de quien llevaba mucho tiempo esperando a que alguien quisiera mirar el despiece.
Ese es el primer número. Cuarenta trozos de mí, entregados en bandeja.
Uno
El segundo número no aparece escrito, pero está en todas partes. Es el uno.

Uno, de uno solo. El que se cree listo. La canción dice que, a partir de ahí, el que se cree listo en el fondo es un circo, y yo me acuerdo de lo mucho que me reí escribiendo esa frase, porque no aclara quién es el listo. Puede ser él. Puedo ser yo. Lo más probable, si te soy honesto, es que seamos los dos, cada uno en su pista, con su nariz roja y su monociclo, haciendo el número del amor maduro delante de un público que no existe.
Me gusta mucho esa duda. Una canción de ruptura en la que el único culpable es el otro me aburre a los dos minutos; ya hay muchas, y casi todas suenan a abogado. Aquí el circo es compartido. Pero el uno, el que se queda solo en la pista cuando se apagan los focos, ese sí tiene nombre. Soy yo. Y por eso la letra no termina en «te odio» sino en otra cosa, que ya llegará.
Hay otro uno escondido: un solo corazón para cuarenta partes. Es una proporción malísima. Ningún arquitecto aprobaría ese edificio.
Un tres por ciento
Aquí llega la cifra por la que la gente me escribe. Es la línea más preguntona de la canción, y también la más cabreada:
«¿En serio, a las personas narcisistas no os duele la sangre ni un tres por ciento?»
Lo primero, la gramática. Fíjate en el «os». No es «a los narcisistas les duele». Es «os duele». Les hablo a ellos, en segunda persona del plural, como quien se planta delante de una mesa llena de señores en una boda y les pide explicaciones a todos a la vez. Es una pregunta de plató, de esas de micrófono en mano, y es también una pregunta sincera que me hice a solas mil veces.
Lo segundo, el número. Tres por ciento. No digo «nada», no digo «un poquito». Digo una cifra concreta y ridícula, como la de un IVA reducido o un descuento de supermercado en la sección de embutidos. Ni un tres por ciento. Es lo mínimo que se le puede pedir a un ser humano y aun así parece demasiado.
Elegí tres porque es un número cutre. Si hubiera puesto cincuenta, la pregunta se volvía razonable, de terapia de pareja. Con tres por ciento, la pregunta ya no pide que te duela igual que a mí. Pide que te duela algo. Lo que sea. Un pellizco. Una molestia como la de una etiqueta de camiseta en la nuca.
Y la respuesta que la canción da, sin darla, es que no. Ni el tres.
Esa es la frase que más me cuesta escuchar ahora. No por la rabia, que la rabia se pasa, sino por lo que hay debajo: la idea de que pasé años pidiendo un porcentaje de rebajas a alguien que no tenía nada en el escaparate. Pero eso ya lo aprendí después. La canción está escrita antes, en el momento en que todavía creía que si hacía bien la pregunta, el otro respondería.
La sangre
Una nota rápida, porque me la han señalado. «No os duele la sangre» es una forma rara de decirlo. Lo normal sería «no os duele el corazón», o «no os duele nada».

La sangre la puse porque es lo que se ve. El corazón es una idea, y las ideas se discuten. La sangre mancha. Es la diferencia entre decir «estoy mal» y presentarte en urgencias de La Paz con una toalla en la mano. Yo quería preguntar por algo físico, algo que no se pudiera negar con un argumento bonito. Y la sangre, además, le pega a la estética de casi todo lo que escribo, que oscila entre el Telecinco de las cinco de la tarde y una peli de terror de videoclub.
Me hace gracia, y no poca, que a la vez pregunte por la sangre y por un porcentaje. Es como pedir el análisis de sangre del alma. Hemograma emocional, con su valor de referencia. Si alguien inventa esa prueba, que la ponga en la Seguridad Social, que tendría más cola que el Primark de Gran Vía en rebajas.
Las cosas que no se cuentan con números
Después de la pregunta viene la parte en la que, por fin, dejo la calculadora. Es una lista de recuerdos y no lleva ni una cifra: los viajes al pueblo, el paseo con los perros, las navidades, y una frase que el otro decía cuando me veía llorar.
Me gusta que esa parte no tenga números porque es justo la que no se puede medir. ¿Cuántas navidades fueron? Da igual. ¿Cuántos paseos con los perros? Ni idea, y prefiero no saberlo. Esos recuerdos son de los que se cuentan en imágenes, no en unidades: la luz de una tarde, el olor de una cocina ajena, la correa enredada en las piernas.
Y entonces llega la pregunta que lo desmonta todo, la de si aquello eran tomas falsas de una serie de la tele. No la repito aquí porque ya la he explicado en la ficha, pero quiero añadir una cosa sobre los números: una toma falsa es una toma que se repite. Se graba varias veces. Si todo eran tomas falsas, entonces cada navidad fue un ensayo, y cada «ven aquí, no llores» una frase que alguien tenía aprendida. La cuenta que me salió ahí fue horrible. No sé cuántas veces fue verdad. Puede que ninguna.
Esa es la frase de la canción que nunca me hace gracia. Las demás, alguna vez. Esa no.
Un Kit Kat eterno
Vuelvo a los números, que me sientan mejor que la tristeza. Toca el infinito.
«necesito un eterno Kit Kat»
Hay gente que se toma esta línea como chiste y hace bien, porque lo es. Kit Kat es una marca de chocolatina con su anuncio de toda la vida, el de tomarse un respiro. Yo me agarré a eso. Si esto ha salido mal, necesito un descanso. Y como ha salido muy mal, el descanso tiene que ser eterno.
Pero fíjate en la escala. Pasamos de cuarenta partes a un tres por ciento, y de ahí, sin avisar, al infinito. Esa es la contabilidad de una ruptura: empiezas con cifras muy precisas, de notario, y acabas pidiendo una pausa que no se acabe nunca. Es lo que te pide el cuerpo después de haber medido tanto. Dejar de medir.
También es muy de mí que el infinito sea una chocolatina del quiosco y no el cosmos. Otros pondrían las estrellas, el mar, el universo en expansión. Yo pongo el Kit Kat de la máquina de la estación de Atocha, el que se queda atascado en la espiral y tienes que darle un golpe al cristal. Mi eternidad tiene envoltorio rojo y cuesta poco más de un euro.
Lo cuento en serio. Lo cotidiano me salva de la grandilocuencia, y la grandilocuencia, en una canción de desamor, es la manera más rápida de quedar en ridículo. Lo hablé con más calma en defensa de lo cursi: se puede ser cursi, se puede ser muy cursi, pero hay que serlo con los pies en una baldosa concreta.
Me rindo y sigo temblando
El estribillo no tiene números, pero tiene una cuenta escondida. Son dos verbos que se restan.

Rendirse es parar. Temblar es seguir. La frase junta las dos cosas y no elige: me rindo, y sigo temblando siempre. Es como un coche con el freno de mano echado y el pie hundido en el acelerador, rugiendo en el sitio, oliendo a embrague quemado en un parking de Carrefour.
Yo creo que así se viven muchas rupturas, las de verdad. No hay un momento limpio en el que dices «ya está» y te vas con la cabeza alta y un abrigo largo, como en las películas de Almodóvar. Te rindes, sí. Dejas de pelear, dejas de mandar mensajes, dejas de buscar la frase perfecta. Pero el cuerpo no se ha enterado y sigue temblando. Y lo hace siempre, dice la letra, que es una palabra muy grande para una persona tan pequeña.
Lo de repetir tanto el estribillo no fue por rellenar. Quería que la repetición se notara, que pesara, que al tercer «me rindo» te dieras cuenta de que quien se rinde tantas veces no se ha rendido del todo. Si de verdad te rindieras, lo dirías una vez. Lo repites porque no te lo crees.
Al final, la última palabra se estira hasta que parece un lamento. Eso es lo que más me gusta escuchar de esta canción ahora: esa vocal que no termina, como el tono de un teléfono que nadie coge.
Y ojo, que el temblor tiene canción propia. «Y sigo temblando siempre» está en el mismo disco y recoge esa frase como título. No es una copia; es otra habitación de la misma casa. Si escuchas las dos seguidas, parece que la segunda contesta a la primera desde el otro lado del tabique.
La culpa a medias
Hay una cuenta más, y es la más incómoda. La de la culpa.
En mitad de la letra digo que siento que tampoco tengo tanta culpa, y acto seguido les pido a los aludidos que descarguen en mí toda la suya. Es un disparate lógico. Primero digo que no la tengo, después pido que me la den. Si lo pones en una hoja de Excel, la columna no cuadra por ningún lado.
Pero es que así funciona. Quien sale de una relación con alguien que nunca asume nada acaba con un problema de contabilidad muy concreto: le han pasado todas las facturas. Durante años, cada error era suyo. Cada discusión, culpa suya. Cada silencio del otro, algo que él había provocado. Y cuando por fin se va, lleva la mochila tan llena que ya no sabe qué es de quién.
Esa línea, la de «descargad en mí toda vuestra culpa», es medio ironía y medio verdad. Ironía, porque es lo que el otro siempre hizo. Verdad, porque a veces parece más fácil cargar con todo que discutir cada recibo.
No quiero hacerme la mártir. Una mártir con Kit Kat es poca mártir. Pero sí quería que se viera ese lío, porque es lo que más se parece a la vida y lo que menos sale en las canciones de desamor bien peinadas.
La roca de la cala
La letra tiene una imagen muy bestia hacia la mitad, la de acabar con la cabeza destrozada en alguna roca de una cala. La escribí como se escriben estas cosas: exagerando. Es una hipérbole de verano, de esas que dices en la playa cuando te ha salido mal todo y te ríes porque no queda otra.

La aclaro porque prefiero no dejarla flotando. No es una invitación a nada. Es lo que pasa cuando la cabeza ya no puede con tanto y se imagina el final más dramático posible, el de culebrón. Si alguna vez tú, leyendo esto, no lo vives como una exageración sino como un plan, no esperes a escribir una canción: habla con alguien hoy. En España puedes llamar al 024, que es gratuito y atiende a cualquier hora.
Dicho esto, vuelvo al tono, que la letra también vuelve. Después de la roca viene otra vez el estribillo, el temblor, el Kit Kat. La canción no se queda en la cala. Se sale del agua tiritando, se envuelve en la toalla y sigue.
Lo que pesa cada número
Si hago balance, que para eso he venido, me salen estos pesos:
- Las cuarenta partes pesan lo que pesa la confianza. Mucho al principio, nada cuando te las devuelven rotas.
- El tres por ciento pesa lo que pesa la rabia. Es ligero de decir y pesadísimo de cargar.
- Las navidades sin cifra pesan lo que pesa la memoria, que es lo único que no se puede tirar al contenedor amarillo.
- El Kit Kat eterno pesa cuarenta y un gramos y medio de chocolate, más o menos, y aun así es lo que más me sostuvo.
Y luego está el estribillo, que no pesa nada porque no para quieto. Tiembla.
Por qué la hice así y no de otra manera
Me preguntan a veces por qué no escribo las rupturas «en serio», sin chocolatinas ni series de Antena 3 por medio. La respuesta corta es que no sé. La larga la conté en por qué me río de mis ex: el humor no le quita verdad a lo que cuento; le quita solemnidad. Y la solemnidad, en el desamor, suele ser una forma de mentir.
En «Me rindo» el humor está muy bajito, casi de fondo. No es una canción de chiste como otras del catálogo. Es una canción triste que de vez en cuando se toma una chocolatina para no desmayarse. Los números ayudan a eso. Son una forma de poner distancia: si cuento, no lloro. Bueno, lloro igual, pero con calculadora.
La letra es mía, de principio a fin, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que yo dirijo. Esto lo digo siempre, en la página de Sobre Mike y donde haga falta, porque en una canción como esta la diferencia importa. Una máquina puede poner una melodía a un tres por ciento. Lo que no puede es saber por qué es un tres y no un cuatro. Eso lo expliqué en la IA no tiene exnovios, que es casi el subtítulo de esta canción.
Si la vas a escuchar hoy
Te dejo una propuesta tonta, que es lo único que sé dar. Pon «Me rindo» y, mientras suena, haz tus propias cuentas. Cuántas partes de ti entregaste. Qué porcentaje le pedías al otro. Qué chocolatina te sostiene a ti.
No hace falta que te salgan. A mí no me salieron. Pero hay algo en ponerle cifras ridículas a un dolor gordo que lo vuelve un poco más manejable, como cuando metes un elefante en una caja de zapatos y, aunque no quepa, por lo menos ya sabes que es un elefante.
Y si quieres seguir con la secuencia, escucha después «La despedida», que viene justo detrás en la lista. Ahí la cuenta ya está cerrada. O casi. La letra completa de «Me rindo» la tienes en gayfolkplanet.com y en el archivo de letras de esta web.
Yo me quedo con el temblor. Es lo único de la canción que no he conseguido medir.
Mejor así.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Me rindo»? Es una canción de ruptura con alguien narcisista. Empieza con el momento en que te abres por completo ante otra persona y te sientes comprendido, y sigue con el desengaño: los recuerdos que parecen tomas falsas, la pregunta de si al otro le duele algo y un estribillo que mezcla rendición y temblor.
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. En la lista de singles de Planeta Gayfolk es la pista 166 de 273.
¿Quién escribe la letra y cómo se hace la música? La letra es mía, escrita sin IA. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, como Suno, que dirijo yo. Soy letrista, compositor y productor musical madrileño.
¿Dónde puedo leer la letra y escucharla? La letra completa está en la ficha de la canción y en gayfolkplanet.com. Puedes escucharla en Spotify.