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Una canción sin historia: el experimento de «La chusta nunca disgusta»

«Sergio, Martina, Elías, Iván». Así arranca. Sin «érase una vez», sin un ex al que insultar, sin un crucero con sardinas en el minibar. Cuatro nombres de pila y una coma detrás de cada uno, como en el parte de asistencia de un instituto de Vallecas a primera hora.

Llevo años escribiendo canciones que cuentan cosas. Narcisistas con nombre y apellido simbólico, folclóricas engañadas, vecinas que lo ven todo, novios de Albacete. Soy un letrista de argumento, de culebrón, de capítulo con cliffhanger. Y un día me dio por preguntarme qué pasaría si escribiera una canción que no contara absolutamente nada.

El resultado es «La chusta nunca disgusta», y la ficha del blog ya avisa de lo que es: una lista de nombres con un refrán en medio. Aquí cuento el experimento por dentro. Por qué nombres, por qué ese refrán, por qué una canción sin historia acaba contando más que algunas con historia.

Pasar lista en el banco del parque

Lo primero que hay que entender es que esta canción no tiene protagonista. No hay un yo que sufra, ni un tú al que reprochar. Hay gente. Mucha gente. Y un objeto pequeño que va pasando de mano en mano.

La chusta, para quien no la conozca, es lo que queda al final de un porro, la colilla que se apura hasta quemarse los dedos. El refrán del estribillo dice que nunca disgusta, y ya está. Esa es toda la tesis. La canción no explica de dónde sale el humo, ni quién lo ha liado, ni si alguien se marea. Solo dice nombres, y entre bloque y bloque recuerda que la chusta no le hace ascos a nadie.

Me lo imagino como un corrillo en un banco de la plaza del Dos de Mayo un viernes a las once de la noche, o en los escalones de una casa okupa de Lavapiés, o en el muro de cualquier pueblo de Cuenca en las fiestas de agosto. Alguien la pasa, alguien la recibe, y cada vez que cambia de mano se dice un nombre. No hace falta saber nada más de nadie. Basta con que esté.

Es la canción menos narrativa que he escrito. Y probablemente la más social.

Por qué nombres y no otra cosa

Podía haber hecho una lista de objetos, de ciudades, de marcas de cerveza. Elegí nombres porque un nombre es lo mínimo que se puede decir de una persona. Ni edad, ni profesión, ni signo del zodiaco. Solo cómo te llaman cuando te dan la vez en la carnicería.

Un nombre propio tiene además una ventaja enorme en una canción: todo el mundo se reconoce o reconoce a alguien. Si oyes «Raquel», piensas en tu Raquel. Si oyes «Julián», piensas en el Julián de tu clase, el que copiaba en los exámenes de mates. La canción no te cuenta nada, pero tú le pones la historia. Es como un álbum de cromos en el que cada uno pega sus propias caras.

Y luego está el placer del sonido. Iván rima con Julián, Tatiana con Ana, Matías con Jeremías, Martín con Joaquín. Los nombres están colocados para que choquen sus acentos y sus finales como las fichas de un dominó en el bar de abajo. Si los lees en voz alta, se te va el pie. Esa es la música que hay debajo de la música: la de los nombres bien puestos.

Ochenta y ocho personas

Hice la cuenta con la letra delante y un boli. La letra tiene 88 nombres. De ellos, 83 son distintos: cinco se repiten, Sergio, Carla, Raúl, Enrique y Mónica, como esos amigos que se apuntan a todas las quedadas aunque no los hayas invitado. El refrán aparece catorce veces.

Fotogramas del videoclip oficial de «La chusta nunca disgusta», de Mike Sain't Louis

Ochenta y ocho personas es más o menos lo que cabe en un vagón de metro de la línea 1 en hora punta, o en una boda modesta en un salón de Leganés, o en el aula magna de una facultad un lunes de resaca. Es una cifra humana. No es un estadio. Es un grupo en el que todavía podrías saludar a todo el mundo uno por uno, aunque te llevara la noche entera.

Los nombres van en bloques de cuatro líneas, cuatro nombres por línea. El último bloque es más corto, la mitad, como si la lista se quedara sin aliento justo antes del final. Esa cojera me gusta. Una lista perfecta habría sonado a hoja de cálculo. Una que se acorta al final suena a alguien que ya está cansado de pasar lista y quiere irse a la terraza a por otra caña.

Kunal, Tenesoya y Latoya

Si escuchas con atención, los nombres no son todos de aquí. Al principio todo suena a patio de colegio español de los noventa: Carmen, Abel, Raquel. Luego se van colando otros. En un mismo bloque escribí «Mónica, Pablo, Leticia, Kunal», y en el último, «Bianca, Amir, Gonzalo, Tenesoya».

Tenesoya es un nombre guanche, de las Canarias de antes de los conquistadores, de esos que todavía se ponen en Tenerife y en Gran Canaria. Kunal suena a la India. Amir, al norte de África o a Oriente Próximo. Latoya, a la tele estadounidense de los ochenta. Edison, a muchas casas de Latinoamérica. Todos en la misma fila, con el mismo peso, recibiendo la misma chusta.

No quise subrayarlo con ningún discurso. No hay una estrofa que diga «somos todos iguales» con violines detrás, que es lo que haría un anuncio de Benetton. La canción simplemente los pone juntos y sigue. Y eso, para mí, es la forma más honesta de dibujar el planeta GAYFOLK: un sitio donde nadie te pide el pasaporte en el corrillo. Si te toca, te toca.

Un refrán de cuatro palabras

El estribillo es lo único que no cambia. Cuatro palabras con rima interna, chusta y disgusta, que parecen sacadas del refranero de la abuela aunque no estén en ninguno. Tienen el ritmo de «a quien madruga Dios le ayuda» o de «en abril aguas mil», pero con otra moral.

Me divierte mucho inventarme refranes. Un refrán es la forma más antigua de verdad popular que tenemos en España: nadie sabe quién lo dijo, pero todo el mundo lo repite como si estuviera en la Constitución. Escribir uno nuevo, sobre algo tan poco respetable como el final de un porro, es como colar una foto tuya en el árbol genealógico de la familia real.

Y tiene su guasa moral. Los refranes de toda la vida suelen ir de trabajar, de ahorrar, de no fiarse. Este va de compartir lo poco que queda. La chusta es lo que sobra, lo que nadie querría si hubiera porro entero. Y sin embargo no disgusta. Hay algo bonito en eso, en celebrar las sobras. Es la filosofía del táper de la abuela aplicada al botellón.

El sonido de un pasillo

Cuando escuchas la canción entera, la sensación es la de estar en un pasillo largo donde alguien va llamando a la gente para entrar a una consulta. O en la cola del DNI de la comisaría de la calle Luna. O en una lista de clase el primer día, cuando el profesor no conoce a nadie y lee despacio para pronunciar bien.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Patricia, Alberto, Nora, Gerardo, Rebeca, Raúl, Gabriela, Leonardo,» de «La chusta nunca disgusta»

Esa sensación de espera es parte del chiste. La música va, los nombres caen, y tú esperas que pase algo. Que aparezca una historia, que alguien diga algo de Sergio o de Martina. No pasa. Solo vuelve el refrán, como quien te ofrece otra calada para que no te impacientes.

Me reconozco algo de mala leche en esto. Después de años acostumbrando a la gente a que mis canciones tengan giro final, una vecina que grita o un ex que resulta ser un robot, hago una en la que el giro es que no hay giro. Es la broma de un letrista que se aburre de su propia fórmula. Una autoparodia sin decirlo.

La chusta como protagonista

Si la canción no tiene protagonista humano, tiene uno que no es humano: la chusta. Es lo único que se mueve de verdad en toda la letra. Los nombres están quietos, cada uno en su sitio del banco. Lo que circula es ella.

Pensado así, la canción es una especie de película de objeto, como esas historias de un billete de cinco euros que pasa por las manos de un fontanero, una monja y un futbolista del Rayo. La chusta va de Sergio a Martina, de Martina a Elías, y en cada mano deja algo y se lleva algo. No sabemos qué. No hace falta. Lo importante es que no se para.

Y es un objeto humilde, que es lo que más me gusta. No es una botella de champán, ni un anillo de compromiso, ni una corona de Miss España. Es lo que queda, lo que otros tirarían. Darle protagonismo a lo que sobra es algo que hago mucho en Planeta Gayfolk: el calcetín, el táper, el bañador de marca, el ventilador que esparce porquería. Los objetos pequeños dicen más de la gente que los grandes discursos.

Si tuviera que resumir el experimento en una frase, diría que es una canción sobre una colilla que conoce a ochenta y tantas personas. Dicho así suena absurdo. Escuchado, tiene su ternura.

Dónde ponerla y dónde no

No es una canción para todas las ocasiones, y eso también es parte del experimento. No la pondría en una boda, salvo que los novios se conocieran en un festival de reggae de Benicàssim. No la pondría en una comida familiar de domingo, porque la tía de Zamora va a preguntar qué es una chusta y alguien va a tener que explicárselo con el pollo asado en la mesa.

Donde funciona es en el momento de después. Cuando la fiesta ya ha pasado lo más fuerte, la gente está sentada en el suelo del salón y alguien busca algo que no exija bailar ni pensar. Ahí la lista de nombres entra sola, como un murmullo, y alguien acaba diciendo su nombre en voz alta cuando aparece. También funciona en un trayecto largo en coche, de esos de la A-3 hacia la playa de Gandía con la nevera portátil en el maletero, para jugar a ver quién del coche sale antes en la letra.

Y funciona, curiosamente, a solas. Escuchada con cascos en el autobús, la lista se convierte en una especie de multitud imaginaria que te acompaña. Ochenta y ocho personas en el bolsillo.

Lo que pone la máquina y lo que pongo yo

La letra, con sus 88 nombres y su refrán, es mía. Elegí cada nombre por cómo suena al lado del siguiente y lo coloqué en su bloque, uno por uno, como quien hace la distribución de mesas de una boda donde todos están peleados. La música y las voces salen de herramientas de inteligencia artificial como Suno, que uso para producir. Mi trabajo ahí es escuchar versiones, descartar, elegir la que hace que la lista suene a corrillo y no a guía telefónica.

Collage con un detalle de la carátula de «La chusta nunca disgusta» y las carátulas de «Verde», «Tan Paleto»

Esa selección es la parte que más tiempo me lleva y la que menos se ve. Escribí sobre ella en «El oficio de descartar: elegir entre muchas versiones». En una canción como esta, donde la letra es casi una partitura de nombres, el ritmo lo decide todo. Si la base va demasiado rápida, los nombres se atropellan. Si va lenta, parece un funeral con lista de difuntos.

Lo cuento siempre porque prefiero que se sepa: la herramienta pone el sonido, yo pongo la palabra y el criterio. Todo eso está explicado en mi página de presentación.

La portada: humo, rayas y una tumbona

La imagen del single da el contexto que la letra no da. Un hombre rubio con tupé, gafas de sol de cristal rosa, camisa rosa abierta, tirantes, cadena dorada con una cruz y tatuajes en el pecho y los brazos. Está recostado en una butaca amarilla, con un cigarro en la boca y otro en la mano, en una playa con palmeras, mar turquesa y una casita rosa al fondo.

El título va en letras de brocha a rayas verdes, amarillas y rojas, con tres estrellitas bajo mi nombre. Quien reconozca esos colores sabe de qué humo va la cosa sin que nadie se lo explique. La portada hace lo que la letra no hace: pone el sitio. La letra es la lista. La portada es la tumbona desde la que se pasa lista.

Me hace gracia el contraste entre la pose del personaje, de chulería de chiringuito en Maspalomas, y la canción, que es casi escolar. Él parece estar de vacaciones permanentes. La letra parece una maestra con gafas pasando lista. Las dos cosas a la vez son la gracia del single. Todas las portadas, una detrás de otra, están en la página de singles.

La familia del humo

«La chusta nunca disgusta» tiene primas en el catálogo. Hay una pequeña familia de canciones de humo y guasa que se ríen de la moral estricta. La más festiva es «Verde», una rumba que le toma prestado un verso a Lorca para dedicárselo a otra planta. Están también «Weed Weed Weed» y «Mejor hierba que guerra», que ya desde el título dejan clara su devoción.

Dentro de esa familia, esta es la más abstracta. Las otras describen plazas, noches, plantas, fiestas. Esta no describe nada: solo convoca a la gente. Si las otras son la fiesta, esta es la lista de invitados que el portero tiene en la puerta. Y me gusta que, en el fondo, se fije en lo que de verdad importa de esas noches, que no es el humo. Es con quién lo compartes.

No es una canción para hacer apología de nada, ni pretende ser un folleto de reducción de riesgos. Es una canción de corrillo. Quien haya estado en uno sabe que lo que se recuerda luego no es lo que se fumó, sino quién estaba y de qué se rieron.

Entre una nana y un entierro

En el catálogo de 273 singles, esta canción es la pista 156. Justo antes va «Nana para adultos». Justo después, «Nadie hablará de mí cuando haya muerto». Dormir, juntarse, morir. Sin planearlo, esas canciones seguidas resumen una noche larga de las buenas.

Ficha de la canción «La chusta nunca disgusta» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La vecindad con «Nadie hablará de mí» tiene una ironía que me encanta. Una canción que nombra a 83 personas distintas va justo antes de otra que se queja de que en tu entierro solo habrá dos amigos, como mucho. Una es todo presencia; la otra, todo ausencia. Escuchadas seguidas, se contestan. Quizá la segunda es lo que pasa cuando el corrillo se disuelve y cada uno se va a su casa.

Pertenece a *El día de la liberación*, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, el de llegar y celebrar. Un corrillo infinito de gente de todas partes encaja bien en una fiesta de liberación. Si quieres escuchar los tres discos en orden, tienes mi guía para escuchar la trilogía de principio a fin.

Un pequeño elogio de las listas

Las listas tienen mala fama entre la gente que escribe. Se consideran relleno, recurso de vago, lo que haces cuando no se te ocurre una historia. Pero algunas de las cosas más memorables de la cultura popular son listas. La alineación del Real Madrid de la Quinta del Buitre. La letanía de los santos en una misa de difuntos. Los nombres de los Reyes Godos que te hacían memorizar en EGB. Los créditos finales de una película de Almodóvar, que nadie lee pero que contienen a todas las personas que la hicieron posible.

Una lista dice: todos estos existen y todos cuentan. Es una forma de reconocimiento. Y una lista sin jerarquía, sin protagonista, donde Kunal pesa lo mismo que Sergio, es casi una declaración política sin pancarta.

Yo soy un enfermo de las listas, lo admito. En casi todas mis letras hay una: agravios, objetos, ex, marcas del supermercado. Normalmente la lista prepara un remate. Aquí la lista es la canción entera, y el remate es que no hay remate. Si alguna vez quieres escribir una, cuida el ritmo, deja que se cuele alguna repetición y no intentes que tenga sentido. El sentido lo pone quien escucha.

Búscate en la lista

Lo mejor que se puede hacer con esta canción es escucharla en grupo y que cada uno grite cuando salga su nombre o el de alguien que conoce. Es un juego tonto y funciona siempre. Si no sales, no te ofendas: la chusta no ha llegado a tu mano todavía. Quizá en la próxima.

La puedes escuchar en Spotify, verla con su videoclip en gayfolkplanet.com y leer todos los nombres en su página de letras. En el archivo de letras de esta web están las demás, por si quieres comprobar en cuántas otras aparece alguna Mónica.

Y si eres periodista y te interesan las canciones raras, el material para escribir sobre mí está en Prensa.

Lo que esta canción sí cuenta

Dije al principio que no cuenta nada. Mentí un poco, como se miente en las canciones.

Cuenta que hay gente. Que la gente es mucha y diversa y que cabe en la misma fila. Que lo que sobra, si se comparte, no disgusta. Que una noche cualquiera, en un banco cualquiera, Sergio le pasa algo a Martina, y Martina a Elías, y Elías a Iván, y así hasta Latoya, y ninguno necesita contarle su vida al otro para estar ahí.

Después de tantas canciones sobre gente que miente, que engaña, que finge, me apetecía una en la que nadie hiciera nada malo. Solo estar.

Y quizá por eso la escribí sin historia. Las historias, en mis canciones, casi siempre las protagonizan personas que hacen daño. Aquí no hay sitio para ellas porque no hay sitio para nadie en particular. El narcisista necesita un escenario y un público pendiente de él. En un corrillo de 88 nombres, nadie es el centro. Es el único lugar del catálogo donde un narcisista se aburriría.

Es poco. Es muchísimo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La chusta nunca disgusta» de Mike Sain't Louis? Es una canción sin historia: una lista de 88 nombres de pila, de orígenes muy distintos, separada por un refrán inventado, «la chusta nunca disgusta». Retrata un corrillo donde se comparte el final de un porro y todo el mundo cabe en la misma fila.

¿En qué disco está «La chusta nunca disgusta»? En El día de la liberación, el tercer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles de Planeta Gayfolk es la pista 156, entre «Nana para adultos» y «Nadie hablará de mí cuando haya muerto».

¿Cuántos nombres aparecen en la canción? 88 nombres, de los que 83 son distintos. Se repiten Sergio, Carla, Raúl, Enrique y Mónica. El refrán aparece catorce veces.

¿Quién escribió la letra? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.

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