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Un techo de paraguas de colores, un callejón mojado y un salto en la orilla: los paraguas de Planeta Gayfolk

Un paraguas es una casa diminuta que se lleva en la mano. Un techo portátil, del tamaño justo para una persona, o para dos si se arriman. Siempre me ha parecido un objeto muy humano, porque admite su propia debilidad: sirve para cuando el cielo se pone en contra, y no pretende arreglar el cielo. Solo te ayuda a cruzar la calle mientras tanto.

En mis videoclips llueve poco, pero los paraguas aparecen una y otra vez, casi siempre donde menos se esperan. Colgados del aire sobre una calle llena de gente enfadada. Abiertos en un callejón de ladrillo con grafitis. Levantados en una playa donde no cae ni una gota. Al juntarlos para este texto me di cuenta de que en Planeta Gayfolk el paraguas rara vez protege de la lluvia. Protege de otra cosa: de las miradas, del juicio, de la intemperie de ser quien uno es en un sitio que no siempre lo acepta.

Una canción contra el dedo acusador

El primer paraguas de este paseo está en «Tan cateto», una canción que contesta a quien se molesta por lo que no le incumbe. Empieza con una escena que cualquier pareja de dos chicos ha vivido alguna vez:

Que te molesta que vayamos de la mano Y me señalas con el dedo de juez acusador

No hay que explicar mucho. Ir de la mano por la calle, para mucha gente, sigue siendo un acto que se mira. Y hay quien no se conforma con mirar: señala, comenta, opina. La letra no se enfada a gritos. Responde con una pregunta, una y otra vez, con ese tono de sorpresa fingida que se usa cuando ya no merece la pena discutir, preguntándole al que mira cómo es posible ser tan de pueblo en el peor sentido de la palabra.

El público de brazos cruzados

El videoclip convierte esa idea en una especie de coro. A lo largo de casi tres minutos y medio, grupos de personas mayores aparecen en distintos lugares de una ciudad, siempre con el mismo gesto: los brazos cruzados, la boca apretada, el ceño fruncido. A veces señalan con el dedo a una pareja de chicos que pasea. A veces se quedan quietos, mirando a la cámara, como un tribunal improvisado.

Lo que me gusta de ese recurso es que el público no tiene nombre ni historia. Son una masa que se repite de plano en plano, cambiando de decorado pero no de expresión. En la calle, en el parque, alrededor de un banco, delante de nubes de humo de colores. Es el espectador de siempre, el que lleva toda la vida opinando sobre la vida de los demás. Y la canción le dedica su respuesta más tajante: que sus consejos no se aceptan, vengan de quien vengan, cuando quien los da solo está mirando desde la grada.

Me gusta mucho esa palabra, espectador. No dice enemigo ni vecino ni familiar. Dice alguien que mira sin participar. Alguien que no se juega nada en la vida de la pareja que pasa, pero que se siente con derecho a puntuarla. Todos tenemos espectadores así. Algunos están en la calle. Otros, en el móvil. Y otros, por desgracia, en la mesa de Nochebuena.

Dos chicos de la mano

Frente al tribunal, el clip coloca a quienes provocan su enfado. Parejas jóvenes que caminan de la mano por la acera, sin prisa, mirando hacia delante. Dos chicos con vaqueros avanzan por una avenida llena de gente con banderas del arcoíris; en otro plano, otros dos pasean bajo una guirnalda de bombillas colgada entre los edificios, con el sol de la tarde a la espalda.

Fotograma de «Tan cateto»: una calle cubierta por un techo de paraguas de colores colgados en el aire entre los edificios

Lo que más me gusta de esas parejas es que no contestan. No se giran hacia el público para discutir, no levantan el puño, no hacen ningún gesto. Siguen andando. La respuesta está en la letra, no en ellos. Ellos se limitan a hacer lo que hace cualquiera que se quiere: darse la mano y cruzar la calle.

Hay mucha fuerza en esa calma. Durante años pensé que defenderse era contestar a cada mirada, a cada comentario, a cada dedo que me señalaba. Gastaba una energía enorme en eso. Ahora creo que a veces la mejor defensa es seguir caminando, con la mano de quien quieres bien agarrada, y dejar que el público se quede con sus brazos cruzados. El paraguas, en esos casos, es la propia mano del otro.

El banco rodeado

Uno de los planos más incómodos del vídeo es el de un banco de parque. Una pareja joven está sentada en él, muy junta, y alrededor se ha formado un corro de personas mayores que señalan con el dedo, abren la boca, gesticulan. La pareja no se mueve. Se queda en su banco, en su sitio, con el tribunal encima.

Me recuerda a muchas cenas, muchas reuniones familiares, muchas sobremesas en las que una persona se queda en el centro y todos los demás opinan sobre su vida. Ese banco es una isla. Y lo que más me impresiona es que la pareja no se levanta. No huye. Aguanta sentada hasta que el corro, en algún momento, se cansa.

No siempre hay que aguantar, claro. Hay corros de los que conviene irse cuanto antes. Pero hay algo valioso en no ceder tu banco solo porque a otros les moleste que estés sentado en él.

Un techo de paraguas sobre el tribunal

Y entonces, hacia el final del vídeo, llega el plano que da sentido a este texto. Es la primera imagen que verás aquí. Una calle estrecha entre edificios, cubierta por completo por un techo de paraguas abiertos colgados en el aire: rojos, amarillos, verdes, azules, morados, cientos de ellos, como los que se cuelgan en algunas fiestas de pueblo para dar sombra. Debajo, el mismo público de siempre, con trajes, rebecas y gestos serios.

Recorté la imagen para quedarme solo con los paraguas, porque lo que me interesa es la paradoja. Esas personas que juzgan a los demás están, sin saberlo, bajo un techo de colores que parece una bandera. Los paraguas los cubren a todos por igual. Nadie ha elegido quién se queda dentro y quién fuera. La alegría del arcoíris les protege del sol aunque ellos no la soporten.

Es una imagen que me hace sonreír cada vez. Porque dice algo que creo de verdad: que la diversidad no es una amenaza que viene de fuera, sino el techo que nos cubre a todos, incluso a quien no quiere mirarlo.

Calles vacías llenas de humo

Antes de los paraguas, el vídeo enseña varias calles completamente vacías. Avenidas anchas, con edificios señoriales a los lados, semáforos y farolas, sin un solo coche ni una persona. Por el asfalto avanzan nubes de humo de colores, rosas, verdes, naranjas, azules, y en el cielo se abre un arcoíris enorme por encima de los tejados. Una de esas calles sale junto a mi foto, en la segunda imagen.

Esas calles sin nadie me parecen el reverso del tribunal. Donde no hay espectadores, el color ocupa todo el espacio. No hay que pedir permiso. El humo se expande, el arcoíris se estira de punta a punta, la ciudad se tiñe entera. Es lo que pasa cuando por fin dejas de escuchar al público: la calle es tuya.

No digo que haya que vivir en calles vacías. Pero sí que conviene reservarse algunos sitios donde no entra nadie a opinar. Para mí, durante mucho tiempo, ese sitio fue el cuaderno donde escribía las letras. Allí no había brazos cruzados.

Un callejón de ladrillo y grafitis

El segundo paraguas está en un callejón. Aparece en el videoclip de «Esta canción es una mierda», una canción con un título provocador que es, en realidad, una defensa de hacer las cosas a tu manera aunque no gusten. Un callejón estrecho, de ladrillo, con el suelo de adoquines brillando por la lluvia. En las paredes, grafitis enormes: «ART IS FREEDOM» en letras rosas, y «GAYFOLK» en un neón azul eléctrico. Por el centro, de espaldas, camina una figura con un paraguas negro, alejándose hacia una niebla blanca.

Foto de Mike Sain't Louis con abrigo negro junto a tres fotogramas: dos figuras que saltan con un paraguas transparente en una playa lila y un paraguas que brilla en verde en «Breeze», y una calle vacía con humo de colores y un arcoíris en «Tan cateto»

Es la imagen de la portada de este texto, y me parece de las más bonitas que tengo. El paraguas negro es casi un punto en mitad de tanto color. La persona no se gira, no mira a nadie, no pide permiso. Camina bajo su techo portátil por un callejón que dice, con letras gigantes, que el arte es libertad. A unos pasos, en la misma pared, un cartel de neón rosa con el nombre del planeta, y una figura con un paraguas transparente que pasa por delante.

Me gusta que haya dos paraguas distintos en ese callejón: uno negro, que tapa, y uno transparente, que deja ver. Son dos maneras de protegerse. A veces necesitas esconderte del todo. Otras veces basta con algo que te aísle de la lluvia sin impedirte mirar el cielo.

Dos chicas que saltan con un paraguas

El tercer paraguas está donde no llueve. Lo encontré en «Breeze»: una playa de atardecer pintada de lilas y rosas donde dos figuras pequeñas saltan juntas en la orilla sosteniendo un paraguas transparente. Están tan lejos que solo se ven sus siluetas suspendidas en el aire, con el mar detrás y el reflejo en la arena mojada. En el plano siguiente, el paraguas brilla con un resplandor verde, como si se hubiera encendido por dentro.

No hay lluvia, así que ese paraguas no protege de nada. Para mí funciona al revés: no tapa, eleva. Es un paraguas para despegar un segundo del suelo, no para quedarse pegado a él. Y el resplandor verde que aparece después, a los pies de las dos figuras, parece la prueba de que ese despegue ha dejado algo encendido en la arena. Y lo más importante: lo sostienen dos. Ninguna salta sola.

Esa idea me ha acompañado mucho. Un paraguas compartido obliga a caminar al mismo ritmo, a pegarse al otro, a ponerse de acuerdo sobre hacia dónde inclinarlo. Es una pequeña negociación constante. Y cuando funciona, permite cosas que no podrías hacer solo, como saltar en una orilla al atardecer sin miedo a caer.

Tres amigos bajo la misma tela

El último paraguas de este paseo es el más sencillo. Está en el videoclip de «Hetero», un clip de citas que no llegan a producirse, botellas de vino y mesas vacías. En la segunda mitad aparecen tres amigos caminando juntos bajo un paraguas negro, de noche, por una calle empedrada en la que llueve. Vuelven varias veces, con ropa distinta, siempre en la misma formación.

Después de tanta mesa vacía, esos tres amigos son el consuelo del vídeo. Nadie ha llegado a la cita, pero ellos están ahí, apretados bajo una tela que apenas da para dos. Se mojan un poco por los lados. Da igual. El paraguas no es lo importante. Lo importante es quién se arrima.

La drag del final

El vídeo de «Tan cateto» no termina con el público. Termina con una drag de pelo rosa, vestida de lentejuelas de colores, en mitad de una calle, rodeada de gente que la aclama. Hay puños en alto, brazos levantados, una bandera del arcoíris al fondo y una luz blanca que lo inunda todo. Entre la multitud asoman algunas de las caras mayores de antes, y ya no tienen los brazos cruzados.

Collage con un detalle de la carátula de «Tan cateto», el verso «No voy a aceptar consejos de ningún espectador» y las carátulas de «Esta canción es una mierda», «Breeze» y «Hetero»

Es un final que me emociona, porque no castiga al espectador. No le expulsa ni le ridiculiza. Le incluye. El mismo público que juzgaba acaba celebrando. No sé si eso pasa mucho en la vida real, pero sé que pasa a veces, y que cuando pasa merece una fiesta. Es la otra cara del techo de paraguas: si te quedas bajo el color el tiempo suficiente, a lo mejor acabas queriéndolo.

Abrir un paraguas bajo techo

Dice la superstición que abrir un paraguas dentro de casa trae mala suerte. A muchos nos lo repitieron de pequeños como una norma: el paraguas se abre en la calle y se cierra en el portal. Nunca he sabido de dónde viene la idea, pero siempre me ha parecido que esconde algo más. Como si dentro de casa no hiciera falta protegerse de nada.

Durante mucho tiempo, en mi caso, fue al revés. Lo que más lluvia me echaba encima estaba dentro de casa. Fuera, con la máscara puesta, aguantaba bien. Dentro, sin testigos, era donde llegaban las tormentas. Así que, si alguna vez has necesitado abrir un paraguas en tu propio salón, no te sientas raro. Hay casas en las que llueve más que en la calle.

Lo bueno es que se pueden cambiar las casas, o al menos el tiempo que hace dentro de ellas. Hoy, en la mía, el paraguas vuelve a estar donde debe: cerrado junto a la puerta, esperando a que haga falta salir.

La máscara no es un paraguas

Hay una confusión que me costó mucho deshacer. Durante años pensé que mi máscara era una especie de paraguas: algo que me protegía de lo que la gente pudiera pensar si me viera tal como estaba. Sonreír, decir que todo iba bien, no contar nada. Me parecía una forma de cuidarme.

No lo era. Un paraguas te protege de la lluvia, pero te deja respirar. La máscara me protegía de las miradas y, a la vez, me ahogaba por dentro. Cuanto más tiempo la llevaba puesta, más difícil era quitármela, y más solo me quedaba debajo. Un paraguas se puede compartir. Una máscara, no: debajo solo cabes tú.

Por eso ahora intento cambiar una cosa por la otra. Dejar la máscara y buscar paraguas: personas, sitios y costumbres que me protejan sin taparme la cara.

Ofrecer medio paraguas

Hay un gesto pequeño que me parece de los más bonitos que existen: el de quien, en una parada de autobús, ve a alguien empapándose y le ofrece medio paraguas. No se conocen. No van a volver a verse. Durante unos minutos comparten un techo de tela del tamaño de una mesa camilla, hombro con hombro, mirando cómo cae el agua.

Pienso en ese gesto cuando pienso en lo que me gustaría que hicieran mis canciones. No pretenden arreglar el cielo de nadie. No van a parar la tormenta. Solo quieren ser ese medio paraguas que alguien te tiende en la parada, durante el rato que dure la espera. Si una letra consigue que alguien se sienta un poco menos mojado durante tres minutos, ya ha hecho su trabajo.

Y también pienso en la otra parte del gesto, la más difícil: aceptar el medio paraguas. Hay gente que prefiere mojarse antes que arrimarse a un desconocido. Lo entiendo, porque yo fui así mucho tiempo. Pero cuando por fin dices que sí y te metes debajo, descubres que la lluvia, compartida, se oye de otra manera. Casi suena bonita.

Mi intemperie

Hablo tanto de refugios porque durante muchos años no tuve ninguno.

Ficha de la canción «Tan cateto» de Mike Sain't Louis: disco Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk, letra y producción de Mike Sain't Louis

Viví cerca de veinte años enganchado a dos relaciones con dos hombres narcisistas, la segunda empezando casi donde terminaba la primera. Me reservo cualquier dato que permita reconocer a esas personas; aquí hablo solo de mis heridas. Me acostumbré a vivir con una máscara puesta, a sonreír en público y a romperme en privado. Al marcharme, me tocó la intemperie: buena parte de mi entorno concluyó que el culpable de todo era yo, y acabé solo bajo un cielo que no paraba de descargar.

Con 41 años, un equipo de profesionales le puso nombre a lo que me pasaba: depresión mayor grave, estrés postraumático, ansiedad, fobia social y un trastorno de evitación. Escribí sobre ese día en el texto sobre el diagnóstico a los 41. Desde entonces tengo mi paraguas: las consultas de psiquiatría y psicología, a las que no falto, la medicación, que tomo sin saltármela, y las canciones, que me han dejado decir en público lo que durante años solo me atrevía a pensar.

Cuando la tormenta no para

Si ahora mismo te sientes a la intemperie y no ves dónde resguardarte, no te quedes debajo de la lluvia esperando a que escampe. Habla con alguien. En España, una de las puertas es el Teléfono de la Esperanza (717 003 717). Si tienes pensamientos de quitarte la vida o temes por alguien, el 024 atiende sin coste a cualquier hora, y el 112 está para las emergencias. Los menores de edad tienen a la Fundación ANAR, con su línea 900 20 20 10. Quien viva en otro país encontrará su línea en findahelpline.com.

Pedir ayuda es pedir que alguien te deje un hueco bajo su paraguas. No es una molestia. Casi todo el mundo, si se lo pides, se arrima.

Cuatro paraguas para mirar

Para seguir este recorrido, abre el videoclip de «Tan cateto» y espera al techo de paraguas de colores, después de las calles vacías llenas de humo. Pasa luego a el de «Esta canción es una mierda» y busca el callejón de los grafitis, con su paraguas negro y su paraguas transparente. Termina en la orilla lila de «Breeze», donde dos figuras saltan bajo una tela que se ilumina.

Y si lo que te apetece es escuchar sin mirar, las cuatro canciones están para bajar gratis, sin registrarte, en la página de descargas. Llévalas encima como quien lleva un paraguas plegable en el bolso: por si acaso.

Quién sostiene el paraguas

Quien firma este paseo es Mike Sain't Louis, o sea, yo: el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Pongo las letras, la dirección de la producción y el montaje de cada clip; la música y la interpretación vocal se hacen con IA a partir de lo que yo marco. Con esas herramientas he ido levantando Planeta Gayfolk, y no sé muy bien cómo, se me ha llenado de techos portátiles.

Al público de brazos cruzados le dedico la última pregunta de la canción, con todo el cariño del mundo. Y a ti, que a lo mejor estás bajo la lluvia ahora mismo, te dejo otra cosa: un sitio bajo este paraguas. Cabemos dos. Y si nos apretamos, tres.

Preguntas frecuentes

¿Qué paraguas aparecen en los videoclips de Mike Sain't Louis? Este texto recorre cuatro: el techo de paraguas de colores sobre una calle en «Tan cateto», el callejón de ladrillo con un paraguas negro y otro transparente en «Esta canción es una mierda», el paraguas transparente con el que dos figuras saltan en una playa de «Breeze» y el paraguas negro que comparten tres amigos en «Hetero».

¿De qué trata «Tan cateto»? Es una respuesta a quien se molesta porque dos chicos vayan de la mano, porque una pareja sea mixta o porque alguien dé un beso en público. La canción no discute: contesta con una pregunta repetida sobre lo cateto que puede llegar a ser el espectador.

¿Qué significa el techo de paraguas del videoclip de «Tan cateto»? Es una calle cubierta de paraguas de colores colgados en el aire bajo la que se reúne el público que juzga. Puede leerse como una paradoja: quienes rechazan la diversidad están protegidos por un techo que parece una bandera del arcoíris.

¿Quién es Mike Sain't Louis? El primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical. Escribe las letras, dirige la producción y monta los videoclips de Planeta Gayfolk; la música y la interpretación vocal están hechas con IA.

¿Dónde se pueden escuchar y descargar estas canciones? Gratis y sin registro en la página de descargas de mikesaintlouis.com. Los videoclips están en la sección Planeta Gayfolk de la web.

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