
Por Mike Sain't Louis ·
«Un Don Nadie» y una celestina: nombres propios que se vuelven palabras en mis letras
Hay nombres que un día se cansan de ser de alguien.
Empiezan perteneciendo a una sola persona, real o inventada, con su partida de nacimiento o su capítulo de estreno. Y poco a poco se van soltando. Primero se usan para comparar. Luego para insultar o para elogiar. Y al final pierden la mayúscula y entran en el diccionario como cualquier palabra de la cocina, sin que nadie se acuerde ya de quién era el dueño.
Mis letras están llenas de nombres a medio camino de ese proceso. En «El señor Garrison», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», el estribillo empieza con una profecía: «Voy a acabar como el señor Garrison». Nadie que escuche esa frase piensa que voy a dar clase en un colegio de Colorado. Lo que entiende es otra cosa: que voy a terminar solo, hablando con un muñeco, convertido en una caricatura de mí mismo. El nombre del personaje ya no señala al personaje. Señala un destino. (La letra completa está en gayfolkplanet.com.)
Este texto va de eso. De cómo un nombre propio se convierte en palabra común, de por qué lo hago tanto cuando escribo, y de lo que se gana y lo que se pierde cuando alguien se queda reducido a una etiqueta.
Una figura con nombre griego
La retórica clásica le puso nombre a este fenómeno hace muchos siglos: antonomasia. La palabra viene del griego y significa, más o menos, nombrar en lugar de otro. Es usar un nombre propio como si fuera común, o al revés, un apodo o una cualidad en lugar del nombre propio.
Funciona en las dos direcciones. Cuando en España se dice el Manco de Lepanto, todo el mundo sabe que hablamos de Cervantes, aunque su nombre no aparezca. Eso es antonomasia de ida. Y cuando se dice que alguien es un quijote, porque se pelea con molinos que nadie más ve, el nombre del personaje se ha convertido en una forma de describir a cualquiera. Eso es antonomasia de vuelta.
A mí me interesa sobre todo la segunda. La que coge un nombre y lo convierte en un molde. La que dice que alguien es un Judas, una Celestina, un Adonis o un Narciso, y con una sola palabra cuenta una historia entera.
Porque eso es lo que tiene de mágico, y perdón por la palabra: un nombre propio usado así lleva dentro una novela, una película o un mito, y te lo ahorra. No hace falta explicar que esa persona traicionó a su amigo por dinero. Basta con decir Judas. No hace falta describir a un hombre que colecciona conquistas y las abandona. Basta con decir donjuán.
Para alguien que escribe canciones, donde cada verso tiene que caber en pocos compases, eso es oro. Es compresión.
Un argumento completo en tres sílabas.
El diccionario está lleno de gente
Si abres el diccionario de la Real Academia con este ojo, de repente aparece lleno de personas.
Celestina, con minúscula, es una alcahueta, una persona que facilita amores ajenos. Viene de la vieja de la «Tragicomedia de Calisto y Melibea», de Fernando de Rojas, publicada a finales del siglo XV, que acabó siendo más famosa que los propios enamorados y dando nombre a la obra entera. Donjuán, todo junto, es el seductor de mujeres, por el personaje que fijó Tirso de Molina en «El burlador de Sevilla» y que José Zorrilla convirtió en el Tenorio en 1844. Tenorio, por cierto, también ha acabado siendo nombre común.
Un lazarillo es quien guía a una persona ciega, por el niño de la novela anónima de 1554. Algo quijotesco es idealista hasta el ridículo. Un benjamín es el hijo menor, por el más pequeño de los hijos de Jacob en la Biblia. Un mecenas es quien protege a artistas, por el romano Cayo Mecenas, que hizo eso mismo con Virgilio y Horacio.
Y luego están los que vienen de personas reales con nombre y apellido. El boicot viene de Charles Boycott, un administrador de tierras irlandés al que en 1880 sus vecinos dejaron de hablar, de venderle y de trabajar para él. La guillotina lleva el apellido de un médico francés, Joseph-Ignace Guillotin, que propuso un método de ejecución que él consideraba más humano y que nunca quiso que se asociara a su nombre. El sándwich se atribuye a un conde inglés de Sandwich que comía pan con carne para no levantarse de la mesa.
Mi favorito de todos es la rebeca. En España llamamos así a la chaqueta de punto abotonada, y la Academia lo explica por la película «Rebeca» de Alfred Hitchcock, de 1940. Lo curioso es que en esa película Rebeca ni siquiera sale: es la primera esposa, ya muerta, y la que lleva esas chaquetas de punto es la protagonista. Es decir, una prenda española lleva el nombre de una mujer que no aparece en pantalla. Si eso no es una letra de canción, no sé qué es.
Pinocho en minúscula
En mis canciones hay un caso en el que se ve el proceso justo a la mitad.

En «En un musical gay», al final, la letra hace un retrato rápido de un personaje y lo remata con una serie de etiquetas. Una de ellas está escrita así: «Un pinocho». Con minúscula. Sin artículo determinado, con un indefinido delante, como se dice un mentiroso o un fanfarrón.
Ese pequeño detalle tipográfico cuenta mucho. Pinocho, con mayúscula, es el muñeco de madera de Carlo Collodi al que le crece la nariz. Un pinocho, con minúscula, es cualquiera que miente tanto que se le nota. El nombre ha dejado de ser un nombre. Ya funciona como adjetivo, igual que celestina o quijote.
El diccionario académico todavía no recoge pinocho con ese sentido, que yo sepa. Pero en la calle sí existe. Y las canciones, como el habla de la calle, van siempre por delante de los diccionarios. Primero lo dice la gente en el bar, luego lo escribe alguien en una letra, luego aparece en los periódicos, y algún día, si tiene suerte, entra en el diccionario con su definición y su etimología.
En otra canción, «Ese pinocho nunca me comía el chocho», el muñeco llega hasta el título. Con minúscula también en la intención. No hablo de un muñeco italiano. Hablo de alguien que no decía la verdad, y el nombre del muñeco me ahorra explicarlo.
Es un Don Nadie
En la misma canción del musical aparece otra de mis expresiones favoritas del castellano. Alguien pregunta quién es ese que pasa por ahí. Y la respuesta es seca: un Don Nadie.
Don Nadie es una antonomasia al revés. No coge un nombre propio para describir a alguien. Coge la palabra nadie y la viste de señor. Le pone el tratamiento de respeto, ese don que antiguamente se reservaba a los nobles y a los que tenían posibles, y lo pega a la nada. El resultado es una burla perfecta: un caballero hecho de vacío.
El diccionario lo define como una persona de poca valía o poco conocida. Pero en la boca tiene más mala leche que eso. Llamar a alguien Don Nadie es decirle que se cree importante y no lo es. Que va por la vida con el pecho hinchado y detrás no hay nada.
Me gusta por otra razón más íntima. Llamar a alguien Don Nadie es también una manera de no decir su nombre. De negarle la mayúscula de verdad. Cuando alguien te ha hecho daño, a veces el castigo más elegante es ese: no nombrarlo. Dejarlo en Don Nadie, en fulano, en ese. Que no ocupe en tu canción más espacio que el de una etiqueta.
Y aquí entra una regla que tengo muy presente: los nombres que aparecen en mis canciones como personajes son eso, personajes. Ficción. Cuando una letra necesita señalar a alguien, prefiero inventar o reducir a tipo, a apodo, a Don Nadie. Las personas reales de carne y hueso no tienen por qué pagar en una canción.
Fulano, mengano y zutano
El español tiene una familia entera de nombres para la gente que no tiene nombre. Fulano, mengano, zutano y perengano. Son la antonomasia del anonimato.

Fulano viene del árabe, según la Academia, de una palabra que significaba precisamente «tal» o «uno cualquiera». Mengano y zutano llegaron después, y perengano parece un cruce juguetón con el apellido Pérez. Juntos forman una especie de reparto de figurantes para cuando contamos algo y no queremos o no podemos decir quién era.
Lo divertido es que fulano también se ha degradado. Una fulana, en femenino, durante mucho tiempo ha sido un insulto contra las mujeres. Es lo que pasa con muchas palabras: cuando nombran a una mujer cualquiera, alguien acaba usándolas para despreciarla. Lo mismo pasó con maruja, que empezó siendo el diminutivo cariñoso de María y el diccionario recoge ahora como ama de casa con un matiz de desprecio. De ahí viene marujear, y de ahí también el cotilleo de escalera que tantas veces sale en mis letras.
En mis canciones aparecen muchos fulanos. El tío con el que alguien queda para algo que desde luego no era jugar al parchís. El novio de un pueblo. El vecino. La amiga que lo sabe todo. No tienen nombre porque no lo necesitan. Su función en la historia es ser cualquiera, y por eso pueden ser todos.
Me siento como un personaje de la tele
Hay otra forma de antonomasia que uso muchísimo, y que tiene más que ver con la cultura pop que con los clásicos: compararme con personajes de ficción.
En «El señor Garrison», además del profesor de South Park, aparece su compañero de clase más desgraciado. La letra lo dice sin rodeos: «he muerto más veces que Kenny en South Park». Para quien haya visto la serie no hace falta más. Kenny es el niño que moría en casi todos los capítulos de las primeras temporadas y volvía al siguiente como si nada. Decir que has muerto más veces que él es decir que te han roto tantas veces que ya ni cuentas, pero que sigues apareciendo.
En «Esperma» recurro a otra figura de la tele, y la presento como se presenta a un sabio: como diría Antonio Recio. El personaje de «La que se avecina», la comedia de Telecinco que se estrenó en 2007, es un pescadero gritón y lleno de manías que repite a quien quiera oírle que es mayorista y que no limpia pescado. Citarlo como si fuera Séneca es parte del chiste. Pero también es antonomasia: Antonio Recio ha dejado de ser un personaje para volverse una manera de decir las cosas.
En «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» me pregunto si de niño fui un diablo, y para hacer la pregunta uso al actor en el papel de niño inquietante que hizo en esa película de 1993. Y en «Judith Bécker» es otro personaje de esa misma comedia de vecinos, la psicóloga, el que da título a la canción.
Por qué la tele y no los clásicos
Alguien podría preguntar por qué mis letras se miden con Antonio Recio y no con Calisto, con el señor Garrison y no con el Quijote.
La respuesta es sencilla: porque la antonomasia solo funciona si el que escucha conoce el nombre. Celestina funcionó durante siglos porque todo el mundo conocía a la vieja de Rojas, aunque fuera de oídas. Hoy, para una gran parte de la gente que escucha mis canciones, los personajes compartidos son los de la tele, las series y las redes. Esos son nuestros clásicos de andar por casa.
Cuando yo digo que voy a acabar como el señor Garrison, estoy usando la misma figura retórica que usaba un poeta del Siglo de Oro al llamar a alguien un Narciso. La diferencia es solo el catálogo de nombres. Ellos tenían la mitología y la Biblia. Nosotros tenemos South Park, «La que se avecina» y las películas de videoclub.
Hay quien piensa que eso empobrece la lengua. Yo creo lo contrario. Cada generación renueva su repertorio de nombres-molde, y algunos de los que hoy suenan a tele de sobremesa pueden acabar en el diccionario dentro de cien años, igual que la rebeca. La lengua no distingue entre alta y baja cultura cuando busca palabras. Coge lo que le sirve.
Carmina, Pitufo y otros nombres que abrazan
No todas las antonomasias de mis letras son burlas. Algunas son declaraciones de amor.

En «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», el nombre de la madre de Paco León, que protagonizó la película «Carmina o revienta» en 2012, se convierte en la medida de la suegra ideal. No hablo de ella como persona privada, sino de la figura pública que todos vimos en pantalla: una mujer con un desparpajo y una gracia que dan ganas de tener cerca. Carmina, en mi letra, significa una suegra que te quiere tal como eres.
Y luego está Pitufo. En «El abrazo de Pitufo», Pitufo es el nombre de mi refugio, alguien que me calma cuando el mundo está lleno de gente falsa. Los pitufos nacieron en un cómic belga de Peyo en 1958, y en España su nombre se ha usado durante décadas para llamar con cariño a los niños pequeños. Mi Pitufo no es azul ni vive en una seta. Pero el nombre trae con él todo lo que asociamos a esos personajes: algo pequeño, tierno, que no hace daño.
Ahí está la otra cara de la antonomasia. Igual que puede reducir a alguien a una caricatura, puede envolverlo en una historia bonita. Llamar Carmina a la suegra soñada o Pitufo a quien te abraza es regalarles un nombre que ya viene con afecto incorporado.
Paco, Pepe, Lola y la Patry
Hay un territorio vecino que también me fascina: los nombres de pila y sus diminutivos. Los lingüistas los llaman hipocorísticos, otra palabra griega, que viene a significar algo así como nombres de cariño.
En español son una fiesta. Paco viene de Francisco, Pepe de José, Lola de Dolores, Concha de Concepción, Charo de Rosario, Nacho de Ignacio. Muchos no se parecen nada al nombre original, y por eso hay leyendas para explicarlos. La más famosa dice que Pepe viene de las iniciales P. P., de una fórmula latina para San José como padre putativo de Jesús. Es una historia muy bonita, pero los especialistas la consideran una etimología popular, de las que se inventan a posteriori.
En «Ese chulito» aparece una de estas criaturas: la Patry. Con artículo delante, como se dice en los barrios de Madrid, y con una y griega al final que es pura estética de los años dos mil. Ese nombre, así escrito, ya es un retrato. Sabes cómo habla, cómo se viste, qué música le gusta. No hace falta añadir ni un adjetivo.
Eso es lo que hacen los nombres en una canción: traen consigo un barrio, una época, una clase social. Un personaje que se llama Patry no es el mismo que uno que se llama Patricia. Y uno que se llama Zeus Vargas, como el de «Me mola Zeus», lleva en el nombre al dios del Olimpo y a la vez el apellido de cualquier vecino, y en esa mezcla de lo divino y lo cotidiano está toda la gracia del personaje.
Nombres que hablan
Los escritores saben desde hace mucho que un nombre puede contar cosas. Los romanos tenían una expresión, nomen omen, que se suele traducir como el nombre es un presagio. La idea es que el nombre anuncia el carácter de quien lo lleva.
Charles Dickens era un maestro en esto. Llamó Scrooge al viejo avaro de «Cuento de Navidad», en 1843, y hoy en inglés un scrooge, con minúscula, es cualquier tacaño. Galdós llamó Fortunata a una mujer a la que la fortuna no trató precisamente bien, y en esa ironía hay media novela. Los nombres que hablan, los llaman a veces. Nombres parlantes.
En mis canciones hago lo mismo con los personajes inventados. Cuando invento un nombre, pienso en cómo suena antes que en lo que significa. Si tiene que ser ridículo, lo elijo con sílabas que se puedan alargar. Si tiene que dar miedo, con consonantes duras. Si tiene que dar ternura, con una terminación de diminutivo. La política de ficción de «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas» tiene un nombre y un apellido que suenan a candidata de verdad, y precisamente por eso funciona la sátira: parece real sin serlo.
Acabar como alguien
Vuelvo al señor Garrison, porque la fórmula de esa canción me parece la más reveladora de todas. «Voy a acabar como». No dice soy como, ni me parezco a. Dice voy a acabar. Es una antonomasia proyectada hacia el futuro.

Todos tenemos un personaje así en la cabeza. Ese al que tememos parecernos. La tía soltera de la familia que vivía con sus gatos. El vecino raro del quinto. El profesor que hablaba con una marioneta. Usamos sus nombres como advertencias: si sigo así, voy a acabar como él.
Lo bonito de decirlo en una canción es que, al pronunciarlo, el miedo pierde fuerza. Cuando la letra repite una y otra vez que voy a acabar como el señor Garrison y casado con un muñeco, la exageración se vuelve tan grande que da risa. Y lo que da risa asusta menos.
Por eso creo que la antonomasia es también una herramienta de supervivencia. Coges el fantasma que te persigue, le pones el nombre de un personaje de dibujos animados, y lo conviertes en un chiste que se puede compartir. Ya no estás solo con tu miedo. Hay miles de personas que saben quién es el señor Garrison y que se ríen contigo.
Lo que se pierde por el camino
Pero esta figura también tiene un lado oscuro, y no quiero esconderlo.
Cuando un nombre se convierte en etiqueta, la persona que había detrás desaparece. A Charles Boycott nadie lo recuerda por su vida, solo por el vacío que le hicieron. Al médico Guillotin le pusieron su apellido a una máquina de matar que él no inventó y de la que se avergonzaba. Las palabras son injustas con sus dueños.
Y a veces crueles.
Y hay antonomasias que se usan para hacer daño a colectivos enteros. Muchos insultos contra los gays empezaron así, con un nombre propio, y en otro texto de este blog conté cómo marica viene del diminutivo de María. Llamar a alguien por el nombre de otro puede ser un juego, pero también puede ser una forma de borrarlo.
Por eso intento usar la antonomasia con cuidado. Con personajes de ficción, sí, todo lo que quiera. Con figuras públicas, solo con lo que es público y para jugar, nunca para inventar cosas sobre ellas. Y con la gente anónima que ha pasado por mi vida, la regla es la del Don Nadie: mejor no darles nombre propio. Que se queden en tipo, en apodo, en molde.
El nombre que me puse yo
Y termino con un nombre propio que me toca de cerca: el mío.
Mike Sain't Louis, con su apóstrofo en un sitio raro y todo, es el nombre con el que firmo cada canción. Y cualquier firma aspira a lo mismo que esos nombres del diccionario: a que algún día, con el tiempo, describa por sí sola lo que hace quien la lleva. Es el sueño de cualquiera que escribe.
No sé si eso pasará. Pero mientras tanto me divierto con los nombres de los demás. Con los Don Nadie y los pinochos, con el señor Garrison y Kenny, con Carmina y Pitufo, con la Patry y Zeus Vargas. Cada uno de ellos es un atajo, una historia comprimida, un regalo que la cultura compartida me hace para que mis canciones digan más con menos.
Si algún día alguien dice de otra persona que ha acabado como en una canción de Mike Sain't Louis, sabré que la antonomasia ha dado la vuelta completa. Y me reiré, claro. Como el señor Garrison con su muñeco.
Preguntas frecuentes
¿Qué es la antonomasia? Una figura retórica que consiste en usar un nombre propio como común, por ejemplo llamar quijote a un idealista o celestina a una alcahueta, o en sustituir un nombre propio por una cualidad o un apodo, como el Manco de Lepanto por Cervantes.
¿Qué palabras del español vienen de nombres propios? Muchas: celestina, donjuán, tenorio, lazarillo, quijotesco, benjamín, mecenas, boicot, guillotina, sándwich o rebeca, entre otras. Proceden de personajes de ficción, figuras históricas o personas reales.
¿Qué significa Don Nadie? Según el diccionario académico, una persona de poca valía o poco conocida. En el habla se usa con ironía para alguien que se da importancia sin tenerla.
¿Qué canción de Mike Sain't Louis habla del señor Garrison? «El señor Garrison», del disco «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK», cuyo estribillo dice «Voy a acabar como el señor Garrison» y compara al narrador con Kenny, de South Park.
¿Los nombres de las canciones son de personas reales? Los personajes de las letras son inventados, ficción del universo GAYFOLK. Cuando aparece una figura pública, como Carmina Barrios o un personaje de televisión, se usa solo lo que es público y conocido.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.