
Por Mike Sain't Louis ·
Un cordón de neón y un salón bajo el agua: el videoclip de «Tangled Light» escena a escena
El texto con el que presenté «Tangled Light» empieza avisando: «This is not a love song». Lo que viene detrás es la resaca de dos décadas aguantando a una persona que quería romperme. Cuando la gente lee eso espera un vídeo oscuro, de habitaciones cerradas y lágrimas. Y lo que se encuentra es otra cosa: un salón entero hundido bajo el agua, un pasillo lleno de corazones, una pasarela de madera por encima de las nubes y un desierto donde los figurantes tienen televisores en lugar de cabeza.
Lo he vuelto a mirar con calma, deteniéndolo cada pocos segundos, porque es uno de los clips más cargados de objetos de todo mi catálogo. Dura tres minutos y cuarenta y un segundos, lo subí a YouTube el 21 de noviembre de 2025 y la canción está en «El día de la liberación». Voy a ir escena por escena, contando lo que de verdad aparece y lo que yo leo en cada imagen. Si a ti te dice otra cosa, mejor: un vídeo así está hecho para eso.
El hombre de rojo en el salón hundido
La primera imagen es también la última, y eso ya dice mucho. Un hombre con un traje rojo de dos piezas flota en diagonal, con los pies hacia la cámara y la cabeza hacia arriba, dentro de un salón antiguo que está completamente bajo el agua. Hay una lámpara de araña de cristal colgando del techo, un sofá capitoné blanco al fondo, una lámpara de mesa encendida a la izquierda y las paredes de un azul verdoso que parece el de una piscina vieja. De la cara del hombre sale una nube de humo rosa intenso que sube hacia la lámpara como si respirara colores.
Sobre esa imagen aparecen los rótulos, en letras lilas con un halo de luz: arriba, más pequeño, «MIKE SAIN'T LOUIS»; abajo, grande, «TANGLED LIGHT».
Me impresiona que el vídeo empiece así, sin explicación. Un salón es el sitio más doméstico que existe: donde se recibe a las visitas, donde se ve la tele, donde se discute. Y aquí está ahogado. Todo sigue en su sitio, la lámpara, el sofá, la mesita, pero nadie podría vivir ahí. Para mí esa es la imagen exacta de una casa compartida con alguien que te va apagando: por fuera parece un hogar normal, por dentro no se puede respirar.
Y sin embargo, el hombre de rojo no se está ahogando. Flota. Y lo que le sale de la boca no son burbujas de aire desesperado, sino humo de color. El texto de la canción lo dice con una frase que me sigue pareciendo la mejor que he escrito para presentar algo: «You tried to drown me, and I learned to glow.» Quisiste hundirme y descubrí que podía dar luz.
La azotea de las flores
El clip sale enseguida del agua y nos lleva a una azotea. Es un tejado de una ciudad, con otros edificios al fondo y un cielo lechoso, pero en mitad del suelo de hormigón ha crecido un jardín salvaje: flores amarillas, rosas y blancas, hierba alta, como si el tejado se hubiera agrietado y la tierra hubiera salido por las grietas. En el centro hay una figura vestida con un traje claro, de pie, y a sus pies brota humo rosa.
Un poco después, en la misma azotea, las flores forman un círculo y de ellas salen columnas de humo de tres colores, rosa, amarillo y turquesa, que suben al cielo como bengalas de una fiesta. Más adelante vuelve otra imagen de tejado: un chico con traje blanco y una mancha rosa en el pecho, de pie junto a un agujero redondo de tierra negra donde asoman flores pequeñas. Y hacia el final, una figura entre humo rosa y amarillo en una azotea con marcas de helipuerto.
Las azoteas son el contrapunto del salón hundido. Abajo, el agua; arriba, el aire. Abajo, una casa que no deja respirar; arriba, un tejado donde crecen flores en el hormigón. No sé si hay una imagen más clara de la frase del texto según la cual, cuando cortas con quien se alimenta de tu luz, el mundo de repente se abre y vuelve a respirar. En el vídeo el mundo no solo respira: florece donde no debería.
El pasillo de los corazones
La tercera escena es la más inquietante. Una mujer con el pelo platino y un flequillo recto, vestida con un chubasquero transparente lleno de lentejuelas plateadas por dentro, camina por un pasillo con una luz blanca de hospital en el techo. A los dos lados, colocados en fila sobre las paredes, hay corazones. No corazones de San Valentín, sino corazones anatómicos, enormes, rojos, con sus arterias y sus venas, como piezas de un museo de medicina.

Esa escena vuelve varias veces y va cambiando. En una versión los corazones cuelgan del techo como piezas de carnicería, oscuros, y la mujer pasa por debajo. En otra, el pasillo se llena de corazones rojos de los de dibujo, brillantes, como globos, que flotan a la altura de su cabeza. En otra, el pasillo se convierte en un túnel curvo forrado de corazones rojos y la figura avanza por el centro con la misma cara seria.
Lo leo así: es el recorrido por todos los corazones que uno ha entregado. Al principio son corazones reales, de carne, expuestos como trofeos en la pared de otro. Después cuelgan sin vida. Al final se convierten en corazones de juguete, ligeros, que flotan. Ella atraviesa los tres pasillos sin detenerse y sin mirar a los lados. El chubasquero transparente también me parece importante: es una protección que no esconde nada. Se le ve todo, las lentejuelas incluidas, pero ya no se moja.
El teatro del disco gigante
Otra serie de planos sucede en un teatro. Hay butacas al fondo, focos, humo, y en el centro un disco enorme sobre el que se sienta una figura. A veces es una mujer con una máscara plateada con orejas de gato, arrodillada sobre él; a veces alguien con un casco plateado de visera oscura; a veces una figura que medita en postura de loto. Alrededor, de pie e inmóviles, hay filas de maniquíes o de personas sin cara que miran sin moverse.
Esa escena me recuerda a lo que significa exponerse. Estar en el centro de un escenario, sobre la música literalmente, mientras un público sin rostro te observa. En una relación con alguien narcisista vives así: siempre en escena, siempre mirado, siempre evaluado por un público que no sabes quién es. Pero la figura que medita en el centro tiene otra actitud. No actúa. Respira. Está en el mismo escenario y ha decidido no darle función a nadie.
El supermercado de cajas rosas
En mitad de tanta imagen solemne aparece un plano que me hace reír cada vez que lo veo. Un pasillo de supermercado o de almacén, con estanterías altísimas llenas de cajas rosas iguales, y por el centro avanza una figura con un traje amarillo fosforito y una capa del mismo color abierta como unas alas, empujando un carrito de la compra.
Ese plano vuelve más tarde con un chico vestido con un mono de ese mismo amarillo ácido, también con su carrito, entre las mismas cajas rosas. Me gusta pensar que es la versión cómica de todo lo demás. Hay que elegir qué te llevas y qué dejas en la estantería. En «Not Your Supply» escribí aquello de que tú no eres el suministro de nadie, que no eres un producto que se coge, se usa y se deja. Este pasillo de cajas idénticas tiene algo de eso: la persona del carrito decide, por fin, que la compra es suya.
El cubo de cristal y las grullas de papel
Una de las escenas más bellas está dentro de un cubo de cristal. Una mujer con el cuerpo pintado de dorado, de pelo corto y oscuro, está dentro de una caja transparente con aristas de neón rosa y blanco. Alrededor de ella, fuera y dentro del cubo, vuelan grullas de papel, de esas que se hacen con papiroflexia, en tonos lilas y rosas. Ella extiende los brazos y gira despacio, como si bailara a cámara lenta en una pecera.

Más adelante otra figura de piel dorada aparece en un cubo parecido, con luces de neón azules y rosas en las aristas y pájaros de papel rojos a su alrededor.
Ya hay en el catálogo una canción entera dedicada a una vitrina: en «In the Quiet Room» el silencio se vive en un cubo de cristal, y lo conté en «La vitrina sin ruido». En «Tangled Light» el cubo es otra cosa. No es un lugar de calma, es una exposición: la persona dorada está ahí para ser mirada, como un objeto de valor. Pero las grullas no respetan las paredes. Entran y salen del cubo como si el cristal no existiera. Y en el cubo, aunque nadie le abra la puerta, la mujer baila.
Un cordón de luz hasta una nube
Volvemos al salón sumergido, y aquí llega el plano que da sentido al título. El hombre del traje rojo está de pie en el fondo del salón bajo el agua. Sobre su cabeza flota una nube rosa enorme, como un algodón de azúcar, y de esa nube baja un cordón de luz blanca, como un cable de neón, que termina en su mano. Está atado a la nube. O la nube está atada a él.
En el plano siguiente ese cordón se ha vuelto loco: una línea de luz rosa y blanca se enrosca alrededor del hombre de rojo como un lazo, dibujando curvas en el agua mientras él se mueve. Es luz, pero está enredada. Es literalmente la luz enredada del título.
Y el texto con el que presenté la canción habla precisamente de cortar el cordón con quien se alimenta de tu luz. El vídeo no enseña el corte. Enseña el cordón. Lo que sí enseña, unos segundos después, es al mismo hombre de rojo flotando libre, sin cable, entre nubes rosas que se han quedado sueltas dentro del salón, junto a un sillón tapizado de terciopelo. Y otro plano en el que una figura pequeña flota entre discos de luz suspendidos sobre unos sofás, con humo rosa a su alrededor. Ya no hay cordón. Hay nubes libres.
La oficina inundada
Hay un plano breve que casi pasa desapercibido. Una sala enorme, como la planta diáfana de unas oficinas o un vestíbulo vacío, completamente inundada. El agua llega por los tobillos, refleja los fluorescentes del techo y las columnas blancas, y entre los muebles medio sumergidos hay un hombre vestido de oscuro, de pie, del que sale una columna de humo blanco hacia el techo.
Es la versión gris del salón hundido. Allí todo era terciopelo, lámparas y color; aquí todo es oficina y neón frío. Pero la idea es la misma: un sitio cotidiano lleno de agua y alguien de pie en medio, sin hundirse, echando humo. Me hace pensar en los trabajos en los que también se nota cuando alguien te apaga.
El desierto de los televisores
La escena del desierto es la más rara de todo el clip. En una llanura de arena, bajo un cielo con polvo, hay muchas figuras vestidas de blanco que, en lugar de cabeza, tienen un televisor antiguo, de los de tubo, con antenas. Están quietas, distribuidas por el paisaje como espantapájaros. Y entre ellas camina un hombre vestido de negro con unas alas enormes de plumas negras que le salen de la espalda, abiertas como una capa.

En otro plano del mismo desierto ya no hay personas con televisor, sino televisores solos, tirados por la arena, decenas de ellos, como si se los hubiera tragado el desierto. Y el hombre de las alas negras avanza entre ellos con paso firme. En otro, se le ve de cerca, quieto, con las alas desplegadas y un gesto serio, mientras las figuras de cabeza de pantalla lo rodean a distancia.
Las cabezas de televisor son para mí la gente que repite lo que le han contado. Los que, cuando por fin se descubre a alguien, siguen emitiendo la versión de esa persona. Yo lo viví: cuando se vio lo que había, parte de mi gente se puso de su lado. En el desierto esas figuras no hacen nada, no hablan, no se mueven. Solo emiten. Y el hombre de las alas negras pasa entre ellas sin pararse. No discute con los televisores. Tampoco los apaga. Simplemente sigue andando.
Las alas negras tienen algo de ángel caído y algo de vedette, de esas plumas que en el Planeta Gayfolk nunca sobran, como en «Mueve las plumas». Pero aquí no son de colores: son negras, de luto, de alguien que ha atravesado algo muy duro y no ha perdido el porte.
La pasarela sobre las nubes
El plano que he elegido para la portada es, para mí, el más hermoso. Una mujer con un vestido blanco ligero camina por una pasarela estrecha de madera suspendida en el aire. Debajo y alrededor solo hay nubes, de un rosa fucsia a un lado y de un turquesa claro al otro, tan espesas que no se ve ni el suelo ni el horizonte. Va con paso tranquilo, y parece muy pequeña dentro de tanto cielo.
En el plano siguiente la pasarela tiene barandilla y el cielo se ha vuelto de atardecer, con nubes blancas por debajo y franjas naranjas y azules por encima. La mujer se aleja por ella con la falda del vestido flotando hacia atrás.
Después del agua, de los pasillos y del desierto, esta escena es la salida. No hay nadie mirando, no hay corazones expuestos, no hay televisores. Solo un camino estrecho por encima de las nubes. Es un sitio peligroso, sin duda; cualquier paso en falso y caes. Pero es un sitio en el que nadie te puede tocar. En el texto de la canción hay otra frase que me viene aquí a la cabeza: «You tried to tame me, and I became impossible to touch.» Quisiste amansarme y acabé siendo intocable.
El final que vuelve al principio
Tras el último repaso por los pasillos de corazones y el desierto, el vídeo vuelve a la primera imagen: el hombre del traje rojo flotando en diagonal en el salón sumergido, con el humo rosa saliéndole de la cara hacia la lámpara de araña. Y después, el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», con los tres hombres de esmoquin delante del planeta rosa. La canción figura en la ficha del catálogo en el tercer disco, pero el vídeo, como algún otro de esa época, se despide con el cartel del primero.
Que el final sea igual que el principio puede parecer pesimista, como si nada hubiera cambiado. Yo no lo veo así. La primera vez que ves al hombre de rojo flotando no sabes si se está ahogando. La segunda, después de todo lo que has visto, sabes que no. Es la misma imagen, pero tú ya la miras de otra manera. Eso también es salir de algo: no que el pasado desaparezca, sino poder mirarlo y ver que flotas.
El catálogo de objetos
Si hago la lista de todo lo que sale en el clip, me parece casi un inventario de una mudanza: un salón con su lámpara de araña y su sofá, flores, humo de colores, un pasillo de corazones, chubasqueros de plástico, un disco gigante, máscaras, cajas rosas, carritos de la compra, un cubo de cristal, grullas de papel, un cordón de neón, nubes, una oficina, televisores, alas de plumas, una pasarela de madera.

Todas esas cosas, juntas, no forman una historia lineal. No hay un protagonista que vaya de una a otra. Hay muchas figuras distintas, todas inventadas, que viven cada una su escena. Pero hay un hilo: casi todas están en un sitio que no deja respirar, un salón con agua, un pasillo de hospital, un cubo cerrado, un desierto, y casi todas encuentran una forma de no ahogarse en él. Flotan, florecen, bailan, siguen andando o se van por las nubes.
Una canción de la casa del abuso
Esta canción no es una metáfora vaga. El texto lo dice: no hay ni una cicatriz inventada ni una línea que no me pasara. Pasé veinte años con dos parejas narcisistas, una después de otra. Aprendí a no hacer ruido, a medir el tono, a no ocupar sitio. Cuando por fin se les vio la cara, todavía tuvieron fuerza para poner a parte de mi entorno en mi contra. Llegué a estar muy cerca del borde, y de ahí salí.
No lo cuento para que nadie se asuste, sino porque el vídeo de «Tangled Light» es, al final, un vídeo de salida. Hoy sigo con mi tratamiento, psiquiátrico y psicológico, y tengo palabras para lo que me pasa: estrés postraumático, depresión mayor grave, fobia social, evitación, ansiedad. Ponerles nombre no me define, me orienta. Y escribir estas canciones fue mi manera de desenredar la luz.
Si tú estás ahora en el salón hundido y no ves la salida, por favor, pide ayuda. En España, el 024 es la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y atiende las 24 horas. Si la situación es urgente, el 112. El Teléfono de la Esperanza está en el 717 003 717 y la Fundación ANAR, para menores, en el 900 20 20 10. Si estás en otro país, en findahelpline.com puedes buscar tu línea. Que alguien te escuche es el primer cable que se corta.
Cómo encaja con las demás
Soy letrista, compositor y productor musical, y en mis canciones la música e interpretación vocal hechas con IA dan forma sonora a lo que escribo; las imágenes del clip también son generadas, por eso ninguna de las personas que aparecen existe. Lo que sí es mío es qué se cuenta y en qué orden.
En «Ya hay un vencedor» escribí sobre el permiso para celebrar una ruptura, que es el corazón de «El día de la liberación». «Tangled Light» es la otra cara de ese disco: no la fiesta, sino lo que pasó antes. Tiene parientes muy cercanos. «Beat My Post-Traumatic Stress» habla del cuerpo que recuerda. «Entre cuatro paredes» es el encierro contado desde dentro. «Roar Roar» es el grito que viene después. Y «Flow / We Glow» es lo que queda cuando ya todo ha pasado: una orilla en calma donde el agua brilla sola.
«Tangled Light» está justo en medio de esa familia. Es la canción del cordón: el momento en que ves por fin el cable que te ata y entiendes que se puede cortar.
Tres cosas que mirar la próxima vez
La próxima vez que lo pongas, busca el cordón de luz y fíjate en lo poco que dura en pantalla; poco después, el hombre de rojo ya flota sin él. Cuenta las figuras con cabeza de televisor y mira si alguna se gira hacia el hombre de las alas: ninguna lo hace. Y observa los corazones del pasillo: empiezan siendo de carne y acaban siendo de juguete. Ese cambio es, para mí, la canción entera.
Preguntas frecuentes
¿Dónde se puede ver el videoclip de «Tangled Light»? En el canal oficial de YouTube de Mike Sain't Louis, publicado el 21 de noviembre de 2025. Dura tres minutos y cuarenta y un segundos.
¿En qué disco está «Tangled Light»? En la ficha del catálogo figura en «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk. El videoclip termina con el cartel de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primero.
¿Qué aparece en el videoclip? Un salón antiguo sumergido con un hombre de traje rojo que flota, azoteas con flores y humo de colores, un pasillo de corazones, un teatro con un disco gigante, un pasillo de cajas rosas con un carrito, un cubo de cristal con grullas de papel, un cordón de neón que baja de una nube, una oficina inundada, un desierto de figuras con televisores por cabeza y una pasarela de madera sobre las nubes.
¿Es una canción de amor? No. El propio texto de presentación empieza con «This is not a love song»: habla de aguantar dos décadas junto a alguien que intentó apagarle y de volver a brillar después de cortar con esa persona.
¿Qué significa el título? «Tangled Light» quiere decir luz enredada. En el vídeo se ve literalmente: un cordón de luz que se enrosca alrededor del hombre de rojo bajo el agua, antes de que aparezca flotando libre.