
Por Mike Sain't Louis ·
«Por si lo preguntan las aseguradoras»: el desamor escrito en papel oficial
«Por si lo preguntan las aseguradoras, no mide uno setenta y cinco, usa plantillas elevadoras.»
De todas las frases que he metido en una canción, esta es la que más me cuesta leer sin reírme. Y no por la plantilla, que también, sino por las aseguradoras. ¿Qué aseguradora va a preguntar cuánto mide el ex de nadie? Ninguna. Por eso funciona. Porque es una frase con sello, con membrete, con olor a ventanilla de las nueve de la mañana, metida en mitad de un ajuste de cuentas sentimental.
Este post va de eso: de por qué escribí «Carta de recomendación» con el idioma de los papeles oficiales y no con el idioma de las canciones de amor. De qué pasa cuando le quitas al desamor la música de violines y le pones la de una impresora láser.
Antes de nada, una aclaración que me importa. El exmarido de la canción es un personaje. El coordinador de mercadillo, el de El Médano, el de las lentillas, es una criatura de ficción, montada a base de defectos de folletín, como se monta un villano de telenovela. El narrador también es un personaje, aunque hable en primera persona y aunque yo le preste mi mala leche. Lo digo una vez y no lo repito más: aquí nadie está denunciando a nadie. Aquí se está escribiendo.
El idioma de la ventanilla
Hay un registro del español que todos conocemos aunque no lo hablemos nunca en casa. Es el de los certificados, los informes, las reclamaciones, los partes del seguro. «Por la presente.» «A quien corresponda.» «Se hace constar.» Es un idioma que no tiene sangre. Se escribe para que no parezca escrito por nadie.
Y precisamente por eso me hace tanta gracia meterle sangre.
Cuando empecé a darle vueltas a esta letra tenía claro el material: un ex con más capas que una cebolla de Mercadona, una nueva pareja que no sabe dónde se ha metido y un narrador que ya ha salido del pozo y mira hacia atrás con una mezcla rara de rabia y cachondeo. Lo que no tenía claro era la forma. Una canción de despecho normal habría empezado con el corazón roto, la cama vacía, la lluvia contra el cristal. Eso ya está hecho. Lo han hecho mejor que yo Rocío Jurado, Isabel Pantoja y media España con una guitarra.
Así que me pregunté qué documento existe en la vida real para avisar a alguien de cómo es otra persona. Y la respuesta estaba en cualquier oficina de empleo: la carta de recomendación. Ese papel que firma tu antiguo jefe diciendo que eres puntual, responsable y que trabajas bien en equipo, aunque llegues tarde todos los lunes.
Le di la vuelta. Una carta de referencia, sí, pero para la siguiente víctima. Una carta que no recomienda: advierte.
Edad corregida, nacionalidad en revisión
Lo primero que hace cualquier informe es identificar al sujeto. Nombre, edad, procedencia. Así que la canción empieza como empezaría un expediente: «Tu ex marido, el coordinador de mercadillo, el marrano de El Médano». El cargo y el apodo, con domicilio incluido, en una sola línea.
Luego viene la fecha de nacimiento. Y aquí está la primera fe de erratas de la canción. El sujeto dice que cumple treinta y cinco el nueve de febrero. El narrador le corrige: cincuenta y tres. Me encanta esa inversión de cifras porque es la mentira más perezosa del mundo: no se ha inventado otra edad, solo le ha dado la vuelta a los números. Como quien pone la camiseta del revés y espera que no se note la etiqueta.
Después, la nacionalidad, que en la letra entra en una especie de revisión permanente. Él dice una cosa de su madre, el narrador sospecha otra, y al final ni el propio narrador se fía de su sospecha, y lo suelta con un fíjate lo que te digo que ya lleva dentro su propia duda. Esa muletilla es puro rellano de escalera. Es lo que dice tu tía cuando te cuenta algo que no sabe pero que sabe.
Fíjate lo que te digo. Tres palabras que valen por un notario.
Me gusta mucho escribir así, con la frase hecha de toda la vida, la de la cola del pan. Hay gente que piensa que las letras tienen que sonar a poema. Yo creo que muchas veces suenan mejor cuando suenan a vecina. Ya me pasó con «La vecina cotilla» y me sigue pasando: el chisme tiene una gramática propia y es muy musical.
Anexo I: inventario de piezas
Si la carta es un informe, la parte central de la canción es el anexo. Esa lista de documentos adjuntos que nadie lee y que es donde siempre está lo gordo.

En el anexo de esta carta hay de todo:
- lentillas de colores que convierten unos ojos normales en ojos azules;
- tinte en el pelo y en la barba para tapar las canas;
- plantillas para ganar unos centímetros;
- un presupuesto de dentista pendiente de seis mil euros;
- un cepillado de dientes tres veces al día que, en este contexto, ya parece sospechoso.
Cuando lo escribí me di cuenta de que estaba haciendo un inventario de piezas, como el de un coche de segunda mano. El ex es un vehículo con la chapa repintada y el cuentakilómetros trucado. Y la carta es la inspección técnica que nadie le pasó a tiempo.
Me hizo gracia, también, que casi todo el anexo sea cosmético. No hay grandes crímenes en esa lista. Hay tinte, hay plantillas, hay lentillas. Es un catálogo de pequeñas vanidades. Y eso es lo que lo vuelve tan cómico: el narrador ha estado años al lado de alguien y lo que ha acumulado no son traumas espectaculares sino recibos de perfumería.
Aunque ojo, que la letra no se queda en el tocador. Entre lentilla y plantilla hay frases que pesan más. El dinero, por ejemplo. El personaje presume de tener mucho dinero, de ser rico, y, dos líneas después, la acusación seca del dinerito. Ahí la canción deja de hablar de cosmética y empieza a hablar de cuentas. Y las cuentas, en el amor, siempre duelen más que las canas.
El seguro no cubre esto
Vuelvo a las aseguradoras, que son mi parte favorita.
Meter a una aseguradora en una canción de desamor es reconocer una cosa que casi nadie dice en voz alta: que las relaciones largas también son papeleo. Hay cuentas conjuntas, hay contratos de alquiler, hay pólizas, hay facturas a nombre de los dos, hay un coche que alguien pagó y otro que alguien conduce. Cuando una pareja se rompe, se rompen también los papeles. Y nadie escribe boleros sobre eso.
Yo sí quería escribir sobre eso, aunque fuera en broma. Porque la broma deja ver la herida de fondo: después de siete años, lo que queda para repartir no son recuerdos bonitos, son trámites.
Por eso la frase va dirigida a las aseguradoras y no a la nueva pareja. Es como si el narrador ya supiera que el siguiente que va a necesitar la información no es un enamorado sino un perito.
La gracia, para mí, está en el tono. La frase no grita. No insulta. Informa. Es el momento más frío de la carta y por eso es el más cruel.
Primeros días, siete años
Hay un dato en la letra que no tiene nada de cosmético y que convierte el informe en profecía. Es el calendario.

Los primeros días, según la carta, todo es fuego. Tres veces al día, con la nueva pareja pensando que le ha tocado la lotería y diciéndose a sí misma qué suerte, qué maravilla. Y luego el salto temporal, sin transición, de golpe, como en las series cuando pone «siete años después» en letras blancas sobre negro: «A los siete años te tirará como una colilla».
Esa línea la escribí pensando en el formato de los prospectos de medicamentos. Ya sabes: efectos frecuentes, efectos poco frecuentes, efectos raros. Aquí los efectos frecuentes son la luna de miel y el efecto a largo plazo es la colilla. Cualquier farmacéutico lo diría con la misma cara de nada.
Me interesa mucho esa forma de contar el tiempo en una canción. No hay estrofa para el año dos, ni para el cuarto, ni para la crisis del sexto. Solo el principio y el final. Lo de en medio lo pone quien escucha, con su propia experiencia. Y casi todo el mundo que ha estado en una relación así sabe rellenar ese hueco sin ayuda.
Siete años es mucho. También es poco.
Con copia a la jefa
Otra cosa que tienen los informes es que siempre hay alguien en copia. Y en esta carta la copia va a medio mundo.
El personaje habla mal de la mejor amiga. Habla mal de la madre. Y en el trabajo juega a dos bandas: a las compañeras les cuenta pestes de la jefa, y a la jefa le cuenta pestes de las compañeras. Lo escribí casi como un esquema, con el ritmo de un ping-pong, porque así es como funciona ese tipo de persona: devolviendo la pelota a quien tenga delante.
Ahí hay un personaje que conozco bien de la ficción. Es el intrigante de las telenovelas de sobremesa, el que se esconde detrás de la cortina para escuchar y luego va a contarlo al otro salón. Le he puesto chaleco de mercadillo y le he quitado el bigote, pero es el mismo.
Lo que más me divierte es que, en todo ese enredo, el narrador también está cotilleando. Está haciendo exactamente lo que critica: hablar de alguien a sus espaldas, con todo lujo de detalle, a un tercero. La carta entera es un chisme. Un chisme con membrete, pero chisme.
Y yo, como autor, me lo paso en grande con esa contradicción. No me interesan los narradores perfectos. Me interesan los que tienen razón y a la vez son un poco insoportables. Como yo un martes.
Ejecutivo de mil euros
Hay un cierre de informe que es puro sarcasmo laboral. El personaje se cree ejecutivo y la carta le pone la nómina delante: mil euros. Un coordinador de mercadillo con ínfulas de consejero delegado.
Ese contraste me lo pide el cuerpo en casi todas mis letras. El que se cree rico y está a plazos. El que presume de traje caro y lo ha comprado en otra parte. De eso va también «Que no pienso decir que mis trajes son de Zara», que es casi una prima hermana de esta canción: el mismo universo, el mismo tipo de personaje, otra prenda.
Lo cotidiano es lo que más pincha. Un sueldo concreto, una tienda concreta, una ciudad concreta. Si escribo «una persona mentirosa», no se ríe nadie. Si escribo que se cree ejecutivo y cobra mil euros, se ríe hasta el que cobra mil euros. Sobre todo el que cobra mil euros.
Firma y sello: el acto dos
Todo informe acaba con una firma. La de esta carta tiene teatro.

«Que el primer acto lo protagonicé yo. Ahora queda el acto dos.» Es la frase donde el narrador deja de ser un denunciante y se convierte en un acomodador. Le está diciendo al nuevo: siéntate, que empieza tu parte, la función es la misma y el final ya te lo sé.
Me gusta mucho escribir rupturas con vocabulario de escenario. Ya lo hice de otras maneras en otras canciones del planeta. Aquí, además, el teatro tiene una utilidad: convierte el rencor en distancia. Quien habla de actos ya no está dentro de la obra. Está en el patio de butacas, con el programa de mano en las rodillas.
Y luego, la despedida, que es lo menos burocrático de toda la carta: un mucha suerte rematado con un maricón. Dos palabras de buenos deseos y una que cambia el sentido de las dos anteriores. Es imposible leerla sin oír el tono: ni del todo cariñoso ni del todo cruel, un poco de las dos cosas, como se dicen estas cosas en un bar de Chueca a las tres de la mañana.
La posdata que no estaba en el sobre
Si la canción terminara ahí, sería una sátira redonda. Pero no termina ahí.
Después de la última línea con membrete, la canción se abre. Entra un tramo instrumental, unos murmullos sin palabras, y luego una frase que vuelve y vuelve, primero en castellano y luego en inglés: estás congelado. Y en medio, la única línea de toda la canción que no tiene ni pizca de ironía: «Ojalá pudiera derretir tu corazón».
Yo a esa parte la llamo la posdata. Es lo que se escribe a mano, debajo de la firma, cuando el documento oficial ya está terminado y uno se da cuenta de que no ha dicho lo que de verdad quería decir.
Todo lo anterior era el expediente. Esto es la pena.
Me parece importante que esté. Porque una carta de recomendación así, sin posdata, sería solo una venganza ingeniosa. Con la posdata se vuelve otra cosa: se ve que el narrador ha querido a esa persona, que lo intentó, que se quedó delante de una puerta cerrada demasiado tiempo. La palabra congelado sale también en «El narcisista», con aquel lanzallamas que no servía de nada, y no es casualidad. El frío es una de mis obsesiones cuando escribo sobre gente que no se deja querer.
Lo de repetirlo en inglés fue una decisión de producción y de sentido a la vez. El cambio de idioma hace que la frase suene más lejana, como un eco que viene de otra habitación. Como si el narrador ya no se lo estuviera diciendo al ex, sino a sí mismo, bajito, para convencerse.
Hacer reír con un formulario
Me preguntan a menudo por qué tantas de mis letras tienen forma de algo que no es una canción. Una carta, una lista, un informe, un concurso, una nota de prensa. La respuesta corta es que me aburre la forma canción cuando la uso sin pensar.
La respuesta larga tiene que ver con cómo trabajo. Yo escribo las letras, sin IA. La música y las voces las hago con herramientas de inteligencia artificial, y en eso dirijo, elijo, descarto, vuelvo a empezar. Lo conté con más calma en Sobre mí. Cuando el texto tiene una forma muy marcada, como esta carta, la producción tiene un mapa: sé que el principio tiene que sonar a lectura, a documento que se recita delante de un notario, y que el final tiene que abrirse en otra cosa. La forma del texto me dice cómo tiene que sonar la canción.
En esta, el contraste entre el texto casi recitado y la coda de murmullos era la clave. Si todo hubiera sonado igual de melódico desde el principio, el chiste del informe se habría perdido. Necesitaba que la primera parte sonara seca, como un papel que se lee, para que la segunda pudiera sonar a lo que es: un corazón congelado y alguien soplando encima.
Y luego está el placer, que no es menor. Me divierte muchísimo escribir así. Ponerme en la piel de un funcionario resentido con buena memoria. Buscar la palabra más fría para la cosa más caliente. Es un juego de registros, y yo soy de los que juegan.
Los otros papeles del expediente
Esta canción no está sola. Forma parte de un pequeño archivo de personajes que se han ido colando en mi catálogo: el coordinador, el ex de los trajes, el narcisista que no se descongela, el marido cojín.

Ese último, por cierto, también aparece en la carta. Cerca del final, la letra habla de acabar llorando por un marido cojín que quedó a la altura de un calcetín. Dos objetos domésticos para medir la caída de alguien. Si te suena es porque tanto «No quiero otro novio cojín» como «El calcetín» vienen de la misma obsesión mía por medir el amor con cosas de casa. El cojín que adorna y no sostiene. El calcetín que se pierde en la lavadora y nadie echa de menos.
Si te apetece leer esas letras una detrás de otra, todas están ordenadas en mis letras, y en la discografía completa puedes ver en qué disco cae cada una. «Carta de recomendación» está en el segundo de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», que es el disco de las ganas y de los portazos.
Y si alguien quiere seguir el hilo de este universo de personajes, «Doña Rogelia» es otra pieza del mismo puzle, con otro tono y otra mala uva.
Lo que no pone en la carta
Hay una última cosa que quiero contar, y es sobre lo que no escribí.
En una carta como esta la tentación es meterlo todo. Cada agravio, cada mensaje, cada noche mala. Cuando escribes desde la rabia, la lista no se acaba nunca. Y yo me di cuenta, mientras la escribía, de que la canción solo funcionaba si dejaba fuera la mayor parte. Por eso hay un punto de la letra en que el narrador corta y resume el resto en una infinidad de cosas que no cuenta. Es el reconocimiento de que el anexo podría seguir durante horas y de que el narrador elige no seguir.
Esa frase es el momento más elegante de toda la carta. Más que la colilla, más que las plantillas. Es el narrador cerrando el cajón del archivador antes de que se le caigan todos los papeles.
Un informe que lo cuenta todo es un desahogo. Uno que se para a tiempo es una canción.
Y luego, claro, no se para del todo, porque soy yo y me gusta rematar. Vuelve a meter el dentista y las canas y el dinero, como quien ya ha cerrado el sobre y lo vuelve a abrir para añadir algo. Eso también es muy de carta escrita en caliente. Muy de las tres de la mañana. Muy humano, aunque luego lo produzca una máquina.
Para quien esté a punto de mandar la suya
Si has llegado hasta aquí porque estás pensando en escribirle una carta así a la nueva pareja de tu ex, te doy un consejo de amigo de barra: no la mandes.
Escríbela. Llénala de lentillas y de plantillas y de presupuestos de dentista. Ponle membrete si quieres. Léela en voz alta en el salón, con el tono de un notario, y ríete mucho. Y luego guárdala. O conviértela en otra cosa: en un dibujo, en un chiste, en una canción.
Yo la convertí en canción porque es lo que sé hacer. Pero la carta de verdad, la que importa, es la que no se envía. Ya lo dice la propia letra con su acto dos: la función sigue sin ti.
Tú ya has salido del teatro. Fuera hace frío, pero se respira.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Carta de recomendación»? Es una carta de referencias al revés: el narrador, un personaje, escribe a la nueva pareja de su exmarido para avisarle de cómo es en realidad. Edad corregida, lentillas, plantillas y un final con una coda triste sobre un corazón congelado. La letra completa está en gayfolkplanet.com/letras/carta-de-recomendacion.
¿Los personajes son personas reales? No. El exmarido, el coordinador de mercadillo y el resto de personajes de la canción son ficción, igual que el narrador.
¿En qué disco está? En «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Quién la ha hecho? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.