
Por Mike Sain't Louis ·
«Ni con un palo»: por qué escribí un texto y no un estribillo
Dos hombres en pijama de satén rosa. Una cama con sábanas de raso. Un metro de distancia que parece el estrecho de Gibraltar en temporal.
Así es la portada de «Ni con un palo», y así es la canción. Un decorado precioso con el afecto retirado. Lo que pasa en esa habitación no deja moratones ni sale en el parte de urgencias del Gregorio Marañón. Pasa en silencio, con la luz de la mesilla encendida y alguien esperando un roce que no llega.
Soy Mike Sain't Louis, el que escribe las letras de Planeta Gayfolk, y tengo fama ganada de no tomarme nada en serio. Me río de mis ex, de mis michelines, del crucero donde me sirvieron calimocho en vez de champán. Con esta no. Esta la escribí sin rima, sin estribillo pegadizo, casi sin respirar. La ficha de la canción resume de qué va. Aquí cuento por qué tiene esa forma tan rara y qué hace cada frase.
Lo escribí porque el silencio también es abuso
Hay una línea del texto que lo explica todo mejor que yo ahora. La puse tal cual: «Lo escribí porque el silencio también es abuso».
No hay metáfora. No hay vampiros, ni ataúdes de neón, ni Carmina Barrios de suegra imaginaria. Hay una afirmación. El tema es el castigo sexual dentro de una relación con un narcisista: esa forma de control que consiste en negar el cuerpo, en no tocar, en no mirar, en no acercarse, para que el otro se pregunte qué ha hecho mal.
Quien lo ha vivido sabe que no tiene nada de gracioso. Lo que tiene es una lógica de reloj. Hoy no. Mañana tampoco. Y tú, mientras, revisando lo que dijiste en la cena, si engordaste, si te has vuelto aburrido, si fue por no haber puesto la lavadora.
El título sí conserva el habla de la calle. «Ni con un palo» es lo que se dice en cualquier bar de Lavapiés de alguien que no tocarías ni aunque te pagaran. Me hacía falta esa frase vulgar en la portada para que el texto de dentro sonara todavía más frío. El título es de barra. Lo de dentro es un informe forense.
No es rechazo, es cálculo
Si tuviera que quedarme con una sola frase de todo lo que he escrito sobre narcisismo, sería esta: «No es rechazo, es cálculo».
Cinco palabras. Las escribí para quien lleva meses creyendo que el problema es su cuerpo. El rechazo es algo que le pasa a cualquiera: un día no apetece, otro día tampoco, y no pasa nada. El cálculo es otra cosa. Es saber exactamente lo que provoca tu distancia y administrarla como quien raciona el agua en un barco.
Las frases cortas me salen cuando hablo en serio. En las canciones de fiesta me enrollo, enumero, meto a Locomía y al Mercadona en el mismo verso. En esta me salía una frase seca detrás de otra, como quien da un diagnóstico en la consulta del médico de cabecera sin levantar la vista del ordenador. Y creo que esa sequedad es la que hace daño. Lo dice sin pedir permiso.
Es una frase que se sostiene sin música, y eso, para un letrista, es la prueba del algodón. Si la quitas de la canción y la pegas en un pósit de la nevera, sigue doliendo. Hay versos míos que sin su base son un chiste a medias. Este no necesita base. Necesita a alguien que lo lea a tiempo.
El error de justificar su vacío
El texto avanza como avanza la cabeza de quien sufre este castigo. Primero intentas entender. Luego justificas. Luego te culpas. Empiezas a pensar que algo cambió en ti, que ya no gustas, que te has descuidado desde que dejaste el gimnasio de la calle Fuencarral.

Y entonces llega la frase que da la vuelta a la tortilla: «Pero no cambiaste tú: cambió el nivel de su juego».
Me gusta mucho esa frase porque cambia de sitio la culpa sin gritar. No dice «es un monstruo». No necesita adjetivos. Dice que hay un juego y que el nivel ha subido, como en esos videojuegos en los que la pantalla siguiente es igual pero más rápida y con más enemigos. Tú sigues siendo el mismo. El que ha cambiado las reglas es él.
Los dos puntos de esa frase están puestos a propósito. Son como el golpe de mazo de un juez. Antes de ellos, la víctima. Después, el veredicto.
Un letrista de croquetas escribiendo un informe
Lo reconozco: no estoy hecho para la solemnidad. Soy el mismo que escribió «¿Esto era un crucero o un Tanatorio de alta mar?». El que ha rimado SHEIN con narcisista. El que tiene una canción entera llamada «Esta canción es una mierda». Que me pongan a escribir un texto serio sobre el abuso es como poner a Paquita Salas a dar la misa del gallo.
Y sin embargo, aquí estoy. O ahí estaba, cuando lo escribí.
Me río de mis ex porque es la forma más honesta que tengo de contarlo, y lo expliqué en un texto con ese mismo título. Pero el humor necesita distancia. Puedo reírme del novio que me salió rana porque la rana ya está en otra charca. En el castigo sexual no veo charca ni rana. Veo a alguien en el borde de una cama rosa preguntándose si es feo.
Reírse de eso le quitaría peso a algo que lo tiene. Por eso el chiste se quedó fuera. Solo el título lleva un poco de calle, como quien entra en un juicio con las zapatillas de andar por casa.
Sin estribillo
Una canción normal tiene un estribillo que se repite para que lo cantes en la ducha. Esta no. Esta tiene un texto que avanza y no vuelve atrás, como un expediente.
Quité el estribillo porque un estribillo tiene algo de consuelo. Vuelves a lo conocido, a lo que ya sabes, y eso relaja. Aquí no quería relajar a nadie. Quería que cada frase cayera nueva, sin red. Un estribillo pegadizo sobre el castigo sexual habría sido una frivolidad, una de esas campañas institucionales con lacito y canción de verano que dan más vergüenza que ayuda.
La música, que sale de herramientas de inteligencia artificial como Suno, la fui eligiendo para que acompañara sin endulzar. Las voces también son de IA. Yo escribo, decido y descarto hasta que el resultado se parece a lo que tenía en la cabeza. La palabra es mía. Lo que no quería es una melodía que te hiciera mover el pie mientras escuchas que alguien está disfrutando de tu hambre. Sobre por qué cuento siempre lo de la IA, sin esconderlo, escribí en «Por qué digo abiertamente que uso IA».
Es saber que el otro sufre y quedarse quieto
Hay una tercera frase que me cuesta releer: «Es saber que el otro sufre y quedarse quieto».
Quedarse quieto. Eso es lo terrible. No hace falta hacer nada para hacer daño. Basta con no moverse cuando el otro se acerca. Basta con girarse hacia la pared. Basta con un «estoy cansado» repetido cuatrocientas noches seguidas.
La violencia que todo el mundo reconoce hace ruido: portazos, gritos, platos contra el suelo. Esta no hace ruido. Por eso cuesta tanto ponerle nombre. Por eso, cuando alguien lo cuenta, le dicen que no pasó nada. Y el texto contesta a eso con una frase cortísima que no voy a citar entera para no gastar todos los versos, pero que viene a decir que pasó todo.
Pasó todo.
El hambre ajena
Hay otra imagen en el texto que no cito literal para no pasarme de versos, pero que te cuento: el narcisista disfruta del hambre del otro y la viste de indiferencia. Hambre. Elegí esa palabra con cuidado. No es capricho ni calentón. Es una necesidad básica, como comer o dormir, que alguien te raciona a propósito.

La indiferencia es el disfraz. Desde fuera parece que simplemente no le apetece, que es una persona fría, de esas que no son de abrazos. Hay gente así, claro, y no pasa nada. Lo que el texto señala es otra cosa: la frialdad que aparece justo cuando el otro más la nota, y que desaparece por arte de birlibirloque cuando hay público delante. En la cena con los amigos, manita en la rodilla. En casa, el muro de Berlín antes de la caída.
Esa doble cara es la que vuelve loca a la víctima. Si te trataran mal siempre, lo verías. Como te tratan bien a ratos y en público, dudas de tu propia memoria. Y ahí entra la luz de gas, que es la prima hermana de este castigo y tiene su propia canción en el catálogo, «Gaslighting».
Las palabras que no usé
Escribiendo esto me impuse una norma: nada de palabras de folleto de autoayuda. Nada de «relación tóxica» como etiqueta cómoda. Nada de verbos de curandero ni de promesas de renacer como el ave fénix, nada de esas frases que se imprimen en tazas de Tiger y que no han ayudado nunca a nadie a salir de una cama fría.
En su lugar, palabras de juzgado y de consulta: castigo, control, cálculo, dominio, abuso. Palabras que no dejan escapatoria. Si dices «es un poco tóxico», todo el mundo asiente y sigue comiendo. Si dices «es abuso», alguien deja el tenedor en el plato.
Tampoco usé insultos, que en otras canciones me salen solos. A este personaje no lo llamo marrano, ni patán, ni coordinador de nada. El insulto le daría una importancia que no merece y, además, desviaría la atención hacia él. El texto mira a la víctima. El que castiga queda fuera de foco, como una sombra en la puerta.
Me costó, lo confieso. A mí el adjetivo creativo me sale como el hipo.
Una autopsia, no un funeral
En la descripción que acompaña al videoclip llamo a esta canción autopsia emocional, y la palabra me sigue pareciendo exacta. Un funeral es para llorar al muerto. Una autopsia es para averiguar de qué murió. Aquí no hay llanto: hay bisturí.
Eso explica el tono. El forense no se emociona encima de la mesa de acero, describe. Tal órgano, tal lesión, tal causa. El texto hace lo mismo con la relación: el deseo convertido en moneda, la escena más íntima usada como escenario de manipulación, el silencio usado como tortura. Lo cuenta con la calma de quien ya ha visto muchos cadáveres. Y yo, como letrista, me puse la bata blanca por una vez y dejé la boa de plumas colgada en el perchero.
El planeta GAYFOLK tiene sitio para las dos cosas. Para la verbena y para la sala de autopsias. Lo que no tiene es sitio para hacer como que no pasó nada.
Bajo la luz de neón
El videoclip va por el mismo camino que la portada, pero con la luz cambiada. Neón en lugar de lámpara de mesilla. Lo que muestra es justo lo que no se suele mostrar: la frialdad, la culpa, el cuerpo rechazado. No hay escenas de pelea ni grandes gestos. Hay distancia filmada.

Pienso cada videoclip a la vez que la letra, porque para mí una canción sin imagen está a medio vestir. En este caso la imagen tenía que ser incómoda sin ser morbosa. Nada de sexo explícito, nada de golpes. Solo dos cuerpos que podrían tocarse y no se tocan. Si un vídeo así te hace mirar el móvil para escapar, ha funcionado: eso mismo hace quien vive esa situación cada noche.
Por qué el silencio cuesta tanto de contar
Hay un motivo por el que este castigo apenas sale en las canciones. Las canciones de desamor necesitan un acontecimiento: una infidelidad, una pelea, un portazo, un mensaje leído a las cuatro de la mañana. El castigo sexual no tiene acontecimiento. Tiene ausencia. Y la ausencia es muy difícil de rimar.
Por eso hay tantas canciones sobre cuernos y tan pocas sobre esto. Los cuernos dan para una copla de Rocío Jurado. La cama fría da para un silencio que nadie quiere escuchar en la radio a la hora del vermú. Yo tampoco sabía bien cómo meterlo en una canción hasta que dejé de intentar que fuera una canción al uso. Lo convertí en texto, y el texto encontró su forma sola.
Mucha gente que lo ha vivido no lo cuenta porque, si lo cuenta, le preguntan qué pasó. Y la respuesta sincera es que no pasó nada, todas las noches, durante años. Esa frase suena ridícula dicha en voz alta. El texto le da un sitio donde no suena ridícula.
La portada: dos pijamas y un metro de distancia
La carátula la dirigí para que dijera sin palabras lo mismo que el texto. Una habitación rosa chicle de arriba abajo: paredes rosas, sábanas de raso rosa, un cuadro pop de Marilyn Monroe en la pared, un televisor antiguo, un teléfono rosa de los de rueda, una lámpara encendida y un tablero de ajedrez en la mesilla. Un dormitorio de película de los sesenta, de esos que salían en las comedias de Doris Day.
En medio, dos hombres en pijama de satén a rayas, también rosa. Uno sentado en el borde de la cama, mirando hacia abajo. El otro de pie, de espaldas, mirando por encima del hombro hacia ninguna parte. No se tocan. No se miran.
El rosa no es casualidad. Es el color de la ternura, del algodón de azúcar, de la casa de la Barbie. Aquí envuelve justo lo contrario. Y el ajedrez, que cada uno lo lea como quiera, a mí me sirve de chiste negro pequeñito: uno juega la partida y el otro ni sabe que está en el tablero.
Cada canción de Planeta Gayfolk sale con su imagen y su videoclip, que es una de las reglas que tengo colgadas en mi página de presentación. Los vídeos están reunidos en la sección de videoclips.
Entre un entierro y un anillo
En el catálogo de 273 singles, «Ni con un palo» es la pista 158. Justo antes va «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», humor negro sobre la soledad y el olvido. Justo después, «El anillo de casado», que va de otra clase de compromiso y de otra clase de mentira.
No ordené el catálogo pensando en esa vecindad, pero me hace gracia que quede así: primero el muerto al que nadie recuerda, luego la cama donde nadie te toca, luego el anillo que alguien lleva sin cumplir. Si alguien quiere una novela de tres capítulos sobre cómo se pudre una relación, ahí la tiene, sin haberla planeado.
La canción pertenece a *Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK*, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. Un disco de llegar a un planeta nuevo y, en el equipaje, cargar con lo que te hicieron en el anterior.
Las otras canciones del narcisista
«Ni con un palo» no está sola. Planeta Gayfolk tiene un rincón entero dedicado a los narcisistas, con canciones que van de la burla más salvaje al diagnóstico más seco. Está «El castigo más duro», con sus palabras que tienen pinchos y su bloque de cemento. Está «El narcisista», con su corazón congelado al que no derrite ni un lanzallamas. Está «La última carta», que es una despedida por escrito que nunca llega a su destinatario.

En casi todas me río. En esta no. Y creo que el contraste le da fuerza a todas: cuando alguien que se ríe de todo deja de reírse, el silencio pesa más.
Si te interesa el catálogo de ex que tengo repartido por las canciones, con sus tipos y subtipos, hay una pequeña tipología cómica de exnovios en este mismo blog. Esa sí es para reírse. Esta canción es el reverso de esa tipología: el ex del que no hay forma de hacer chiste.
Para quién lo escribí
Para quien lleva meses durmiendo en el borde del colchón. Para quien ha buscado en Google si es normal que tu pareja no te toque en medio año. Para quien se ha mirado en el espejo del baño a las dos de la madrugada intentando averiguar qué tiene de malo su cuerpo.
Y también para los amigos de esa persona, que a veces son los que dicen «bueno, eso le pasa a todas las parejas». No. A todas las parejas les pasan días malos. Lo otro tiene otro nombre.
El texto termina con una consigna directa, de esas que en otro contexto me darían vergüenza ajena por lo que tienen de pancarta. Aquí la dejé. Si alguien te castiga con silencio, no lo llames amor. Esa es la única moraleja que me permito en todo el texto, y me la permito porque es verdad.
Leerlo antes que escucharlo
Con esta canción recomiendo algo que no recomiendo casi nunca: leer el texto antes de darle al play. Está entero en su página de letras, y en el archivo de letras de esta web puedes ver cómo encaja entre las demás.
Léelo despacio. Fíjate en los dos puntos, que son muchos y no están de adorno. Fíjate en cómo las frases se van acortando hacia el final, como quien se queda sin aire. Y luego escúchalo en Spotify o con su videoclip en gayfolkplanet.com.
La primera vez que lo escuches después de leerlo, la música te va a parecer otra cosa. Más fría. Más cerca.
Lo que no voy a hacer con esta canción
No voy a convertirla en meme. No voy a hacer un short de TikTok con ella bailando en pijama rosa. No voy a meterla en una lista de «canciones para superar a tu ex» entre Shakira y Rosalía.
Es la canción que no se vende, la que no se promociona con un chiste. Si llega a alguien, que llegue porque esa persona la necesitaba. Y si quien la necesita la encuentra a las tres de la mañana buscando en Google lo que le pasa, ojalá le sirva para dejar de culparse.
Para las preguntas que suelen hacerme sobre el proyecto en general, está la página de preguntas frecuentes.
Lo demás ya lo dice el texto. Mejor que yo, y más seco.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Ni con un palo» de Mike Sain't Louis? Del castigo sexual en relaciones con narcisistas: negar el contacto físico como forma de control. Es un texto sin estribillo y sin humor, con frases como «No es rechazo, es cálculo». Mike Sain't Louis lo resume en la propia letra: el silencio también es abuso.
¿En qué disco está «Ni con un palo»? En Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK, el primer disco de la trilogía GAYFOLK. En el catálogo de 273 singles de Planeta Gayfolk es la pista 158.
¿Por qué «Ni con un palo» no tiene estribillo? Porque Mike Sain't Louis quería que cada frase cayera nueva, sin el consuelo de la repetición. El tema, el abuso silencioso, no admitía una melodía pegadiza ni chistes.
¿Quién escribe y quién pone la música? La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, bajo su dirección.