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Lo auténtico y lo falsificado: «Los ojos de Eduardo Casanova» y el despecho que compara

Hay una pregunta que abre esta canción y que lo dice todo sobre su tono: qué culpa tengo yo. Es la pregunta de quien no piensa disculparse. De quien sabe que lo que va a decir puede sonar exagerado, injusto o cruel, y lo va a decir igual. «Los ojos de Eduardo Casanova» es una canción de despecho, y el despecho, por definición, no pide perdón.

En la ficha de la canción ya expliqué que Eduardo Casanova aparece aquí solo como objeto de admiración, que la canción es más un arma arrojadiza contra un ex que una carta a un famoso, y que el estribillo es de los más rotundos del catálogo. Aquí quiero darle otra vuelta. Quiero hablar de la idea que vertebra toda la letra, la oposición entre lo auténtico y lo falsificado, y de por qué, cuando alguien nos ha engañado, necesitamos tanto encontrar algo verdadero con lo que compararlo. La letra completa está publicada, y aviso de que es muy cruda en algunos tramos.

Quién es Eduardo Casanova

Conviene empezar por lo que se sabe, sin inventar nada. Eduardo Casanova es un actor y director madrileño. Mucha gente lo conoció de adolescente como Fidel en «Aída», la serie de Telecinco, y después dio el salto a la dirección con películas como «Pieles», de 2017, y «La piedad», de 2022. Es una figura pública muy reconocible, con una estética muy personal en su trabajo como director.

En la canción no se le atribuye nada más que eso que dice la letra: que tiene unos ojos bonitos y especiales, que es guapo y que tiene talento. No hay anécdotas, no hay rumores, no hay ninguna historia inventada sobre él. Es un elogio, sin más, y funciona como un punto de referencia. Me parecía importante dejarlo claro desde el principio, porque el resto de la letra es muy dura, pero toda esa dureza va dirigida a otra persona, un ex que no tiene nombre.

Unos ojos que no son lentillas

La primera imagen de la canción es muy concreta: ese brillo no lo tienen las lentillas de colores. Me gusta mucho porque es un detalle cotidiano que todo el mundo entiende. Las lentillas de colores existen para cambiar algo que no se puede cambiar de verdad. Te ponen los ojos verdes o azules durante unas horas, pero sabes que debajo siguen siendo los tuyos. No tienen nada de malo, por supuesto. Mucha gente se las pone para jugar, para un disfraz, para una noche de fiesta, y es divertidísimo. El problema no es la lentilla, sino hacerla pasar por el ojo de verdad. Una cosa es disfrazarse sabiendo que es un disfraz, y otra muy distinta es presentarse ante alguien durante años con unos ojos prestados y dejar que crea que son los tuyos. Esa es la diferencia entre el juego y el engaño, y es justo la línea que la canción acusa al otro de haber cruzado.

La letra usa esa imagen para plantear su tema central. Hay ojos de verdad y hay ojos de imitación. Hay brillo auténtico y hay brillo comprado. Y aunque a primera vista puedan parecerse, quien mira con atención nota la diferencia.

Esa diferencia es la que quien narra no supo ver durante mucho tiempo. Esa es la herida debajo del chiste. La canción no se queja solo de que el ex fuera falso; se queja, implícitamente, de no haberse dado cuenta antes. De haber tomado por auténtico algo que era de imitación.

Lo auténtico como ideal

La palabra que más se repite en la canción, después del estribillo, es auténtico. Los ojos que le gustan a quien narra son auténticos y verdaderos. Y todo lo del otro es falsificación.

Fotogramas del videoclip oficial de «Los ojos de Eduardo Casanova», de Mike Sain't Louis

La autenticidad es un valor muy importante en la cultura queer, y creo que no es casualidad. Durante mucho tiempo, a las personas LGTBI se nos obligó a fingir. A llevar una vida de cara a la galería y otra en privado. A presentar novias que no eran novias, a inventar excusas, a callar. Salir del armario es, en el fondo, un acto de autenticidad: dejar de fingir lo que no eres.

Por eso, cuando alguien de nuestra propia comunidad nos engaña, duele de una forma especial. Es como si traicionara algo que nos costó mucho conseguir. Después de todo el esfuerzo por dejar de vivir en la mentira, encontrarte a alguien que te miente a la cara es un golpe doble.

La letra no hace todo este razonamiento, porque una canción de despecho no está para eso. Pero creo que la obsesión por lo auténtico que la recorre viene de ahí. Quien narra ha salido de una relación basada en la falsificación, y lo que más ansía ahora es encontrar algo verdadero. Aunque sea en la pantalla, en los ojos de un actor al que nunca conocerá.

El despecho necesita comparar

Hay algo muy humano en el mecanismo de esta canción. Cuando alguien nos ha hecho daño, tendemos a buscar un contraste. Alguien que sea todo lo que el otro no fue. A veces es una nueva pareja, a veces es un amigo, y a veces, como aquí, es una figura pública a la que admiramos desde lejos.

La comparación sirve para varias cosas a la vez. Primero, para recordarnos que lo que perdimos no era lo mejor que existe. Que hay gente con talento, con brillo, con verdad. Segundo, para colocar al otro en su sitio: si pones a alguien al lado de un ideal, sale perdiendo. Y tercero, para reafirmar nuestro propio criterio. Si me gustan los ojos auténticos, es que sé distinguir lo auténtico. Me equivoqué una vez, pero mi gusto sigue intacto.

Ese tercer punto me parece el más importante. Después de un engaño, una de las cosas que más se resienten es la confianza en el propio juicio. Te preguntas cómo pudiste no verlo, cómo te dejaste engañar tanto tiempo. Y proclamar a los cuatro vientos que te gustan los ojos verdaderos es una forma de recuperar esa confianza. Es decir: sé lo que es bueno, aunque una vez me colaran lo contrario.

Siete años

En mitad de la canción, entre los insultos, aparece una cuenta: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete años. Contados así, uno por uno, como quien los va pasando con los dedos. Y justo después, la acusación de que al otro todo eso le importa un pimiento.

Ese momento me parece el corazón de la canción. Todo lo demás es rabia, burla, exageración. Pero esa cuenta lenta es pura tristeza. Siete años son muchos. Son siete cumpleaños, siete veranos, siete navidades. Es una parte muy grande de una vida. Y descubrir que para la otra persona no significaron lo mismo es de las cosas más dolorosas que pueden pasar en una relación.

La expresión «importar un pimiento» tiene además su gracia en el catálogo, porque hay una canción entera dedicada a ella, Ni un pimiento. Es una de esas frases castizas que se usan para decir que algo no vale nada. Y aquí la letra la usa para señalar el contraste más cruel: lo que para uno fue media vida, para el otro no vale ni un pimiento.

El vertedero

Otra imagen que se repite es la del vertedero. Lo del otro es falsificación hecha para tirar después de un uso. Y sus ojos, dice la letra, ya están para tirar al vertedero.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «tú tienes de canario lo que tengo yo de hetero» de «Los ojos de Eduardo Casanova»

Es la misma idea que aparece en otras canciones del catálogo, como Trasto viejo, donde quien narra se siente tratado como un mueble que se deja en el punto limpio. Solo que aquí la imagen se invierte. Ya no es quien narra el que se siente desechado; es él quien desecha al otro. Es un cambio de posición muy significativo: el que antes era usado y tirado ahora es el que decide qué va a la basura.

Creo que mucha gente reconoce ese momento en una ruptura. Al principio te sientes como un trasto viejo. Y un día, sin saber muy bien cuándo, te das cuenta de que el trasto era el otro. Que lo que tenías en casa era una imitación barata, y que estás mucho mejor sin ella.

Tener de algo lo que yo de otra cosa

El estribillo es una construcción muy castiza: tú tienes de canario lo que tengo yo de hetero. En español hay una fórmula de toda la vida para negar algo con gracia, que consiste en compararlo con algo evidentemente falso. «Tiene de tonto lo que yo de obispo.» «Sabe de cocina lo que yo de chino.» Es una manera de decir «nada» con mucha más fuerza que diciendo simplemente «nada».

Lo brillante de la versión de la canción es que la segunda parte de la comparación, la evidencia, es la identidad de quien narra. Todo el mundo sabe que no tiene nada de hetero. Y por eso la frase funciona como una negación absoluta: lo que el otro dice ser es tan falso como si quien narra dijera ser heterosexual.

No sabemos exactamente a qué se refiere eso de no ser canario. La letra no lo explica, y yo no voy a especular. Puede ser que el otro presumiera de un origen que no era el suyo, o de una identidad que no le correspondía, o simplemente que todo en él fuera pose. Lo que importa es el mecanismo: el estribillo acusa al otro de fingir quién es, y lo hace usando como prueba la cosa más auténtica que tiene quien narra, su propia orientación.

El catálogo tiene más canciones que juegan con esa figura de alguien que miente sobre sí mismo, como El canario que miente. Y justo antes de esta en la lista de singles está Hetero, que es una especie de prólogo perfecto para un estribillo que usa esa palabra como medida de lo imposible.

Repetir hasta que suene a grada

El estribillo se repite muchísimas veces. Tantas que la letra publicada parece casi un cántico de estadio, de esos que se corean sin parar hasta que pierden el sentido y se convierten en puro ritmo. Y creo que esa es la idea.

Hay frases que, a fuerza de repetirse, se transforman. La primera vez que oyes «tú tienes de canario lo que tengo yo de hetero» es un insulto. La décima vez es un mantra. La vigésima vez es casi una fiesta. Quien narra ya no está acusando al otro; está celebrando que ya no le importa. La repetición convierte el despecho en baile.

Es algo que pasa mucho con las canciones de ruptura que funcionan bien en la pista. La letra puede ser dolorosa, pero el ritmo la convierte en otra cosa. Gritas el estribillo con tus amigas, das saltos, te ríes. Y en algún momento te das cuenta de que estás bailando sobre las ruinas de algo que hace unos meses te tenía llorando.

La crudeza

No voy a disimularlo: la letra es muy cruda. Hay acusaciones sexuales muy explícitas, hay insultos, hay una comparación con productos falsificados que no deja títere con cabeza. Es una canción escrita con el corazón todavía caliente, como digo en la ficha, y no pretende ser justa.

Collage con un detalle de la carátula de «Los ojos de Eduardo Casanova» y las carátulas de «Ni Un Pimiento», «Trasto Viejo», «El canario que miente», «Hetero»

Las canciones de despecho han sido así siempre. La copla está llena de reproches tremendos, el bolero también, y el pop de ruptura de las últimas décadas ha tenido momentos de una crueldad maravillosa. Hay algo liberador en poder decir en una canción lo que nunca dirías a la cara. Es una forma de sacar el veneno sin hacer daño real a nadie.

Y ese es un punto importante. El ex de esta canción no tiene nombre. Es un personaje. No se puede señalar a nadie con ella. La crudeza funciona precisamente porque es universal: cualquiera que haya salido de una relación larga sintiéndose engañado puede poner ahí a quien quiera y desahogarse.

Admirar de lejos

Hay una última cosa que me gusta de esta canción. La admiración por Eduardo Casanova es una admiración de lejos. Quien narra no le conoce, no pretende conocerle, no fantasea con una relación. Simplemente le parecen bonitos sus ojos y admira su talento.

Ese tipo de admiración tiene algo muy sano. Después de una ruptura, a veces necesitamos recordar que la belleza y la verdad existen, aunque no estén a nuestro alcance. Mirar el trabajo de alguien con talento, sus películas, su forma de mirar el mundo, puede ser un pequeño consuelo. Un recordatorio de que hay cosas auténticas ahí fuera.

Y en el fondo, la ficha de la canción termina con una idea que me parece la clave de todo: después de gritar el estribillo, mírate a los ojos en el espejo, porque los tuyos también son de verdad. La admiración por los ojos de otro es, al final, un camino de vuelta hacia los propios.

Mírame a los ojos y dímelo

El español está lleno de frases sobre los ojos, y casi todas tienen que ver con la verdad. «Los ojos son el espejo del alma.» «Mírame a los ojos y dímelo.» «Se le ve en los ojos.» Desde pequeños aprendemos que, si alguien nos miente, la mirada le delatará. Que unos ojos no saben fingir tan bien como una boca.

No sé si eso es cierto, y no voy a fingir que la ciencia lo confirma. Mucha gente miente mirando fijamente a los ojos, y mucha gente sincera es incapaz de sostener una mirada por pura timidez. Pero la idea está tan metida en nuestra cultura que funciona como símbolo. Cuando la canción elige los ojos como medida de lo auténtico, está tirando de esa tradición entera.

Y hay una ironía amarga en eso. Quien narra pasó siete años mirando a los ojos a alguien que, según la canción, no era lo que parecía. Si los ojos fueran de verdad el espejo del alma, se habría dado cuenta. Por eso necesita otros ojos, unos que no le hayan engañado nunca, para recordar cómo es una mirada verdadera. Los de alguien a quien solo conoce por la pantalla, y que por eso mismo nunca le ha podido mentir.

Nombres de verdad en las letras

Alguien podría preguntarse por qué meter el nombre de una persona famosa en el título de una canción. Es algo que hago a menudo en el catálogo, y tiene una explicación sencilla: los nombres propios hacen que una letra se sienta real, de aquí y de ahora. No es lo mismo decir «un actor guapo» que decir «Eduardo Casanova». El nombre trae consigo una cara, una época, un tipo de belleza que todo el mundo reconoce al instante.

Ficha de la canción «Los ojos de Eduardo Casanova» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo hago siempre desde el cariño y con hechos públicos, nunca para atribuir a nadie cosas que no ha hecho. En Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios, por ejemplo, el nombre de una figura muy querida sirve para imaginar la suegra ideal. Aquí, el nombre de Eduardo Casanova sirve para imaginar la mirada ideal. En los dos casos, la persona famosa es un modelo positivo frente al que se mide algo que salió mal en la vida real.

Es un recurso muy de la cultura pop, y muy de la cultura queer en particular. Siempre hemos tenido nuestros iconos, nuestras divas, nuestros referentes. Los usamos para hablar de nosotros mismos, para nombrar lo que queremos y lo que no. Y meterlos en una canción es una forma de homenaje, aunque la canción en sí vaya de otra cosa.

Después del veneno

Toda canción de despecho tiene un después. El momento en que ya has gritado el estribillo veinte veces, has dado saltos por el salón y te has quedado sin aire. ¿Qué queda entonces?

Creo que lo que queda, en el caso de esta canción, es precisamente la idea de los ojos. Pasado el enfado, lo que permanece no es el insulto, sino el ideal: quiero algo auténtico. Ya no quiero imitaciones, ni brillos comprados, ni relaciones de usar y tirar. Quiero unos ojos que brillen por sí mismos.

Y ese deseo, que en la canción se proyecta sobre un actor, acaba siendo una brújula para lo que viene. La próxima vez, quien narra sabrá qué buscar. No porque tenga una lista de requisitos, sino porque ha aprendido, a base de golpes, a distinguir el brillo verdadero del de las lentillas de colores.

Es una lección cara, siete años de cara. Pero es una lección que se queda. Y la canción, con toda su crudeza, es también la celebración de haberla aprendido.

Un disco que sueña con otro planeta

La canción forma parte de Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk, el segundo disco de la trilogía Planeta Gayfolk. Es un disco de deseo de otro lugar, de un planeta donde las cosas sean más verdaderas. Y esta canción encaja perfectamente: es el grito de alguien que ya no quiere imitaciones, que solo quiere lo auténtico, aunque de momento solo lo encuentre en una pantalla.

En la lista de singles va entre Hetero y Marica chill. Me hace gracia ese orden: después de la rabia de esta canción, llega una que invita a relajarse. Es casi una receta: primero grita, luego respira.

Para quién es esta canción

Para quien ha pasado años con alguien y ha descubierto que casi todo era pose. Para quien necesita desahogarse con un poco de veneno antes de pasar página. Para quien se ha reprochado no haberlo visto antes y necesita recordar que sabe distinguir lo verdadero.

Y para quien, después de gritar el estribillo, se mira en el espejo y reconoce unos ojos auténticos.

Cómo escucharla

La canción está en la página de singles y en todas las plataformas, y se puede descargar gratis desde la sección de descargas. Ponla a todo volumen el día que necesites soltar lastre. Y luego, ponte algo bonito y sal a que te dé el aire.

Como letrista, compositor y productor musical, me gusta que el catálogo tenga canciones que no pidan perdón. La música y las interpretaciones se generan con inteligencia artificial, pero la necesidad de encontrar algo verdadero después de un engaño es de lo más humano que existe.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata Los ojos de Eduardo Casanova? De una ruptura después de siete años. Quien narra compara los ojos auténticos de Eduardo Casanova, a quien admira, con todo lo falso de su ex, y se desahoga con un estribillo que niega que el otro sea lo que dice ser.

¿La canción dice algo negativo de Eduardo Casanova? No. Eduardo Casanova aparece solo como objeto de admiración: la letra elogia sus ojos, su atractivo y su talento. Toda la crítica va dirigida a un ex sin nombre.

¿El ex de la canción es una persona real? Es un personaje de la canción, sin nombre. No se señala a nadie concreto.

¿Qué significa el estribillo? Usa una fórmula castiza para decir «nada»: el otro tiene de canario lo mismo que quien narra tiene de hetero, es decir, nada. Es una forma de acusarle de fingir quién es.

¿Quién hace esta canción? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical que se presenta como «el primer cantautor IA»: escribe las letras y dirige la producción, y la música y las interpretaciones vocales se generan con inteligencia artificial.

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