
Por Mike Sain't Louis ·
«Licores modernos»: el bar como refugio LGTBI, el alcohol como peaje y el ocio sin copa
Llueve fuera y dentro se está a cubierto. Así arranca la portada de «Licores modernos»: un ventanal empañado con la calle mojada y las farolas reflejadas en el suelo, estanterías llenas de botellas, una lámpara colgante de luz cálida y un vaso servido sobre la barra. En primer plano, camisa abierta, tatuajes a la vista y la mirada de quien ya va por la segunda copa y no tiene ninguna prisa por irse. El rótulo dice «modernos», pero todo lo demás huele a madera vieja y a taberna de toda la vida.
La canción pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía, y su videoclip oficial se subió a YouTube el 5 de julio de 2026. Su letra no se ha publicado aún, de modo que en estas líneas no hay ninguna frase suya. Me quedo con la imagen, que me abre una conversación que tenemos poco en nuestro colectivo: qué lugar ocupa el alcohol en nuestras vidas, por qué el bar ha sido tan importante para nosotros y qué pasa cuando la copa deja de ser un placer y se convierte en una obligación.
Antes de seguir, una aclaración. No soy médico ni terapeuta: soy letrista, compositor y productor musical, y escribo esto desde la observación y desde muchas noches de barra. No vengo a dar sermones. Me gustan los bares. Me gusta la luz cálida de esa portada. Precisamente por eso quiero pensar en ellos con calma.
El bar como primera casa
Para muchas generaciones de personas LGTBI, el bar fue el primer sitio donde se podía ser uno mismo. No la casa familiar, donde había que disimular. No el trabajo, donde había que callar. No la calle, donde había que mirar por encima del hombro. El bar. Una puerta discreta, un timbre, una escalera hacia abajo, y al otro lado gente como tú.
No es casualidad que una de las fechas fundacionales del movimiento LGTBI moderno sea la de una redada en un bar: el Stonewall Inn, en el Greenwich Village de Nueva York, en la madrugada del 28 de junio de 1969. Aquella noche, las personas que estaban dentro decidieron no dejarse detener sin resistencia. El bar era su refugio, y lo defendieron.
En España, durante el franquismo y los primeros años de la Transición, la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 permitía perseguir a las personas homosexuales. Los locales de ambiente eran sitios semiclandestinos, expuestos a redadas. Más tarde, barrios como Chueca en Madrid se convirtieron en espacios de libertad, con sus bares como corazón. Para mucha gente que llegaba de un pueblo, el primer bar de ambiente fue algo parecido a un nacimiento.
Cuando el refugio tiene precio
Esa historia explica algo que a veces se olvida: durante décadas, para socializar como persona LGTBI había que pasar por la barra. Si querías conocer a otros, si querías ligar, si querías simplemente estar con gente que no te juzgara, el plan casi siempre incluía una copa. El refugio tenía una entrada, y la entrada se pagaba en consumiciones.
No digo que eso fuera malo en sí. Los bares han sido y siguen siendo lugares de comunidad, de amistades que duran toda la vida, de parejas que empezaron con un «¿te invito a algo?». Pero cuando el único espacio de encuentro gira alrededor del alcohol, el alcohol se convierte en un peaje. Y quien no puede o no quiere pagarlo se queda fuera.
Pienso en quien no bebe por salud, por religión, por medicación o porque simplemente no le gusta. Pienso en quien está intentando dejarlo. Pienso en los más jóvenes, que no tienen edad para entrar en un bar pero sí necesidad de encontrar a los suyos. Pienso en los mayores, que ya no quieren trasnochar. Para todos ellos, un mundo social que gira alrededor de la copa es un mundo con la puerta entornada.
La presión de la segunda ronda
Hay una escena que todos conocemos. Llegas al bar, pides un refresco y alguien pregunta: «¿No bebes? ¿Estás bien? ¿Te pasa algo?». Como si no beber necesitara una explicación médica. Y entonces, para no dar la nota, pides una cerveza. Y luego otra, porque la ronda la paga otro. Y luego un chupito, porque es el cumpleaños de alguien.

Esa presión no tiene nada de especialmente LGTBI. Existe en todos los grupos de amigos de este país, donde el alcohol está muy presente en las celebraciones. Pero en nuestro colectivo se suma a otra cosa: la necesidad de pertenecer. Cuando has pasado años sintiéndote fuera, la idea de volver a quedarte fuera de un grupo, aunque sea por no beber, pesa mucho.
Ya escribí sobre la amistad y sus impostores. Un buen amigo no te obliga a beber para seguir siendo tu amigo. Y un buen grupo no convierte cada quedada en una competición de resistencia. Si en tu grupo pedir un agua con gas es un acto de rebeldía, quizá el problema no sea el agua.
El alcohol como anestesia
Hay otra razón, más delicada, por la que el alcohol ocupa tanto espacio en muchas vidas LGTBI. Varios estudios internacionales han observado que las personas LGTBI tienen de media más riesgo de consumo problemático de alcohol y otras sustancias que la población general. Los investigadores suelen relacionarlo con el estrés de minoría: el desgaste acumulado de vivir en un entorno que te rechaza o te obliga a estar alerta.
Lo expliqué con más calma en el texto sobre el estrés de minoría. Cuando uno vive con ese cansancio, la copa puede convertirse en un atajo: un rato en el que la alerta se apaga, la timidez se diluye y el cuerpo se relaja. El problema es que el atajo cobra intereses. Lo que al principio tranquiliza, con el tiempo puede aumentar la ansiedad, empeorar el sueño y estropear el ánimo.
También está la soledad. Hablé de ella en el texto sobre la soledad no deseada de los adultos LGTBI. Cuando el bar es el único sitio donde uno se siente acompañado, es fácil que la copa se convierta en la llave de esa compañía. Y que la llave acabe pesando más que la puerta.
Lo que cuentan los datos generales
En España, la encuesta sobre alcohol y otras drogas que publica el Ministerio de Sanidad, conocida como EDADES, sitúa al alcohol año tras año como la sustancia psicoactiva más consumida por la población. Es legal, está en todas partes, forma parte de nuestras fiestas, nuestras comidas y nuestros ritos. Por eso mismo cuesta tanto verlo como algo que puede hacer daño.
No hace falta tener un problema grave para que el alcohol afecte a la salud. Las autoridades sanitarias insisten en que no existe un consumo totalmente libre de riesgo y en que, cuanto menos se bebe, mejor. Eso no significa que una caña con amigos sea una tragedia. Significa que vale la pena saber cuánto bebemos y por qué.
Y hay un dato que me parece importante recordar: el alcohol también está detrás de muchas noches que acaban mal. Agresiones, accidentes, decisiones de las que uno se arrepiente, situaciones en las que el consentimiento se vuelve borroso. Lo conté desde la canción en el texto sobre el garrafón y la mañana siguiente. Cuidarse en la noche también es cuidar de los demás.
Señales de que algo no va bien
¿Cómo saber si la relación con el alcohol ha dejado de ser sana? No hay una línea exacta, pero hay señales que conviene escuchar. Necesitar beber para atreverse a hablar con alguien, para ir a una fiesta o para dormir. Beber más de lo que tenías pensado casi siempre. Notar que necesitas cada vez más cantidad para sentir lo mismo. Olvidar partes de la noche con frecuencia.

Otras señales tienen que ver con la vida de alrededor. Que te lo comenten amigos o familia. Que te escondas para beber o mientas sobre cuánto bebes. Que el alcohol te esté causando problemas en el trabajo, en la pareja o con el dinero. Que hayas intentado reducirlo y no hayas podido. Que te sientas mal física o anímicamente los días que no bebes.
Ninguna de estas señales es una sentencia. Son avisos. Y como todos los avisos, sirven para actuar antes de que el problema crezca. Lo más importante es no quedarse solo con la duda.
La primera vez que cruzas la puerta
Mucha gente recuerda la primera vez que entró en un bar de ambiente. Las piernas temblando, la sensación de que todo el mundo te mira, la duda de si saludar al camarero o fingir que llevas años yendo. Y casi siempre, el gesto de pedir algo rápido para tener las manos ocupadas. La copa como escudo.
Es comprensible. La primera visita a un sitio así es un pequeño acto de valentía, y el cuerpo busca cualquier cosa que le ayude a sostenerlo. Lo que me pregunto es cuántas personas aprendieron, en esa primera noche, que para atreverse a ser quienes eran necesitaban beber antes. Y cuántas siguen arrastrando esa asociación años después, sin haberla pensado nunca.
Por eso me parece tan valioso que existan otras puertas de entrada a la comunidad: el centro de una asociación LGTBI una tarde de semana, un grupo de jóvenes con monitores, un club deportivo, una presentación de libro, una quedada en un parque. Sitios donde el primer paso no viene con un vaso en la mano. Sitios donde uno puede temblar sin necesidad de disimularlo.
El ocio sin copa
La buena noticia es que el mundo está cambiando. Cada vez hay más bares con buenas opciones sin alcohol: cervezas sin, vermús sin, cócteles sin alcohol que no son simplemente zumo con hielo. Cada vez más gente elige no beber, o beber menos, sin dar explicaciones. Y cada vez hay más planes LGTBI que no giran alrededor de la barra.
Ya escribí sobre el tardeo y la fiesta con luz de día, que no siempre significa beber menos, pero sí abre otros horarios y otros ritmos. Hay grupos de senderismo LGTBI, clubes deportivos, corales, grupos de lectura, talleres, voluntariado en asociaciones. Hay quedadas de café, de cine, de juegos de mesa. Hay comunidad más allá del bar.
Y el bar puede seguir siendo un refugio sin que la copa sea obligatoria. Me gusta imaginar la barra de la portada con un vaso que podría contener cualquier cosa. Lo que importa de ese bar no es el licor. Es la luz cálida, la lluvia fuera, la sensación de estar a cubierto. Eso se puede tener con un agua con limón.
El Orgullo con vaso de plástico
Cada verano, las fiestas del Orgullo llenan las calles de música, de banderas y, también, de alcohol. Las barras portátiles, los vasos de plástico pisados en el asfalto, las promociones de bebida con los colores del arcoíris. Es parte de la fiesta y no tengo nada contra la fiesta. Pero conviene recordar que el Orgullo nació como una protesta, y que la celebración no debería convertirse en una obligación de acabar mal.

Muchas personas viven esos días como los únicos del año en que se sienten libres del todo en la calle. Y esa sensación de libertad, mezclada con el calor, las horas sin dormir y las copas, puede ser una combinación arriesgada. Golpes de calor, deshidratación, peleas, pérdidas de móviles y carteras, noches que no se recuerdan. Los servicios sanitarios de las grandes ciudades lo saben bien.
Disfrutar del Orgullo sin ponerse en peligro es posible. Beber agua entre copa y copa. Comer algo. Buscar la sombra. Quedar con amigos y no separarse. Tener a mano el número de alguien de confianza. Y respetar al que decide pasar la tarde con un refresco: también está celebrando.
Volver al bar después de dejarlo
Hay una situación de la que se habla poco: qué pasa cuando alguien que ha tenido problemas con el alcohol quiere seguir formando parte de su comunidad. Si toda tu vida social estaba en los bares de ambiente, dejar de beber puede sentirse como perder también a tus amigos, tu barrio y tus rituales.
Algunas personas necesitan alejarse de los bares durante un tiempo, y está bien. Otras aprenden a volver con un plan: ir a horas tranquilas, quedar con gente que lo sabe y lo respeta, tener una bebida sin alcohol en la mano desde el principio para evitar preguntas, saber cuándo irse. Cada proceso es distinto, y quien mejor puede ayudar a diseñarlo es un profesional que conozca la situación.
Lo que sí podemos hacer los demás es no complicarlo. No insistir. No hacer bromas sobre «el que ya no sale». No ofrecer «solo una». Una comunidad que cuida a los suyos es la que hace sitio en la barra para quien pide un agua y no le pregunta por qué.
Cómo acompañar a un amigo
Si te preocupa cómo bebe alguien cercano, la tentación es soltarle un discurso o, al revés, no decir nada para no meterte donde no te llaman. Ninguna de las dos cosas suele funcionar bien. Lo que más ayuda es buscar un momento tranquilo, sin alcohol de por medio, y hablar desde la preocupación y no desde la acusación.
Algo así como: «Te quiero y últimamente te noto peor. ¿Cómo estás?». En lugar de: «Bebes demasiado». La primera frase abre una puerta. La segunda pone a la otra persona a la defensiva. Escuchar más que hablar. No hacer de detective ni de médico. Ofrecer compañía para buscar ayuda, si la persona quiere.
Y una cosa práctica: cambiar los planes. Si siempre quedáis en el bar, proponed otra cosa de vez en cuando. Un paseo, una comida, una película. A veces lo que más ayuda a alguien que quiere beber menos es tener amigos que no le pongan la copa delante como condición para verse.
Dónde pedir ayuda
Si crees que tienes un problema con el alcohol, o simplemente quieres hablarlo con alguien, tu médico de cabecera es un buen primer paso. Puede valorar tu situación sin juzgarte y, si hace falta, derivarte a los servicios especializados. Todas las comunidades autónomas tienen centros públicos de atención a las adicciones, con distintos nombres según la región, donde el tratamiento es gratuito y confidencial.

También existen grupos de ayuda mutua como Alcohólicos Anónimos, presentes en muchas ciudades de España, y asociaciones que trabajan en la prevención y el tratamiento de adicciones. Algunas entidades LGTBI ofrecen apoyo psicológico o pueden orientarte hacia profesionales que entiendan tu realidad. Y la web del Plan Nacional sobre Drogas del Ministerio de Sanidad tiene información general y recursos por comunidades.
Si en algún momento te sientes desbordado y aparecen pensamientos de hacerte daño, en España tienes el 024, el teléfono de atención a la conducta suicida, gratuito y disponible las veinticuatro horas, que también ayuda a quien llama preocupado por otra persona. Cuando una situación es de peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717 y, para menores, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Fuera de España, la página findahelpline.com reúne líneas de ayuda de muchos países. Lo que pasa al otro lado de esas llamadas lo conté en este texto sobre las líneas de ayuda.
El bar que queremos
Me gustaría que los bares de ambiente siguieran existiendo durante mucho tiempo. Son parte de nuestra historia y de nuestra cultura. Pero me gustaría que fueran bares donde nadie tuviera que justificarse por pedir un refresco. Donde hubiera buenas opciones sin alcohol en la carta. Donde el personal supiera actuar si alguien se encuentra mal. Donde los más jóvenes y los más mayores tuvieran también su sitio a otras horas.
Ya escribí sobre el derecho de admisión y la discriminación en bares y servicios: los espacios de ocio tienen que tratar a todo el mundo con igualdad. Me parece que el siguiente paso es que también cuiden. Que un bar sea un refugio no solo porque allí nadie te insulta, sino porque allí nadie te empuja a hacerte daño.
La barra como escenario
Desde mi oficio, los bares son lugares llenos de historias. Conversaciones a medias, miradas que se cruzan, confesiones que se hacen al camarero, despedidas en la puerta bajo la lluvia. No es raro que tantas canciones, de todos los géneros y épocas, ocurran en un bar. La barra es un escenario perfecto para el drama y para la comedia.
En mis letras el alcohol aparece a veces como chiste, a veces como resaca y a veces como algo que se rechaza. Lo conté en el texto sobre la ruptura sobria: hay una larga tradición de beber por amor, y me apetecía darle la vuelta. Atravesar las cosas con la cabeza despejada también tiene su épica.
Lo que me gusta de la portada de «Licores modernos» es que no juzga. Es una escena de calma, de alguien que se ha refugiado de la lluvia y se toma su tiempo. Puede ser una copa o puede ser la última. Puede ser el principio de una noche o el final de un día largo. Esa ambigüedad me parece honesta. El alcohol puede acompañar o puede atrapar, y la diferencia muchas veces la marcamos nosotros.
Lo moderno de verdad
Termino con el título. «Licores modernos» suena a anuncio antiguo, a botella con etiqueta de los años cincuenta que promete sofisticación. Me hace gracia ese choque entre lo que se anuncia como moderno y lo que en realidad es de toda la vida.
Quizá lo moderno de verdad no esté en el licor, sino en la forma de beberlo, o de no beberlo. En poder entrar en un bar de ambiente y pedir lo que te apetezca sin que nadie arquee una ceja. En tener planes de comunidad que no dependan de la barra. En cuidar al amigo que se pasa de copas en lugar de reírse de él. En saber pedir ayuda sin vergüenza.
Fuera sigue lloviendo. Dentro se está a cubierto. Y lo que haya en el vaso es asunto de cada cual, siempre que lo elija uno mismo.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Licores modernos»? Es una canción del tercer disco de la trilogía, «El día de la liberación», con videoclip oficial en YouTube desde el 5 de julio de 2026. Su letra todavía no está publicada. La portada es una escena de bar antiguo con lluvia en el ventanal y un vaso servido en la barra.
¿Por qué los bares son tan importantes en la historia LGTBI? Durante décadas fueron casi los únicos espacios donde las personas LGTBI podían reunirse con cierta libertad. Una redada en un bar, el Stonewall Inn de Nueva York en 1969, es uno de los momentos fundacionales del movimiento moderno.
¿Cómo sé si bebo demasiado? Algunas señales son beber más de lo previsto con frecuencia, necesitar el alcohol para socializar o dormir, olvidar partes de la noche o no conseguir reducirlo. Tu médico de cabecera puede ayudarte a valorarlo.
¿Dónde pedir ayuda por el alcohol en España? En tu centro de salud, en los centros públicos de atención a las adicciones de tu comunidad autónoma, que son gratuitos y confidenciales, y en grupos de ayuda mutua como Alcohólicos Anónimos.
¿Hay ocio LGTBI sin alcohol? Sí: grupos deportivos y de senderismo, corales, clubes de lectura, voluntariado en asociaciones y cada vez más bares con buenas opciones sin alcohol.