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Hola, Paco León: escribir a famosos que nunca van a contestar

«Hola Paco León.» Así, sin «estimado», sin «querido», sin «perdona que te moleste». Como quien saluda a un compañero de trabajo en la máquina del café. Y detrás, la presentación, que es la parte que más risa me da cuando la releo:

«Hola Paco León / Soy Miguel Ángel de León / Te vi varias veces en Chueca / que pena tener pareja»

Esos cuatro versos están en «La dieta del cucurrucho», y son una carta. Una carta a un famoso que no me conoce de nada, escrita como si nos hubiéramos tomado unas cañas la semana pasada. Con su nombre y apellido. Con el mío, el de verdad, el del DNI. Y con una confesión que no es confesión, metida en mitad de una canción sobre celos de pareja.

La ficha de la canción ya cuenta lo que pasa en la letra: los celos, el numerito, el apellido compartido, los nombres imposibles para un hijo. Aquí no voy a repasarlo. Aquí quiero hablar de un gesto que se repite en mis canciones y que me parece de lo más mío que hay: escribirle a famosos que nunca van a contestar.

Soy Miguel Ángel de León

Empiezo por la presentación, porque es la clave. «Soy Miguel Ángel de León.» No pongo «soy Mike Sain't Louis», que es el nombre con el que firmo todo. Pongo mi nombre de pila, el de los papeles. El de la tarjeta sanitaria y el del buzón.

Y lo hago, en la canción, por una razón muy tonta y muy seria a la vez: el apellido. Paco León y Miguel Ángel de León. León y de León. La letra lo exprime después con los nombres de los hijos imaginarios, León de León y todo eso. Pero en la presentación ya está la idea. Le escribo de tú a tú porque compartimos apellido, como si eso nos hiciera primos lejanos, como si fuéramos a coincidir en la boda de una tía de Sevilla.

Hay algo muy de fan en ese gesto, y no me avergüenza. Cuando eres adolescente y te gusta alguien de la tele, buscas cualquier conexión: que es de tu signo, que cumple años cerca del tuyo, que su abuela era del pueblo de tu abuela. Cualquier hilo vale para sentir que no es un desconocido. El apellido es mi hilo.

Y además, presentarme con mi nombre real me desnuda un poco. Es como quitarme la peluca del personaje para hablar con alguien de verdad. Paradójicamente, a un famoso al que no conozco le hablo con más intimidad que a mucha gente con la que trato todos los días.

Te vi varias veces en Chueca

El tercer verso es el que me parece más bonito de toda la carta: te vi varias veces en Chueca. Es una frase pequeña, de observación, de quien está sentado en una terraza y ve pasar a alguien conocido.

Chueca es eso para mucha gente: el barrio donde ves pasar a los famosos sin que te miren. Donde un actor de la tele compra el pan en la misma panadería que tú, toma un vermú en la terraza de al lado, pasa por la plaza con prisa y gafas de sol. Y tú lo ves, le reconoces, y no dices nada. Porque en Chueca no se molesta. Es una norma no escrita, como la de no mirar a nadie en el ascensor.

«Varias veces» es la clave del verso. No una. Varias. Es decir: le vi, le volví a ver, y en algún momento empecé a fijarme. No pasa nada más. No hay conversación, no hay foto, no hay autógrafo. Solo una mirada repetida desde lejos.

Y la canción lo convierte en carta años después. Lo que no le dije en la plaza se lo digo en un single.

Qué pena tener pareja

El cuarto verso tiene la confesión que no es confesión. Qué pena tener pareja. Y está escrito con una mezcla de picardía y resignación que es muy de barrio. Como el «qué lástima que esté casado» que dicen las señoras en la peluquería cuando ven a un presentador guapo en la tele.

Fotogramas del videoclip oficial de «La dieta del cucurrucho», de Mike Sain't Louis

No es una declaración de amor. No es una propuesta. Es un suspiro. Y lo más interesante es que está metido en una canción sobre celos de pareja, que es como meter una caja de bombones en una dieta. La pareja de la canción está celosa precisamente por esto: por el numerito, por el «qué polvo tiene Paco León», por los ojos de Eduardo Casanova. Y en mitad de la discusión, yo me pongo a escribirle una carta al famoso. Para echar leña al fuego.

Es una forma muy mía de hacer humor: el narrador se mete en un lío y, en lugar de salir, se hunde un poco más con una sonrisa. Pero ¿cómo soy tan tonto?, que diría yo en otra canción.

Más adelante la letra lo dice claramente, con todas sus letras:

«Tampoco es / una confesión»

Y es verdad. No lo es. Es otra cosa. Es lo que hacemos todos cuando decimos en voz alta que alguien famoso nos gusta: una fantasía sin consecuencias. La tía que dice que se casaría con George Clooney. El primo que tiene un póster de una actriz en el cuarto. Nadie se escandaliza. Es un juego. Y la canción lo trata como un juego, aunque el juego le cueste una bronca en casa.

El famoso como medida

Aquí viene lo que me parece más interesante del gesto, que es la función que cumple el famoso dentro de la canción. Porque Paco León no está ahí de adorno. Está como medida.

En muchas de mis letras, el famoso sirve para medir al ex o a la pareja. Es un patrón con el que comparar. En «Los ojos de Eduardo Casanova», los ojos del actor son auténticos y los del ex llevan lentillas de colores. El famoso es lo verdadero; el ex es la falsificación. En «La dieta del cucurrucho», Paco León es la tentación que hace temblar a una pareja que llevaba dos años sin celos. El famoso es la prueba de estrés.

Y en «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», la madre de Paco León sirve para medir a la suegra que me tocó en suerte. Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina, dice la canción, y con eso ya sabes cómo era la otra sin que haga falta describirla.

El famoso funciona como un metro de costurera. Lo pones al lado de alguien de carne y hueso y se ve enseguida cuánto le falta.

Lo bonito es que el famoso nunca sale mal parado. Nunca es el villano. Es el ideal, el sueño, la vara alta. Los villanos son siempre los de casa. Y eso es muy justo, si lo piensas: el famoso no me ha hecho nada. El ex, sí.

Por qué Paco León

Si me preguntas por qué Paco León y no otro, la respuesta corta es que la canción lo dice: qué polvo tiene. La respuesta larga tiene que ver con lo que representa.

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «Tampoco es una confesión» de «La dieta del cucurrucho»

Paco León es hijo de Carmina Barrios, y la convirtió en estrella con Carmina o revienta, una película que hizo con su madre y que media España vio con la boca abierta. Es sevillano, es gracioso, es descarado, ha hecho de todo en la tele y en el cine. Y, para mucha gente queer de mi generación, es uno de esos famosos que te hacen sentir que el humor y la pluma pueden ir juntos sin pedir perdón.

Por eso tiene sentido que aparezca en mis letras. No es un galán de Hollywood al que admiro desde lejos. Es alguien del mismo universo cultural, del mismo idioma, del mismo humor de barrio. Es el famoso al que podrías encontrarte, de verdad, en una terraza de Chueca. Y eso le da a la carta un punto de posible que no tendría si se la escribiera a Brad Pitt.

Nadie escribe «te vi varias veces en Chueca» a Brad Pitt. A Brad Pitt se le escribe desde el sofá, con la revista abierta en la página de los Óscar y la certeza absoluta de que nunca va a pisar la calle Pelayo. A Paco León, en cambio, se le escribe con la sospecha de que mañana puede estar en la mesa de al lado pidiendo una caña y una ración de bravas. Esa cercanía posible es la que hace que la carta tenga gracia y un poco de peligro.

Las cartas que no se mandan

En el blog hay una carta dirigida a quien todavía no se lo ha dicho a nadie, y en el catálogo hay más cartas que canciones de amor. Escribir cartas es una de mis maneras favoritas de escribir canciones, porque la carta tiene destinatario, y el destinatario te obliga a ser concreto.

La carta a Paco León es una carta que no se manda. O que se manda al aire, a las plataformas, a quien quiera escucharla. No sé si Paco León la ha oído. No tengo ni idea, y no voy a inventármelo. Lo bonito es que da igual. La carta no necesita respuesta para funcionar. Funciona como funciona una carta a los Reyes Magos: el que la escribe ya ha ganado algo al escribirla.

Y lo que ha ganado, en este caso, es un estribillo. Con Paco León, la dieta del cucurrucho. Eso no te lo quita nadie.

Tenía esta canción guardada en un cajón

Hay un momento de la letra que me toca de cerca, porque habla de la propia canción:

«Tenía esta canción / Guardada / En un / Cajón / ¡Qué liberación!»

Fíjate en cómo está partida: una palabra por línea, casi, como quien saca algo del fondo de un armario poco a poco. Guardada. En un. Cajón. Y luego la exclamación: qué liberación.

La letra dice que esa canción estaba guardada en un cajón, y que sacarla es una liberación. Y eso conecta con algo que está escrito en mi web, en las reglas de la casa de la página sobre mí: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Es casi una contradicción divertida. La canción que habla de estar guardada es la que sale a decir que no hay que guardar canciones.

Hay muchas razones para guardar una canción así en un cajón. Que a la pareja no le haga gracia. Que el famoso se entere y le dé vergüenza ajena. Que la gente piense que estás obsesionado. Que el apellido compartido parezca un chiste demasiado fácil. Todas válidas. Y aun así, la canción salió. Lo cuento con más calma en el texto sobre el miedo a publicar, que va de esto mismo: de esas canciones que te da apuro soltar.

Escribir a quien no te conoce

Hay una cuestión de fondo que conviene decir claro, porque no todo vale.

Collage con un detalle de la carátula de «La dieta del cucurrucho» y las carátulas de «Los ojos de Eduardo Casanova», «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»

Escribir sobre gente famosa en una canción tiene sus normas, aunque no estén escritas en ningún sitio. Para mí, la principal es esta: al famoso se le admira, se le desea, se le usa de medida, se le hace un guiño. No se le inventan cosas. No se le atribuyen hechos que no han pasado. La carta a Paco León no dice que nos conocimos, ni que hubo nada, ni que él me miró. Dice que yo le vi. Varias veces. En Chueca. Y que qué pena tener pareja. Todo lo que dice es sobre mí, no sobre él.

Esa es la frontera. Hablar de lo que tú sientes ante alguien famoso es libre. Inventarte lo que siente él, no.

Y luego está la otra frontera, que en mis canciones es igual de importante: no es lo mismo un famoso que una persona privada. Paco León sale en la tele, en las revistas, en los carteles de las películas. Su nombre es público. La gente de a pie, no. Por eso en las cartas de este tipo los famosos aparecen con nombre y apellido, como personajes de la cultura que compartimos todos.

Los ojos de Eduardo Casanova

Vuelvo a la canción, porque el otro famoso que aparece en ella también tiene su función. La pareja celosa pregunta a qué viene el numerito de Eduardo Casanova, y el narrador se defiende diciendo que solo ha dicho que le gustan sus ojos.

Eduardo Casanova es actor y director; mucha gente le recuerda de Aída. Y sus ojos, en mi universo, son casi un personaje propio, porque tienen canción aparte. Me gusta que se crucen las dos canciones: en una, sus ojos son lo verdadero frente a las lentillas del ex; en la otra, son la chispa que provoca una bronca de pareja. Los mismos ojos, dos funciones.

Esto me pasa mucho cuando escribo. Los famosos vuelven, como vuelven los vecinos en una comunidad. Paco León aparece en la canción de la dieta y en la de Carmina. Casanova aparece en la suya y en esta. Con el tiempo, mis letras se han convertido en una especie de urbanización de La que se avecina, donde los mismos personajes se cruzan en el portal.

La dieta del cucurrucho

El título, que es lo primero que se ve y lo último que se olvida, también es una carta. Una carta en forma de chiste.

«La dieta del cucurrucho» suena a libro de autoayuda de los que se venden en las estaciones de tren, al lado de las revistas del corazón. La dieta de la alcachofa, la dieta de la piña, la dieta del cucurrucho. Y el estribillo final lo remata con un juego de palabras que no voy a destripar entero, pero que tiene que ver con Paco, con León y con las cantidades.

Me hace mucha gracia ese registro: el de convertir el deseo en un régimen alimenticio. Como si el famoso fuera un helado que te puedes permitir una vez al año, en verano, sin culpa. Una dieta que no adelgaza nada, pero que alegra el ánimo.

Ese chiste es de los que escribo para que alguien lo repita en una cena. Para que una amiga le diga a otra: «Tía, yo estoy a la dieta del cucurrucho». Si eso pasa alguna vez, la carta habrá llegado a su destino, aunque no sea Paco León quien la lea.

Destino Chueca, destino Eurovisión

Casi al final, la canción suelta dos destinos seguidos, como los carteles de una estación: destino Chueca, destino Eurovisión. Y entre los dos cabe toda una educación sentimental marica española.

Ficha de la canción «La dieta del cucurrucho» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Chueca es el barrio. El sitio donde se ve pasar a la gente, donde se liga, donde se sale, donde se esconde uno a los dieciocho y donde se pasea a los cuarenta con la cabeza alta. Eurovisión es la otra cosa: la noche de mayo con el salón lleno de amigos, las banderitas, las quinielas, el grupo de WhatsApp ardiendo con cada actuación y alguien que siempre llora con la balada de un país del norte. Para muchos maricas de España, Eurovisión es más fiesta nacional que el 12 de octubre.

Meter los dos destinos en una canción sobre un crush famoso tiene su lógica. Los dos son escenarios donde la fantasía está permitida. En Chueca puedes mirar a un actor sin que nadie te juzgue. En Eurovisión puedes enamorarte de un artista moldavo durante tres minutos y olvidarlo en el siguiente anuncio. Son dos sitios donde el deseo no tiene consecuencias, donde se suspira en grupo y se va uno a casa con la sonrisa puesta.

Y la carta a Paco León vive exactamente ahí. En ese espacio de fantasía compartida y sin consecuencias. Por eso los dos destinos funcionan como el remite del sobre: desde Chueca, con destino a Eurovisión, pasando por una terraza donde un famoso tomaba un vermú y no me vio.

Me gusta pensar que la canción entera es un billete de ida a ese sitio. No a Sevilla, no a casa de Paco León. A ese lugar donde todos tenemos a alguien famoso que nos gusta, y donde decirlo en voz alta no le hace daño a nadie. Salvo, quizá, a la pareja que escucha desde la cocina.

Yo con un Rolex

Hacia el final, la canción da un giro que me gusta mucho, porque deja de hablarle a Paco León y vuelve a hablarle a la pareja. Le reprocha que él sí habría aprovechado la ocasión, con cualquiera de esos de los que no sabes ni el nombre, y suelta que algunos tenemos principios y valores.

Es un movimiento de cámara muy rápido: de la carta al famoso, a la bronca en casa. Y lo que hace es dejar claro que la fantasía con Paco León era eso, una fantasía. Que el narrador no aprovechó nada. Que miró, suspiró y se fue a casa. Y que el que de verdad aprovecha las ocasiones es el otro.

O sea, que la carta al famoso, al final, sirve para defenderse. Para decir: yo solo miré, tú hiciste. Es una coartada en forma de fan letter. Y me parece una manera muy honesta de contar algo que pasa en muchas parejas: que los celos se disparan por lo que no ha pasado, mientras lo que sí ha pasado se queda debajo de la alfombra.

La carta que me escribiría Paco León

Para cerrar, me permito una fantasía, que para eso estamos en una canción de fantasías. ¿Qué me contestaría Paco León si me escribiera?

No lo sé. Y no le voy a poner palabras en la boca, que eso sería saltarme la frontera de la que hablaba antes. Lo que sí puedo hacer es imaginar el sobre. Un sobre con matasellos de Sevilla, mi nombre escrito a mano, Miguel Ángel de León, y dentro... nada. Un papel en blanco. Porque las cartas a famosos no se contestan, y está bien que sea así. La gracia está en el envío.

La canción la tienes en la lista de singles y la letra completa en gayfolkplanet.com. Y si alguna vez ves a Paco León en Chueca, no le digas nada. Míralo varias veces, como hice yo. Y luego vete a casa a escribir una canción.

Preguntas frecuentes

¿Por qué aparece Paco León en «La dieta del cucurrucho»? Porque la canción incluye una carta en broma al actor: «Hola Paco León, soy Miguel Ángel de León, te vi varias veces en Chueca, qué pena tener pareja». Juega con el apellido compartido y con unos celos de pareja provocados por esa admiración.

¿Quién es Miguel Ángel de León? Es el nombre real de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Sus letras son suyas y están escritas sin inteligencia artificial; la música y las voces se hacen con herramientas de IA como Suno.

¿Qué otros famosos aparecen en sus canciones? Eduardo Casanova, con canción propia sobre sus ojos; Carmina Barrios, en «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios»; y referencias como La Veneno, Camela o Locomía en otras letras.

¿Dónde se puede leer la letra completa? En gayfolkplanet.com/letras/la-dieta-del-cucurrucho. La ficha está en mikesaintlouis.com/blog/la-dieta-del-cucurrucho.

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