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Deseo con wifi: el algoritmo como Celestina en «Me mola Zeus»

Las dos de la madrugada. La cara iluminada de azul. El pulgar que sube, sube, sube, y de repente se para. Ahí está otra vez. El mismo chico, con la misma cara de no haber dormido y los mismos cascos rotos. Y una frase que sale entre dientes, mitad queja y mitad declaración:

Zeus… me estás jodiendo el algoritmo.

Así abre «Me mola Zeus», y en esa primera línea ya hay un triángulo amoroso. Está el narrador. Está Zeus. Y está el tercero, el que nadie invita a la cena pero que lo organiza todo: el algoritmo.

En la ficha de la canción ya conté lo que me gusta de este crush de pantalla, los detalles mínimos, el café aguado, el estribillo que explota en mayúsculas. Aquí quiero hablar del tercero en discordia. De la máquina que decide a quién vas a mirar esta noche. Porque si lo piensas bien, la canción no va solo de un chico que te gusta. Va de quién te lo ha puesto delante.

Y en castellano tenemos una palabra antiquísima para eso. Celestina.

El escaparate que te elige a ti

Cuando yo era crío, el amor platónico se elegía. Ibas al quiosco, comprabas la Superpop o la Bravo, abrías el póster central con mucho cuidado para no romper las grapas y decidías quién iba a vivir en la pared de tu cuarto durante los próximos seis meses. A veces era Ricky Martin. A veces era el de la serie de la tele. A veces, si eras marica y aún no lo sabías, era la chica del grupo, porque te daba menos miedo pegarla con celo que confesarte que el que te gustaba era el chico.

El caso es que lo elegías tú. Con todas tus contradicciones, pero tú.

Ahora no. Ahora el póster te elige a ti. Abres la aplicación y la página del «para ti» ya ha decidido, con unas matemáticas que nadie entiende, qué cara te va a hacer parar el pulgar. Si te paras dos segundos, te pone otra parecida. Si te paras cinco, te pone al mismo. Si comentas, ya estás perdido. El escaparate aprende tus ganas más rápido que tú.

Yo tengo mi propia página de TikTok y sé de qué hablo, porque lo veo desde los dos lados: el de quien sube vídeos esperando que la máquina se los enseñe a alguien, y el de quien se queda mirando vídeos ajenos a horas en las que debería estar dormido. Algo conté en Lo que TikTok y los Shorts me enseñaron sobre las canciones. Lo que no conté ahí es lo que esa misma máquina hace con el deseo. Y eso es lo que hace «Me mola Zeus»: contarlo con la cara colorada.

Los cascos rotos

Antes de seguir con la Celestina, quiero pararme en un detalle de la primera estrofa que me parece de una precisión casi cruel. Zeus aparece con cara de no haber dormido y con unos cascos rotos. No con los AirPods último modelo. Rotos.

Hay toda una estética del deseo ahí. Durante años, lo que nos vendían como deseable era la perfección: el chico de la valla publicitaria de la Gran Vía, el torso depilado del anuncio de colonia, la sonrisa blanqueada del concursante de reality. Y de repente, la pantalla del móvil empieza a llenarse de otra cosa. Chavales despeinados grabándose en la cocina de un piso compartido, con ojeras, con la camiseta del revés, con unos cascos sujetos con cinta aislante. Y resulta que eso nos gusta más. Porque parece de verdad. Porque parece que podrías encontrártelo en el Carrefour Express de debajo de casa.

Es la paradoja del crush moderno. Cuanto más imperfecto, más cercano parece. Y cuanto más cercano parece, más duele que no te conteste. El póster de Ricky Martin nunca te iba a escribir, y lo sabías. El chico de los cascos rotos parece que sí podría. Está ahí, a un mensaje de distancia. Esa falsa cercanía es el anzuelo más fino que ha inventado nadie.

Y el narrador se lo traga con anzuelo y todo. Ve los cascos rotos y ya está metido, dice la letra. Ni una estrofa ha necesitado.

Me dijiste «no busco nada»

Hay un diálogo en la canción que podría estar en cualquier aplicación de ligar de este país:

Fotogramas del videoclip oficial de «Me mola Zeus», de Mike Sain't Louis
Me dijiste “no busco nada” / y yo dije “yo tampoco”

Esta frase debería venir con subtítulos, porque los dos están mintiendo y los dos lo saben. «No busco nada» es la fórmula de cortesía del ligoteo moderno, el equivalente digital de «ya te llamaré». Lo dice el que no quiere compromiso, el que acaba de salir de algo, el que tiene novio y no lo pone en el perfil. Y «yo tampoco» es lo que contesta el que busca muchísimo y no quiere parecer desesperado.

Me encanta esa mentira a dúo porque es muy nuestra. Llevamos tanto tiempo aprendiendo a no parecer intensos que hemos inventado un idioma entero para disimular. «Sin compromiso», «a ver qué surge», «fluir», «sin etiquetas». Todo para no decir la frase que de verdad nos da miedo, que es «me gustas mucho y no sé qué hacer con eso».

Y la canción lo desmonta en dos versos. Justo después del «yo tampoco», el narrador confiesa que lleva tres días sin comer, mirando los vídeos de Zeus con los ojos rojos. Ahí está la verdad. Lo de «no busco nada» duró lo que tarda en cargar el siguiente vídeo.

Autoparodia pura, que es mi deporte favorito. El «yo tampoco» más falso de la historia del pop.

Deseo con wifi y sin piedad

En el segundo estribillo hay una frase que para mí resume la época:

esto es deseo con wifi y sin piedad

Deseo con wifi. Me hace mucha gracia y me parece muy exacta. Porque el deseo de siempre, el de las novelas y las coplas, tenía obstáculos físicos: la distancia, la familia, la reja del balcón, el cura del pueblo. El deseo con wifi no tiene ninguno de esos. Lo tienes en la mano, a cualquier hora, en bucle, con el brillo al máximo. El único obstáculo es que la otra persona no sabe que existes.

Y aquí entra la Celestina. En la obra de Fernando de Rojas, la vieja alcahueta es la que mueve los hilos entre Calisto y Melibea: lleva mensajes, prepara encuentros, cobra por ello y, sobre todo, entiende el deseo de los demás mejor que ellos mismos. Pues eso es el algoritmo. Una Celestina sin manto y sin hilado, que no cobra en cadenas de oro sino en minutos de tu atención. Te conoce. Sabe lo que te gusta antes de que lo admitas. Y te lo trae a casa, una y otra vez, sin piedad.

Lo de «sin piedad» es la clave. La Celestina de Rojas, al menos, tenía sus propios intereses y sus propios miedos. La del móvil no se cansa nunca. No te dice «ya está bien, vete a dormir». Te pone otro vídeo de Zeus. Y otro. Y otro con los cascos rotos desde otro ángulo.

Lo que tiene de cómico es que el narrador lo sabe y aun así se deja. «Me mola». La frase que da título a la canción es la rendición total ante la alcahueta. Sé que me estás manipulando. Sé que esto no es amor, es estadística. Y me da igual. Me mola.

Un café aguado

Pero la canción no se queda en la pantalla. Hay un momento en que el narrador imagina, o recuerda, o se inventa, una cita:

Mike Sain't Louis como pegatina sobre una página de cuaderno con papeles rasgados, con el verso «me hiciste un café aguado y fue la mejor cita de la semana» de «Me mola Zeus»
me hiciste un café aguado / y fue la mejor cita de la semana

No sé si ese café existió dentro de la historia de la canción, y creo que da igual. Lo importante es la escala. Un café aguado. No una cena en un restaurante con estrella Michelin, no una escapada a París. Un café malo, hecho con desgana, probablemente en una cafetera de cápsulas que alguien no ha limpiado desde 2019. Y aun así, la mejor cita de la semana.

Eso es el enamoramiento, en el fondo. Una máquina de agrandar cosas pequeñas. El que te gusta no sabe bailar y tú le sigues igual. Dice que odia el drama y lo pillas llorando con Lana Del Rey. Te hace un café infame y tú lo guardas en la memoria como si fuera un Grand Cru.

Tengo debilidad por los cafés en las canciones, por lo visto. En «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería» también hay un café que lo cambia todo, aunque allí el narrador se pone tan colorado que no se lo toma. Son dos flechazos imposibles con taza de por medio. A lo mejor debería escribir una trilogía del café. Me lo apunto, que me lo pide el cuerpo, aunque igual me lo pide la cafeína.

Me rompe y me mola

El estribillo de la canción va todo en mayúsculas en la letra publicada, y tiene sentido: es un grito. Me mola y me rompe, y vuelta a empezar. No hay matiz posible. Es la parte del enamoramiento en la que ya has dejado de razonar.

Y me gusta mucho que la canción admita que le hace daño y que le da igual. Me rompe y me mola. Eso es muy honesto. Hay una tendencia a contar los amores platónicos como si fueran inocentes, cosas de adolescentes, bobadas sin consecuencias. Y no. Un crush de pantalla puede quitarte el sueño, el apetito y la concentración durante semanas. Puede hacerte sentir ridículo. Puede hacerte mirar el móvil cuarenta veces por hora esperando un «me gusta» que nunca llega.

En «El segundo exacto» conté lo que duele ver veinte estados de WhatsApp sin un solo «me gusta». El narrador de «Me mola Zeus» está en el mismo planeta, solo que mirando hacia el otro lado: él es quien da los «me gusta» y el otro no se entera.

Y luego está la línea final, la de «me va a matar». Exageración de pista, claro. Nadie se muere de un crush de TikTok. Pero sí te puede dejar unos días hecho polvo. Lo digo en serio por un segundo: si un crush te está quitando el sueño de verdad o las ganas de comer, cierra la aplicación un rato, sal a la calle, llama a alguien de carne y hueso. La canción lo exagera para que te rías. Tú no tienes por qué vivirlo así.

Ya está. Vuelvo al chiste.

Me mola, dicho en madrileño

Una cosa sobre el título, que no es casualidad lingüística. «Me mola» es una de esas expresiones que suenan a Madrid de toda la vida, a patio de colegio de los noventa, a chaval de barrio que no va a decir «me gusta» porque «me gusta» es de cursis. Me mola es más corto, más seco, más de calle. Sirve para unas zapatillas, para un grupo de música y para un chico. Todo con el mismo tono.

Collage con un detalle de la carátula de «Me mola Zeus» y las carátulas de «Me he enamorado de un policía que es dueño de una lavandería», «El segundo exacto», «He creado un novio con inteligencia artificial», «Almodóvar»

Y eso tiene su gracia en una canción sobre un crush, porque «me mola» es una forma de quitarle importancia a lo que te importa muchísimo. No dices «estoy enamorado», que sería una catástrofe. Dices «me mola», como quien comenta unas deportivas en un escaparate. Es otra versión del «no busco nada»: el idioma de barrio también sirve para disimular.

Lo bonito es que el estribillo lo repite tantas veces y tan alto que el disimulo se rompe. Una vez, «me mola» es casual. Doce veces seguidas y en mayúsculas, ya es una confesión en toda regla. La palabra pequeña, a fuerza de gritarla, se hace grande. Me pasa mucho en las letras: cojo una expresión de las que se dicen sin pensar y la estiro hasta que deja ver lo que llevaba dentro.

Al lado, por cierto, conviven «crush», «para ti», «wifi», «TikTok». El español de barrio y el inglés del móvil en la misma frase, que es exactamente como se habla hoy en cualquier terraza de Lavapiés. No lo corrijo. Es el idioma del deseo de esta década, y si dentro de veinte años suena antiguo, mejor: será un documento.

Zeus, el dios que no contesta

¿Por qué Zeus? Pues porque es un nombre que viene con mitología incluida, y la mitología le sienta de maravilla a un crush.

Zeus, el de los griegos, era el dios que bajaba del Olimpo disfrazado de lo que hiciera falta para seducir a quien le gustaba. De cisne, de toro, de lluvia de oro. Un ligón de manual con superpoderes. Y en la canción el nombre se le queda a un chico que aparece en la pantalla con cara de no haber dormido. Me hace gracia la distancia entre las dos cosas: el rey de los dioses y un chaval con los cascos rotos.

Pero tiene sentido. Porque el crush convierte en dios a cualquiera. Le pones un altar en el móvil, le dedicas horas de contemplación, interpretas sus silencios como señales. Haces exactamente lo que hacían los antiguos con sus dioses: hablarles sin esperar respuesta.

Zeus Vargas, por cierto, es un personaje. El nombre completo aparece en el estribillo, pero como todos los nombres de mis letras, es inventado. Ni lo busques. No hay nadie al otro lado. O sí, pero no es ese.

Y la canción le da a ese dios la menos divina de las cualidades: no sabe bailar. Me parece el mejor detalle de la letra. El dios no sabe bailar, lleva las manos en los bolsillos, y tú le sigues igual. Bajar al dios de su pedestal sin dejar de adorarlo. Eso sí que es amor.

Cuando la máquina conoce tus ganas

Ahora el giro serio, que en esta canción no está en la letra pero sí está debajo.

El algoritmo que te pone delante a Zeus sabe cosas de ti. Sabe a quién miras, cuánto tiempo, a qué horas. Y para mucha gente joven eso ha tenido un efecto que nadie había previsto: el móvil les ha dicho que eran gays antes de que ellos se lo dijeran a sí mismos. Abrían la aplicación y la página del «para ti» estaba llena de chicos. Y se quedaban mirando la pantalla pensando: ¿por qué me enseña esto? ¿Qué sabe de mí?

Hay algo inquietante en eso, claro. Que una máquina te lea por dentro. Pero también hay algo que, para un chaval de un pueblo pequeño sin nadie con quien hablar, puede ser casi un regalo: descubrir que hay miles de chicos como él, bailando mal, llorando con Lana, haciendo cafés aguados. Que no está solo. A mí me habría venido bien esa alcahueta a los catorce.

La relación entre la inteligencia artificial y el deseo me interesa mucho, y no solo en esta canción. En «He creado un novio con inteligencia artificial» la máquina ya no te presenta a nadie: te fabrica al novio entero. Y en La IA no tiene exnovios cuento por qué, aunque yo haga la música y las voces de mis canciones con herramientas de inteligencia artificial, las letras salen de una vida con exnovios de verdad. Son tres caras del mismo tema. La máquina como alcahueta, como fábrica de novios y como herramienta de trabajo.

Pista 17, entre Almodóvar y Noemí Argüelles

En la lista de singles de Planeta Gayfolk, «Me mola Zeus» ocupa la pista 17 de 273. Pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK.

Ficha de la canción «Me mola Zeus» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Justo antes está «Almodóvar», con su melodrama más pesado que un Goya. Justo después, «Noemí Argüelles va ganando en las encuestas». Del cine de autor al crush de TikTok y de ahí a unas elecciones inventadas. Si alguien quiere un retrato de cómo funciona mi cabeza, que escuche esas tres seguidas.

Y hay otra canción mía que conversa con esta desde el otro lado de la pantalla: «I want to be a TikTok star», donde el que quiere que el algoritmo le elija es el narrador. Ponlas juntas y tienes las dos caras de la misma moneda. En una, rezas para que la máquina te enseñe al mundo. En la otra, la máquina te enseña a un chico y tú ya no puedes dejar de mirar. Al final, todos estamos en el escaparate de alguien, con los cascos rotos o con el pelo recién planchado, esperando que un pulgar se pare dos segundos sobre nuestra cara.

Me gusta que esta canción esté en el disco de la liberación. Porque hay algo liberador en admitir que te mola alguien sin pedir perdón, aunque sea alguien de una pantalla, aunque no te conozca, aunque sea absurdo. El estribillo lo grita con toda la cara, sin disimulo, con mayúsculas. Y eso, después de tantos años de mirar a escondidas, es una pequeña fiesta.

Para quien lleva tres días mirando el mismo perfil

Si estás leyendo esto con el móvil en la mano y en otra pestaña tienes abierto el perfil de alguien que no te hace caso, esta canción es tuya. No te juzgo. He estado ahí. Todos hemos estado ahí, con los ojos rojos a las dos de la mañana, inventándonos un café aguado.

Lo que te propongo es lo que propone la canción: no te escondas. Admite que te mola. Grítalo en la cocina. Ponte la canción a todo volumen y baila aunque él no sepa, que ya es más de lo que él hace. Y luego, cuando se te pase, que se te pasará, vuelve a ser dueño de tu pulgar.

Y si te sirve de consuelo: el chico que te tiene así probablemente también tiene su propio Zeus. Alguien que no le contesta, alguien a quien mira a las dos de la mañana con los ojos rojos. Es una cadena larguísima de gente mirando a gente que no mira. Visto así, casi da ternura. Somos un país entero de enamorados de pantalla haciéndonos los fríos.

La Celestina del bolsillo seguirá ahí, poniéndote caras nuevas. Que te las ponga. Tú decides cuánto rato te quedas mirando.

Y si alguna vez te escribe Zeus, que lo dudo, cuéntamelo. Pero sin capturas. Que luego me lo pone el algoritmo a mí.

Preguntas frecuentes

¿Quién es Zeus Vargas? Un personaje inventado, como todos los nombres de mis letras. Es el chico que el algoritmo le pone delante al narrador una y otra vez.

¿De qué trata «Me mola Zeus»? De un crush de TikTok y del algoritmo que lo alimenta. El narrador sabe que la máquina le está enganchando y aun así se rinde: le mola.

¿Quién escribió «Me mola Zeus»? La letra es mía. Soy letrista, compositor y productor musical. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿En qué disco está? Forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía GAYFOLK, y ocupa la pista 17 de los 273 singles.

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