
Por Mike Sain't Louis ·
Del chulapo al chulito: el Madrid castizo y mis letras
«Ese chulito me gusta demasiado.»
Así empieza «Ese chulito», una canción del primer disco de la trilogía GAYFOLK sobre las mariposas en el estómago. Es una canción de reguetón con perreo, carnet de conducir y control de la Guardia Civil. No tiene nada de zarzuela (la letra completa está en gayfolkplanet.com). Y sin embargo, en su primera palabra importante, «chulito», hay doscientos años de Madrid.
Porque el chulito es el nieto del chulapo. El que se pone la gorra de cuadros y el clavel en la solapa cada 15 de mayo. El que baila el chotis sin salirse de un ladrillo. El que en los sainetes del siglo XIX entraba en escena con las manos en los bolsillos del chaleco y una frase cortante preparada.
Este texto no va de mi Madrid, ni de mis calles, ni de los bares donde pasan cosas en mis letras. De eso ya escribí. Va de otra cosa: del Madrid castizo, el de las verbenas, la zarzuela y el chotis, y de cómo se cuela en canciones que en apariencia no tienen nada que ver con él. Va de palabras, de personajes y de una tradición que, mirada de cerca, siempre tuvo mucho de pose, de vestuario y de exageración. Es decir, mucho de lo que hoy llamaríamos pluma.
El chulapo, la chulapa y el chulito
Empiezo por el traje, porque lo castizo entra por los ojos.
El chulapo madrileño lleva gorra de cuadros, la parpusa, chaleco ajustado, pantalón estrecho, pañuelo blanco al cuello y un clavel. La chulapa lleva vestido entallado, pañuelo blanco en la cabeza, clavel rojo en el pelo y, si la ocasión lo merece, mantón de Manila. Es el uniforme de San Isidro y de las verbenas de agosto, y es un disfraz que nadie se pone para pasar desapercibido.
La palabra viene de «chulo». Y «chulo» en Madrid tiene dos caras que a mí me fascinan. Por un lado es el que va de sobrado, el que se cree más que nadie, el que te contesta con chulería. Por otro, «¡qué chulo!» es lo que dices de algo bonito, de una camisa, de un piso, de un plan. La misma palabra sirve para el defecto y para el piropo.
En «Ese chulito» las dos caras están juntas. El chulito es alguien que gusta demasiado, que no deja dormir, que tiene una sonrisa que marea. Es un piropo. Pero el diminutivo y el tono también dicen que es un poco chulo de los de antes: alguien que se sabe guapo, que lo luce y que no pide permiso. Lo castizo nunca fue humilde.
Me hace gracia pensar que una canción de perreo, con su «que empiece el bailoteo», use para nombrar al chico que gusta la misma raíz que el personaje que bailaba chotis en la pradera. Cambia la música. No cambia la manera de plantarse.
Majos, majas y «qué majo parece»
Antes del chulapo estuvieron los majos y las majas.
En el Madrid del siglo XVIII, los majos eran los jóvenes de los barrios populares que se vestían con ostentación, presumían de castizos y miraban por encima del hombro a los afrancesados de la corte. Goya los pintó una y otra vez en sus cartones para tapices. Y dos de sus cuadros más famosos, que hoy cuelgan en el Prado, se llaman precisamente «La maja desnuda» y «La maja vestida».
Con los siglos, «majo» se ha ablandado. Hoy un chico majo es un chico simpático, agradable, buena gente. Ya no es el chulo del barrio, sino el vecino que te sube la compra.
Y precisamente esa palabra blanda aparece en la presentación de «El canario que miente», dedicada a quienes se esconden detrás de una sonrisa y de un «qué majo parece». Ahí lo majo vuelve a tener doble fondo. El que parece majo puede ser el que más miente. Es como si la palabra recordara sus orígenes: el majo del siglo XVIII también era, ante todo, una fachada bien vestida.
Lo castizo madrileño siempre ha jugado con la apariencia. El majo, el chulapo, la maja y la chulapa se definían por cómo se presentaban ante los demás. Y eso, para alguien que escribe sobre impostores con careta, es material de primera.
San Isidro en la pradera
El 15 de mayo es San Isidro, el patrón de Madrid. Y ese día, desde hace siglos, la ciudad sale a la pradera que hay junto a la ermita del santo, al otro lado del Manzanares.

Goya también la pintó. «La pradera de San Isidro», de 1788, es un cuadro pequeño y lleno de gente: grupos de majos y majas sentados en la hierba, sombrillas, carruajes, y Madrid al fondo, con sus cúpulas y su palacio. Es casi una foto de un día de picnic multitudinario.
La fiesta de hoy no es tan distinta. Hay chulapos y chulapas bailando chotis al son del organillo, y puestos de limonada y de rosquillas. Las rosquillas de San Isidro tienen nombres que parecen insultos cariñosos: las tontas, que van sin baño, y las listas, que llevan una capa de azúcar. Me parece una de las cosas más madrileñas que existen: ponerle carácter a un dulce. Ser tonta o lista según lo que lleves encima.
En mis letras no hay pradera, pero sí hay una costumbre muy de San Isidro: celebrar en grupo lo que en teoría debería doler. En «Un puñetazo al día», alguien celebra un entierro en Madrid con su mejor amigo, en un antro por el que parece que no ha pasado el tiempo, con una corona de flores en el maletero del coche. Lo que se entierra es un exmarido y los años que robó. Y uno de los amigos, por cierto, se llama Isidro, como el santo. Un personaje de ficción con nombre de patrón, en una fiesta que convierte la pena en romería.
Las verbenas de agosto
Cuando Madrid se vacía en agosto, los barrios del centro se llenan. Es el mes de las verbenas castizas: San Cayetano, San Lorenzo y la Virgen de la Paloma, en las calles de Lavapiés, el Rastro y La Latina.
Son fiestas de calle estrecha, de farolillos colgados de balcón a balcón, de organillo y de chotis, de gallinejas y de limonada. Y de mucho calor. Una verbena de agosto en Madrid es una fiesta que se celebra a pesar del tiempo, casi contra él.
Me gusta la idea de la verbena como fiesta del que se queda. Quien tiene dinero y casa en la playa se va. Quien no, baila en la calle de su barrio. En mis letras hay mucho de eso: fiestas que no son las que se habían soñado, planes que se quedan cortos, playas que no se pisan. La verbena es la fiesta posible, la que tienes a mano. Y a veces es la mejor.
También es la fiesta del día siguiente. Porque toda verbena tiene su resaca, y los barrios amanecen con vasos de plástico en el suelo. En mis canciones las mañanas de después salen más que las noches de antes. Eso también es muy de verbena: la fiesta se cuenta mejor cuando ya ha pasado.
¿Dónde vas con mantón de Manila?
La verbena más famosa de todas no está en la calle, sino en un escenario. «La verbena de la Paloma», zarzuela de 1894 con música de Tomás Bretón y libreto de Ricardo de la Vega, es probablemente la obra más castiza de todo el repertorio.

Su argumento es pequeño, como corresponde al género chico. Julián, un cajista de imprenta, está celoso porque su novia Susana se va a la verbena con un boticario viejo, don Hilarión. Hay discusiones, hay una tía que mete cizaña, hay guardias, y hay un final feliz. Y hay la frase que medio Madrid sabe de memoria: dónde vas con mantón de Manila, dónde vas con vestido chiné.
Lo que me interesa de esa zarzuela es que su motor son los celos. Todo el castizo de la verbena, todo el color y el chotis, está al servicio de una escena de celos de barrio. Y los celos son un tema que también recorre mis letras.
En «La dieta del cucurrucho», una pareja lleva dos años sin ataques de celos y de repente todo estalla por un comentario sobre los ojos de un actor y el atractivo de otro. Es exactamente el mecanismo de «La verbena de la Paloma»: una pareja tranquila, una tercera figura que aparece, y un escándalo que se monta en un momento. Cambia el escenario: en vez de una calle de La Latina, una habitación. Cambia el objeto de los celos: en vez de un boticario con dinero, dos famosos de la tele y el cine. Pero el numerito es el mismo. Y en las dos historias el numerito tiene mucho de comedia.
El chotis en un ladrillo
El chotis es el baile de Madrid, aunque no nació aquí. Viene de una danza centroeuropea, el schottische, que se puso de moda en los salones europeos del siglo XIX y llegó a Madrid en esa época. Aquí se volvió otra cosa: un baile lento, agarrado, que se baila en pareja y casi sin moverse del sitio.
Lo más famoso del chotis es que el hombre, según la tradición, baila sobre un ladrillo. Gira sobre sí mismo, apenas desplazándose, mientras la mujer da vueltas a su alrededor. Es un baile en el que uno se queda quieto y la otra se mueve.
Esa coreografía se ha leído muchas veces como un retrato de la pareja tradicional: él en el centro, plantado, y ella orbitando. Y cuando lo pienso desde el planeta Gayfolk, me hace preguntarme qué pasa cuando las dos personas que bailan son dos hombres. ¿Quién se queda en el ladrillo? ¿Quién gira? ¿Hace falta que alguien se quede quieto?
Mis canciones no responden a eso con un chotis, sino con otros bailes. En «Ese chulito» lo que empieza es el bailoteo y el perreo. En «La vecina cotilla», alguien se pone la canción imaginando que baila despacito con el vecino de enfrente. Son bailes en los que nadie se queda en el ladrillo. Pero me gusta pensar que comparten algo con el chotis: son bailes agarrados, de pareja, en los que el sitio importa menos que la persona con la que bailas.
La corrala y la vecina cotilla
Si hay una arquitectura castiza por excelencia, es la corrala: un edificio de viviendas pequeñas que dan a un patio interior a través de largos corredores con barandilla. En Lavapiés todavía quedan unas cuantas. Es una casa donde todo el mundo ve lo que hacen los demás.
La zarzuela convirtió la corrala en escenario. «La Revoltosa», de 1897, con música de Ruperto Chapí y libreto de José López Silva y Carlos Fernández Shaw, transcurre en un patio de vecinos de Madrid. Mari Pepa, la revoltosa del título, trae de cabeza a todos los hombres del patio, y las vecinas vigilan, comentan y conspiran. Felipe, el chulapo enamorado, finge que no le importa. Toda la obra es un juego de miradas entre ventanas y corredores.
Mi «La vecina cotilla» es una corrala sin corrala. Alguien espía al vecino de enfrente: lo ve hacer deporte con sus shorts cortitos, asomarse a la ventana, ponerse el pijama. Y acaba aceptando su papel: me he convertido en la vecina cotilla. Es la figura de la vecina que mira desde el corredor en «La Revoltosa», pero con el deseo cambiado de sitio. Aquí la que espía no vigila la moral del barrio. Vigila al chico guapo. Y lo confiesa con mucha gracia.
La corrala era el lugar donde no había intimidad posible. Para muchas personas LGTBI, durante décadas, el barrio fue justo eso: un sitio donde todo el mundo miraba. Me gusta que mi vecina cotilla le dé la vuelta a esa mirada. Ya no es la mirada que juzga, sino la que desea.
El paleto que llega a Madrid
Uno de los personajes fijos del teatro castizo es el paleto: el hombre de pueblo que llega a Madrid y no entiende nada. Se pierde, se deja engañar, se escandaliza de las costumbres de la capital y acaba siendo el blanco de las bromas de los chulapos. El cine lo llevó a su versión más popular con «La ciudad no es para mí», la película de 1966 que protagonizó Paco Martínez Soria.

En mis letras también hay un paleto, pero no es el que llega de fuera. Es el que se molesta.
En «Tan paleto», y en su versión hermana «Tan cateto», alguien se encuentra con una persona a la que le molesta ver a dos hombres de la mano, a la que le molesta que el novio sea africano, a la que le molesta que sus hijos vean un beso. Y la respuesta de la canción es la pregunta que da título al tema: cómo puede ser usted tan cateto, cómo puede ser usted tan paleto.
Aquí hay un giro sobre la tradición que me encanta. En el sainete, el paleto era el de fuera, el que no conocía la ciudad. En mi canción, el paleto es el que no conoce el mundo. Puede haber nacido en pleno centro y ser un paleto igual. Ser paleto ya no es una cuestión de dónde vienes, sino de lo pequeña que tienes la cabeza. Y eso, curiosamente, es muy castizo: la burla del chulapo madrileño al que no se entera, solo que ahora dirigida contra el que no tolera.
Arniches y el habla que se inventó en el escenario
Hay una idea muy repetida sobre el castizo madrileño que me parece preciosa: que buena parte de esa forma de hablar se fijó en el escenario y desde allí pasó a la calle.
Carlos Arniches, el gran autor de sainetes madrileños de finales del siglo XIX y principios del XX, llenó sus obras de chulapos y chulapas que hablaban con un desparpajo exagerado, con sus giros, sus diminutivos y sus frases hechas. Se suele decir que el público acabó imitando a sus personajes, y que muchos madrileños empezaron a hablar como hablaban los madrileños de Arniches. El teatro no solo copiaba el habla de la ciudad: también la empujaba.
Me gusta esa idea porque dice que lo castizo es, en parte, una actuación. Que el chulapo es un personaje que la gente decidió interpretar. Y eso lo acerca mucho a la cultura queer, donde actuar, exagerar y vestirse para un papel son formas de decir quién eres.
En mis letras hay mucho de ese hablar exagerado de barrio. «Hoy estoy contentillo, estoy con el puntillo», en «El anillo de casado», con sus dos diminutivos encadenados. «Ni de coña», en «Bareback», seguido de un «mi niño» que es puro cariño con retintín. El «pringado» de «Buscando el polvo perfecto». El «¡Patán!» con el que remata la primera estrofa de «La música me está salvando». Son palabras que no habría escrito Arniches, pero que salen de la misma escuela: la del insulto con gracia y la respuesta rápida.
Mola y flipar: el castizo de ahora
El castizo no es una pieza de museo. Sigue cambiando, y hoy tiene palabras que el chulapo de 1900 no habría entendido.

«Mola», por ejemplo. En «Me mola Zeus» la palabra se convierte en grito de estribillo, en mayúsculas. En «Que te mola el cruising» aparece en el título, pegada a una palabra inglesa. Y en esa misma canción aparece algo todavía más madrileño de ahora: «Yo estoy fliping». El verbo castizo «flipar» con terminación inglesa, como si alguien de Lavapiés hubiera pasado un verano en Londres y volviera hablando así.
Eso también es castizo. El castizo siempre ha absorbido lo que llegaba de fuera y lo ha hecho suyo. El chotis vino de Centroeuropa y acabó siendo el baile más madrileño. El mantón de Manila, como dice su nombre, llegó por la ruta de Filipinas, aunque muchos venían de China. El «fliping» de mi canción es lo mismo a pequeña escala: una palabra de fuera que se queda a vivir en la frase de un madrileño.
Y luego están las palabras de siempre que siguen ahí. El «pavo» que aparece en la cama una mañana de resaca. El «tío» que se usa para cualquier hombre. El «tía» con el que una amiga te dice que tienes mala cara. Palabras que no se aprenden en ningún libro, solo en la calle.
Chueca era un músico
Hay un dato que siempre me ha parecido una pequeña broma de la historia.
El barrio gay de Madrid se llama Chueca por la plaza de Chueca. Y la plaza de Chueca se llama así por Federico Chueca, un compositor madrileño del siglo XIX, uno de los grandes nombres del género chico. Su obra más famosa es «La Gran Vía», una revista de 1886 escrita con Joaquín Valverde, en la que las calles de Madrid aparecen convertidas en personajes que hablan y bailan.
Es decir: el barrio que se convirtió en el centro de la vida LGTBI de Madrid lleva el nombre de un músico de zarzuela. El castizo y lo queer comparten dirección postal. Cada vez que alguien dice «quedamos en Chueca», está nombrando sin saberlo a un compositor de chotis y pasacalles.
En mis letras, Madrid aparece muchas veces como el sitio donde se esconden ciertas cosas. En «El anillo de casado», una pareja busca por la ciudad hostales discretos. Me gusta pensar que esa pareja, si saliera de un hostal de la zona, pasaría por la plaza que lleva el nombre de un compositor que llenó Madrid de calles que hablaban.
Lo castizo también es nuestro
Llego al final con una idea que llevo dando vueltas desde el principio.
Lo castizo madrileño se suele presentar como algo tradicional, conservador incluso. El traje, el chotis, la zarzuela, la verbena, la Virgen de la Paloma. Parece el mundo de los abuelos. Pero si se mira de cerca, lo castizo está hecho de cosas que a la cultura queer le resultan muy familiares.
Está hecho de vestuario: nadie va de chulapo por comodidad. Está hecho de pose: el chulo, el majo y la chulapa se definen por cómo se plantan. Está hecho de exageración: la frase rápida, el desplante, el piropo que es casi un insulto y el insulto que es casi un piropo. Está hecho de actuación: el habla que salió del escenario y que la gente decidió imitar. Y está hecho de fiesta en la calle, en el barrio, entre vecinos que se miran demasiado.
Por eso no me parece raro que en una canción de perreo aparezca un chulito, que en una canción de deseo aparezca la vecina de la corrala o que en una canción contra la homofobia aparezca el paleto de los sainetes. Lo castizo no se queda en la pradera. Se cuela en cualquier sitio donde alguien se pone guapo, se planta y contesta.
Y si algún 15 de mayo veis a un chulapo con la gorra un poco más ladeada de lo normal y el clavel un poco más rojo, no os extrañéis. Puede que solo esté siendo muy castizo.
Preguntas frecuentes
¿Qué canciones de Mike Sain't Louis tienen que ver con el Madrid castizo? Entre otras, «Ese chulito», «La vecina cotilla», «Tan paleto», «Tan cateto», «La dieta del cucurrucho», «Un puñetazo al día», «El anillo de casado», «Me mola Zeus» y «Que te mola el cruising». Ninguna es un chotis, pero todas usan palabras, personajes o situaciones del castizo.
¿Qué relación hay entre «chulito» y «chulapo»? Las dos palabras salen de «chulo», que en Madrid sirve tanto para el que va de sobrado como para decir que algo es bonito. El chulapo es el personaje tradicional de las verbenas, y el chulito de la canción es su versión de ahora.
¿Por qué el barrio de Chueca se llama así? Por la plaza de Chueca, dedicada al compositor madrileño Federico Chueca, autor de zarzuelas del género chico como «La Gran Vía», escrita con Joaquín Valverde en 1886.
¿Quién escribe estas canciones? Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, que se presenta como el primer cantautor IA. La música y las voces de sus canciones se hacen con inteligencia artificial.