
By Mike Sain't Louis ·
Unos labios rojos sobre los tejados, un vinilo que arde y unos tacones sobre los discos rotos: los labios de Planeta Gayfolk
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Una boca es muchas cosas a la vez. Es por donde comemos y por donde respiramos cuando la nariz no basta. Es por donde besamos. Es por donde sale la risa, el grito, el suspiro, el insulto, la declaración de amor y la mentira. Es la puerta por la que el mundo de dentro sale al mundo de fuera. Y también es lo primero que alguien intenta cerrar cuando no quiere oír lo que tienes que decir.
Cállate. Baja la voz. No es para tanto. No hables de eso delante de la gente. Cuántas veces hemos oído frases así, dirigidas a nuestra boca, como si fuera un grifo que hay que cortar. Y cuántas veces hemos acabado cerrándola nosotros mismos, sin que nadie nos lo pida, por pura costumbre de no molestar.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). En Planeta Gayfolk hay un cielo lleno de bocas. Bocas que no piden permiso, que flotan sobre los tejados y las catedrales, que brillan como caramelos al atardecer. Hoy quiero enseñártelas. Mi guía es «La Boca», una pieza del tercer disco de la trilogía, el de la liberación.
La guía: una pieza para abrir la boca
El videoclip de «La Boca» se publicó en YouTube el jueves 23 de octubre de 2025. Dura dos minutos y cincuenta segundos, y en el recuento de 276 piezas audiovisuales del planeta ocupa el número 44. Pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk, el que habla de soltar cadenas y de recuperar lo que te quitaron.
Lo puedes ver, con todos sus hermanos, en el canal del planeta. Es un vídeo de contrastes: tejados al anochecer y fiestas alrededor de una hoguera, bocas gigantes en el cielo y manos que sostienen discos de vinilo, chispas de fuegos artificiales y patios de piedra. Lo une todo una idea muy simple: la boca como bandera.
Unos labios rojos sobre los tejados
El vídeo empieza con una imagen que parece sacada de un cuadro surrealista. Es la hora azul, ese momento justo después de la puesta de sol en el que el cielo se pone lila y las casas se vuelven siluetas. Vemos unos tejados de teja oscura, una chimenea, la esquina de una buhardilla. Y encima, flotando en el aire como una luna, hay unos labios rojos enormes.

Son unos labios carnosos, pintados de un rojo brillante, entreabiertos, con un reflejo de luz en el labio de abajo. No tienen cara alrededor, ni cuerpo, ni nada que los sujete. Flotan sobre el barrio como si se hubieran escapado de una boca y hubieran salido volando por la ventana.
Me encanta empezar por ahí. Esa boca suelta sobre los tejados es la imagen de alguien que, por fin, ha dejado salir lo que llevaba dentro. Ya no cabe en una cara. Ya no cabe en una casa. Ha subido al cielo para que todo el barrio la vea.
La hora azul y los tejados dormidos
Los tejados merecen una mirada aparte. Son tejados de barrio, de casas de dos o tres plantas, con tejas viejas, alguna chimenea de ladrillo y antenas que nadie ha quitado. Debajo de esos tejados hay cocinas, dormitorios, salones con la tele encendida. Hay familias cenando, parejas discutiendo en voz baja, alguien llorando en un baño con el grifo abierto para que no se le oiga.
Los tejados son la tapa de todas esas vidas. Lo que pasa debajo no se ve desde la calle. Y precisamente por eso me gusta tanto que la boca flote encima: es como si alguien hubiera levantado la tapa y hubiera dejado salir la voz que estaba atrapada dentro.
En otro plano de la misma serie aparecen casas con buhardillas y una torrecilla puntiaguda bajo un cielo turquesa, con nubes rosas. En una de las ventanas brilla algo morado. Es un barrio de cuento, pero de cuento con secretos.
Bocas sobre la ciudad al atardecer
Más adelante, el cielo se llena de bocas. Ya no es una: son decenas, quizá veinte, labios rosados y brillantes repartidos por el aire como globos, todos entreabiertos, todos relucientes, como si acabaran de ponerse brillo. Debajo se extiende una ciudad enorme vista desde arriba, con rascacielos, avenidas y miles de ventanas, y al fondo el sol se pone sobre el horizonte en una franja naranja.

Es una de las imágenes más bonitas del vídeo. Hay algo de lluvia de estrellas en esas bocas, algo de bandada de pájaros, algo de manifestación. Cada boca podría ser una persona que, en esa ciudad, ha decidido hablar. Que ha decidido contar su versión. Que ha decidido no callarse más.
Me imagino que son las bocas de toda la gente que alguna vez tuvo que esconderse. Las que no podían decir con quién dormían, a quién querían, qué les había pasado. Ahí están, todas juntas, sobre la ciudad, brillando al atardecer.
Bocas entre las torres de una catedral
En otro momento las bocas flotan sobre una ciudad antigua, con dos torres góticas de piedra que apuntan al cielo nublado. Las bocas, ahora de un rosa más claro, se reparten entre las agujas de la catedral y los tejados de pizarra, unas grandes y cercanas, otras pequeñas y lejanas, como si se estuvieran acercando desde el horizonte.
La catedral es la boca oficial de muchas ciudades: el sitio desde el que durante siglos se dijo lo que estaba bien y lo que estaba mal, lo que se podía amar y lo que no. Ver a nuestras bocas flotando alrededor de sus torres tiene algo de pequeña revancha. No para destruir nada, sino para decir que ya no hay un solo púlpito. Que ahora hablamos todos.
Una boca en primer plano
Hay un plano en el que la cámara se acerca tanto que la pantalla entera es una boca. Unos labios rosas, gruesos, cubiertos de brillo, entreabiertos, con los dientes blancos asomando. Se ve cada pliegue de la piel, cada reflejo de luz. No hay nada más en la imagen: ni ojos, ni nariz, ni fondo.
Ese plano es casi incómodo de lo cercano. Nos obliga a mirar una boca como pocas veces la miramos: de verdad, sin distracciones. Y nos recuerda que la boca es carne, que es frágil, que tiembla, que se agrieta con el frío. Detrás de cada palabra que decimos hay un músculo que se mueve, unos labios que se separan, un aliento que sale.
Cuando estás muy asustado, la boca se seca. Lo sé bien. Durante años me pasó cada vez que tenía que decir algo importante. Mirar esa boca enorme y brillante me recuerda que también se puede hablar con la boca húmeda, tranquila, abierta.
Una boca roja en un balcón de flores
Hay una escena que parece de verbena de barrio. Un balcón de hierro forjado en una fachada vieja, con las contraventanas de madera medio caídas y la pintura desconchada. Del balcón asoma una figura con una corona enorme de flores, rosas blancas y rosas, margaritas, hojas verdes, y lo único que destaca de su cara son los labios, pintados de un rojo intensísimo.
Es la boca de las fiestas de pueblo, la de las romerías y las cruces de mayo, la de las mujeres que se asomaban al balcón para ver pasar la procesión. Pero también es la boca de alguien que ha decidido salir al balcón a que la vean. Con su corona, con su carmín, sin esconderse detrás de la cortina.
Me emociona esa imagen porque une las dos cosas que más quiero: el folclore de toda la vida y la libertad de ahora. Las flores de la tradición y el rojo de la reivindicación. El balcón desde el que antes solo se miraba, convertido en escenario.
Velas en un patio de arcos
En otro momento el vídeo nos lleva a un patio de piedra con arcos, de esos patios de casa antigua o de convento con columnas y una galería alrededor. Hay humo blanco que se cuela entre los arcos, y unas figuras vestidas de fiesta sostienen velas encendidas en la mano, muy cerca del pecho, como quien protege una llama del viento.
Una vela encendida delante de la boca es un gesto antiguo. Es lo que se hace para pedir un deseo, para rezar, para guardar silencio por alguien. Pero en este patio no hay tristeza. Hay labios pintados, vestidos de lunares, trajes claros. Es más una vigilia de celebración que de duelo, como si estuvieran esperando a que algo empiece.
Los patios son sitios de conversación. En los pueblos y en las ciudades del sur, el patio es donde se habla al fresco, donde se cuentan las cosas que no se cuentan en la calle. Llevar velas a un patio es preparar el sitio para que alguien hable.
Un vinilo que arde
El fuego aparece varias veces en «La Boca», y en uno de los planos más simbólicos lo que arde es un disco. Dos manos sostienen un vinilo negro por el borde, contra un fondo claro, y una llama naranja lo lame por un lado. En la etiqueta central, roja y blanca, se lee la palabra GAYFOLK.

Es una imagen ambigua. Puede leerse como una amenaza: alguien que intenta quemar nuestra música, nuestras canciones, nuestra manera de contar las cosas. Pero también puede leerse al revés: un disco tan caliente que arde, una música que quema de verdad. Yo prefiero la segunda lectura. Hay canciones que no se pueden tocar sin quemarse un poco.
En otro plano, un vinilo gigante con las palabras GAY FOLK está clavado en el centro de un patio de casa blanca, junto a un fuego que arde en una especie de pozo redondo, y alrededor hay gente vestida de fiesta. El disco hace de monumento, de hoguera, de altar. Es la música convertida en sitio de reunión.
Unos tacones sobre los discos rotos
Hay un plano muy breve que me parece uno de los más potentes del vídeo. Es un suelo de asfalto gris, cubierto de trozos de vinilo negro rotos, como cristales de una ventana reventada. Sobre esos trozos se apoyan dos pies: uno con una zapatilla blanca de deporte, otro con un zapato de tacón rojo brillante. El tacón pisa los restos del disco y los parte todavía más.

Esa pareja de zapatos lo dice todo sobre el planeta. La zapatilla y el tacón, uno al lado del otro, caminando juntos. Lo cómodo y lo atrevido. Lo masculino que nos enseñaron y lo femenino que nos prohibieron. Y debajo, los discos rotos: las canciones que alguien intentó destrozar, las versiones que alguien quiso hacer pedazos.
No sé si el tacón está rompiendo los discos o simplemente camina sobre lo que ya estaba roto. Me gusta no saberlo. Lo importante es que sigue caminando.
GAY FOLK sobre el asfalto mojado
En otro plano, en una calle de ciudad mojada por la lluvia, con escaparates encendidos a los lados, aparecen unas letras enormes de color gris claro que forman las palabras GAY FOLK. Están en mitad de la acera, como un monumento que alguien ha plantado de un día para otro. Delante, apoyado en el suelo, hay un disco de vinilo y unas zapatillas de colores.
Es como si el planeta hubiera aterrizado en una ciudad cualquiera. Ya no hace falta viajar al espacio para llegar a Gayfolk: está ahí, en la esquina, entre una tienda y un portal. Basta con abrir los ojos. Y con abrir la boca para nombrarlo.
Chispas en la noche
El vídeo también tiene noche, fuego y chispas. Hay planos de fiestas alrededor de hogueras, de bengalas que dejan estelas, de una lluvia de chispas que cae en diagonal desde el cielo como un cometa de luz sobre un campo oscuro. Hay humo naranja iluminado desde dentro, luces azules al fondo, destellos que estallan como fuegos artificiales.
Esas chispas son la otra cara de las bocas. Si las bocas son lo que se dice, las chispas son lo que se enciende cuando por fin se dice. Porque hablar, después de mucho tiempo callado, no es un acto tranquilo. Es una pequeña explosión. Algo prende, algo se ilumina, algo cambia para siempre.
Hay un plano en el que esa lluvia de chispas cae sobre un campo a oscuras y una figura, al fondo, la mira desde abajo con la cabeza levantada. No sabemos quién es ni qué siente. Solo vemos que no se aparta. Que se queda quieta, mirando cómo cae la luz. Esa es la actitud que me gustaría tener cuando las palabras empiezan a salir: no huir de la chispa, quedarme a mirarla. Aunque queme un poco. Aunque no sepa todavía qué va a encender. Las primeras palabras dichas en voz alta, después de mucho silencio, siempre parecen un cometa: cruzan el cielo, lo iluminan todo durante un segundo y dejan una estela que tarda en apagarse.
Primera escala: los pintalabios que vuelan
Hace muy poco, en el paseo por los peluches de Planeta Gayfolk, hablé de los pintalabios que cruzan volando el escenario de «Veneno» como cohetes, con una llamita en la punta, mientras un osito los mira desde lo alto de una bola de espejos.
Esos pintalabios y estas bocas son de la misma familia. Allí volaban las barras de color; aquí vuelan los labios ya pintados. Como si las barras de «Veneno» hubieran encontrado por fin su sitio, y de tanto pintar hubieran acabado creando bocas propias que suben al cielo.
Segunda escala: el planeta que se descubre
Al final del vídeo aparece un cartel de cine: un planeta rosa gigante al fondo, tres chicos con trajes de fiesta estampados en primer plano y, en letras grandes, el título del primer disco de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK». Es un guiño, un tráiler, una puerta que conecta el final de la trilogía con su principio.
Si te apetece empezar el viaje desde el origen, en «Descubierto un nuevo planeta llamado GAYFOLK» está la primera pieza, la que abrió el mapa. «La Boca» es casi el final del camino; aquella era el primer paso.
Por qué hablo de bocas
Durante veinte años estuve con dos narcisistas, uno detrás de otro. Una de las cosas que más se aprende en esas relaciones es a callar. A medir cada palabra. A no decir lo que piensas porque ya sabes qué viene después. Y cuando por fin te atreves a hablar, descubres que la otra persona ya ha hablado antes. Que ha contado su versión, con su encanto de siempre, y que mucha gente de tu alrededor se la ha creído.
Después llegaron los diagnósticos: estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social, personalidad evitativa. Hubo una época en la que la boca no me servía ni para pedir ayuda, y llegué a pensar que no quería seguir viviendo. Hoy estoy en tratamiento, con una psicóloga y un psiquiatra, y las canciones se han convertido en mi manera de abrir la boca. Lo que en persona no me dejaban terminar, en una letra lo puedo decir entero.
Si tú tienes la boca cerrada por miedo y has llegado a pensar en quitarte la vida, por favor, ábrela aunque sea un poco. En España el 024 escucha gratis y a cualquier hora; para una emergencia, el 112. Fuera de España, en findahelpline.com encontrarás tu teléfono. A veces basta con una palabra para que alguien te tienda la mano.
Las palabras que no dije
Tengo una lista larga de palabras que no dije a tiempo. A quien me hacía daño, no le dije basta. A quien me preguntaba si estaba bien, le dije que sí. A quien se creyó la otra versión, no le conté la mía. Durante años la boca fue para mí un sitio de vigilancia: vigilaba lo que salía, lo cortaba, lo suavizaba hasta que no quedaba nada.
Escribir letras fue la manera de recuperar esas palabras. Una por una. No todas a la vez, porque habría sido demasiado. Primero las pequeñas, las que menos pesaban. Luego las grandes. Hoy hay canciones en el planeta que dicen cosas que yo, en persona, todavía no me atrevo a decir mirando a los ojos. Pero están dichas. Están ahí, flotando, como las bocas sobre los tejados.
Esa es, creo, la mayor libertad que me ha dado la música: tener una boca fuera de mi cara. Una boca que puede subir al cielo, ponerse brillo y decir lo que yo no puedo decir con la mía.
Una carta a mi boca
Querida boca: perdón por tantos años cerrada. Perdón por obligarte a sonreír cuando no querías y a callar cuando tenías tanto que decir. Perdón por los mordiscos en el labio de abajo cada vez que me tragaba una frase.
Ahora te dejo salir. Te dejo volar sobre los tejados, ponerte roja, brillar al atardecer entre las torres de una catedral. Te dejo besar, reír, gritar si hace falta. Te dejo, sobre todo, decir mi versión. Ya no tienes que pedir permiso.
Para escuchar con la boca abierta
Puedes descargar «La Boca» gratis, sin registrarte y sin dejar ningún dato, desde mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, el resto del planeta también está disponible gratis. Y en el archivo de letras puedes leer las letras que ya he publicado.
Te propongo un pequeño ejercicio: ponla con la ventana abierta, al atardecer, mirando los tejados. Y cuando suene el estribillo, abre la boca. No hace falta que digas nada. Solo ábrela. Deja que entre el aire de la hora azul. Es un primer paso.
Cinco postales de bocas que vuelan
Unos labios rojos enormes flotando sobre los tejados a la hora azul.
Decenas de bocas brillantes sobre una ciudad al atardecer.
Bocas rosas entre las torres de una catedral gótica.
Un vinilo con la etiqueta GAYFOLK que arde entre dos manos.
Un tacón rojo y una zapatilla blanca sobre los trozos de un disco roto.
Preguntas frecuentes
¿Qué labios aparecen en el videoclip de «La Boca»? Unos labios rojos enormes que flotan sobre los tejados al anochecer, decenas de bocas brillantes sobre una ciudad al atardecer, bocas rosas entre las torres de una catedral y una boca en primer plano que ocupa toda la pantalla.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «La Boca»? El jueves 23 de octubre de 2025, en YouTube. Dura dos minutos y cincuenta segundos.
¿A qué disco pertenece «La Boca»? A «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.
¿Qué significa el vinilo que arde en «La Boca»? Es una imagen ambigua: puede ser alguien que intenta quemar nuestra música, pero yo prefiero leerla como una música tan caliente que arde.
¿Se puede descargar gratis «La Boca»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.