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Una rata azul entre máscaras, una tubería con musgo y un neón rosa en el túnel: las ratas de Planeta Gayfolk

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Pocas criaturas tienen peor fama que las ratas. Se las culpa de las pestes, se las persigue con veneno, se las usa como insulto para nombrar a quien traiciona o a quien no vale nada. Nadie pone una rata en una postal. Nadie le hace un peluche a una rata de alcantarilla. Son el símbolo perfecto de lo que una ciudad prefiere no ver.

Y sin embargo, las ratas son unas supervivientes extraordinarias. Viven donde nadie más podría vivir, encuentran comida donde todo parece basura, se adaptan a cualquier túnel, a cualquier tubería, a cualquier rincón oscuro. Son listas, rápidas, tercas y sociales. Si la ciudad entera desapareciera mañana, probablemente serían las últimas en irse.

Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Planeta Gayfolk no está hecho únicamente de cielos de colores: tiene también sótanos, cloacas y galerías. Hoy quiero bajar a él y presentarte a las criaturas que lo habitan. La guía es «La alcantarilla», un vídeo que transcurre casi entero bajo tierra, entre agua sucia, máscaras y luces de discoteca.

La guía: una canción que baja por la rejilla

El videoclip de «La alcantarilla» salió en YouTube el sábado 12 de julio de 2025, en pleno verano, cuando las ciudades huelen más que nunca a lo que tienen debajo. Ocupa tres minutos y doce segundos, y en el recuento de 276 piezas audiovisuales del planeta lleva el 134. Forma parte del segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el de las ganas de escapar.

Está a tu alcance, con todos sus hermanos, en el canal de vídeos del planeta. Lo primero que llama la atención es el contraste. Hay escenas en túneles de cemento llenos de agua, con tuberías oxidadas y rejillas, y hay escenas en discotecas de luces moradas y neones, con bolas de espejos colgando del techo y gente bailando. Las dos cosas se mezclan hasta que no sabes si estás en una cloaca o en una pista de baile.

Y entre las dos, como un hilo que las une, están las ratas. Y las máscaras. Muchísimas máscaras blancas.

Una rata amarilla en el canal

La primera rata que aparece es pequeña y amarilla. Corre por el borde de un canal subterráneo, un túnel de cemento curvo con una línea de agua en el centro, iluminado por fluorescentes blancos que se pierden en la distancia. A su lado flota una esfera negra y brillante, como una bola de billar gigante, y en el agua se ven formas blancas que más tarde descubrimos que son máscaras.

Fotograma del videoclip de «La alcantarilla»: una rata amarilla corre por el borde de un canal subterráneo de cemento junto a una esfera negra brillante, con fluorescentes en el techo

Es una rata casi de dibujos animados, con su color de canario y su prisa. Va a algún sitio, eso está claro. No se esconde ni se para. Corre por el túnel como quien conoce el camino de memoria, como quien lleva toda la vida yendo y viniendo por ese mismo pasillo.

Me gusta empezar por ella porque desarma el asco. Una rata amarilla no da miedo. Da curiosidad. Te preguntas a dónde va, qué lleva, quién la espera al final del túnel. Quizá otra rata. Quizá una familia entera escondida en un hueco de la pared. Quizá nadie, y solo corre porque correr es lo que sabe hacer para seguir viva. Sea como sea, desde el primer plano el vídeo nos coloca a su altura, a ras de agua, y nos obliga a mirar el mundo como lo mira ella.

Una rata azul con cresta

La protagonista del vídeo, si es que hay una, es una rata azul enorme. Tiene el pelo de un azul eléctrico, los ojos rojos, una cola larga y rosada y, en lo alto de la cabeza, una cresta punk de pelo negro y erizado. Camina por un callejón de ladrillo inundado, entre charcos, y a su alrededor flotan máscaras blancas de teatro, algunas sonrientes, otras con gesto triste.

Fotograma del videoclip de «La alcantarilla»: una rata azul eléctrico con cresta punk negra camina por un callejón de ladrillo inundado entre máscaras de teatro que flotan

Es una rata con personalidad, con estilo, con actitud. La cresta lo dice todo: no está aquí para pedir perdón por existir. Es la rata de las tribus urbanas, la de los conciertos en garajes, la de las chupas de cuero y los imperdibles. Una rata que ha decidido que, ya que la desprecian, al menos lo va a hacer con estilo.

En otro plano la vemos dentro de una tubería gigante, inundada hasta la mitad, avanzando por el agua con las patas mojadas mientras las máscaras flotan a su alrededor como hojas en un río. La luz entra desde el fondo del túnel, blanca y fría, y la rata parece caminar hacia ella.

Máscaras blancas en el agua

Las máscaras merecen un capítulo aparte. Aparecen por todas partes: flotando en el agua de los canales, tiradas sobre las rejillas, apiladas en montones en las tuberías, colgando de las manos de la gente en la discoteca. Son máscaras de teatro, de carnaval, de fiesta de disfraces, casi todas blancas, algunas con detalles rojos alrededor de los ojos y la boca.

En una alcantarilla una máscara es un objeto muy extraño. Alguien la ha llevado puesta, alguien se ha escondido detrás de ella y luego la ha tirado por la rejilla. Las máscaras del vídeo son lo que la ciudad desecha cuando termina la fiesta: las caras falsas que ya no hacen falta.

Y ahí abajo, entre las ratas, se acumulan. Esa imagen me sacude. Arriba, en la calle, todo el mundo lleva su máscara. Abajo, en la alcantarilla, las máscaras flotan sin nadie dentro, y las únicas que van a cara descubierta son las ratas.

Una tubería con musgo

Hay un plano que me fascina por su quietud. Es una tubería de cemento enorme, redonda, vista desde dentro, con las paredes cubiertas de musgo verde y manchas de humedad. Del techo cuelga una cadena gruesa y oxidada, y al fondo, donde la tubería se estrecha, brilla una lámpara blanca que ilumina el agua.

Fotograma del videoclip de «La alcantarilla»: el interior de una tubería redonda cubierta de musgo, con una cadena oxidada colgando y una lámpara blanca al fondo

En otro, la cámara mira hacia arriba desde el fondo de una boca de alcantarilla, y se ve el agujero redondo de la salida, con un aro blanco de luz y burbujas flotando en el aire. Es el punto exacto en el que el subsuelo se comunica con la ciudad.

Esas tuberías son las venas de la ciudad. Por ellas corre todo lo que no queremos ver, pero también todo lo que la mantiene viva: el agua, la lluvia, lo que se va por el desagüe. Sin alcantarillas, una ciudad se ahogaría en su propia basura. Las ratas viven en esas venas. Son, de alguna manera, parte del sistema circulatorio de la ciudad.

Un neón rosa en el túnel

La rata más bonita del vídeo no tiene cuerpo. Es un dibujo hecho con neón rosa, una silueta de rata trazada con un tubo de luz brillante, que aparece flotando en la oscuridad de un túnel. Debajo, en el agua, flotan máscaras blancas iluminadas por ese resplandor fucsia.

Fotograma del videoclip de «La alcantarilla»: la silueta de una rata dibujada con neón rosa flota en un túnel oscuro sobre máscaras blancas en el agua

Más adelante el neón vuelve: ahora es una cola de rata enorme, una línea rosa que serpentea por el aire de una galería inundada, como el rastro de algo que acaba de pasar corriendo. Es la rata convertida en letrero, en símbolo, casi en logotipo de discoteca.

Esa transformación me emociona de verdad: la rata, el animal más despreciado de la ciudad, convertida en luz de neón. Es exactamente lo que hacemos en Planeta Gayfolk con todo lo que nos dijeron que era feo. Lo encendemos. Lo ponemos en la pared. Lo hacemos brillar.

Una rata blanca entre luces rojas

Hay otra rata, blanca y de ojos grandes, que aparece en un túnel iluminado con luces rojas y anaranjadas. Parece una rata de laboratorio, de esas blancas que se usan en los experimentos, perdida en mitad del subsuelo. Mira a la cámara con una mezcla de miedo y curiosidad.

Esa rata blanca me hace pensar en todos los que alguna vez fueron tratados como objeto de estudio, de burla o de experimento. Los que tuvieron que sobrevivir en jaulas de cristal mientras alguien los observaba. Esta rata ha escapado del laboratorio y ha bajado a la alcantarilla. Aquí, por lo menos, nadie la mide.

Una rata en la tubería, junto a un payaso

En uno de los planos más inquietantes, una rata negra camina por encima de una tubería, en un canal de cemento con el agua estancada. Debajo, medio hundida, asoma una máscara de payaso con la nariz roja y una sonrisa congelada. La rata no la mira. Sigue su camino por la tubería, como si aquella cara de feria no tuviera ninguna importancia.

Me gusta mucho ese desprecio tranquilo. El payaso es la máscara de la alegría obligada, la de quien tiene que sonreír aunque no quiera, la de quien hace reír a los demás mientras por dentro se está hundiendo. Ahí está, en el agua sucia, abandonado. Y la rata, que no tiene que fingir nada, pasa por encima.

Es una pequeña lección. Las criaturas que no llevan máscara no necesitan detenerse ante las que sí la llevan. Pueden seguir caminando. Pueden subir por la tubería, buscar la luz, salir del canal. El disfraz se queda atrás, flotando.

Rejillas, charcos y luz de fluorescente

Hay algo que se repite en casi todos los planos subterráneos: la luz. No es una luz cálida, ni de velas, ni de sol. Es la luz blanca y fría de los fluorescentes, la de los aparcamientos, los hospitales y los pasillos de los metros a las cuatro de la mañana. Cae sobre el agua de los canales y la vuelve plateada, cae sobre las rejillas y dibuja sombras de barrotes, cae sobre las máscaras y las hace brillar como lunas pequeñas.

Esa luz es la que tienen las ratas. No les han dado otra. Y sin embargo, con ella se apañan. Aprenden a moverse entre sus reflejos, a esconderse en sus sombras, a usarla para encontrar el camino. Es una luz pobre, pero es luz.

Me pasa con esa luz lo mismo que con muchas épocas de mi vida. No era la luz que yo habría elegido, ni la que merecía, pero era la que había. Y con ella fui encontrando, poco a poco, las rejillas por las que se podía salir.

Una ciudad que se escucha desde abajo

Cuando estás en un túnel bajo la calle, la ciudad suena distinta. Los pasos de la gente llegan amortiguados, como golpes lejanos. Los coches son un rumor continuo que hace vibrar las paredes. El metro pasa como un trueno. Y el agua lo llena todo con su goteo, ese sonido que nunca se detiene.

En «La alcantarilla» la música hace de puente entre esos dos mundos. Arriba suena el ritmo de la discoteca; abajo, el eco de los túneles. Las ratas escuchan las dos cosas a la vez. Son las únicas que conocen la ciudad por arriba y por abajo, las que saben exactamente qué hay detrás de cada rejilla.

Siluetas en el agua

No todo en el subsuelo son ratas. En varias escenas aparecen siluetas humanas, negras y sin rasgos, de pie en el agua de los canales o recortadas contra la luz de un túnel. Están quietas, en grupo, mirando hacia el fondo. En otro plano, contra un fondo azul oscuro, tres siluetas de hombros anchos se recortan bajo una bola de espejos.

Son las personas que también bajan. Las que, por la razón que sea, han tenido que vivir una temporada bajo tierra. Las que no encajaban arriba. Me gusta que no tengan cara: podrían ser cualquiera. Podríamos ser nosotros.

La discoteca bajo la calle

Y es que el subsuelo de «La alcantarilla» no es solo un sitio de huida, también es un sitio de fiesta. Hay escenas en una sala con suelo de madera brillante, paredes con líneas de neón azul y rosa, una bola de espejos colgando del techo y un montón de gente bailando. Muchos llevan máscaras. Algunos llevan trajes de lentejuelas, otros chaquetas con flecos.

Es el club clandestino, el que no tiene cartel en la puerta, el que solo conoces si alguien te ha llevado. La historia de muchas personas LGTBI está llena de sitios así: bares en sótanos, fiestas en almacenes, pistas de baile en lugares a los que había que bajar por una escalera estrecha. Bajo la calle, durante muchos años, fue donde se podía ser libre.

Las ratas y los bailarines comparten el mismo subsuelo. Unos y otros viven donde la ciudad no mira. Y unos y otros, a su manera, han convertido ese sitio en casa.

Bolas de espejos y máscaras que caen

En uno de los planos más espectaculares, una lluvia de bolas negras y blancas cae sobre la gente, mezclada con máscaras que giran en el aire. En otro, una gran bola de espejos domina el techo de una galería subterránea llena de personas con máscaras, todas mirando hacia arriba como si esperaran algo.

Ahí el subsuelo se convierte en espectáculo. Las máscaras que flotaban tristes en el agua ahora vuelan, giran, brillan. La alcantarilla ha dejado de ser un vertedero y se ha vuelto un escenario. Y las ratas, en algún rincón, miran el espectáculo desde la oscuridad.

Primera escala: el túnel de ladrillo con neón

El subsuelo del planeta se prolonga en otros vídeos. Si vuelves a «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» encontrarás una galería de ladrillos viejos, con forma de bóveda, inundada como un aljibe. Al final de ella brillan dos tubos de luz, uno celeste y otro fucsia, y la bruma lila hace que el agua los duplique.

Podría ser una salida de la alcantarilla. Es el mismo subsuelo, el mismo agua, el mismo neón, pero aquí ya no hay ratas ni máscaras: solo una luz al fondo que señala el camino hacia fuera. Me gusta pensar que la rata azul de la cresta acaba llegando a ese túnel, y que desde allí, por fin, sube al planeta.

Segunda escala: máscaras en el basurero

En «En el basurero» las máscaras blancas vuelven a aparecer, pero esta vez a cielo abierto. Hay un vertedero enorme, montañas de basura que se extienden hasta el horizonte, camiones que avanzan por caminos de polvo y una laguna de agua verde fosforescente. Entre los desechos asoman máscaras blancas gigantes, muñecas rotas y objetos que alguien tiró.

Es el mismo sentimiento visto desde arriba. Si la alcantarilla es donde va lo que la ciudad tira por el desagüe, el basurero es donde va lo que tira al contenedor. Y en los dos sitios aparecen máscaras. Como si todas las caras falsas de la ciudad acabaran, tarde o temprano, en el mismo lugar.

Por qué hablo de ratas

A lo largo de veinte años, atrapado primero con un narcisista y luego con otro, aprendí lo que es sentirse una rata. Que te traten como algo que molesta, algo que hay que esconder, algo de lo que avergonzarse. Y cuando por fin me escapé, me pusieron a mí la etiqueta de traidor: su versión corrió más rápido que la mía, y mucha gente de mi alrededor se la creyó sin preguntar. Me quedé viviendo en mi propio subsuelo, con un diagnóstico de estrés postraumático al que se sumaron una depresión mayor de las graves, la ansiedad, la fobia social y la personalidad evitativa. Hoy trabajo todo eso en consulta con una psicóloga y un psiquiatra. Hubo una época en la que deseé no despertarme.

Pero las ratas sobreviven. Eso es lo que aprendí ahí abajo. Que se puede vivir en el sitio más oscuro de la ciudad y seguir encontrando el camino. Que se puede llevar cresta, brillar en neón y bailar bajo una bola de espejos aunque arriba te sigan llamando bicho. Escribir «La alcantarilla» fue reconciliarme con esa parte de mí que había aprendido a sobrevivir bajo tierra.

Si tú estás ahora en tu propia alcantarilla y no ves la salida, no te quedes ahí sin compañía. En España, el 024 atiende gratis y en cualquier momento del día a quien piensa en quitarse la vida y a quien teme por otra persona. Para una emergencia en ese mismo instante, marca el 112. Si no estás en España, en findahelpline.com puedes buscar el teléfono que te toca. Hay gente esperando al otro lado de la rejilla.

Un disco para salir por la boca de la alcantarilla

«La alcantarilla» vive en «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el álbum de la huida soñada. Puede parecer raro que en un disco sobre viajar al espacio haya una canción que baja a las cloacas. Pero para mí tiene todo el sentido: a veces, antes de subir, hay que tocar fondo. Hay que ver dónde está la basura, dónde se acumulan las máscaras, dónde se esconden las ratas.

Y después, buscar la boca de la alcantarilla, ese aro de luz redondo, y empezar a trepar.

Para escuchar bajo la calle

Puedes descargar «La alcantarilla» y las demás canciones de este recorrido subterráneo gratis, sin registrarte y sin dar ningún dato, en mi página de descargas. Si buscas más música del planeta, en la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, también está todo disponible de forma gratuita. Y si quieres leer las letras que ya he publicado, búscalas en el archivo de letras.

Para escucharlas con orden, te propongo esto: «En el basurero» para recorrer el vertedero a cielo abierto, «La alcantarilla» para bajar por la rejilla y bailar con las ratas, y «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» para salir por el túnel de neón hacia las estrellas.

Seis postales del subsuelo

La rata amarilla corriendo por el canal de cemento, junto a una esfera negra.

La rata azul con cresta punk entre máscaras blancas, en un callejón inundado.

La tubería redonda cubierta de musgo, con una cadena oxidada y una lámpara al fondo.

La silueta de una rata hecha con neón rosa, flotando sobre máscaras en el agua.

Las siluetas negras de pie en el agua de un canal, mirando hacia la luz.

La boca de la alcantarilla vista desde abajo, con su aro de luz blanca.

Preguntas frecuentes

¿Qué ratas aparecen en el videoclip de «La alcantarilla»? Una rata amarilla que corre por un canal, una rata azul con cresta punk, una rata blanca entre luces rojas y una rata dibujada con neón rosa, además de ratas que asoman entre las máscaras de los túneles.

¿Cuándo se publicó el videoclip de «La alcantarilla»? El sábado 12 de julio de 2025, en YouTube. Dura tres minutos y doce segundos.

¿A qué disco pertenece «La alcantarilla»? A «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK», el segundo disco de la trilogía de Planeta Gayfolk.

¿Hay otros túneles y máscaras en Planeta Gayfolk? Sí: el túnel de ladrillo con neón de «Ojalá se pudiera viajar a GAYFOLK» y las máscaras blancas del vertedero de «En el basurero».

¿Se puede descargar gratis «La alcantarilla»? Sí, gratis y sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com.