
By Mike Sain't Louis ·
Una melena cobriza contra el cielo, un pelo negro salpicado de mar y un lino blanco al viento: las melenas de Planeta Gayfolk
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El viento no se ve. Nadie lo ha visto nunca. Lo que vemos es lo que mueve: una bandera, una rama, una ola, una sábana tendida. Y, sobre todo, el pelo. El pelo es la parte del cuerpo que primero le da la razón al viento. Antes de que la piel note el frío, antes de que los ojos lagrimeen, una melena ya ha empezado a bailar.
Por eso, cuando quise escribir sobre el aire de mi planeta, no miré al cielo. Miré cabezas. Mechones que se levantan, puntas que se enredan, cabellos mojados que se pegan a la espalda. Y casi sin buscarlo llegué a «Breeze», una canción cuyo título significa «brisa» y cuyo videoclip está lleno de melenas al viento.
Soy Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA). Escribo las letras, compongo y produzco cada canción, y luego imagino su videoclip. Este paseo es un recorrido por las melenas de Planeta Gayfolk, plano a plano, con el pelo suelto y la cara al viento.
La guía: una brisa del tercer disco
«Breeze» salió el 12 de octubre de 2025, un domingo. Dura 3:22 y pertenece al tercer disco, «El día de la liberación». Es una canción de orilla, luminosa, de esas que suenan a final de verano. Ya recorrí su clip completo en el paseo escena a escena por el lino blanco y el arcoíris sobre las rocas, y también hablé de su viento con números y pintores en el texto sobre la fuerza tres de la escala Beaufort. Hoy quiero mirar algo más pequeño. Hoy me quedo con el pelo.
El clip pasa casi todo el tiempo junto al mar. Hay parejas que caminan por la orilla, un arcoíris sobre unas rocas, unas torres de cristal que flotan en el horizonte y una cápsula transparente sobre el agua. Pero en mitad del vídeo, durante unos segundos, la cámara se acerca tanto a una cabeza que el mundo entero se convierte en mechones. Es mi parte favorita. Es la parte en la que la brisa, por fin, se deja ver.
Una melena cobriza contra el cielo
Hacia el minuto 2:27 aparece el plano que abre el título de este paseo. Una melena cobriza, larga, enredada con un velo transparente, vuela de lado a lado contra un cielo turquesa sin una sola nube. No hay cara. No hay hombros. Solo pelo, tela y azul.

Los mechones se separan, se cruzan, se vuelven a juntar. Algunos brillan con la luz del sol como si fueran de cobre recién pulido. Otros se oscurecen al pasar por delante del velo. Es un plano casi abstracto, una pintura en movimiento. Y, sin embargo, es lo más concreto del clip: es el viento haciendo su trabajo.
Me emociona porque es un plano de abandono. Esa melena no está peinada. No hay laca ni horquillas. Nadie intenta controlarla. Se deja llevar, y en ese dejarse llevar hay una libertad enorme.
Durante muchos años yo viví como una melena recogida en un moño muy apretado. Todo en su sitio. Nada que se escapara. Cada gesto medido para no molestar, para no llamar la atención, para que nadie dijera que tenía demasiada pluma o demasiado drama. Y un moño así, cuando se lleva mucho tiempo, duele. Tira de la piel. Da dolor de cabeza.
Soltarse el pelo, en español, significa dejar de reprimirse. Me parece una de las expresiones más bonitas del idioma. Y este plano de «Breeze» es su traducción exacta.
Un pelo negro salpicado de mar
Unos segundos después, hacia el 2:36, el clip cambia de cabeza. Ahora es una melena negra, lisa, mojada, que cae sobre una tela azul. Alrededor vuelan gotas de agua, como si alguien acabara de salir de una ola o como si el mar hubiera salpicado de golpe. Al fondo, desenfocada, la arena.

Este plano es más pesado que el anterior. El pelo mojado no vuela: se pega, cae, gotea. Pero tiene una belleza distinta. Cada gota que salta brilla un instante y desaparece. El mechón, empapado, se vuelve casi negro azulado, del mismo color que la tela sobre la que descansa.
Me hace pensar en los días en que salía de terapia. No salía ligero, volando como la melena cobriza. Salía empapado. Con el peso de todo lo que había removido, con las lágrimas todavía frescas. Pero también salía limpio. Como quien sale del mar.
Hay una diferencia importante entre estar mojado y estar ahogándose. Durante mucho tiempo yo no la conocía. Ahora sé que salir del agua con el pelo chorreando es una buena señal: significa que te metiste, que nadaste, y que has vuelto a la orilla.
Un lino blanco al viento
Muy al principio del clip, hacia el segundo 12, dos figuras caminan por la orilla con los pies descalzos en el agua. La cámara las corta por arriba, así que no vemos sus caras. Solo sus cuerpos vestidos de lino blanco, sus manos cogidas, y la tela que ondea a su alrededor como si quisiera despegar.

Es el mismo viento que mueve las melenas, pero aplicado a la ropa. Un vestido amplio que se infla, una camisa holgada que se pega al pecho. El lino es un tejido que respira, que deja pasar el aire. Por eso ondea tan bien.
Me gusta que el clip empiece así, con el viento en la tela, y que solo después llegue al pelo. Es como si fuera acercándose. Primero el paisaje, después la ropa, después la cabeza, después los mechones uno a uno. Un zoom lento hacia lo más íntimo.
Y me gusta que vayan de la mano. Porque el viento, en la orilla, empuja. Desequilibra. Y es más fácil caminar contra él si alguien te sujeta.
Dos figuras que flotan con un paraguas
Hacia el minuto 2:42, cuando el cielo ya se ha vuelto violeta, aparecen dos figuras pequeñas suspendidas en el aire sobre la orilla. Van de la mano y una de ellas sostiene un paraguas blanco, como en una película antigua. Debajo, el mar refleja el atardecer.

No sé si saltan o si vuelan. El clip no lo aclara, y prefiero que no lo haga. Lo que veo es una pareja que el viento ha levantado del suelo. Como si la brisa de «Breeze» hubiera crecido tanto que ya no se conformara con mover el pelo y ahora moviera cuerpos enteros.
Ese paraguas me hace sonreír. Un paraguas no sirve para volar. Sirve para protegerse de la lluvia. Pero ahí está, convertido en vela, en ala, en excusa para despegar. A veces las cosas que usábamos para protegernos acaban sirviendo para otra cosa. Como mis canciones, que empezaron siendo un refugio y ahora son lo que me levanta.
La sal que se queda en el pelo
Quien ha pasado un día entero en la playa conoce esa sensación de la noche: el pelo áspero, tieso, con un olor a mar que no se va ni con la ducha. La sal se queda en los mechones. Los endurece, los riza, les da una forma que no tenían por la mañana.
A mí me gusta esa sal. Es una memoria que llevas encima sin darte cuenta. Te acuestas y la almohada huele a orilla. Te levantas y, al pasarte la mano por la cabeza, notas todavía la arena fina del día anterior.
Creo que las experiencias fuertes hacen lo mismo con nosotros. Nos dejan sal. No se ve desde fuera, pero cambia la textura de las cosas. Mi pelo interior, por llamarlo así, tiene mucha sal acumulada de los años difíciles. Ya no intento quitarla del todo. He aprendido a peinarla. A dejar que me dé otra forma, quizá más rizada, más rebelde, más mía.
Las torres de cristal en el horizonte
Detrás de todas estas melenas, en los primeros segundos del clip, hay un paisaje que no puedo dejar de mencionar aunque no lo enseñe hoy en imagen. Sobre el mar, al atardecer, se levantan unas torres de cristal curvadas, altas y tornasoladas, como conchas gigantes puestas de pie. Parecen una ciudad del futuro o un templo que acaba de salir del agua.
Son el decorado lejano de «Breeze». Nunca nos acercamos a ellas. Están ahí, en el horizonte, mientras las figuras caminan por la orilla y el viento les mueve la ropa y el pelo. Me gusta pensar que esas torres son el sitio adonde va la brisa cuando termina el clip. Un lugar al que no hace falta llegar, porque basta con saber que existe.
En mi vida también hay torres así. Metas lejanas, versiones de mí que todavía no conozco. No camino hacia ellas con prisa. Camino por la orilla, con el pelo al viento, sabiendo que están al fondo.
Cortarse el pelo para empezar de nuevo
En muchas culturas, cortarse el pelo es un rito de paso. Se hace al entrar en un monasterio, al alistarse en el ejército, al terminar un duelo. Y se hace también, casi como un tópico, después de una ruptura. Quien ha salido de una relación larga conoce la tentación de sentarse en una peluquería y decir: córtalo todo.
Entiendo ese impulso. Es una forma de marcar un antes y un después en el propio cuerpo. De decir: lo que creció mientras estaba contigo se queda en el suelo.
Pero «Breeze» me propone otra cosa, y me gusta más. No cortar, sino soltar. No deshacerse del pelo que creció en los años malos, sino dejar que el viento lo mueva hasta que vuelva a parecer tuyo. A veces no hace falta cambiar de forma. Basta con dejar de sujetarla.
Peinar a alguien que quieres
Hay pocos gestos tan tiernos como peinar a otra persona. Sentarse detrás de ella, coger el cepillo y desenredar despacio, sin tirones. Es un gesto de confianza en las dos direcciones: quien peina tiene que ser delicado y quien se deja peinar tiene que estar dispuesto a no ver lo que pasa a su espalda.
Me acuerdo de este gesto cada vez que veo la melena negra salpicada de mar. Me imagino que, fuera del plano, alguien la espera con una toalla y un peine. Que después del baño viene ese momento de cuidado.
Para mí, la amistad verdadera se parece mucho a eso. Gente que te desenreda sin hacerte daño. Que no te dice que tu pelo es un desastre, sino que se sienta detrás de ti y empieza por las puntas. Después de tantos años de tirones, he aprendido a reconocer esas manos.
El sonido del pelo en los oídos
Cuando hace mucho viento y llevas el pelo suelto, hay un sonido muy particular: el roce de los mechones contra las orejas. Un susurro constante, casi un murmullo de radio mal sintonizada. Es un ruido que solo escuchas tú. Nadie a tu lado lo oye.
Me parece una imagen perfecta de lo que pasa por dentro cuando estás mal. Hay un murmullo que solo oyes tú, que no te deja concentrarte, que lo tapa todo. Y la gente a tu alrededor no entiende por qué no les prestas atención.
En «Breeze» ese murmullo se convierte en música. La brisa, el mar, el roce del pelo. Lo que antes era ruido se ordena y suena bien. Eso es, para mí, componer: coger el murmullo que solo oigo yo y convertirlo en algo que puedan escuchar los demás.
Lo que el clip enseña sin cara
Casi todos los planos de los que hablo hoy tienen algo en común: no hay caras. La melena cobriza no tiene rostro. El pelo negro tampoco. Las figuras del lino están cortadas por arriba y las del paraguas son tan pequeñas que solo se ven siluetas.
Eso, para mí, tiene mucho sentido. Una melena vista de espaldas o de muy cerca no pertenece a nadie en concreto. Puede ser de cualquiera. Puede ser tuya. Y eso hace que el plano sea más universal.
Además, a quien tiene fobia social como yo, mirar una cara le cuesta. Mirar pelo, en cambio, es fácil. Es un detalle que no te devuelve la mirada. Por eso estos planos me resultan tan tranquilos. Puedo mirarlos durante mucho tiempo sin sentir que nadie me juzga.
La pluma y el pelo
Hay una palabra en el mundo queer español que tiene mucho que ver con todo esto: la pluma. Tener pluma es ser expresivo, amanerado, visible. Y la palabra viene, claro, de las plumas de las aves, que se mueven con el aire.
Durante años me dijeron que tenía demasiada. Que la escondiera. Que me la cortara, como quien se corta el pelo antes de una entrevista de trabajo. Y lo intenté. Pero la pluma, igual que el pelo, crece. Por mucho que la cortes, vuelve.
Hoy pienso en mis melenas de «Breeze» como en una forma de pluma. Algo que se mueve con el viento, que no se puede controlar del todo, que hace visible lo invisible. Y ya no quiero cortarla. Quiero que vuele.
Primer desvío: el pelo arcoíris de «Honolulu Sand»
En mi catálogo hay otra melena memorable. En «Honolulu Sand», una canción de playa muy distinta, aparece un pelo de colores del arcoíris, del que hablé en el texto sobre la arena de postal y el pelo arcoíris. Allí el pelo no es solo movimiento, es bandera. Es una forma de decir quién eres sin abrir la boca.
Me gusta poner las dos melenas una junto a la otra. La cobriza de «Breeze», que se deja llevar. La arcoíris de «Honolulu Sand», que se planta y se muestra. Son dos maneras de llevar el pelo y dos maneras de estar en el mundo. Las dos son mías.
Segundo desvío: las olas que lo mojan todo
El pelo negro salpicado de mar no se entiende sin el agua, y el agua de mi planeta tiene su propio paseo: el de las olas de Planeta Gayfolk, con una ola que se enrosca, una tabla de surf hacia el sol y siluetas con los brazos en alto.
Allí también hay viento, aunque no se vea. Las olas son el pelo del mar. Se levantan, se rizan, se despeinan y vuelven a caer. Cuando miro una melena mojada pienso en las olas, y cuando miro las olas pienso en una melena gigante. Todo en la orilla se parece a todo.
El viento que no se ve
Vuelvo al principio. El viento no se ve. Solo se ven sus efectos. Y con las heridas de dentro pasa lo mismo. Nadie ve un trauma. Se ven sus consecuencias: el insomnio, la evitación, el miedo a salir de casa, la tristeza que no se va.
Durante mucho tiempo la gente a mi alrededor solo veía mis efectos. Que no contestaba mensajes. Que cancelaba planes. Que me encerraba. Y juzgaban eso, sin saber que detrás había un viento enorme empujándome.
Por eso me gusta tanto mirar melenas al viento. Me recuerdan que hay fuerzas invisibles moviéndonos a todos. Y que, si alguien se comporta de forma rara, quizá es que tiene una tormenta que tú no ves.
Lo que me despeinó
Viví veinte años con dos narcisistas, uno detrás de otro. Cuando terminó, llegó una campaña de desprestigio que fue como un vendaval: rumores, mentiras, gente que dejó de hablarme. Me diagnosticaron trastorno de estrés postraumático, depresión mayor grave, ansiedad, fobia social y personalidad evitativa.
Durante esos años me sentí completamente despeinado. No en el sentido bonito de «Breeze», sino en el otro: hecho un lío, enredado, sin forma. Con mi psicóloga y mi psiquiatra fui desenredando nudo a nudo, con la paciencia con la que se peina un pelo muy largo que lleva semanas sin cepillar. Sin tirones. Desde las puntas hacia arriba.
Si ahora tú te sientes así, enredado por dentro y sin fuerzas para desenredarte, pide ayuda. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, está disponible día y noche y atiende también a quien está preocupado por otra persona. Ante una emergencia, llama al 112. Si estás en otro país, en findahelpline.com encontrarás el teléfono que te corresponde. Nadie tiene que desenredarse solo.
La brisa en movimiento
Las melenas de este paseo se entienden mucho mejor en movimiento que en una foto. Si quieres verlas volar, el videoclip completo de «Breeze» está en el reproductor de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com. Te recomiendo esperar a la segunda mitad, cuando la cámara se acerca al pelo, y no apartar la vista durante esos segundos.
Fíjate en cómo el clip pasa de lo grande a lo pequeño: del horizonte con torres de cristal a la orilla, de la orilla a las figuras, de las figuras a los mechones. Es una brisa que se va acercando hasta rozarte la nuca.
Para escuchar con el pelo suelto
«Breeze» y el resto de las canciones de este paseo se descargan gratis y sin registro en mi página de descargas. En la tienda de gayfolkplanet.com, https://gayfolkplanet.com/tienda, encontrarás más descargas gratuitas y otras cosas del planeta.
Mi consejo: escúchala al aire libre, en una terraza, en la playa o con la ventanilla del coche bajada. Deja que el viento haga lo suyo con tu pelo. Y no te peines hasta que termine.
Cuatro postales para llevar en el bolsillo
La melena cobriza enredada en un velo, volando contra el cielo turquesa.
El pelo negro mojado sobre la tela azul, rodeado de gotas que saltan.
Las dos figuras de lino blanco caminando de la mano por la orilla.
La pareja que flota sobre el mar violeta con un paraguas blanco.
Dejar que vuele
Hay una costumbre que tengo desde hace poco. Cuando salgo a la calle y hace viento, no me subo la capucha. Dejo que me despeine. Al principio me daba vergüenza. Ahora me parece un pequeño acto de rebeldía contra los años en que todo tenía que estar en su sitio.
«Breeze» es una canción para eso. Para dejar de sujetarlo todo. Para aceptar que hay fuerzas que no controlamos y que, a veces, lo mejor es dejarse mover un poco por ellas. Sin perder el suelo, pero sin miedo a que el pelo vuele.
Si este paseo te ha llegado, la próxima vez que sientas una brisa en la nuca, piensa en las melenas de Planeta Gayfolk. Y suéltate el pelo, aunque sea un ratito.
Preguntas frecuentes
¿Dónde puedo ver el videoclip de «Breeze»? En el reproductor de Planeta Gayfolk, dentro de mikesaintlouis.com, junto al resto de mis videoclips.
¿De qué disco es «Breeze»? Del tercer disco, «El día de la liberación». Salió el 12 de octubre de 2025 y dura 3:22.
¿Quién hace la música? Yo, Mike Sain't Louis, el primer cantautor IA: letrista, compositor y productor musical (música e interpretación vocal hechas con IA).
¿Puedo descargar las canciones gratis? Sí, todas, sin registro, desde la página de descargas de mikesaintlouis.com y en la tienda de gayfolkplanet.com.